(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Estudios sobre personajes y hechos de la historia venezolana"

ÍB:^. 













0ttt)t 

^mbersiítpofiac- — 



%^T^:^z%&i^2 



^M\ 




UNIVERSITY 



2LJÍ2?IH_CAR0LINA 

BOOK CARD 



■'^ n> sí. aiAisi 

k 1 




CBAFTSTrLE-lpt <n 

¿■sí^VP'í 5 H? 



5 pifl^'^ 






«fit 




,-*i«^| 












THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 



^' 










■STYtE'-Jir iff j ¿Sí 
voi^ jkc n> >i 31A1S. 






ri 



ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



F2301 
.a66 






r5Tri.t--« íH «-".v»-' 



:xXi^!aim'i-r:>' 
















•í^l^i?^IS?jfctá 



This book is due at the LOUIS R. WILSON LIBRARY on the 
last date stamped under "Date Due." If not on hold it may be 
renewed by bringing it to the library. 



^'^■^^fp 



DATE 
DUE 



RET. 






Ít;l"CRAFTír, 




l^AR 5 19^^ 


















cC^3tt¿f ' ^4 















^I^SíJñl&S-Í^SiS*; 



DATE 
DDE 



RET. 



^^mi'^Z^"^ ^i.^itl-^-^ MP '^wST^r^V- 3M "m^^l^r^ 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



\ 



http://archive.org/details/estudiossobreperOOarca 



PEDRO M. ARCAYA 



ESTUDIOS SOBRE PERSONAJES Y HECHOS DE LA 
HISTORIA VENEZOLANA 



f-C 



PEDRO M. ARCAYA 



ESTU DIOS SOBRE 

PERSONAJES Y HECHOS 

DE LA HISTORIA VENEZOLANA 

POR EL DOCTOR 

PEDRO MANUEL ARCAYA 

DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA 



.eN®v. 



CARACAS 

Tipografía "Cosmos' 

1911 



• ACC 



Library, Univ. of 
North Carolinm 

No por vcni¿a<^, pues bien sé que nada valen, 
me he decidido á recopilar en el presente volumen los 
humildes trabajos míos que contiene, i; los cuales 
andaban dispersos en folletos y en los diarios y re- 
vistas donde fueron publicados por primera vez. 
Solamente me ha movido la consideración de que 
ellos están inspirados en ideas distintas de las que 
hasta ahora han privado en los historiadores nacio- 
nales, acerca de los personajes y sucesos de nuestra 
historia, \; creo que es conveniente la exposición de 
los varios criterios, pues la diversidad de las apre- 
ciaciones que se hagan en el período presente, que 
podemos llamar de gestación de la literatura histó- 
rica venezolana, hará posible la síntesis nece- 
saria que sin duda se intentará realizar en el 
porvenir. Me ha parecido, además, propicia la 
época del Centenario de la Independencia nacional 
para la circulación de este libro, con el cual aspiro 
á contribuir, aunque muy pobremente, al análisis 
del Medio y de las tendencias del alma colectiva 
venezolana, cuyo exacto conocimiento es condición 
indispensable para iodo proyecto de mejoramiento 
de la Patria. 

El señor Esteban Ballesté, dueño de la importante 
Tipografía "Cosmos" ha tomado á su cargo la 
edición de este volumen. Expresóle en estas líneas 
mi reconocimiento. 

PEDRO M. JRCAYA. 

Caracas: ¡9/1. 



bolívar 



bolívar 



Pensamos que ya es tiempo de prescindir, para 
estudiar la personalidad de Bolívar, del criterio 
metafísico que ha venido informando de luengos 
años atrás nuestra literatura histórica y emplear más 
bien los fecundos métodos positivos, llevados por 
Spencer al campo de la ciencia social en general y 
aplicados por Taine en los dominios de la historia. 

Conforme estas ideas modernas es como nos 
proponemos estudiar aquí el Libertador. Empresa 
ardua que ni con mucho podemos realizar á caba- 
lidad. Mas, bastaría á satisfacernos que nuestro hu- 
milde trabajo estimulase la producción de otros, ins- 
pirados por la ciencia y en los cuales las cabezas 
pensadoras de la juventud venezolana esclareciesen 
los problemas que apenas nos es posible esbozar en 
estas lijeras apuntaciones. 



Sabido es que nuestro Héroe venía exclusivamente 
de la raza ibera. Raza autóctona de la península 
hispana, casi pura y homogénea, de rasgos físicos 
y psicológicos determinados, perteneciente á la rama 
mediterráneo-semita, de cráneo más ó menos alargado 
(dolicocéfalo) y color blanco moreno, de sensibilidad 

9 



PEDEO M. AKCAYA 



irritable é intenso amor propio. (1) Los ascen- 
dientes de Bolívar eran de sus mejores tipos. Familias 
de hidalgos formadas en el batallar constante de la 
Edad Media. (2) Por línea recta de varón hallamos 
la de su apellido: Bolívar, antiquísima en el solar 
vasco y cuyo nombre recuerda en lengua eúskara 
la pradera y el molino, esto es, rememora el género de 
vida de los primitivos iberos; de allí el escudo antiguo 
de sus armas, la rueda de molino sobre plata, que luego 
trocaron en faja azul, con panelas (corazones), sobre 
verde, símbolos heráldicos del valor guerrero y de 
las heridas recibidas en el combate. Por mujeres 
encontramos otras viejas familias castellanas y vas- 
cas, como la de Villegas, de la que hubo esforzados 
combatientes en las Navas de Tolosa, las de Pala- 
cios, Sojo, Ponte, Guevara, casa que en sus comienzos 
disputó la primacía á los Condes de Castilla y des- 
pués dio asunto á la musa del romancero, Samaniego 
y algunas más, que todas debieron su renombre al 
esfuerzo desplegado en la magna cruzada contra los 
Árabes. 

Veamos el estado de alma de estas gentes cuando 
se inició su éxodo de España en el siglo XVI. 

Fácilmente se comprende que la influencia de siete 
siglos de guerras, de leyendas y romances, obrando 



(1) V. H. Taine. Essais de critique et d' histoire le. edition. 
París, Hachette, 1896 y Alfred Fouillée, Le peiiple espagnol en la 
Revue des deux Mondes. 1'-' de octubre de 1899. 

(2) La j^enealogía de Bolívar se publicó por Arístides Rojas. 
Estudios históricos, vol. I. Acerca de los conquistadores, ascen- 
dientes de Bolívar, véase á Oviedo y Baños. 

10 



sobre el espíritu de un pueblo predispuesto por su 
constitución mental étnica á transformar toda idea 
sugerida y todo recuerdo lejano en visión interna, de 
contornos precisos y colores vivos, capaz de impulsar 
á la acción fuerte y sostenida, produjese á la postre los 
caracteres portentosos de ese siglo XVI, caballerescos 
é idealistas unos, fanáticos los más, aventureros otros, 
crueles muchos, pero todos dotados de acerada ener- 
gía, voluntad inquebrantable y ardoroso entusiasmo. 
Verdad es que á fines de ese mismo siglo, causas 
múltiples que no hay para que recordar aquí, co- 
menzaron en la península á deformar aquellos carac- 
teres, á convertir los caballeros en empleómanos, los 
apóstoles en frailes inútiles, los grandes capitanes y 
estadistas de las Cortes de Carlos V y Felipe 11 en los 
favoritos burócratas de los demás Felipes y Carlos, 
hasta presentar en el siguiente siglo XVII «el espec- 
táculo grandioso y lúgubre de un entusiasmo conver- 
tido en ritualidades, á manera de una lava ardiente 
que después de los deslumbramientos y magnificen- 
cias de su incendio, cae, se endurece y cubre la lla- 
nura con sus arroyos negros é inmóviles» según la 
bella frase de Taine. Mas precisamente cuando aún 
brillaba aquel incendio en todo su esplendor, cuando 
estaba todavía entera la savia de la raza, dejaron la 
madre patria los ascendientes de Bolívar. De las pro- 
vincias vascas, de las montañas de Burgos y León, de 
las llanuras de Castilla, las rías de Galicia y las costas 
de Andalucía bajan á esta América, semejantes á ban- 
dadas de aves procelarias que presintiesen cercanos 
cambios en las condiciones ambientes del cielo na- 
tivo y volasen á otros climas donde posible les fuese 

11 



PEDr.O M. ARO AYA 



emplear la fuerza de sus alas y hallar aire apropiado 
á sus pulmones. 

Venían á la conquista de Venezuela. Sus nombres 
están en nuestras antiguas crónicas junto con los de 
los otros pobladores de estas tierras. Allí Juan de 
Villega s, llegado con Alfínger á Coro en 1.528 y luego 
figura importante en toda aquella época; allí Juan 
Cuaresma de AAelo, Bartolomé García, Francisco de 
Madrid, Francisco MaMonado, Juan de Guevara y 
muchos más. Y en verdad que la conquista venezola- 
na fué campo de audacias y heroísmos sin cuento. 
Aquellas expediciones, idas de Coro hasta los confines 
de Guayana y los valles de Nueva Granada, repre- 
sentan el máximun de esfuerzos de que es capaz la 
naturaleza humana. Tómense en consideración el 
calor tórrido, las selvas intrincadas, la fiebre de los 
llanos y la nieve de las cumbres, los ríos caudalosos 
que atravesar y las tribus indígenas que someter, en 
medio de un país completamente desconocido y se 
comprenderá la magnitud de la empresa que realiza- 
ron aquellos hombres. 

Terminada la conquista quedaron los descendien- 
tes de los primeros pobladores dedicados á las artes 
de la paz, durante el largo período que constituye 
la época colonial; á los antepasados de Bolívar los 
vemos en los Regimientos y Alcaldías de Caracas 
erigiendo iglesias, ocupados en el cultivo de la tierra 
y la explotación de minas. 

Examinemos, pues, las influencias que hicieron 
surgir por fenómeno atávico, de los pacíficos agri- 
cultores de fines del siglo XVlll, al guerrero indo- 
mable, heredero de las energías y heroísmo de sus 

12 



lejanos abuelos los conquistadores de! siglo XVI y 
los más antiguos caballeros de la cruzada española. 

Es cuestión controvertida en antropología la déla 
posibilidad de adaptación de las razas europeas á los 
climas tropicales, afirmándola algunos sabios como 
Quatrefages y negándola muchos otros. Esta última 
opinión predomina hoy y en verdad que su certeza se 
impone á todo el que estudie la evolución social de 
estos países. Déjanse sentir, en las razas blancas 
puras, aún en la más resistente al medio tropical, 
que es la española, al cabo de mayor ó menor nú- 
mero de generaciones, los efectos destructores del 
medio. El sistema generalmente más afectado es el 
nervioso, por eso los temperamentos locos, como 
diría Maudsley, los casos de enagenación mental, 
las parálisis y demás neuropatías. (3) 

Si á esta influencia general del medio, de que, 
como es evidente, no. podían librarse las familias de 
las cuales procedía Bolívar, agregamos en su caso 

(3) El Doctor Gil Fortoul recuerda el caso de una población 
de degenerados en el interior de la República, proveniente de 
los conquistadores españoles del siglo XVI, sin mezcla de otras 
razas. Observó un número exorbitante de sordos, mudos y 
locos. Atribuye la degeneración á las repetidas uniones entre 
próximos parientes. Sin embargo, nos permitimos advertir que 
según las últimas conclusiones de la ciencia el matrimonio entre 
consanguíneos no es por sí sólo causa de degeneración de la 
prole, sino que acumula en ésta los factores degenerativos que 
puedan existir en los cónyuges por común herencia de unos 
mismos ascendientes. De manera, pues, que en el caso citado, 
en definitiva la causa es la acción del medio. Esto confirma 
nuestra opinión del texto. V. Gil Fortoul. El Hombre y La 
ílistoria. París. Garnier. 1896. 



13 



'EDRO M. ABCAYA 



particular que la mayor parte de ellas provenían, según 
hemos visto, de los conquistadores de Venezuela, 
hallaremos algunos datos más sobre qué fundar las 
conclusiones que nos proponemos establecer. 

«La conquista, dice Fouillée, y aún la inmigración 
pura y simple producen siempre una regresión mo- 
ral.» Obsérvase así principalmente en las guerras 
de conquista de los pueblos europeos, en los países 
nitertropicales no civilizados. La causa de este fenó- 
meno consiste en diversas influencias, entre las cuales 
además de las que indica Fouillée, (codicia, ruptura 
de los antiguos nexos de familia) hay que recordar 
como primordial la sugestión ejercida por el espec- 
táculo de la vida primitiva, azuzando los viejos ins-l 
tintos latentes y despertando á veces en el hombre 
civilizado «e\ salvaje que cada quien porta adormecido 
ó encadenado en la caverna de su propio corazón.»} 
Mas no impunemente se puede retroceder en ningún 
sentido, en la escala de la evolución humana, sin que 
toda la máquina nerviosa se resienta y sufra y es por 
eso que la regresión moral de que habla Fouillée 
concluye muchas veces por traducirse en una su- 
perexitación nerviosa mórbida del organismo. A estas 
causas psicológicas hay que agregar las terribles in- 
fluencias físicas del paludismo y otros venenos orgáni- 
cos cuyos efectos tienen que ser máó violentos en los 
que andan en expediciones guerreras por estas zonas, 
resultando necesariamente de la combinación de todos 
estos factores, ese estado mental propiamente patoló- 
gico, que á la postre se observa en muchos de los 
conquistadores de las tierras intertropicales, desde las 
antiguas incursiones españolas en iA.mérica hasta las 

14 



bolívar 

últimas de los ingleses y franceses en el África Ecua- 
torial. Es indudable que muchas de estas observa- 
ciones pueden aplicarse á los primeros antepasados 
de Bolívar en América; y efectivamente, ni aún el 
mismo Juan de Villegas, tan alabado por nuestros 
cronistas, se halla exento de complicidad en crímenes 
como los perpetrados por Carvajal. Era muy intensa 
Ja fascinación ejercida por aquel cuadro terriblemente 1 
iiermoso de la conquista, orgía de sangre y heroísmo | 
codicia y crueldad. 

En resumen: esa superexitación psicopática de 
los primeros antepasados de Bolívar, trasmisible por 
herencia á sus descendientes y los efectos del medio 
tropical, también sucesivamente actuando y acumu- 
lándose por herencia en cada generación, constituían 
á las familias de que venía el Libertador en materia 
eminentemente apta para la producción de anormali- 
dades psíquicas. 

Como explicable fenómeno biológico nos aparece 
así el genio poderoso de Simón Bolívar. En efecto, los 
modernos estudios del profesor Lombroso y su es- 
cuela (4) han puesto en claro la naturaleza epüep- 
toide del genio, cuyas impulsiones se clasifican como 
una de las formas de las psicosis degenerativas 
(progenerativas quiere Ch. Richet) de la familia 
de las epilepsias, entendiendo con este concepto las 
irritaciones de la corteza cerebral. No es esta la 
oportunidad de recordar los fundamentos científicos 

(4) V. Cesare Lorabroso' L'homme de genie. París. Alean. 
1889. 

15 



PEDRO 31. ATÍCAVA 



de este postulado ni el valor de las críticas de que ha 
sido objeto, bastándonos admitir su enunciado. (5) 

El caso de Bolívar pudiera servir como prueba de 
las teorías del célebre sabio italiano. En él se advierte 
en su más alto grado la señal característica del ge- 
nio: la inspiración obrando en el héroe como gran- 
diosa, extraña fuerza impulsiva. Oigamos á Lombro- 
so: "La identidad del genio y de la epilepsia nos la 
prueba sobre todo la analogía del acceso epiléptico 
con el momento de la inspiración, por esa incons- 
ciencia activa y potente que crea en el uno y pro- 
duce convulsiones en los otros." 

En las metarmórfosis hereditarias de la degene- 
ración, debida al medio, del sistema nervioso de su 
raza, tocó en lote á Simón Bolívar la psicosis genial. 
Cuando se estudien las manifestaciones patológicas 
que haya presentado su familia, indudablemente que 



(5) «Nadie hasta ahora, hay que confesarlo, dice el profe- 
sor Giuseppe Sergi, ha sabido crear una teoría mejor que la de 
Lombroso sobre el genio, á pesar de que se han esbozado mu- 
chas después y de que se ha tentado derribar la suya" (Gil 
uomini di genio, en la Nuova Antología de Roma, 1^ de fe- 
brero, 1900). En efecto las críticas de algunos psicopatólo" 
gos versan realmente sobre cuestiones de detalles. Las hipó" 
tesis biológicas evolutivas de Max Nordau, Morselü y otros 
sóbrelos orígenes del genio no concuerdan con los datos déla 
biología sobre que se las quiere fundar. La teoría sociológica 
de Gabriel Tarde sobre el oficio del genio en las sociedades, sí 
puede concordar con la de Lombroso que sólo es relativa á su 
génesis. En este estudio ambas las aplicamos á Bolívar. Nada 
hay que decir de las antiguas teorías metafísicas de los filoso- 
fadores de la historia; carecen de toda base en la ciencia 
positiva. 

16 



BOLÍVAR 

se encontrarán algunas otras formas, de naturaleza 
inferior, de la misma degeneración: epilepsia común, 
vesanias, quizás locura. (6) 

En el mismo Bolívar hallamos muchos de los ras- 
gos presentados por Lombroso como indicio de les orí- 
genes y nexos psiquiátricos del genio. Recordaremos 
algunos. (7) Esterilidad. El Libertador no dejó des- 
cendencia de su matrimonio, ni tampoco, que se sepa, 
hijos ilegítimos; esta observación es también del 
Doctor Lisandro Alvarado. Actos inconcientes. Preo- 
cupados los historiadores patrios de los asuntos polí- 
ticos, descuidaron los detalles personales que pudieran 
arrojar mucha luz acerca del Libertador; sin embargo, 
de algunas acciones de esa naturaleza se conserva me- 
moria: por ejemplo en Angostura, en un convite dado 
por Irwing, Comisionado Norte Americano, Bolívar al 

(6) Para esas investigaciones liabría el temor de despertar 
susceptibilidades, pero así como nadie puede creer que sea por 
halagar preocupaciones aristocráticas que se estudian los orí- 
genes nobiliarios de Bolívar, tampoco debe verse en lo otro 
sino un interés puramente científico. En Europa se examinan 
cuidadosamente las manifestaciones psiquiátricas de las fami- 
lias de los grandes hombres; multitud de noticias en ese sen' 
tido acumula Lombroso en su obra ya citada y con frecuencia 
aparecen estudios análogos en las principales Revistas; por 
ejemplo el trabajo del Dr. ¿1. Sadger, sobre Goethe, en la Deuts- 
che Revue, de Stugard, 1'^ de abril de 1.900. 

(7) Los datos que siguen en éste y el inmediato párrafo 
están tomados de las Leyendas Históricas, por el Doctor A. 
Rojas. Neurosis de los hombres célebres de Venezuela, (artículo 
del doctor L. Alvarado.) Historias de Venezuela (Baralt, etc.) 
Vidas de Bolívar. Documentos para los anales de Venezuela, 
Autobiografía de Páez, etc., etc. 

17 



PBDRO M. AECAYA 



llegar á los postres sube de pronto á la mesa del 
banquete y va de un extremo á otro pisando cuanto 
en ella había y exclama ante los circunstantes sor- 
prendidos: «así iré del Atlántico al Pacífico hasta 
acabar con el último español.» Delirio. De tal puede 
calificárselo ocurrido en Casacoima, sobre lo cual no 
nos detendremos por ser un incidente muy conocido. 
Hiperestesia psíquica. Muchos sucesos prueban la 
vivísima sensibilidad de Bolívar, generadora de ac- 
ciones impulsivas, instantáneas, provocadas por cual- 
quier motivo que le chocase, por ejemplo cuando en 
1812 arroja del pulpito á un sacerdote que predicaba 
contra la Causa patriota; por eso también la inquie- 
tud de su carácter, la impaciencia que le dominaba, 
los accesos de melancolía precedidos y seguidos por 
períodos de anormal animación, verdaderas crisis 
nerviosas, en fin, que en los últimos años de su vida 
produjeron en él aquel raro estado de ánimo que él 
mismo describe en su correspondencia, análogo al 
de su primera juventud después de la muerte de su 
esposa en 1802. Volviendo á esa época, vemos cómo 
repuesto entonces por los consuelos de su maestro 
Rodríguez, pasa de la tristeza más profunda á los 
mayores excesos contrarios. «En Londres gasté ciento 
cincuenta mil francos entres meses. Me fui después 
á Madrid donde sostuve un tren de príncipe. Hice 
lo mismo en Lisboa, en fin, por todas partes os- 
tento el mayor lujo y prodigo el oro á la simple apa- 
riencia de los placeres," escribía en 1804 á la baro- 
nesa Tobriand Aristeguieta; en esa misma carta ha- 
bla de estar ''atormentado por vagas incertidum- 
bres," Páez observa su inquietud en las marchas 

18 



ÜOLIVAll 



durante las cuales procuraba distraerse entonan- 
do canciones patrióticas; así mismo la excesiva 
movilidad del cuerpo y el brillo de la mirada. Loco- 
motividad. Desde inuy joven se fuéá Europa y luego 
pasó largos años en viajes por aquel continente y 
después en América. En la guerra de Independencia 
perdió varias campañas por ese prurito de movimien- 
to, que á su vez lo impulsó á aquellas gloriosísimas 
expedicione?=^á través de los Andes. Agotamiento pre- 
coz. Este rasgo, indicado por Sergi, se encuentra en 
Bolívar, quien á los 47 años de edad, en que murió 
de tuberculosis pulmonar, representaba ser un sexa- 
genario, según observaciones de testigos contem- 
poráneos. 

La mayor parte de estas anomalías constituyen 
indicios marcados de enfermedades nerviosas. En este 
sentido dice el doctor Lisandro Alvarado que se puede 
ver á Bolívar, bajo el aspecto puramente médico, como 
un cerebro al parecer desequilibrado. (8) Y el doctor 
Arístides Rojas habla de las locuras de! genio. El 
mismo Libertador en carta al General Urdaneta, de 
octubre de 1830, dice: «Yo sufría antes bilis y con- 
tracción de nervios y ahora ha resultado mi antiguo 

reumatismo » «Mi bilis se ha convertido en atra- 

bilis, lo que ha influido poderosamente en mi genio 
y carácter.>> 



(8) Revisando este estudio para publicarlo, leo en "Los 
Ecos del Zulia" una muy reciente conferencia del doctor Mar- 
cial Hernández, entendido médico y escritor de Maracaibo, 
sobre Bolívar; sus observaciones llevan las mismas tendencias 
que las citadas en el texto, del doctor Alvarado. 



19 



PEDRO M. ARCAYA 



Caben aquí los siguientes conceptos de Enrico 
Ferri. (9). 

"Para la ciencia contemporánea la degeneración 
"no es sinónimo de degradación y de inferioridad, 
"porque á menudo está acompañada de mejoras y 

"perfeccionamientos La teoría Lombrosiana de que 

"el genio es una manifestación de degeneración ep¡- 
" leptoide es una de esas intuiciones de la humani- 
"dad primitiva, que después de millares de años 
"comienza hoy solamente á apoderarse de la opi- 
"nión pública bajo las demostraciones evidentes de 
"la ciencia positiva. Anormales en su constitución^ 
"con numerosos estigmas de degeneración orgáni- 
"ca y psíquica, los hombres de genio son una prue- 
"ba de los efectos, á veces bienhechores, de las 
"energías evolutivas de la degeneración humana, que 
"está fatalmente condenada á la esterilidad y el ago- 
"tamiento en sí misma, pero sólo después de ha- 
"ber derramado la luz de alguna verdad incógnita 
"sobre la masa vegetante de los hombres norma- 
" les, de los hombres del sentido común.". 

Pero examinemos más á fondo el punto tratan- 
do de relacionar los datos que hemos hallado so- 
bre la naturaleza anormal del alma de Bolívar, 
con el atavismo étnico que atrás dejamos indica- 
do como origen de la similitud que, en sus cuali- 
dades fundamentales, se advierte en él con sus más 
lejanos antepasados. Asentemos en primer término 
que la producción intensa en un individuo de los 

(9) E. Ferii. Les anorniaux. Reviie des Reviics. París, Febrero 
de 1899. 

20 



BOLIVAK 

rasgos fundamentales de toda una raza histórica y 
la reaparición al cabo de múltiples generaciones de 
tipos semejantes, constituye realmente un fenómeno 
de atavismo más bien que de herencia ordinaria. 
Bástenos en este punto referirnos á las definiciones 
de Ribot. (10). 

Ahora bien : así como del atavismo orgánico 
puede decirse que constituye una manifestación te- 
ratológica regresiva (Max Nordau. Degenerescence) 
así también en el atavismo psicológico puede afir- 
marse que hay una anormalidad, ora también regresiva 
cuando es de cualidades antisociales, ora progresiva 
cuando es de cualidades anímicas de especie superior. 
Por eso semejante manifestación teratológica cabe 
perfectamente en el cuadro de las anomalías cuyo 
conjunto constituye el genio (11) y en muchos casos^ 
principalmente en los genios de acción, puede ser eso 
lo que les comunique su fuerza, lo que suministre la 
lava ardiente que se removerá en las convulsiones 
como seísmicas de la epilepsia creadora. Y es lo que 
ocurre con Bolívar, encarnado n de las cualidades 
fuertes de la antigua y extinta alma española. 

Hipólito Taine llama á Napoleón hermano pos- 
tumo del Dante y Miguel Ángel y lo clasifica entre 
ios genios de la vieja Italia, de algunas de cuyas 



(tO) Th. Ribot. L'heredité psichologique. 5e. edition. Pa- 
rís. Alean. 1894. 

(ll) A\á5 ó menos en este sentido se expresa Lombroso en 
el prefacio de su libro ya citado, apoyándose en las investiga- 
ciones de Gegenbaiier, que demuestran que no es siempre el 
atavismo una inferioridad regresiva, sino que más bien consti- 
tuye á veces un elemento de progreso. 

21 



PDIÍO M. ARCA VA 



razas medioevales descendía. Con más razón po- 
demos contar á Bolívar entre los capitanes, los poe- 
tas, los místicos del gran siglo español, el décimo 
sexto. Reúne la firmeza de sus héroes á la sensi- 
bilidad de sus artistas, con el tinte especial en sus 
concepciones y sus obras que caracteriza á los hom- 
bres de esa época y de ese pueblo y los distingue 
df las demás grandes personalidades de la historia, 
imaginaos en conjunto á Hernán Cortés, el gue- 
rrero conquistador de reinos y San Francisco Javier, 
el taumaturgo conquistador de almas; poned el sen- 
timiento de un Murillo, el misticismo lúcido de Santa 
Teresa de Jesús, la clara inteligencia de un Cervantes 
y agregad también algo de la inflexibilidad (dadle otro 
nombre f=-\ os place) de un Fernando Alvarez de To- 
ledo y se os representará el alma extraña de Bolívar. 
Y esto que ya en general aparecerá como evi- 
dente postulado á quien quiera que haya estudiado, 
con observación psicológica, la vida de Bolívar, re- 
sulta con innegable certeza al analizar minuciosa- 
mente aquel gran temperamento. Dice Taine que uno 
de los rasgos distintivos del hombre español es 
la necesidad de la sensación violenta, al igual de 
su carácter duro y enérgico, tenaz y resistente. De 
allí las pasiones fuertes que estallan como volcán, 
Y en verdad que encontramos á cada paso situacio- 
nes que lo confirman en el romancero y el teatro 
español, es decir, en la vida de ?quel pueblo allí 
pintada en sus más salientes formas. En la exis- 
tencia de Bolívar aparecen casos que semejan copias 
engrandecidas de aquellas situaciones. Recordad el 
reto colectivo de Don Diego González de Lara, el 



22 



bolívar 

primo del Cid, quien exaltado por el asesinato de su 
rey ante los muros de Zamora increpa y desafía á 
todos sus habitantes. «Os reto los Zarnoranos por 
traidores fementidos.» Bolívar indignado por las 
crueldades de algunos Jefes enemigos lanza el terri- 
ble grito de Trujillo: «españoles y canarios, contad 
con la muerte aunque seáis inocentes.» Ved si no 
hay allí en el héroe de la ficción y el héroe his- 
tórico la misma incontenible explosión de cólera, 
la «detente terrible et roide» que nos dice el his- 
toriador francés, del alma española. 

Tenaz resolución de expulsar del suelo hispa- 
no al moro invasor, de los caballeros medioevales, 
ardiente celo porque, aún por la fuerza, dominasen 
en todo el mundo los dogmas del romano catoli- 
cismo, de los Inquisidores y los monjes del Rena- 
cimiento, voluntad inflexible de romper el yugo es- 
pañol, en §imón Bolívar, he allí manifestaciones 
diversas, pero que al observador psicólogo tienen 
que aparecer como originadas de la misma raíz 
biológica, es decir, de la estructura íntima de la 
raza, forjada en el trascurso de largos siglos. 
En la guerra magna los discursos, las proclamas, 
los actos todos de Bolívar están inspirados por entu- 
siasmo rayano en misticismo: con un pequeño gru- 
po invade á Venezuela en 1813, con un puñado de 
amigos desembarca en Ocumare en 1816, con escaso 
núm.ero de soldados, hambrientos y desnudos, tras- 
monta los Andes é invade á Nueva Granada en 
1819. Y siempre va pleno de confianza, seguro del 
éxito. Es el mismo entusiasmo enérgico que ins- 
piraba á los viejos Iberos en sus luchas contra Roma: 

23 



PEDRO M. AKCAYA 



en cierta ocasión después de una victoria de sus 
contrarios, enviaron á decir á éstos: «os dejaremos 
salir de España, si nos dais un traje, un caballo y 
una espada por cabeza." El mismo que inspiraba á 
Pelayo y á sus conmilitones cuando en las monta- 
ñas de Asturias resistieron las turbas sarracenas. El 
mismo que lanzó después los conquistadores de la 
América á empresaó pasmosas. 

En todo se nota la influencia de los atavismos 
étnicos; en las nobles cualidades como en los defectos, 
fían observado los psicólogos franceses que hemos 
tenido ocasión de citar, la radical incapacidad de 
ios iberos para adaptarse á las condiciones vul- 
gares y necesarias de la vida ordinaria. Y es lo 
que se patentiza en Bolívar; nadie como él para 
las acciones brillantes, la lucha incansable, la pro- 
clama épica; nadie que tuviese la majestad de su 
palabra en medio de las multitudes delirantes, en 
sus entradas triunfales á las metrópolis de América. 
Mas aquel hombre «hecho como el fuego del cielo 
para brillar entre las tempestades» no se hallaba bien 
en la tranquilidad de un gabinete de administración, 
entre las estadísticas fastidiosas, relaciones de su- 
cesos vulgares de apartadas poblaciones, examen 
minucioso de los pequeños detalles de la vida na- 
cional, en que un Washington, por ejemplo, encon- 
traba el mejor empleo de sus facultades políticas. 
Lo que el mismo Bolívar decía al Congreso de Cúcuta 
en 1821 era la verdad: «el bufete es para mí un 
lugar de suplicio.» Por eso que abandonase los cui- 
dados del Gobierno á los hombres que lo rodeaban, 
entre los cuales muchos había que no aspiraban 

24 



sino al propio provecho, originándose así los desór- 
denes de ios últimos días de Colombia. 

Veamos la influencia del momento histórico y de 
las ideas ambientes en el espíritu de Bolívar. Po- 
sible es que si hubiera nacido siglos atrás, su ge- 
nio activo y militante habría hecho de él uno de 
aquellos brillantes caballeros de la Corte de Cados V 
y quizá en alguna de sus crisis nerviosas habría 
concluido por cambiar la espada por el hábito, como 
el mismo Emperador, como un Ignacio de Loyola ó 
un Francisco de Borja. Mas nacido Bolívar en otra 
época, de sentimientos tan fuertements sugestivos 
como los de aquel siglo, pero que impulsaban por 
distintas direcciones, su genio se inspiró en otros 
ideales. La sugestión guerrerra ciertamente era la 
misma: por virtud de las luchas grandiosas de la 
Revolución y el Imperio, manteníase muy alto el con- 
cepto de la gloria militar. Mas en materia de creen- 
cias no eran las doctrinas religiosas las que 
conmovían el mundo sino las doctrinas sociales, los 
propósitos políticos. 

El ideal de la Independencia de Sur América, 
soñada p^r Miranda, estaba en perfecta armonía 
con la constitución mental hereditaria de Bolívar. 
Había allí un concepto que evocaba imagen con- 
creta, visión interna de contornos precisos y colores 
vivos. Genio de imaginación y de acción, en ese 
pensamiento hallaba campo grandioso donde espa- 
ciarse y donde ver en encendida perspectiva todas 
las apariciones de la gloria futura. A su necesidad de 
acción se le presentaban allí vistas ilimitadas: bata- 
llas que ganar, enemigos potentes que vencer, pueblos 

25 



PEDRO M. AKCAYA 



por electrizar, en una palabra: cómo renovar en la 
historia el fíat genésico. De allí que el propósito de 
la Independencia se convirtiese en Bolívar en mag- 
na obsesión. Era un poseído. Por eso que fuese 
capaz de realizarlo. Debía polarizar el alma de sus 
contemporáneos, fascinarlos con las súbitas fulgu- 
raciones de su inteligencia y con las manifestaciones 
de su incontrastable voluntad. Verdadero fenómeno 
de sugestión colectiva, análogo al realizado por las 
demás grandes personalidades de la historia. (12) 
Mas para la génesis de este fenómeno se requiere lo 
que precisamente hemos visto ocurría en Bolívar: el 
arraigamiento profundo de la ¡dea en el apóstol, 
mediante la concordancia de aquella con todas las 
condiciones de la organización psicológica de éste. 
Triunfante ya la causa de la Emancipación, co- 
mienzan á manifestarse en el Libertador las tenden- 
cias del estadista y desde luego resulta con incues- 
tionables caracteres la influencia étnica. Aún desde los 
primeros años de su juventud, mostró instintiva 
repugnancia para entrar en la comunión de los 
degenerados discípulos de Rousseau, pues jamás 
fué sacerdote del culto que entonces predominaba 
de la razón razonante, con sus preces constituidas 
por series de palabras vacías, conceptos inhábiles 
para evocar ninguna imagen precisa de hechos reales, 
''sustantivos abstractos/' y nunca Bolívar, cuyo ce- 
rebro estaba pleno de fuego abrasador, podía con- 

(12) V. G. Tarde. Les lois de I'imitat ion. 2e. edition. París. 
Alean. 1895. G. L Bon. Psicologie des foules. 2e. edition. Pa- 
rís. Alean. 1896. 

26 



bolívar 

tentarse con un credo que parecía hecho para Ro- 
bespierre, el declamador automático, el pedante 
inepto y sanguinario de la Revolución Francesa. Pero 
más que su inteligencia poderosa, bastante para 
hacerle ver los defectos de las doctrinas reinantes 
en su tiempo, influían á apartarlo de ellas sus im- 
pulsos inconcientes. Era que en los estratos heredi- 
tarios de su alma, otra concepción del Estado y el 
Gobierno existía, también metafísica y como la de 
Rousseau absorvente y exclusiva,pronta á manifestarse 
en su tiempo: ya lo veremos. El profundo Taine ha 
observado en Napoleón, cómo por su atavismo itálico 
adoptó él la teoría del Estado tal como se entendía 
en el viejo imperio Romano. Estudíese la historia de 
Bolívar imparcial mente y se hallará que como doc- 
trina de Gobierno sustentaba la necesidad de un 
poder ilimitado, la tutela ejercida sobre la Nación 
para salvarla, á su modo de ver, de la anarquía y 
el desorden: en una palabra, la dicta iura suya con- 
siderándose él como llamado á misión providencial; 
en el fondo la misma vieja concepción de los monar- 
cas españoles. 

Sus actos en los últimos actos de su mando prue- 
ban claramente cómo ciertos sentimientos dormidos 
de su raza, latentes hasta entonces en los dominios 
inconcientes de su espíritu, surgían de ese fondo 
oscuro á las cimas iluminadas de la conciencia y se 
apoderaban de la dirección del grande hombre. A 
fines de 1828 manda suspender las cátedras de 
legislación universal, de derecho político, de cons- 
titución y ciencia administrativa, sustituyéndolas con 
una de fundamentos y apología de la religión cató- 

27 



PEDRO M. AECAVA 



lica romana y de su historia, y prohibe las logias 
masónicas. (13) Después restablece los conventos y 
se convierte en protector decidido de la Iglesia, de tal 
modo que partidarios suyos se hacen casi todos los 
Obispos y clérigos de Colombia. 

Era que ya en Bolívar hablaban los muertos, los 
familiares del Santo Oficio de los tiempos de la Co- 
lonia, los caballeros semimonjes de la Edad Media. 

Hé aquí que de los personajes característicos, 
en la ficción ó en la historia, del alma española, 
pasó rápidamente en la personalidad de Bolívar el 
Don Juan derrochador y espléndido de los primeros 
años de su juventud. Apareció luego, como fantas- 
magórica visión, entre el ruido de las batallas, el Cid 
Campeador, es decir, el guerrero heroico combatiente 
por la patria. Y á la postre queda en primer término 
la severa figura del Felipe II histórico, no el cruel y 
sanguinario de las leyendas sajonas, sino el que era 
personificación de la austeridad de su raza, el represen- 
tante hereditario de aquellos cántabros de que habla 
Estrabón, siempre vestidos de negro, silenciosos é 
insociables. 

Gustavo Le Bon apellida el genio la flor mara- 
villosa de la^ raza. Imagen exacta. En este estudio 
sobre Bolívar hemos visto el viejo árbol en su suelo 
originario; hemos asistido á su trasplantamiento á la 
selva tropical; el calor tórrido secó muchas ramas, 
hizo caer agostadas muchas hojas, pero al cabo bro- 
tó en la copa del viejo árbol una flor extraña, conden- 
sación de toda su savia. Los venenos orgánicos am- 



(13) Barait y Díaz. Historia de Venezuela. 
28 



HOLIVxVR 

bientes, la sangre humana con que fué abonado el 
suelo comunicaron á la flor colores raros, formas des- 
conocidas, reflejos fascinadores. Vino la tempestad 
y ai raneó el extraño brote y lo elevó á los cielos. A 
la luz del relámpago vieron los hombres el brillo fan- 
tástico de sus pétalos y se ha hablado de misterio 

Pero estudiad como naturalistas la flor tropical en 
sus elementos irreductibles y permanentes; ved el 
tronco de donde salió y hallaréis los datos suficien- 
á su clasificación botánica. Y en el museo de la 
historia otras flores hermanas suyas encontraréis 
provenientes de la misma planta. 



CORO, 1900. 



JOSÉ ANTONIO PAEZ 



JOSÉ ANTOlSriO PAEZ 



Por extremo interesante es para el psicólogo el 
estudio de esta personalidad, una de las más resal- 
tantes de la historia venezolana. 

Pocos han tenido como Páez el don de esclavizar 
las voluntades de otros hombres y de llevarlos dóciles 
á todas partes, á la guerra, al sacrificio, á la insu- 
rrección, á sostener un orden legal ó á derrocarlo, 
extraña facultad de sugestión que constituye en Ve- 
nezuela el prestigio de los Caudillos guerreros y 
explica la trama de nuestra historia. 

Páez por su raza, (1) mezcla de elementos blan- 



(1) En su Autobiografía nombra el general Páez á un pa- 
riente suyo, Domingo Páez, "natural de Canarias." Esto hace 
ver que los ascendientes directos de nuestro héroe eran de 
aquellas Islas, pero es indudable también que tenía mucho de 
la raza autóctona de Venezuela. Además hemos hallado los 
siguientes datos hasta ahora desconocidos: En 1776 intentó 
•queja Juan Victoria Páez (padre del General) ante el Gober- 
nador Agüero, contra el Alcalde de San Felipe, Don Miguel 
Casadevante, porque este le prohibía, con el pretexto de no ser 
blanco, el uso de pistolas en las cabezas de la silla de montar. 
Páez alegaba estar en la posesión de la calidad de blanco del 
estado llano ó sea de sangre limpia, (expresión que en el len- 
guaje de la época comprendía también á los mestizos,) pues se- 
gún un justificativo judicial, que en 1765 hizo evacuar en un 

33 



PEDRO 31. AKCAYA 



eos é indígenas, estaba en las mismas condiciones 
étnicas de la inmensa mayoría del pueblo venezo- 
lano. Instintos guerreros heredaba de uno y otro de 
sus factores. Del componente indígena le venía lo 
que á la generalidad de los soldados venezolanos; 
la nostalgia inconsciente de la vida nómade, el ins- 
tinto de vagar por los bosques en esas pequeñas par- 
tidas que llamamos guerrillas y que no son en el 
fondo sino la reviviscencia de las hordas precolom- 
binas. 

En Páez el deseo atávico de la guerra, la nece- 
sidad innata de la actividad tumultuosa de los campa- 
mentos, alcanzó por ese incógnito concurso de cir- 
cunstancias que hace desiguales los individuos aún 
dentro del círculo de comunes rasgos hereditarios, 
tal intensidad, era tanta la fuerza nerviosa de su or- 
ganismo que en la algazara de los combates se des- 
bordaba en convulsiones semejantes á los ataques 

pueblo del Llano su hermano Juan José Páez, los dos eran 
hijos legítimos de Juan José Páez y Luisa de Mendoza, el 
primero vecino de San Felipe é hijo natural de Don Gabriel del 
Campo y de una Páez, de Valencia, y la esposa, hija legítima 
de Luis Rodríguez de Mendoza, isleño canario y de María 
Venancia de la Mota, caraqueña, hija natural de Isabel de 
la Mota, todos "blancos limpios, sin raza de moro, judío, 
confeso ni penitenciados por el Santo Oficio." El Gobernador 
Agüero, sin detenerse á decidir á acerca de la calidad de blan- 
co del postulante lo amparó contra la injusticia del Alcalde 
Casadevante disponiendo que "las Justicias de la ciudad de 
'San Felipe y demás jueces de ella no impidan á dicho Páez el 
" uso de pistolas en la silla de montar y demás armas lícitas 
■' y permitidas sin ningún pretexto, causa ni motivo-" (Docu- 
mentos del Archivo del Registro Principal de Caracas. — Limpie- 
za de sangre. Expediente sobre los Páez). 

34 



JCSE ANTONIO PAEZ 



de la epilepsia. Las condiciones de su temperamen- 
to le hicieron adoptar en sus mocedades las rudas 
faenas del pastor nómade de los llanos. Vino la guerra 
y en pocos años el humilde pastor se hizo Señor de la 
pampa. Proceso singular en el cual vemos cómo el 
Jefe nato se hace caudillo efectivo de una extensa 
grey humana. 

En los primeros choques expone audazmente la 
vida. En la mano la pesada lanza realiza prodigios 
de valor y de fuerza. En la lucha, sorda á veces, pa- 
ladina otras, que se establece entre el prestigio de 
Páez y el de otros valerosos oficiales patriotas, triunfa 
el de aquél. Sus rivales se convierten en subalternos 
suyos. En ocasiones le es menester reafirmar su triun- 
fo por actos que demuestran que está vigente la su- 
perioridad de su fuerza y de su coraje. (2) 

Al cabo es el Jefe indiscutible, el caudillo obedecido 
y amado. Proclámanlo así en 1816. Ya puede llevar 
aquellos hombres á todas las heroicidades. No son 
meros soldados que comanda, en el sentido técnico 
de la palabra. Son su gente. Quiéralo él y en segui- 
miento suyo se lanzarán ciento cincuenta jinetes á 
combatir toda la caballería de Morillo. Mándelos y á 
nado se echarán á tomar flecheras enemigas. Llé- 
velos á la batalla de Carabobo y como una tromba 
caerán sobre las contrarias huestes 

La guerra removiendo en aquellos hombres el 
sedimiento hereditario de sus instintos combativos 
ha removido también todo el fondo étnico de su es- 
píritu. Llevóse el torrente la tierra móvil, es decir, 



(2) Véase el bello estudio de don Arístides Rojas, titu- 
lado "Aramendi" en sus Leyendas Históricas. 



35 



FEDIÍO il. APX'AYA 



el respeto á las fórmulas legales, superpuesto du- 
rante la colonia val desnudo quedó la roca primi- 
tiva, la que como dice Taine, determina la inclina- 
ción general del suelo. Revivió la necesidad psíquica 
de someterse á un jefe, de obedecerlo ciegamente, 
como antaño, en la época precolombina, se obedecía 
á un régulo ó cacique. Y este jefe, este caudillo re- 
clamado por la voz de la raza, resonando sordamente 
en las regiones inconscientes del alma, no podía ser 
el que otros, obrando en nombre de la legalidad y de 
la jerarquía militar regu!ar, quisieran imponer á aque- 
llos hombres, no podía ser el plumario Santander 
sino Páez, que con sus hazañas había hablado á su 
imaginación, con sus palabras había ganado su 
afecto y por su fuerza física, en fin, representaba 
para aquella grey el hombre del palo de que nos 
habla Letourneau, el macho más robusto de la horda 
humana primitiva. No podía gobernarlos sino Páez^ 
que era quien en suma tenía el título del prestigio. 

Palabra esta que indica un fenómeno psicológi- 
co peculiar del pueblo venezolano. Aquí, como ya 
dijimos, el yor^á^/^/o es sugestión, es el dominio que 
un hombre ejerce sobre la voluntad de un grupo 
determinado de otros hombres, que le siguen á donde 
quiera llevarlos y que constituyen su gente. Es 
afecto y respeto. Indudablemente es poderosa esta 
sugestión y para que un fenómeno tal pueda produ- 
cirse, es menester que concurran, en laí^ masas po- 
bladoras, circunstancias especiales de raza y de edu- 
cación. 

Estas circunstancias existen en Venezuela, en 
cuyo pueblo gravita aún con peso enorme, la heren 

36 



JOSÉ ANTONIO PAEZ 



cía psíquica de las tribus bárbaras de las que des- 
cendemos. En la escala de nuestra evolución, á po- 
cos tramos, es decir á cortos siglos atrás, hallamos 
al indígena de nuestros bosques y al negro de las 
selvas africanas. Unos y otros vivían bajo el régimen 
de jefes absolutos y á sus caciques ó reyes venerá- 
banlos á iveces como dioses. 

En el fondo inconsciente del alma popular, co- 
mo estrato hereditario de ese multisecular proceso psí- 
quico de la sumisión de los hombres á un seme- 
jante suyo, ha quedado la sugestionabilidad, el fácil 
sometimiento, voluntario en apariencia, determinado 
en realidad por las remotas causas explicadas, al 
querer de un jefe. Cuando hay varios caudillos que 
aspiran á imponerse en el alma de las multitudes 
se comprende que unos se vayan con determinado 
jefe y otros con algún rival suyo, pero se advierte 
que en el fondo obra en todos la misma tendencia 
inconsciente. 

En la Europa moderna, donde las masas pobla- 
doras poseen una herencia psíquica diferente de la 
nuestra, es imposible la producción del fenómeno 
prestigio tal como se ha dado en Venezuela. Muy 
distinto es el menear de las turbas en aquellos países 
de! caudillo venezolano, del jefe de los grupos huma- 
nos que llamamos círculos y partidos en la paz y ejér- 
citos en la guerra. Scipio Sighele se ocupa en uno 
de sus libros de los meneurs europeos. Son ge- 
neralmente hombres que exagerando las aspiraciones 
de las turbas logran encabezarlas. Mas su influjo, 
potente en un momento dado, puede desaparecer con 
la mayor rapidez y por lo común las multitudes 

37 



TEDEO M. Alie A YA 



europeas más que á la persona del menear siguen 
las ideas que él propaga y encarna. Sin duda 
que en ese influjo hay, como dice Sighele, un caso 
de sugestión colectiva, pero en Venezuela esta su- 
gestión es mucho más honda; no necesita el cau- 
dillo proclamar ¡deas; le basta obrar; encaríñanse las 
multitudes, no á sus ideas, porque muchas veces 
nuestros caudillos no las tienen, sino á su perso- 
nalidad misma, (3) Es menester para esto que 
tengan las masas una especial constitución psí- 
quica hereditaria y ya hemos visto sus factores re- 
motos. 

En los principios de la Edad Media, cuando los 
bárbaros del Norte efectuaron la conquista del Impe- 
rio romano, y después, cuando las invasiones de los 
Normandos, se observó en el viejo mundo un fenó- 
meno semejante: la obediencia espontánea de cada 
grupo de guerreros á un jefe determinado. Allí el ori- 
gen del régimen feudal. (4) 

(3) Observad como las palabras varían de sentido según 
las circunstancias de cada pueblo. A un extranjero á quien le 
hubierais dicho, por ejemplo, que el General Colina, el bravo 
León coriano, tenía prestigio en Occidente, no le evocaría esta 
expresión la idea que á un venezolano conocedor de las con- 
diciones de su país; es decir, la de un enorme grupo de hombres 
de todas las comarcas occidentales, pronto á convertirse en 
ejército á la voz de Colina como en 1870, 1874 y 1892, y 
dispuesto á obedecerle ciegamente. 

(4) Fustel de Coulanges sostiene que e! origen del régimen 
feudal se debió á contratos razonados, en que no influía en 
nada el sentimiento, pasados entre un señor poderoso y el hom- 
bre humilde, que buscaba su protección; pero la opinión con- 

38 



JOSÉ ANTONIO PAEZ 



ün pensador venezolano, Rufino Blanco Fom- 
bona, hace decir al protagonista de su novela "El 
Hombre de hierro," refiriéndose al jefe de un grupo 
alzado: es un señor feudal. Verdaderamente son vi- 
sibles para los espíritus observadores, las analogías 
del caudillaje con el feudalismo. 

Pero no pudo desarrollarse aquí un verdadero 
feudalismo organizado, por impedirlo las ideas rei- 
nantes en la época moderna, tan distintas de las que 
imperaban en la Edad Media. De Francia y los Es- 
tados Unidos nos vinieron los dogmas de la Repú- 
blica, la democracia, la igualdad, la libertad y demás 
conceptos análogos que no han logrado penetrar en 
las regiones inconscientes del alma popular, es decir, 
no han podido variar el fondo psíquico donde se 
elaboran las acciones humanas, pero que imperando 
aunque superficialmente, en el espíritu de las gentes 
ilustradas y traducidos en las leyes escritas, han 
constituido un medio ambiente hostil al desarrollo 
de la planta que tendía á crecer espontáneamente en 
Venezuela: el feudalismo militar, semejante al de la 
Europa medioeval y al del Japón de hasta estos 
últimos tiempos. 

Poned una semilla en suelo abonado y variad 
luego las condiciones climatéricas propias para el 
desarrollo del árbol, aunque no lo bastante para im- 



traria, es decir, de los que creen originado el feudalismo por 
sentimientos de abnegada fidelidad y de afecto de un grupo 
de hombres á un caudillo determinado, nos ha parecido siem- 
pre más exacta y así lo demuestran todas las fórmulas de las 
instituciones feudales. 



39 



PEDKO M. ARCAYA 



pedir su crecimiento. Crecerá el árbol pero no lo- 
zano ni fructífero. 

También han influido causas naturales para im- 
pedir la transformación del caudillaje personal en 
feudalismo hereditario y regular, en especial el mesti- 
zaje. Dadas las divergentes influencias hereditarias 
que en cada individuo obran, es difícil que el hijo de 
un caudillo herede el carácter de su padre. (5) 

Volviendo al caso concreto de nuestro estudio, 
Páez realizó con más fuerza que ningún otro caudillo 
venezolano, esa obra extraña de sugestión. Para com- 
prender la intensidad de este fenómeno recordemos 
la escena de Carabobo que nos refiere D. Eduardo 
Blanco, cuando el Negro Primero «rompe con ambas 
manos el sangriento dormán y poniendo á descu- 
bierto el desnudo pecho, donde sangran copiosamente 
dos profundas heridas, exclama balbuciente: «mi ge- 
neral vengo á decirle adiós porque estoy muer- 
to.» Siempre que leemos este relato nos aparece ilu- 
minada con viva luz la historia de Venezuela, por- 
que vemos de relieve la magna influencia de nues- 
tros caudillos militares sobre sus parciales. El Ne- 
gro Primero no combatía por la Patria ni por la 
Independencia, ideas complejas que no cabían en su 
cerebro de primitivo. Se inmolaba por servir al jefe 
y en las ansias de la muerte el último recuerdo suyo 
era para él. Su alma ruda movida por aquel vivo 



(5) Cuando á pesar de la dificultad indicada en e! texto se 
da el caso deque el hijo de un Caudillo herede sus condiciones 
de carácter, indefectiblemente hereda también el prestigio; 
ejemplo de esto las dos generaciones de les A\onagas, de la 
Independencia y la Federación en Oriente. 

40 



JOSÉ ANTONIO PAEZ 



afecto llegaba á las cumbres del heroísmo. En 
verdad ese sentimiento de aquel primitivo debía de 
tener muy hondas raíces, debía de estar penetrado de 
toda la savia de su raza, elaborada en secular herencia 
psíquica, para que pudiera producir la florecencia 
magnífica de aquella acción de épica grandeza. (6) 

Imaginaos al caudillo que siente en sí mismo la 
fuerza que hemos visto, que se sabe dueño de la 
voluntad de otros hombres; que comprende que por él 
pueden muchos semejantes suyos lanzarse á todos 
los sacrificios, que no ignora que esa fuerza le viene 
de la naturaleza misma y comprenderéis que el per- 
sonalismo, el régimen monocrático, debía ser el 
término necesario de la evolución política del país. 

Cuando terminó la guerra de la Independencia, 
esta conclusión debía aparecer evidente para quien 
tuviera espíritu observador. Cada uno de los caudillos 
militares tenía fuerza propia, más ó menos grande, 
según la extensión de su prestigio, pero en modo 
alguno dependiente de las facultades del cargo que 
invistiese en la artificial organización política del país. 

Los sucesos de 1826 patentizaron esta verdad y 
dejaron ver que Páez era Señor de Venezuela por la 
gracia de su prestigio. 



(6) Casos semejantes han ocurrido en nuestras guerras ci- 
viles. Por ejemplo, Nepomuceno Guerrero, que muere sonriente 
y satisfecho en El Palito porque prueba así á su jefe Zamora 
el vivo afecto que le profesaba. Es un error creer que á los 
caudillos síguenlos únicamente á la guerra los hombres per- 
didos y menesterosos. De Coro, por ejemplo, salieron con Za- 
mora en 1859 y con Colina en varias épocas muchos agricul- 
tores de relativo bienestar y que ningún provecho para sí mis- 
mos buscaban en la guerra- Seguían abnegadamente á su jefe. 

41 



PEDRO M. ARCAYA 



Cierto que había también entonces un gran nú- 
cleo de espíritus legalistas que guardaban las tra- 
diciones de orden y regularidad de la época colo- 
nial y que inspirados, además, en las ideas filosófi- 
cas de su tiempo, tenían fe en la posibilidad de es- 
tablecer en Venezuela un ordenado régimen republi- 
cano y democrático. Esa fe los hacía capaces de rea- 
lizar grandes cosas por el logro de sus ideales. En 
nuestros días el criticismo científico, explicándonos 
los orígenes del hombre y de las sociedades, su 
lenta evolución, la fijeza de los caracteres, así fí- 
sicos como psicológicos de las razas, si trae al 
espíritu luz bastante para poder atinar con la clave 
de los procesos sociológicos, deja en el alma el des- 
consuelo de que se está en cada caso en presencia de 
un hecho determinado por remotas causas. Con el 
convencimiento de esta verdad no se puede tener 
alientos paia luchar contra las fuerzas de la impasi- 
ble naturaleza. 

Por sobre caudillos y civiles legalistas, estaba el 
Libertador Bolívar, á quien se debía la Independencia 
de Colombia. No hay que confundir á Bolívar con los 
caudillos militares de que venimos ocupándonos 
y cuyo tipo más perfecto era Páez. Son personali- 
dades infinitamente distintas. Bolívar era el Genio. Su 
ascendiente, el dominio que ejerció en estos países, 
'tenía otras explicaciones que la del prestigio or- 
dinario en Venezuela de los jefes como Páez, bien 
que en el fondo hubiera también un fenómeno de 
magna sugestión colectiva. En otro estudio nos he- 
mos ocupado del Libertador. Bástenos recordar aquí 
la conclusión, á que entonces llegamos, de que en 

42 



JOSÉ ANTONIO PEEZ 



Bolívar obraba, activa y formidable, la vieja alma 
española del sigo décimo sexto. 

Esta observación puede explicarnos por qué el 
alma de las multitudes, en las diferentes comarcas 
de la Gran Colombia, especialmente en Venezuela, 
se fué apartando de Bolívar y se inclinó cada vez 
más á los caudillos militares de la respectiva 
región, como Páezenlos Llanos, y Monagas en Oriente, 
á medida que en Bolívar se iba pronunciando su 
atavismo ibero. Quizás donde los historiadores han 
estado buscando secundarias causas de intrigas y 
ambiciones, el observador que estudie hondamente 
el asunto hallaría explicada la caída de Bolívar por 
recónditas divergencias psicológicas entre su alma 
y la de los pueblos que regía. 

Es que el alma de los pueblos sur americanos 
no es la de la España de los conquistadores, por 
más que estos impusieran aquí su idioma y muchas 
de sus costumbres; los factores étnicos, indígena y 
africano, han formado un alma especial á estos pue- 
blos. 

Bolívar, con la intuición de su genio, adivinó 
todo lo que la ciencia contemporánea puede expli- 
carnos sobre el particular. Comprendió que estaba 
ya demás en Colombia, aunque á última hora las 
instancias de sus amigos le hicieron desistir de su 
resolución de irse del país. Vio que era irremedia- 
ble la disolución de la Gran República que había 
creado y pesimista, auguró que los restos sangrien- 
cos de la Patria se los disputarían, en largos perío- 
dos dolorosos, los caudillos militares, hijos de la 
tierra americana. 



43 



PEDEO M. ARCAYA 



Cesó, pues, en definitiva, el influjo de Bolívar 
en la cosa pública de Venezuela desde fines de 
/ 1829, El alma de las multitudes estaba con Páez, 
á quien al cabo sometiéronse los demás jefes mi- 
litares del país y vino á ser así el caudillo por ex- 
celencia, el hombre úú prestigio máximo, en suma, 
el Señor, el régulo necesario de la sociedad venezo- 
lana, cualquiera que fuese el nombre que en el voca- 
bulario de las leyes escritas se quisiera dar á aquel 
poder suyo, que no debía en realidad sino á la na- 
turaleza misma que lo había hecho nacer Caudillo, 
en toda la extensión de la palabra, en un país des- 
tinado por las leyes inexorables de la herencia psí- 
quica á someterse á un Jefe. 

Los civiles legalistas de Venezuela en su gran 
mayoría habíanse también desviado de Bolívar por- 
que discrepaban en doctrinas, siendo liberales las 
de aquéllos y conservadoras las del Libertador. 

Idearon entonces los hombres del grupo lega- 
lista rodear á Páez, para transformarlo de Caudillo 
en Magistrado, ya que era forzoso que continuase 
gobernando el pais bajo el nombre de Presidente 
Constitucional de Venezuela. De allí el régimen le- 
"' gal iniciado en 1830. 

En los tiempos medioevales de la Europa, el 
cristianismo había ideado otra transformación res- 
pecto de los jefes de las bandas feudales: la del Cau- 
dillo en el Caballero. No pudo quitarle la espada, 
pero en la empuñadura puso la cruz, y del arma 
homicida formó el símbolo, como dice Paul Bour- 
get, de la fuerza inspirada por la justicia y tempe- 
rada por la misericordia. 

44 



JOSÉ ANTONIO PAEZ 



Hasta qué punto logró el Cristianismo la trans- 
formación deseada, dícenlo los magníficos tipos de 
valor y de heroísmo que produjo la Edad Media 
Es que para desbastar las almas rudas nada pue- 
de tanto como el Catolicismo, con sus fórmulas au- 
gustas y sus ritos grandiosos. 

En Venezuela la falta de sentimientos morales 
y religiosos, como medio ambiente de las almas, 
porque después que nos independizamos, nuestro 
medio ambiente espiritual lo han formado las ideas 
políticas, casi exclusivamente, tal falta, decimos, in- 
fluyendo por una parte en "el aminoramiento de la 
moralidad nacional, ha contribuido también á la di- 
vergencia que cualquier observador notará fácilmente 
entre el tipo de la generalidad de los caudillos 
venezolanos, salvo innegables excepciones, y el tipo 
del caballero armado de la Edad Media europea. 

La obra intentada por nuestros proceres de 1830: 
la transformación del Caudillo Páez en Magistrado 
Constitucional, sometido á las leyes escritas, era 
mucho más ardua, porque lo natural era que aquel 
hombie, que bien comprendería que su poder lo 
debía á su prestigio y no á las leyes, quisiera ejercerlo 
¡limitadamente. Y de nada valdría que Páez convi- 
niera en que, por mera fórmula, se dictase una Cons- 
titución de que pensase prescindir en la práctica, como 
después Monagas con aquella célebre frase: la consti- 
tución sirve para todo. Lo que importaba era obtener 
la sincera sumisión de Páez al régimen legalista. Hasta 
donde era posible, se logró el magno propósito, para 
cuya realización fué menester la concurrencia de varios 
factores; gran fe, tenacidad inquebrantable en los 

45 



PEDRO M. AECAYA 



proceres civiles, y un gran fondo de honradez ingé- 
nita en Páez y especialmente el singular respeto suyo 
por las opiniones de los que consideraba superiores 
,á él en inteligencia y saber. Cualidad buena y defecto 
á la vez esto último, porque si los mentores eran 
Michelena, Vargas ó <5oublette, todo bien era de es- 
perarse, pero si el director era Miguel Peña ó Pedro 
José Rojas, tenían que resultar sucesos como los de 
1826 y 1861. 

Venezuela inició, pues, su vida propiamente in- 
dependiente bajo halagüeñas ilusiones. 

Mas para quien observara bien las cosas no 
había sino un bello simulacro de República. El régi- 
men legal no se sostenía por su propio peso sino por 
la voluntad de Páez. Y era imposible que sucediese 
de otro modo. Ya arriba vimos cómo en Venezuela 
el lazo que mantiene la organización social no es esa 
cosa abstracta que se llama la ley, sino el sentimiento 
vivo del afecto ó el temor del hombre por el hom- 
bre. (7) 

(7) Obsérvese cómo, estando en cada época la moral en 
función de las condiciones vitales de cada Sociedad, en Vene- 
zuela el delito político más reprobable ante el seguro instinto 
del alma popular que lo rechaza indignada cada vez que ocurre, 
es el de la traición de un militar en ai mas á su jete. Ahóndese 
este punto y se comprenderá que es el instinto de conservación 
el que obra en estos casos, una sociedad que se sostiene no 
por el vínculo de las leyes, sino por el prestigio de sus cau- 
dillos se disolvería si se hiciera habitual la traición. En rea- 
lidad estudiando la materia sin prejuicios, hay que convenir 
que los caudillos, con la fuerza de su prestigio son quienes 
han impedido más de una vez, en esas convulsiones de la bar- 
barie latente que constituyen nuestras guerras civiles, que se dé 

46 



JOSÉ ANTOISIO PAEZ 



Los acontecimientos de 1835 demostraron todo 
esto. 

En 1840 otro grupo legalista, que se distanció 
del de los hombres del poder, inició una ruda pro- 
paganda contra el orden existente formando el par- 
tido de oposición que terminó por llamarse Partido 
Liberal. 

Los hombres sinceros, entre los iniciadores de 
este Partido, Larrazábal y Rendón por ejemplo, ama- 
mantados en la retórica metafísica de su época, creían 
posible el establecimiento en Venezuela de una ver- 
dadera democracia al estilo de Suiza y Norte América 
y les inspiraba horror el largo influjo que en la cosa 
pública venia ejerciendo Páez, pues juzgaban que 
derivaba de una tenebrosa maquinación entre éste 
y los civiles que lo rodeaban, á quienes apellidaron 
oligarcas. Imaginábanse que desapareciendo Páez y 
los suyos, se asentaría un régimen impersonal de 
republicanismo verdadero. 

Aquellos hombres no habían observado jamás 
su propio país. Humanistas, habían formado su gus- 
to literario en los clásicos latinos; como filósofos 
estaban inspirados en doctrinas políticas abstractas. 
Para ellos las cosas debían pasar en Venezuela 
como en Roma ó Francia. 

No veían que en suma el influjo de Páez 
no estaba fundado en la voluntad del grupo civi- 
lista que le rodeaba, sino que procedía de ese fenó- 

la pura regresión al salvajismo de nuestros pueblos. En tales 
épocas, en los caudillos reside únicamente la potestad de man- 
tener una organización, siquiera rudimentaria, en el cuerpo 
social que tiende á disolverse. 

47 



PEDRO M. ARCAYA 



meno del prestigio, que ellos no podían comprender 
porque no lo habían visto mencionado en sus li- 
bros. No entendían que en realidad aquella situa- 
ción representaba lo mejor á que podía aspirarse» 
dadas las condiciones sociales del país, porque se 
habia obtenido que el Caudillo sometiese su gran 
fuerza propia á la regulación de la ley escrita, si- 
quiera conservando en acción su vigorosa perso- 
nalidad. No sentían la necesidad de proceder con 
tiento, si era que pretendían el progreso de las cos- 
tumbres políticas, porque creyendo ellos en la bon* 
dad original del hombre, imaginándose que el pue- 
blo estaba apto para el ejercicio de todos los de- 
rechos, no sospechaban el salvaje dormido en el 
fondo del alma popular, pronto á despertarse con 
el ruido de las discusiones enconadas y tumul- 
tuosas. 

Otros hombres del grupo oposicionista, como An- 
tonio Leocadio Guzmán, no se hacían tales ilusiones 
porque en realidad en nada creían y para ellos sólo 
se trataba de una fórmula para llegar al poder, con la 
bandera de la oposición, por el favor popular. 

Aquel fanatismo y estas ambiciones aunadas origi- 
ginaron la prédica irreconciliable, difamadora, impla- 
cable, de la prensa oposicionista de 1840 a 1846 
contra Páez y el grupo de sus mentores y partidarios. 

El resultado fué la formación de un gran círculo 
de hombres unidos por el común sentimiento del 
odio hacia el grupo oligarca. 

Pero por las leyes naturales que hemos visto 
actuando en cada momento en la historia venezolana, 
el círculo antipaecista debía necesariamente someterse 

48 



JOSÉ ANTOXIO pIeZ 



á su vez á un Caudillo, al jefe reclamado por la voz 
de la raza, al representante hereditario del régulo ó 
cacique de los tiempos precolombinos. Imposible es 
concebir en Venezuela la existencia de partidos polí- 
ticos que no concluyan por hacerse personalistas de 
un Caudillo. 

Zamora tuvo la intuición de esta verdad y sintién- 
dose con las viriles dotes necesarias para asuinir el 
peligroso cargo se lanzó á la guerra en 1846. Fortuna 
fué que entonces resultara para el círculo revolucio- 
nario un Caudillo de sus condiciones, humano en el 
fondo, verdadero conductor de hombres. Jefe nato, 
capaz de subordinar al salvaje que despertaba la 
guerra civil y cuyo tipo era Rangel, «el indio chato, 
empulpado, desnudo de la cinta arriba», que con vivos 
colores nos pinta el Doctor Villanueva. Esta revivis- 
cencia del hombre primitivo resurge en cada guerra 
civil; durante la federal se llamó Espinoza en los Lla- 
nos y Merced Petit y Marcos Pina, en Coro. El rudo 
ser carnicero que hace menos de cinco siglos poblaba 
nuestros bosques y llanuras, igual al de la Europa pre- 
histórica, reaparece con todos sus instintos destructo- 
res y sanguinarios; arroja la escasa vestidura que sobre 
su cuerpo colocó la menguada civilización ambiente, 
pierde los pocos sentimientos de justicia y de morali- 
dad que en su espíritu superpuso el trato con las gen- 
tes cultas y vuelve á ser el bruto feroz, habitador de 
la selva. Por eso es tan impía la obra de desencade- 
nar la guerra civil en este país. Es despertar mons- 
truos dormidos. 

Aun después de iniciada la guerra civil de 1846, 



49 



PEDRO il. ARCAYA 



Larrazábal y los retóricos de su escuela seguían 
viendo las cosas al través del prisma de su fana- 
tismo político. No percibían al «indio chato» que 
andaba por los montes cometiendo asesinatos, sino 
que columbraban la imaginaria silueta de un «ciu- 
dadano armado» que ejercitaba «el sagrado derecho 
de insurrección» y de haber dado lugar á que ocu- 
rriera tal insurrección acusaban al Gobierno. 

Fracasó la intentona de Zamora, pero la evolución 
fatal se dio, á pesar de las frases de los retóricos 
y cuando creyeron haber laborado por la destruc- 
ción de un personalismo resultó que contribuyeron 
á establecer un régimen puramente monocrático y 
hasta dinástico, el de los Monagas, que se hicieron 
jefes del círcilo liberal y á quienes sostuvieron 
todos los que tanto habían declamado contra los oli- 
garcas. 

Páez quedó como Caudillo del círculo caído y á la 
cabeza de sus parciales hizo las revoluciones de 1848 
y 1849. Pero fracasó: ya no era el hombre de Las 
Queseras. 

Aun después de sus derrotas conservaba partida- 
rios adictos. Iba disminuyendo el número de éstos 
porque la muerte segaba, en su proceso natural, 
á los que habían sido sus contemporáneos. 

Al cabo, cuando cayeron los Monagas en 1858, 
no era Páez propiamente el Caudillo que había sido 
antes, sino una figura histórica, supervivencia de épo- 
cas idas. 

Olvidóse de esto su mentor Rojas é hízole incurrir 
en 1861 en el grave error de la Dictadura. Lamenta- 
so 



JOSÉ AííTOXIO PAEZ 



ble fué que el anciano guerrero sellara así su larga 
historia derribando la situación de orden y regulari- 
dad que presidía Gual. 

Verdaderamente, la obra intentada por este patricio 
benemérito y por Manuel Felipe de Tovar, Fermín 
Toro y sus colaboradores, estaba desainada al desas- 
tre,, porque ellos pretendían establecer aquí un puro 
régimen legalista cuando las leyes inexorables socio- 
lógicas condenaban el país á la monocracia. Más 
audaces que sus antecesores de 1830, prescindieron 
de apoyarse en el prestigio de ningún jefe militar. 
Su empresa, si irrealizable, es por todo extremo digna 
de la mayor admiración; porque en llevarla á cabo se 
empeñaron con sincera honradez, no con artificiosas 
declamaciones. Sin embargo, sobre los nombres de 
aquellos patricios han caído muchas injurias, cuando 
en realidad fueron los últimos republicanos de Vene- 
zuela. Tiempo es que la generación presente les rinda 
justicia. 

Rojas ha debido dejar que el derrumbamiento de 
aquellos patriotas lo consumaran los revolucionarios 
federales, pero no comprometer en tan injustificable 
aventura al viejo Procer. 

Establecida la Dictadura se concretó la lucha en- 
tre dos caudillos: el del bando gubernamental, el 
anciano Páez, que no era ya Caudillo sino de nom- 
bre y el del bando revolucionario, el magnánimo Fal- 
cón, que estaba en todo el apogeo de su magnífica 
personalidad. No era en realidad lucha de doctrinas 
la que se sostenía en el fondo, por más que lo ase- 
gurasen los pomposos documentos escritos, hechos 

51 



PIÍDKO il. ARCAYA 



paraocjitar siempre la verdad en Venezuela. Por e! 
poder solamente se combatía. 

Natural era que triunfase el Caudillo de más alien- 
tos: Falcón el Joven, sobre Páez el Viejo. 

Cayó así definitivamente el anciano guerrero. Con- 
vertido en sombra viviente de otras épocas prolongó 
aún sus días la suerte, para que pudiese recopilar 
sus recuerdos. Triste, abatido y desengañado murió 
en extraño suelo aquél que tanto combatió por la 
independencia del suyo. El hijo de la llanura ardien- 
te expiró en el frío clima del Norte, aterida el alma. 
¡Cómo refleja la vida de este hombre nuestra 
existencia nacional! Heroísmo guerrero, ardor sin 
medida para la lucha épica, vagas aspiraciones por 
el derecho, pero falta de voluntad fuerte para rea- 
lizarlas, veleidades, facilidad de ceder á todas las 
sugestiones, fracasos y al cabo tristes desengaños! 

Es que el alma ruda del heroico llanero compen- 
diaba la psiquis venezolana. 



CARACAS : 1'' DE ENERO DE 1908 



El caDitán General de la Libertad 



EL CAPITÁN GENERAL DE LA LIBERTA!) 



A raíz del sometimiento délos indígenas de Sur 
y Centro América comenzaron las rebeliones de los 
conquistadores contra la autoridad del Rey de Espa- 
ña; abiertamente á veces, de modo embozado en oca- 
siones. Sucesos trágicos cuyo escenario era el vasto 
mundo nuevo y en los cuales el heroísmo y la crueldad 
de aquellos hombres extraordinarios, todas sus ex- 
celsas cualidades como sus instintos criminales 
pusiéronse más de relieve, si cabe decirlo, que en 
la obra misma de la conquista. 

Una de esas rebeliones fué la de los hermanos 
Contreras, de Nicaragua. Llama poderosamente la 
atención de quien recorre los anales de las Colonias 
españolas de América en busca de datos socioló- 
gicos que sirvan para el esclarecimiento de la tor- 
mentosa modalidad de la vida nacionnal de nuestras 
Repúblicas criollas. 

Esa rebelión se anticipó á los tiempos, tomando 
como palabra de combate el mágico vocablo de 
libertad para encubrir el verdadero propósito desús 
autores, de adueñarse del poder á fin de ejercerlo de 
un modo absoluto, para saciar su ambición incon- 
tenible. ¡Cuántos de los hombres que han figurado 
en nuestras civiles contiendas han obrado lo mismo! 



PEDRO M, ARCAYA 



En el alzamiento de los Contreras fueron más 
crueles los medios porque mas rudas eran las costum- 
bres de su tiempo y por causas que importa analizar, 
porque son las mismas que determinaron los críme- 
nes de la conquista y dieron á aquella época los tin- 
tes sombríos que, al lado de la luz que irradian los 
actos de heroísmo de los guerreros conquistadores, 
la constituyen en uno de los cuadros más sugestio- 
nantes de la humana historia. 

Veamos el trágico relato de aquella rebelión, (l) 
En 1550 vivían en Granada de Nicaragua los her- 
manos Hernando y Pedro de Contreras, jóvenes de 
veinticinco y veinte años, respectivamente, hijos de 
Rodrigo de Contreras que ya había muerto y de Doña 
María de Peña loza. 

Rodrigo de Contreras era natural de Segovia de 
España y vino á Indias como Gobernador de Nica- 
ragua, cargo de que fue depuesto algunos años an- 
tes de moiir. La familia Contreras pertenecía á la casta 
noble de Segovia. Preciábase de descender de Fernán 
Sasa, sobrino del conde de Castilla Fernán González 
y de tener abolengo de reyes por el matrimonio de 
Diego González de Contreras á fines del siglo XIV, con 
una princesa húngara, prisionera que fué del Sultán 



(l) Hemos seguido ú Calvete de Estrella en su libro "Re- 
belión de Pizarro en el Perú y vida de D. Pedro Gasea." 
Respecto de Pedro Arias Dávila tomamos las noticias que 
á él se refieren de la conocida obra de Gonzalo Fernández 
de Oviedo y Valdez, "tlistoria General y natural de las Indias." 
En cuanto á datos genealógicos de la familia Contreras hemos 
tenido á la vista á Juan Flores de Ocariz, "Genealogías del nue- 
vo Reyno de Granada." 

56 



EL CAPITÁN GEXERAL DE LA LTEEllTAD 

Bayacetü y cuya libertad obtuvo el Rey Enrique 111 
de Castilla quien la casó con el Coníreras. 

Doña María de Peñaloza era hija del célebre Pe- 
dro Arias Dávila. Gobernador de "Castilla de Oro" 
(región del Istmo,) uno de los más audaces y crueles 
hombres venidos de España á la conquista de estos 
países; entre sus muchos crímenes figura la injusta 
muerte de Vasco Núñezde Balboa, el descubridor del 
Océano Pacífico. 

Por una y otra línea descendían pues Hernando 
V Pedro de Contreras de gentes de espíritu aven- 
turero. 

La influencia de! clima tropical obrando en 
aqnellas naturalezas predispuestas por la herencia á 
la exaltación morbosa que conduce al crimen, con- 
tribuyó, sin duda, á la formación de su carácter vio- 
lento y tormentoso. La psicosis tropical que con fre- 
cuencia ataca á los europeos en la Zona tórri- 
da comienza á ser estudiada por la ciencia mé- 
dica; en el África la llaman "sudanitis." Hombres apa- 
cibles en su patria tórnense bajo el trópico crueles é 
irritables. "La intoxicación de la idea, dice Le Dantec 
(2) es tal que el hecho más fútil toma proporciones 
gigantescas; de allí escenas de una ferocidad extraor- 
dinaria, rencores y odios que conducen á duelos á 
gentes pacíficas que habían partido de Francia vién- 
dolo todo de color de rosa, comunicándose sus ilu- 
siones, no teniendo en los labios sino frases de amis- 
tad; allá lejos todo ha cambiado, el color de rosa se ha 
vuelto rojo, el hombre se ha transformado en tigre." 



(2) Precis de Pathologie exotique. París. 1905. 
57 



PEDRO M. ARCAYA 



¡Cuántos psicópatas de esta especie en la larga 
lista de los conquistadores de la América! 

En el caso de los Contreras su irritabilidad se exa- 
cerbaba cada vez más por creerse humillados, sin 
influencias en el Gobierno de su localidad, cuando 
allí habían sido verdaderos Señores su padre y su 
abuelo. Anhelaban además vengarse del Obispo de 
León que había contribuido á la caída de Rodrigo de 
Contreras. Comenzaron á forjar planes de revueltas, 
animados por los exhortaciones de Juan Bermejo, 
Salguero, Benavides, Altamirano y otros individuos, 
desterrados del Perú, que habían ido á parar á Nica- 
ragua. 

Resolvieron por último alzarse en Nicaragua, y pa- 
sar á Panamá; apoderarse allí de los buques que en- 
contraran; dominar la Mar del Sur y seguir luego al 
Perú, donde contaban reunir los elementos de la rebe- 
lión de Gonzalo Pizarro que acababa de sofocar el 
Presidente Fray Pedro Gasea, que aún estaba allá. Se 
imaginaban triunfar del fraile y hacerse dueños de 
la América. 

Estando en estas maquinaciones fué desterrado 
Hernando de Contreras, de Granada y confinado á 
León, capital de la misma provincia de Nicaragua, 
por pendencia que tuvo con un vecino de Granada. 

En León encontró nuevos adeptos, dispuestos á 
acompañarle en la revuelta que tramaba, de modo 
que decidió dar el golpe iniciándolo con la muerte 
del Obispo Fray Antonio de Valdivieso. 

En efecto, el 26 de febrero del año citado, de 1550 
reunido con algunos parciales, se declaró en rebelión; 

58 



EL CAPITÁN GENERAL DE LA LIBERTAD 

cercó la casa del Obispo y él en persona, acompañado 
de un fraile dominico, muy enemigo del Prelado, y de 
un mestizo, penetró á la habitación de Valdivieso á 
quien dio de puñaladas y estocadas hasta dejarlo 
sin vida. 

"Muerto que hubo el Obispo, dice Calvete de Es- 
"trella, hízose llamar Capitán General de la libertad, y 
"con la gente perdida (que ya tenía muy de su mano) 
"se juntó otra é hizo su Maestre de Campo á Juan 
"Bermejo, robó el dinero que estaba en la caja del Em- 
"perador, de aquella ciudad^ sin que nadie osase 
"á se lo impedir. Luego que hubo hecho esto, se fué 
"con su gente al puerto de la Posesión, que es en aque- 
"11a Provincia en la Mar del Sur; y tomó dos navios 
"que en él halló, uno que venía cargado de ¡a Nueva 
"España, que llamaban el galeón de Chile y otro que 
"estaba allí cargado, que era el de Valdolivas, que 
"iban al Perú, y una fragata, y procuró de traer á su 
"opinión la gente que en los navios había. Y porque no 
"pudiese ir aviso á Tierra firme de lo que él hacía, 
"quemó un navio y la carabela que estaban en aquel 
"puerto y antes que saliese de León envió á Juan Ber- 
"mejo con veintiocho soldados para que allí recogiese 
"lamas gente y quemase todas las fragatas: porque no 
"diesen con alguna de ellas aviso (por el desaguadero) 
"á los del Nombre de Dios. Supo la venida Luis Ca- 
"rrilio, alcalde ordinario de aquella ciudad (3), de Juan 
''Bermejo y juntó hasta ciento y veinte hombres para 

(3) Calvete de Estrella se refiere aquí á la ciudad de Gra- 
nada, aunque está oscuro el texto, pero así se desprende de un 
pasage anterior de su libro. 

59 



PEDIÍO M. Ar.CAYA 



"le ir á pender y matar; y como !a más de la gente 
"tenía hecha de su opinión Pedro de Contreras, se pa- 
usaron para Juan Bermejo. Y aunque Luis Carrillo 
"resistió con todo valor y ánimo, fue muerto con al- 
"gunos otros y si no acudiera la Doña María de Peña- 
"loza, mataran muchos más de aquella ciudad; de la 
'cual se apoderó luego Juan fkrmejo, y quemó todas 
"las fragatas, sino fue una que por ser de un 
"amigo y haberle dado cien pesos, la dejó sin que- 
"mar, hecha agujeros, que fue la que se aderezó des- 
"pués para llevar el aviso al Nombre de Dios; y re- 
"cogiendo Bermejo allí la más gente que pudo, llevó 
"consigo á Pedro de Contreras al puerto de la Pose- 
"sión, donde estaba su hermano Hernando de Contre- 
"ras aguardándole para pasar á Panamá, como tenía 
determinado." 

Embarcáronse los Contreras y Bermejo con po- 
co menos de trescientos hombres, en la Posesión, 
el 23 de marzo y siguieron costa abajo, salteando 
las naves que encontraban. En la Punta de la Hi- 
guera apresaron un barco que iba de Panamá, y su- 
pieron que el once de marzo había llegado allá 
el Presidente Fray Pedro Gasea, quien después de 
dejar completamente pacificado el Perú marchaba á 
España con grandes tesoros para el Rey. Se su- 
ponía que á la sazón cruzaría Gasea el istmo para 
embarcarse luego en el Puerto del Nombre de Dios, 
en el Atlántico. 

Perplejos se hallaron los Contreras porque com- 
prendieron que Gasea debía de traer ccnsigo fuer- 
zas respetables para custodia de su persona y los te- 

60 



EL CAriTÁN GEKEr.AL PE LA LIBERTAD 

soros que portaba y más aún, porque la sola 
presencia del alto personaje en el istmo, donde ha- 
bían pensado formar su base de operaciones, era un 
gran obstáculo para sus planes, porque puesto que 
se apoderasen de Panamá por sorpresa, estando Gas- 
ea en la otra costa, como lo estaría todavía, tendrían 
seguidamente que combatir con él. 

Pero audaces como eran aquellos hombres re- 
solvieron seguir adelante su empresa hasta llevarla á 
feliz remate ó perecer. Determinaron sorprender á 
Panamá; desbaratar así el núcleo de fuerzas realistas 
que podían hallar ahí y marchar sin dilación al al- 
cance de Gasea, para sorprenderlo también y captu- 
rarlo. Temerario proyecto en verdad porque no era 
el fraile hombre que pudiera ser fácilmente vencido 

Fray Pedro Gasea es una de las figuras más poi' 
tentosas déla España del siglo XVI; uno de los más 
típicos representantes del alma de su raza. 

Aquel religioso, humilde en su porte, fanáti- 
co al extremo de figurar en los Consejos de la In- 
quisición, tenía sin embargo ánimo tan esforzado 
y tan claro criterio en el manejo de los hombres 
que pudo ser escogido por Carlos V para empresa 
arduísima, como fue la de hacer frente nada menos 
que a! turco Barbarroja, que aliado con los Franceses 
y en secreta inteligencia con los moriscos de Va- 
lencia trataba de desembarcar en aquella' costa, lo 
cual le impidieron las acertadas medidas de Gasea. 
Tal fama adquirió, que cuando llegó al Empera- 
dor la noticia del alzamiento de Gonzalo Pizarro 
en el Perú juzgó que el más á propósito para so- 

61 



meterlo era Gasea, por su gran habilidad y corazón 
valeroso. Nuestro fraile aceptó el cargo, pero exi- 
giendo tan extraordinarias facultades corno nun- 
ca tes había tenido ningún representante de la auto- 
lidad real, aunque en materia de títulos sólo pidió 
el modesto de Presidente de la Real Audiencia 
y no el de Virrey. Todo lo que quiso le fue con- 
cedido. Llegó Gasea á las hidias ; en abieiía 
insurrección estaba el valerosísimo Pizarro en el Pe- 
rú, con poderosas fuerzas, mas de tal modo hábil 
y resuelto procedió aquel que al cabo, en la ba- 
t ;lla de Xaquixaguana, cayó el guerrero en manos 
del fraile quien lo hizo luego ajusticiar. 

Con este hombre, que volvía triunfante á Es- 
paña, decidieron combatir los Contreras. Audaz 
resolución adoptaban. Es que la psieosis tropical, 
la irritación intensa por el desprecio de que se 
creían objeto de parte de la Corte española, los im- 
pulsaba á todos los extremos. "Hernando de Contre- 
"ras, dice el escritor citado, llamaba a! Einperador 
"tirano y que no le bastaba haber quitado á Nica- 
"ragua y á Tierra firme que Pedro Arias de Avila ha- 
"bía ganado, y descubierto el Perú por haber allí en- 
"viado á Francisco Pizarro y Diego de Almagro, 
"mas aún que quitara los indios que su padre y 
"madre tenían en Nicaragua y que le haría enten- 
"der que no gozaría de los dineros que entonces le 
"traían del Perú ni de los que allá quedaban. Y 
"Juan Bermejo con mucha gravedad decía: "Vive 
"Dios que en cuantos días viva el Rey de Castilla 
"no entre su voz en el Perú ni enviará otro con ca- 



62 



EL CAriTAN GENERAL DE LA LIBERTAD 

"yadilla á Tierra firme, porque todo se proveerá de 
"otra manera que lo pasado y de suerte que aquel 
"justo de Gonzalo Pizarro resucite con más fuerza 
"que tenía cuando vivía." 

"Lo de la cayadilla decía por Gasea que acos- 
"tumbraba á traer por aquellas Provincias del Perú 
"y de Tierra firme un bordoncillo á manera de ca- 
"yado." 

Desembarcó Hernando de Contreras en la ma- 
drugada del 20 de abril, con Juan Bermejo, Sal- 
guero y como doscientos soldados, cerca de Pana- 
má, Pedro de Contreras, Castañeda y otros queda- 
ron á bordo, con orden de llegar al propio puerto 
de Panamá. Adelantóse Hernando de Contreras con 
ios más resueltos de sus soldados y detrás venía 
Bermejo con el mayor número. Estaban las autori- 
dades de Panamá completamente desapercibidas 
cuando llegó Contreras que fácilmente se apoderó 
de la ciudad. 

Los rebeldes cometieron grandes excesos. Al 
Obispo lo tuvieron gran rato en el rollo de la pla- 
za. Tomaron el oro del Emperador que hallaron en 
poder del Tesorero Juan Gómez de Anaya y á éste 
lo prendieron. 

Daban voces, dice Calvete, Libertad, Libertad, 
por Hernando de Contreras, Capitán General de la 
Libertad! 

En el alboroto que hubo en Panamá con la en- 

" trada de los alzados, lograron salirse Juan de Guz- 

mán, Gómez de Tapia y otros del bando del Rey, 

63 



PEDRO M. AECAYA 



que tomaron la vía del Nombre de Dios para avisar 
á Gasea de lo que ocurría. 

Hernando de Contreras siguió precipitadamente 
á sus alcances y dejó orden á Bermejo que le ase- 
gurase las espaldas, impidiendo cualquier conato 
de los panameños y que corriera luego á incorporár- 
sele. Creía Contreras sorprender á Gasea llegando á 
su campamento al mismo tiempo que los fugitivos 
de Panamá. 

Bermejo con el grueso de los rebeldes entró á 
esta plaza, pero no tomó ninguna de las precau- 
ciones ordenadas por Contreras, sino que creyendo 
que el único peligro temible era la resistencia que 
pudiera hacer Gasea marchó á incorporarse á Con- 
treras, dejando desguarnecida á Panamá. Los veci- 
nos, tan luego como salió Bermejo, resolvieron á 
su vez ponerse en armas por el Rey, Tenían fé 
en el triunfo de Gasea, cuyo prestigio era grande 
por el éxito que obtuvo en el Perú. Residían á 
la sazón en Panamá muchos hombres de guerra, 
veteranos de la conquista. Apoyando la autoridad 
real pensaban obtener grandes recompensas. Fácil 
le fué al Obispo Arias de Acebedo obtener que se 
pusieran en movimiento. Organizáronse militarmen- 
te, reconociendo como Jefe á Martín Ruiz de Mar- 
chena y formaron un cuerpo como de trescientos 
hombres. Tomaron cuatro barcos quo estaban en 
el puerto y los armaron para combatir los dos 
navios en que, per aquella costa, andaba Pedro de 
Contreras. 

Bermejo enterado de lo que pasaba en Panamá 

64 



EL CAPITAX GEKEIÍAL DE LA LinERTAD 

resolvió devolverse á recuperar la ciudad y cas- 
tigar duramente á sus habitantes. Avisó á Hernan- 
do de Contreras aconsejándole que desistiera del 
proyecto de sorprender á Gasea, que sin duda es- 
taría ya en guardia y que se juntasen todos en 
Panamá para decidir lo conveniente. 

Mas como Bermejo halló en Panamá una resis- 
tencia inesperada, acordó retirarse á corta distancia 
del poblado á aguardar á Hernando de Contreras 
y á Salguero, que antes había despachado con al- 
gunos soldados, vía del Nombre de Dios y á quien 
ya había mandado retroceder. 

Los realistas de Panamá decidieron á su vez salir 
del pueblo y combatir á los rebeldes en sus propias 
posiciones; á su cabeza iban, el Jefe militar que 
habían reconocido, Ruiz de Marchena, y el mismo 
Obispo Arias de Acebedo que era realmente el Cau- 
dillo de aquella gente. 

Habiéndosele reincorporado Salguero determinó 
Bermejo esperar á los realistas en un cerro de difícil 
acceso. Trabóse un tremendo combate en que al prin- 
cipio llevaron la ventaja los rebeldes. Pero el Obispo 
Arias de Acebedo á la cabeza de un grupo de negros 
esclavos, que consigo llevaban los panameños, deci- 
dió la acción, escalando el cerro con gran arrojo. En 
seguimiento suyo precipitáronse los soldados del Rey 
y la batalla se convirtió en sangriento pugilato. 
Cuerpo á cuerpo peleaban rebeldes y realistas y el 
choque fué tan recio que casi todos los combatientes 
de uno y otro bando resultaron heridos y al cabo, 

65 



PEDRO M. ARCAYA 



deshechos los rebeldes, siguieron combatiendo con 
indomable coraje hasta perecer. 

Estaba vencida la rebelión. Hernando de Con- 
treras que al recibir el aviso de Berm.ejo había con- 
tramarchado á reunirse con él, llegó al campo de la 
carnicería cuando todo había concluido. Gasea por 
su parte, en cuenta de lo que acontecía, por avisos que 
le llegaron de Granada y por lo que le comunicaron los 
primeros fugitivos de Panamá, venía ahora hacia es- 
ta población; supo en el camino el movimiento y 
victoria de los realistas panameños y apresuróse á 
dictar todas las medidas del caso para capturar á 
Hernando de Contreras que quedaba ya, junto 
con sus pocos soldados, cercado en medio del istmo. 
Su única esperanza de salvación era lograr embar- 
carse en los buques de su hermano. Oculto en las 
selvas de la costa del Pacífico vigilaba con ansiedad 
el mar, tratando de percibir las naves salvadoras pa- 
ra acercarse á la playa. Un día, transido de sed, se 
aproximó á la resbaladiza orilla de un río. Cayó y 
pereció ahogado. 5u cadáver fué descubierto por los 
panameños. Cortáronle la cabeza que pusieron en el 
rollo. Los otros fugitivos que fueron aprehendidos 
€n los montes murieron á manos del verdugo. 

Gasea, que llegó sin demora á Panamá, había 
mandado activar la persecución de Hernando y sus 
tristes compañeros y dispuso lo conveniente para 
la captura de los dos navios de Pedro de Contre- 
ras, revolviendo luego hacia El Nombre de Dios 
donde se embarcó para España. 

Pedro de Contreras, que supo oportunamente el 

66 



EL CAPITÁN GENERAL DE LA LIBERTAD 

desastre de Bermejo, recorrió algunos días las cos- 
tas en solicitud de su hermano y de los otros re- 
beldes que anduvieran fugitivos. No hallando á nadie 
en su recorrida pensó irse al puerto de Guatulco 
para artillar sus buques y juntar más gente y luego 
asilarse en alguna isla, para piratear desde ella las 
costas del continente. Pero no le dio tiempo el 
Capitán Zamorano á quien encomendó Gasea 
su persecución, con los barcos que habían armado 
los panameños, llevando á bordo fuerzas superio- 
res á las de Contreras. Este, viéndose acosado, me- 
tióse por un río y lo navegó aguas arriba mientras 
encontró fondo. No pudiendo seguir, abandonaron 
los rebeldes los navios, de que se apoderó Zamo- 
rano y ellos echáronse á tierra y se internaron en 
las montañas de las orillas. Fueron activamente per- 
seguidos y unos perecieron de hambre y trabajos, 
otros cayeron en poder de sus contrarios y fueron 
ajusticiados. De este número fué Pedro de Con- 
treras. 

Así terminó aquella aventura audaz pero des- 
graciada. 

Doña María de Peñaloza mientras ellos combatían 
oraba por su causa; lejos de desanimarlos habíalos 
alentado en su temeraria empresa. Era digna hija 
del conquistador Pedro Arias Dávüa. 

"Depuso un testigo, dice Calvete, que él llevaba 
"á Doña María de mano andando ella la Semana 
"Santa las estíciones y que iba acompañándola Ramos, 
"su criado y Alguacil de la ciudad de Granada y 
"Doña María le dijo: ya estará Hernando de Con- 

67 



PEDKO M. AUCA YA 



"treras en Panamá, según el tiempo le ha hecho. 
"Y que él respondió: "sí, señora, ya habrá dado las 
"buenas Pascuas á aquellos indios." Y allende desto, 
"en casa de Doña María se hacían alegrías de 
"lo que él hacía y decían: ¡Viva el General Hernando 
"de Contreras!" 



CORO; MARZO DE 1907. 



El Capitán Martín de Arteaga 



EL CAPITÁN MARTIN DE ARTEAGA 



Entre los muchos «hidalgos y hombres nobles» 
que con Ambrosio de Alfinger vinieron á Vene- 
zuela en 1528 nombra Oviedo y Baños (1) á Mar- 
tín de Arteaga. 

Fué este español uno de aquellos guerreros, lle- 
nos de valor y de osadía que realizaron la obra, 
admirable por más que la hayan manchado san- 
grientos crímenes, de la conquista venezolana. 

La historia de Martín de Arteaga compendia los 
inauditos esfuerzos de los fundadores de la colo- 
nia, es decir de la sociedad venezolana. 

La primera expedición en que salió Arteaga 
de Coro, fué la de Federmann hacia Barquisimeto 
y los Llanos en 1530, de la cual dejó el alemán 
una interesantísima relación. 

Ocasión tuvo allí, Martín de Arteaga, de exhibir 
su gran valor. En una batalla con los indios que 
meaban en las cercanías de Acarigua fué él quien 
salvó la vida á Federmann, atacado personalmente 
por un gandul. 

Regresaron á Coro y estando nuestro héroe 
aquí, se incorporó á la gr?n expedición de Espira 

(l) Historia de la conquista y población de Venezuela. — 
Edición de Madrid. 1885 — Tomo 1, Pág. 45. 

71 



PEDRO M. ARCAYA 



(íiohermuth.) Enumerando Castellanos (2) los capi- 
tanes que acompañaron al alemán nos dice: 
«Llevó por ser persona de gran cuenta 
A Martín de Arteaga vizcaíno.» 
En todos los encuentros que tuvieron con los in- 
dios peleó bravamente Arteaga. Refiere Castellanos 
menudamente un recio combate que tuvo lugar más 
allá del Meta: 

«¿ Quién 08 podrá decir lo que hacía 
El valiente Martino de Arteaga ?» 
Exclama el poeta cronista. Siguieron adelante 
Espira y los suyos. Llegaion al alto Orinoco. Mo- 
raban por allí los indios Guaipies, quienes de sor- 
presa salieron á combatir á treinta españoles que 
iban de vanguardia ó descubierta. Oigamos á Cas- 
tellanos: 

«Vinieron escuadrones bien armados, 
Haciendo como suelen gran estrago, 
Contra treinta íinísimos soldados 
Que iban adelante descubriendo : 
Los cuales viéndose dellos cercados 
«Santiag-o y á ellos» van diciendo 
J)os de caballo hay en la savana 
Un Damián de Barrios y \u\ Liz;ana. 
También estaba Martín d Arteaga 
Entre soldados buenos escogido, 
Mas agora no sabe que se hag-a 
Que el brazo diestro tiene mal tullido. 
La fuerza de los indios los estraga. 

Y el escuadrón cristiano va rompido : 
A Dios el Arteaga se encomienda 

Y en el rigor entró de la contienda 
A un fuej'te gandul se fué derecho, 
Tomando lanza con enferma mano, 

(2) Elegías de varones ilustres de Indias. 
72 



EL CAPITAX MARTÍN DE AETEAGA 



Mas según el suces^o deste hecho, 
El golpe que dio fue de brazo sano, 
Pues que le traspasó pavés y pecho; 
Y lioy hace juramento de cristiano 
Que después en el brazo ni en la vena 
Jamás sintió dolor que le dé pena. 
Rompiendo fué por otros escuadrones 
Sin ponelJe temor las puntas duras.» 

Llegaron nuestros expedicionarios hasta las ri- 
beras del Rio Negro ó quizás del Yapura, pero de 
allá resolvieron regresar á Coro. A esta ciudad 
volvió pues Arteaga. 

En 1540 salió Felipe de Hutten en busca del 
Dorado. Con él iba también Martín de Arteaga. 

La marcha de Hutten desde Coro hasta el Bra- 
sil parece una de esas fantásticas correrías de los 
héroes de las leyendas medioevales, de los caba- 
lleros errantes que se iban por el mundo á con- 
quistar reinos fabulosos, leyendas con las que se 
había nutrido el espíritu del noble alemán. 

"Hijo del burgo -maestre de Konigshofer (nos 
"dice Jules Humbert (3) Felipe de Hutten de Bir- 
"kenfeld pertenecía á una familia de Franconia de 
"la cual salió también el poeta Ulnach de Hutten. 
"í^inguna figura atrae más que la de este joven 
"leal y desinteresado. Dios sabe, escribía él mismo 
"á su primo Bernardo de Hutten, que no ha sido 
"la codicia la que me ha impulsado sino un deseo 
"extraordinario de que estaba animado, desde hace 
"tiempo, de venir á Indias. 



(3) L'occupation ailemande au Venezuela. 
73 



PEDRO M. ARCA YA 



En esta memorable expedición de Hutten figura 
Arteaga como uno de los caudillos principales. 

A la salida de Coro mandaba la retaguardia, 
íiutten se adelantó á esperarlo más allá de la Se- 
rranía. En estas montaíias, probablemente en Chu- 
ruguara, tuvo Arteaga que pelear con los Jirajaras. 
Reunido con tiutten se internaron ambos con sus 
soldados en los Llanos; pasaron el Guaviare y 
fueron más allá del Papaneme. Estaban ya en el 
territorio donde hoy son los límites del Brasil y 
Colombia. Continuas eran las escaramuzas con los 
indios. En cierta ocasión salieron á caballo Hutten 
y Arteaga, solos contra un crecido número de bár- 
baros y vióse en lance apurado el alemán porque 
un gandul lo hirió y hubiéralo rematado si no viene 
Arteaga en su auxilio dando muerte al indio. 

Fue por allí donde tuvo lugar la gran batalla 
de los Omeguas (4) pues reunidos estos indios y 
los demás de aquellos lugares, en inmenso número, 
atacaron á los expedicionarios. Fué recia la pelea y 
sólo á su inaudito valor debieron los españoles la 
victoria. 

«Vieron la muchedumbre de la gente 
Tantos paveses, dardos, lanzas tantas 
Como de espesa selva verdes plantas 
Parecióles tener el horizonte 
Que por allí divisan encubierto, 
Y con grave temor á prima fronte 

(4) Este nombre le dan el padre Simón y Oviedo y Baños. 
En cuanto á Castellanos da más bien A entender que la pelea 
fué cun los Choques. 

74 



EL CAPITÁN MARTÍN DE ARTBAGA 



El mas fuerte se tiene ya por muerto 



Partieron luego con gentiles bríos 
Alanceando por una ladera, 
Mas hieren á Gonzalo de los Ríos 
Y el caballo de Pedro de Ribera; 
Enciéndense sangrientos desafíos, 
]Si inguno de Victoria desespera: 
Ansí mismo rompiendo por la plaga 
Hirieron el caballo de Arteaga. 

Allí ninguno de otro ya confía 
Sino de solo Dios y de su espada.» 

"Esta fué la celebrada batalla de los Omeguas, 
"dice Oviedo y Baños, en que la nación española 
"manifestó los quilates de su valor y la fuerza de 
"su fortuna, pues siempre será memorable en las 
"edades futuras ver derrotado un ejército de quince 
"mil combatientes de una nación belicosa, por el 
"corto número de treinta y nueve españoles y éstos 
"consumidos y postrados al continuado tesón de 
"tan repetidos trabajos como habían padecido en 
"sil dilatado viaje." 

Razón tuvo Castellanos, considerando estos altos 

heclios, para poner en boca de Felipe de Hutten el 

discurso siguiente : 

«Porque dónde jamás hemos hallado 
En todas las antiguas escrituras 
Haber tan pocos conquistado 
Tantas y tan acerbas desventuras ? 
Unas veces por largo despoblado, 
Otras rompiendo grandes espesuras 
y hambres é indisposiciones : 
Subyectar ferocísimas Naciones 
Y no solo tenemos competencias 
Con enemigos bravos y sangrientos 

75 



TEDRO >t. AliCAYA 



jVIas taml)ién nos combaten las potencias 
De fuegos, aguas, furiosos vientos 

Y tierras de malignas influencias 

Y rt nal mente todos elementos: 
Con todos ellos hemos peleado, 

Y de todos nos hemos escapado. y 

Creyeron un momento aquellos hombres perci- 
bir el país fabuloso que buscaban, el Dorado desús 
sueños de gloria y de fortuna. 

"Desde este lugar (dice el Padre Simón) donde 
"hicieron alto por un buen espacio de tiempo divisa- 
"ron todos los soldados un pueblo de tan extendida 
"grandeza, que aunque estaban cerca, nunca pudieron 
"ver el extremo de la otra parte, bien poblado, las ca- 
"lles derechas y las casas juntas, que todo lo alcan- 
"zaban á ver con distinción y mucha más una que 
"estaba en medio de todas que las sobrepujaba con 
"mucho exceso: preguntándole al Cacique, guía, qué 
"casa tan eminente y señalada era aquella, respon- 
"dió ser del Cacique de aquel pueblo, la cual era de 
"aquella grandeza que veían porque le servía de mo- 
"rada y templo donde tenía algunos ídolos y dioses 
"macizos de ero, de grandor de muchachos de cua- 
"tro y cinco años y una mujer, que era diosa, de es- 
"tatura natural, también del miomo metal y otras 
"grandes riquezas puestas allí, como en depósito, su- 
"yas y de sus vasallos que eran innumerables." 

Trataron de acercarse Felipe de Hutten y Martín 
de Arteaga á la ciudad que les figuraba su exaltada 
imaginación, pero fueron heridos por unos indios, 
viéndose muy en peligro de muerte el alemán. 



70 



KL C'AFITAN MARTIN DE AKTEAGiA 



Después se retiraron para reorganizarse y vol- 
ver á entrar al país encantado. Pero luego las enfer- 
medades que les sobrevinieron y que los redujeron 
á un estado miserable los obligaron á resolver su 
vuelta á Coro, en busca de recursos con que empren- 
der la gran conquista de la -^iudad que creyeron 
vislumbrar. 

En la retirada hubo de pelearse nuevamente y 
volvió á salir herido Arteaea de un flechazo; se vio 
en trance de morir y durante el resto de su vida 
quedó í>ufriendo de las consecuencias de esta grave 
lesión. 

Conocido es el triste fin de Felipe de Hutten, 
asesinado de orden de Carvajal. De modo que los 
subalternos del heroico alemán, entre ellos Arteaga 
hubieron de regresar á Coro sin su Jefe amado. 

El Licenciado Pérez de Tolosa inició luego eti 
Venezuela una nueva época. Desistió de Icis lejanas 
expediciones en busca del Dorado y concretó su 
atención á fundar pueblos y establecer la industria 
agrícola en el país. 

Desde entonces quedó viviendo Arteaga en Coro. 
Es de suponerse que le tocaron en Encomienda los 
indios de Cariagua (hoy 5an Luis, capital del Dis- 
trito Bolívar) con el dominio de las tierras respec- 
tivas, porque de documentos posteriores resulta que 
esa Encomienda era hereditaria en sus descendientes. 
Todavía vivía en Coro Martín de Arteaga por los 
años de 1570 á 1580 en que escribió Castellanos su 
obra, donde en repetidos pasajes hace mención de 
Arteasra como residente en esta ciudad. 



77 



PEDRO M. ARCAYA 



El viejo guerrero no hacía sino recordar 5U5 

hazañas pasadas. Así escribió para Castellanos una 

relación de la primera entrada de Ferdemann en que 

como hemos visto acompañó al alemán. Oigamos al 

cronista: 

«Con ellos fué tarabién este camino 
El Padre Fray Vicente Requejada 

Y él me dio relación de esta joi'nada 

Y el buen Capitán Martín de Arteaga 
Que escrita me la dio más largamente, 

Y no sé con qué lengua satisfaga 
Méritos de valor tan excelente, 
Pues según su valor la mayor paga 
No es ni puede ser equivalente : 

El cual a\in vive hoy dentro de Coro 
31 as lleno de virtudes que de oro.» 



CORO : AGOSTO DE 1906. 



— ^— ^^í^^-^— 



ALFONSO GIL 



ALONSO GIL 



Completamente olvidado está en su tierra natal el 
nombre de este distinguido patriota que fué uno de 
!o5 más brillantes oficiales córlanos del Ejército de 
la Gran Colombia y uno de los gloriosos combatien- 
tes en la magna jornada de Ayacucho. 

Con vista de documentos auténticos, como son 
los despachos militares de Gil, venimos á ocuparnos 
siquiera someramente, en revivir su memoria en las 
generaciones presentes como acto de justicia his- 
tórica. 

Nació Alonso Gil en Coro á fines del siglo XVlll. 
Fueron sus padres Don Pedro Gil y Doña Beatriz 
Garcés. La familia Gil era oriunda del Tocuyo de don- 
de había venido á Coro y aquí se estableció, á media- 
dosdel mismo siglo XVIII, Don Alonso Gil de Reínoso, 
abuelo del que nos ocupa. 

Sin duda entró Alonso Gil en servicio de Colom- 
bia en 1821, junto con sus parientes los hermanos 
Garcés Manzanos y otros jóvenes córlanos, cuando 
fué libertada nuestra Provincia por el General Urda- 
neta y es de creerse que Gil tomase, en consecuencia, 
parte activa en la porfiada guerra de que luego fué 
teatro Coro por los alzamientos de los realistas. 

81 



PEDRO M. ARCAYA 



Pero á los primeros años de servicio de Alonso 
Gil no se refieren los documentos que nos sirven de 
guía. 

Lo hallamos ya en el Perú como Capitán de la 
segunda compañía del batallón "Caracas" en el Ejér- 
cito que comandaba el Gran Sucre. Con tal grado 
estuvo en Ayacucho. 

Debemos concretarnos, pues, á este hecho cul- 
minante en la vida militar de Gil, porque haber com- 
batido en Ayacucho es gloria cuyo brillo fulge más 
que la que hubiera él adquirido en sus anteriores 
campañas. Esa gloria la compartieron con Gil mu- 
chos ctroscorianos que como oficiales ó soldados se 
hallaron en la gran jornada, la mayor parte en el ba- 
tallón "Caracas." 

Recordemos algunos episodios de la inmortal 
batalla. 

El General Sucre organizó en tres Divisiones el 
Ejército patriota, comandadas respectivamente por 
Córdova, Lámar y Lara. En la primera División figu- 
raba el Batallón "Caracas." 

Al comenzar la batalla, Sucre montado en un 
soberbio caballo castaño oscuro recorrió los cuerpos 
del Ejército, para arengarlos sucesivamente. "Conclu- 
"yó, dice el Procer Manuel Antonio López en su her- 
"moso libro Recuerdos históricos, pasando al frente 
"de mi Batallón, el Vencedor y allá lo estoy viendo 
"y uno por uno vibran en mis oídos sus acentos. Su 
"tipo, todas sus facciones, son las de la delicadeza, 
"la circunspección y el pundonor; el timbre de su voz 
"es f¡n,o y firme como él. Viste levita azul cerrada 



ALONSO Olí. 



"con una simple hilera de botones dorados, sin banda 
"ni medallas; pantalón azul, charreteras de oro, es- 
"pada al cinto. Geraldino y dos más le acompañan. 
"Tocados por su presencia como por una corriente 
"eléctrica, al llegar él echamos arma al hombro, nos 
■'saluda cortesmeiite moviendo la mano derecha, de- 
' ja descansar la izquierda con la rienda sobre el pico 
"delantero de su galápago húngaro, á tiempo que la 
"inquietud de su castaño contrasta con su tranquili- 
"dad británica deactitud y de expresión " 

Veamos la parte que tomó el Batallón «Ca 
''racas» en Ayacucho. Al pasar Sucre á su frente 
le dirigió estas elocuentes palabras: 

"Caracas! Guirnalda de reliquias beneméritas 
"que recordáis tantas victorias cuantas cicatrices 
"adornan el pecho de vuestros veteranos! Ayer asom- 
"brásteis al remoto Atlántico en Maracaibo y Coro; 
"hoy los Andes del Perú se humillarán á vuestra in- 
"trepidez. Vuestro nombre os manda á todos á ser 
"héroes. Es el de la patria del Libertador, el de la 
"ciudad sagrada que marcha con él al frente de la 
''América. Viva e! Libertador ! Viva la cuna de la Li- 
bertad!" 

No se engañó Sucre. Todos bs Jefes, oficiales y 
soldados del Batallón "Caracas" fueron héroes en 
Ayacucho. 

iniciado ya el combate resolvió el Jefe Supremo 
que el Batallón "Caracas"' permaneciese inactivo has- 
ta que llegara el momento oportuno en que se le or- 
denase atacar. De modo que aunque pertenecía á la Di- 
visión de Córdova no tomó parte en la primera céle- 

83 



PEDRO 31. ARCAVA 



bre caríía de este Jefe, quien la dio á !a cabeza de 
otros batallones. 

Por fin llegó un Ayudante del Estado Mayor 
con la esperada voz, ¡ arriba "Caracas!" por la cual an- 
siaban aquellos guerreros, ya impacientes de ver que 
otros combatían y ellos no. 

«Caracas» marchó al fuego heroicamente; con 
pocos disparos derrotó un escuadrón que amagaba 
oponérsele y ya se sentía pesaroso de que fuese tan 
exigua su participación en la batalla cuando de pron- 
to advierte que es contra lo más granado del ejército 
enemigo, puede decirse, que tenía que combatir. 
Erguidos y altaneros se le presentan de frente el «In- 
fante» y el «Burgos» mientras á su izquierda des- 
cienden los dos «Jeronas.» 

Yá tenía ocasión el «Caracas» de pelear recia- 
mente! 

Oigamos á López de quien son también les de^ 
talles que anteceden, que casi textualmente hemos 
copiado de su libro arriba citado: 

"A medio avance perdió »Caraca5» á su Jefe, el 
"Comandante León, que cayó mal herido y aunque 
"reemplazado al punto por el Mayor Juan Bautista 
'"Arévalo, su falta puso á más dura prueba el temple 
"de ese batallón en tan rigoroso empeño. Mas cómo 
"salió de él, auxiliado apenas por su derecha, dígalo 
"el General Camba (realista) que refiere así el resul- 
"tado : «El choque con la División Monet, aunque no 
'había llegado á formar en la orilla occidental del 
'mencionado barranco más que la primera brigada 
"quemandaba Don Juan Antonio Pardo, fué horri- 



ALOXSO GIL 



"bleniente sangriento por todas partes, recibiendo de 
"la nuestra un leve balazo el mismo General (Monet) 
"y quedando muertos tres Jefes de cuerpo; pero arro- 
"llada esta brigada, la segunda no pudo acabar de 
"pasar el barranco sin desordenarse.» En efecto y 
"dominando ya «Caracas» el largo seno por donde el 
"enemigo desembocaba, derrumbó á bayoneta á los 
"que resistían y aún alcanzó á escarmentará balazos 
"á los que venían en su apoyo, que volvieron cara en 

"confusión <Caracas» había ganado el nombre 

sin igual de Batallón Ayacucho.» 

Pero el mejor elogio del «Caracas» está en el 
siguiente Decreto que copiamos de la colección de 
O'Leary (tomo XXII pág. 588): 



'ANTONIO JOSÉ DE SUCRE, etc., etc. 



''Considerando : que la bizarra conducta del Ba- 
"tallón «Caracas» en la jornada de Ayacucho lo hace 
"acreedor á un título ilustre en el ejército : que este 
"cuerpo en solo el presente año ha marchado cons- 
"tantemente desde Venezuela hasta el campo de la 
"libertad del Perú y que llevando el nombre esclare- 
cido de la patria de S. E. e! Libertador debe conser- 
"varsele con brillo y gloria, he venido en decretar: 

"!*•» El Batallón <-<Caraca5» tendrá en adelante 
el sobre nombre de «Vencedor en Ayacucho» y lo 
inscribirá en sus banderas entre una corona de lau- 

"reles.» 

85 



PEDIÍO M. AKCAYA 



"2? Este Decreto se someterá á la aprobación 
'del Libeitador y al Gobierno de la República.» 

"Dado en el Cuartel Genera! en Huaurango á Í9 
Me diciembre de 1824. — 14^ 

A. J. DE 5UCRE.^> 



La conducta de Alonso Gil á la cabeza de la 
compañía que mandaba en este batallón debió ser 
notable pues días después recibió el siguiente oficio 
que original tenemos á la vista : 

"República de Colombia. — Ejército Ausiliar Li- 
"bertadordel Perú. — Cuartel jeneral en Guamanga á 
"19 de diciembre de 1824-14. 

"Al Capitán déla 2- compañía del Batallón «Ca- 
'racas^)- Alonso G;i. 

"Atendiendo á los tr.éritos y servicios de V. y 
"á su distinguida comportación en la batalla de Ni h- 
"CUCtiO que ha dado la libertad al Perú, he venido 
"en nombre de 5. E. el LIBERTADOR y del Go- 
"bierno de la República en concederle el grado de 
"Teniente Coronel con la antigüedad del nueve del 
"corriente. 

86 



ALOXSO GIL 



"Este oficio servirá á V. de título en forma, mien- 
'tras que aprobado su ascenso por el Gobierno Su- 
'"premo, le espide el correspondiente despacho. 

"Dios guardo á V. 

"ANT? J. DE SUCRE. 

"AGUSTÍN GERALDINO. 
"Srio. 

"Anotado en elE.M. J. 



"El Corl. Jefe, 
"FRCO. B. OCONOR (?)» 



Bolívar le concedió en la Paz el 27 de agosto 
de 1825 la medalla de Ayacucho y el mismo día lo 
nombró miembro de la Orden de Libertadores de 
Venezuela. 

Santa Cruz lo condecoró con la medalla de 
Bolívar por decreto expedido en Lima el V- de se- 
tiembre de 1826 "para que lleno de un noble or- 
gullo por la parte que le ha cabido en empresa tan 
"heroica (la independencia del Perú), pueda trasmi- 
"tirla á sus descendientes como un testimonio de 
"recompensa á sus virtudes.» 

Causará extrañeza é quienes hayan recorrido las co- 
lecciones de documentos de Blanco-Azpurúa y O'Leary 

87 



PEDEO M. AKCAYA 



que haya sido ascendido Alonso Gil por su conducía 
en Ayacucho y no conste asi en la nómina que figu- 
ra en la página 454 del tomo IX de la primera colec- 
ción citada y en la página 592, tomo XXII de O'Leary 
pero cesará esa extrañeza al fijarse que los ascensos 
indicados en dicha nómina fueron los primeros que 
accfdó Sucre á los principales Jefes del Ejército y 
algunos oficiales que sin duda combatirían á su vis- 
ta ; pero agrega que "al pasarse por las divisio- 
"nes las noticias de los señores Oficiales y tropa 
"que se han distinguido se concederían las promo- 
"ciones á que fuesen acreedores." En estas promo- 
ciones posteriores quedó comprendida la de Gi 
pues no deja duda el documento auténtico que arri- 
ba inseríamos. 

Pero sí ocurrió y creemos que no solo cuanto á 
él sino también cuanto á los demás que obtuvieron 
ascensos análogos, que quedaron virtualmente sin 
efecto, porque el Congreso de Colombia se limitó á 
a{ robar los primeros que concedió Sucre en su De- 
creto de premios. Las demás promociones hechas 
con el carácter de provisorias por este Jefe, como la 
de Gil, quedaron olvidadas Amortiguado el entu- 
siasmo de los primeros días nadie volvió á men- 
cionar los héroes de Ayacucho. Se iniciaba la épo- 
ca de las rivalidades y rencillas intestinas. 

Lo cierto es que en 1827 en lugar del grado de 
Teniente Coronel que había querido darle Sucre, te- 
nía en Caracas Alonso Gil el de "Capitán primer Co- 
mandante graduado" del Batallón «Junín». El Li- 
bertador, por despacho otorgado en esa Capital el 



ALOXSÜ GIL 



26 de enero de dicho año lo ascendió á «Segundo 
Comandante vivo y efectivo.» 

En 1830 el General Páez le dio el empleo de 
«Primer Comandante efectivo» del mismo Batallón. 

En 1836 falleció en Coro Alonso Gil. 

Luego, el olvido! 



CORO, 1906. 



— ^-^^^^--^ 



LOS CACIQUES DE CORO 



LOS CACIQUES DE CORO 



Sabido es que las leyes españolas de Indias 
conservaron como título de honor el de Cacique, 
que con preferencia se dabaá los Jefes de las parcia- 
lidades indígenas que ocupaban estos países al tiempo 
de la conquista y á sus descendientes. 

Las tribus caquetías que poblaban las regiones 
de lo que hoy es Estado Falcón, reconocían como 
caudillo á Manaure, Manaore ó Manabre, que de 
estos diversos modos escriben su nombre los his- 
toriadores primitivos. 

Parece que su autoridad no era heredada sino 
que la debía á su fama de hechicero, creyendo los 
indios que á su voluntad podía hacer que lloviese, 
sanar enfermedades y efectuar toda suerte de mila- 
gros. 

De cualquier modo que sea, lo cierto es que go- 
bernaba como señor absoluto. Por eso, entendido 
con él, fué tan fácil á Ampies la fundación de Coro. 
Conocidos detalles son los de la fastuosa visita, que 
traído en lujosa hamaca por escogido número de sus 
subditos y portando valiosos obsequios, hizo el Jefe 
Indio al conquistador español. 

93 



PP:T)P,0 M. AllCAVA 



Sobre el particular son curiosas algunas es- 
trofas del poeta cronista Juan de Castellanos. 

Después de referir que Ampies vino á Coro con 
ayuda de un indio principal, señor de fiureburebo 
(hoy Jurijurebo) en Paraguaná, que después de bau- 
tizado se llamó D. Fernando García, con el cual 
había Ampies entrado en tratos por haberle devuelto 
sus hijos, mujer y herinana que unos españoles 
habían robado y llevado á Curazao donde residía 
Ampies como dueño de esa isla, dice, con relación 
á D. Fernando García y la india Doña Teresa: 

"Estos trajeron al cristiano bando 
Al indio que Manaure se llamaba, 
El cual sobre caciques tuvo mando 
y toda la comarca subyectaba : 

Y hízolo venir el Don Fernando 
A cuanto nuestra gente deseaba : 
Fue Manaure varón de gran momento, 
De claro y de sagaz entendimiento. 
Tuvo con españoles obras blandas, 
Palabras bien medidas y ordenadas : 
En todas sus conquistas y demandas 
Temblaban del las gentes alteradas : 
Hacíase llevar en unas andas 

Con chapas de oro bien aderezadas, 

Y el amistad y paz después de hecha 
La tuvo con cristianos muy estrecha. 
Usaba de real magnificencia, 

Sin se le conocer parecer vario, 
A sanos y á subyectos á dolencia 
Siempre les proveyó lo necesario : 
De tal manera, que sin advertencia 
Se hizo poco á poco tributario : 
Pero jamás disgusto ni molestia 
Pudieron perturbarle su modestia. 
Nunca vido virtud (jue no loase, 

Q4 



LOS CACIQUES DE COKO 



Ni pecado que no lo corrigiese ; 
Jamás palabra dio que la quebrase, 
Ni cosa prometió que no cumpliese : 

Y en cualquier lugar que se hallase 
Ninguno le pidió que no le diese ; 
En su mirar, hablar y en su manera. 
Representaba bien aquello que era. 
Ampies, Tiendo persona tan urbana. 
En medio de tan rudo barbarismo, 
Pióle noticia de la fe cristiana, 
Siendo bien instruido por él mismo ; 

Y después recibió de buena gana 
El agua del santísimo bautismo : 
Llamóse P. Martín y después desto 
Baptizó de su casa todo el resto. 
Demás de la muger, hijas y hijos, 
Se baptizaron todos los vasallos 
Que tenia por granjas y cortijos ; 
Corrieron españoles los caballos 
Por más solemnizar los regocijos ; 
El Pon Martín holgaba de mirallos, 
Admirado, suspenso y espantado 
Pe ver irracional tan bien mandado. 
Fue siempre del Ampies amigo caro 
Satisfaciendo bien sus voluntades, 
Pe todos clementísimo reparo 

Y socorro de sus necesidades : 
No supo de sus bienes ser avaro 
Ni maculó jamás las amistades ; 
Fue ílel en palabras y en el hecho ; 

Y libre de maldad siempre su pecho.» 

Menos conocida era la suerte que en lo sucesivo 
tocó á Manaure. Pero los documentos que ha pu- 
blicado el moderno editor español de la Historia 
de la Conquista por Oviedo y Baños, dan luz en 
esta materia. En efecto, allí se ve que Ambrosio 
Alfínger despojó á Manaure de varias canoas de 

95 



PEDRO M. ARCAYA 



SU propiedad y las mandó á vender al pueblo de 
AAaracaibo y luego prendió al Cacique, el cual tan 
pronto como recobró la libertad se alzó, retirándose 
á las montañas con muchos de los suyos, lleván- 
dose gran cantidad de oro. Estos hechos fueron ar- 
ticulados en el interrogatorio de testigos para 
la pesquisa contra los alemanes en la residencia 
que por comisión real les tomó Pérez de Tolosa 
en 1545. 

¿ Adonde fué á parar el cacique Caquetío ? 

A creer las noticias que un siglo después re- 
cogió el Padre Jacinto Carvajal, llegaría hasta los 
Llanos que corren entre el Sineruco y el Meta, donde 
la leyenda situaba una laguna misteriosa llamada 
de «Caranaca.» "Está circundada y fortalecida esta 
"laguna (dice Carvajal en su libro «Descubrimiento 
"del Río Apure») de una bellicossissima nación de 
"yndios que la habita, a los quales nombran caque- 
"tíos y los naturales de los llanos le llaman tiaos á 
"los mismos yndios, Ay tradiciones que aquestos 
"proceden de una inmensidad de indios que se re- 
"tiraron de la ciudad de Coro a la venida primera de 
"los españoles a las conquistas de estas partes. El 
"cacique que indujo á este retiro a tan crecido nú- 
"mero de jentes se llamava el gran Manavre, cuya 
"memoria vive por estas partes muy fresca. Passo 
"en prosecución de su retiro por los llanos de Apure, 
"assi por esta como por la otra vanda del, adonde por 
"ser tanta la soberanía de aqueste cacique y tan cre- 
"cid© el gentío suio, e visto yo cerros hechos a manos 
"de sus yndios, para yr haciendo noche por los llanos 

96 



LOS CACIQUES DE CORO 



"de Apure, que para caminar de día le cargavan a 

"ombros sus yndios en guandos Y assi me es fácil 

"pressumir que son yndios caquetíos los que se- 
''ñorean la celebrada como riquissima laguna de 
''Caranaca, para cuyo hallazgo de señorío tan opu- 
"lento salieron de la ciudad y provincia de Coro, 
"adonde ay opiniones que dejo ocultos este gran 
"cacique ó emperador de aquella tierra toda y gran 
"Manaure grandiosísimos tesoros." Decíase que en 
la laguna de Caranaca habían arrojado los indios 
montones de oro y así se ve que era la leyenda del 
Dorado, deformada, la que recogió el Padre Carvajal. 
Mas no es imposible que Manaure llegase hasta las 
regiones del Meta ya que desde Coro hasta allá es- 
taban esparcidas las tribus caquetías y ya que aún 
sobre las que moraban fuera de los límites del hoy 
Estado Falcón parece haber alcanzado nuestro cacique 
sino efectivo dominio, sí respeto é influencias. 

Pero si es indudable que Manaure se ausentó 
de las comarcas corianas, es posible que en ellas 
quejasen algunos deudos suyos. 

Lo cierto es que ya en la segunda mitad del 
siglo 16 figuró como primer cacique, con título 
despachado por el Gobierno español, de los pueblos 
caquetíos de la provincia de Coro, un indio llamado 
Don Sancho de Uriacoa. 

Le sucedió en el cacicazgo su hijo primogé- 
nito Don Luis Caguallo, quien después abdicó, en 
1635, por no tener hijos, en favor de su hermano 
Don Juan Martínez Manaure. A éste siguió su pri- 
mogénito, llamado también don Juan Martínez Ma- 

97 



PEDRO M. AECAYA 



naure, á quien, á su vez, heredó <su hijo mayor Don 
Juan Basilio Manaure. Este sostuvo pleito, que ganó, 
por el Cacicazgo, ante el Consejo de Indias, con otro 
indígena principal llamado Don Tomás Sánchez, año 
de 1705. 

A Don Juan Basilio lo heredó su hijo mayor 
Don Domingo Martínez Manaure. confirmado en la 
posesión de su cacicazgo por los Alcaldes de Coro, 
en 1742. En éste ó algún hijo suyo se extinguió 
el título de Cacique. 

La jurisdicción de estos Jefes indios más era 
nominal que efectiva y aún su influencia no parece 
que haya sido grande entre los indios de Coro. Por 
otra parte, cada pueblo tenía sus capitanes propios, 
llamados también á veces Caciques del respe'^tivo 
lugar, que más oían al Protector de Indios que al Ca- 
cique general. El cargo de Protector se daba comun- 
mente á los prohombres de la localidad, de raza es- 
pañola. 

Tenían sí los Martínez Manaure una renta cons- 
tituida sobre los tributos que pagaban los Indios. 
Cada cacique entrante acostumbraba ir á España 
a presentar sus respetos al Monarca. Algunos ca- 
saron en la Península, durante esos viajes, como 
sucedió con el último de los nombrados. 



CORO, 1905. 



Papeles Viejos e Ideas Modernas 



PAPELES VIEJOS E IDEAS MODERNAS 



Pocos documentos conocemos que arrojen tan 
intensa luz para el estudio de la sociología venezolana, 
como los papeles relativos á las Misiones de los Reli- 
giosos Capuchinos en la Provincia de Caracas, que 
figuran en la colección de Blanco y Azpurúa, (1) á 

saber: "Noticia del estado de estas misiones para 

"efecto de dar cuenta á Su Magestad" del año de 
"1745 y "Exposición al Ilustrísimo Prelado de Vene- 
"zuela por el Misionero Apostólico y Prefecto de las 
"Misiones de Caracas" del año de 1758. 

Estas Misiones comenzaron la reducción de los 
indígenas desde 1658. Se concretaron especialmente 
á la región de los Llanos por ser allí donde que- 
daban todavía, en gran número, indios incultos 
que no hablan podido ser sometidos por los con- 
quistadores, aunque también fundaron los religiosos 
algunos pueblos en jurisdicción de Barquisimeto. 

No podía ser más rudimentario el estado so- 
cial de las tribus á que estos documentos se re- 
fieren: Yaruros, Guamos, Cacuaros, Guaiquerís y 
otras. 



(l) Documentos para la vida pública del Libertador. 1875» 
página 388 y siguientes. 

101 



PEDRO M ARCAYA 



"Los indios que ha habido y hay en el territorio 
''de esta Provincia y en sus dilatados Llanos fuera 
"de los primeros que se poblaron al principio déla 

''Conquista (2) viven more pecudum, como bár- 

"baros y brutos. . . ."(como atajos de ganados, como 
las fieras de los montes, leemos en otros pasajes). 
"No tienen estos indios pueblo alguno, sino es 
"Rancherías ó Aduares y éstos de poca gente, que 
"apenas llegará cada uno á veinte y cinco familias 
"y estas son de ordinario de su misma parentela; 
"nacido de la oposición que tienen unas parcialida- 
"des con otras. ... y así se recelan juntarse los unos 
"con los otros aunque sean de la propia nación." 

"No saben estos indios de agricultura ni jamás 
"por lo común (á excepción de los caribes y tal cual 
"otra nación) siembran maíz ó yuca que es el pan 

"ordinario de la tierra Las demás naciones, que 

"son muchas, no siembran cosa alguna, pues todo su 
"mantenimiento pende del arco y flecha con que 
"cazan y pescan . . . ." 



(2) Estos indios ya poblados, que exceptúan los Misio- 
neros de la triste descripción que en seguida hacen, eian sin 
duda los Caquetíos, de la misma raza que pobló gran parte del 
territorio coriano y ocupaba una gran faja de terreno que se ex- 
tendía desde Coro, por el litoral oriental, hasta los valles del 
Yaracuy y Barquisimeto y de allí continuaba por los llanos de 
Cojedes, Portuguesa y Barinas, hasta las regiones de Casanare 
y el Meta en territorio colombiano. El nivel moral é intelectual 
de esta ra/a indígena era notablemente superior al de la 
mayor parte de las otras tribus del país. Este punto lo tenemos 
largamente estudiado en nuestros Estudios sobre los abo- 
rígenes de. Estado Falcón. 

102 



PAPELES VIEJOS E IDEAS MODERNAS 



Respecto de su estado mental nos dicen que 
"como quiera que sus talentos son san cortos y 
"ellos tan brutales, todos los indios que cogemos 
"adultos ninguno absolutamente llega á poder apren- 
"der la lengua española." 

En cuanto á moralidad hallamos: "Tienen todas 
'las mujeres que pueden agregar, sin que entre ellos 
"se guarde formalidad ni ceremonia de matrimo- 

"nio " "Para ellos la muerte parece ser cosa in- 

"diferente según la facilidad con que se matan los 
"unos á los otros, por medio de yerbas y raíces 
"venenosas." 

Ningunas ideas religiosas tenían estas gentes : 
"En los indios de estos llanos que viven more pe- 
''cudum, que no tan sólo no tienen ídolos ni adora- 
"ción alguna falsa ni verdadera, ni luz de lo eter- 
"no ni conocimiento de ley alguna, ni aun de la na- 
"tural (que se hace increíble á todo teólogo si no lo 
"experimentara) no hay modo para persuadirlos y 
"reducirlos á la fe, sino es enseñándolos primero á 
"ser racionales y como aún esta racionalidad es tan 
"opuesta á la natural libertad con que se han cria- 
"do y á sus propiedades bestiales, es necesario 
"que su resolución empiece en ellos por la fuerza 
"que los constriña á vivir según el derecho natural 

"de las gentes " "No tienen otro Dios que el de 

"su vientre" vemos en otro lugar. 

Perplejo habrían dejado á Quatrefages estas no- 
ticias, si las hubiera conocido, porque están en abierta 
contradicción con las conclusiones de su conocida 
obra sobre la "especie humana, en la cual el sabio 

103 



PEDEO M. AIÍCAYA 



francés basa su clasificación del reino humano en 
la religiosidad y la moralidad, que supone que son 
fenómenos findameníaies en el hombre de todas 
las épocas y países. (1) 

Ahora bien, ¿son calumnias forjadas por los 
Misioneros las que contienen estos documentos? 

De tal manera coinciden los datos que dejamos 
copiados, con los rasgos que ha fijado la ciencia con- 
temporánea como característicos del hombre primi- 
tivo, que ninguna ilusión es posible y hay que con- 
venir en la veracidad de estas noticias. Perfectamen- 
te delineado aparece en ellas el hombre de las 
primeras edades, el lobo inquieto, hambriento y 
errabundo de que nos habla Taine, (2) perpetuado en 
nuestros llanos, por efecto, quizás, del medio físico, 
hasta la época en que allí lo hallaron los Misioneros. 

En estos mismos documentos vemos, con viva 
luz, el contraste del hombre primitivo con el civili- 
zado, en cuyo espíritu, por obra de evolución lentísi- 
ma, efectuada en incontable número de siglos, han 
podido nacer los más altos ideales, los más puros y 
delicados sentimientos. 

Es el contraste entre el pobre ser cuya descrip- 
ción acabamos de leer y el misionero empeñado en 
la obra de su civilización. 

¡hidividualidades verdaderamente admirables 
estos sacerdotes! ¿Qué los impulsaba á ellos, hom- 
bres de notable cultura intelectual, á venirse á habi- 



(1) Véase Quatrefages^ L'espéce humaine, 4e edition, pag. 

16. 

(2) L'ancien régime, 23e edition, pág. 271. 

104 



PAPELES VIEJOS E IDEAS IMODERXAS 



íar entre bárbaros, con riesgo manifiesto de la vida, 
no sólo por los posibles desmanes de los indios, sino 
también por los efectos mortíferos del clima? ¿Qué 
lo9 movía á abandonar sus hogares, á romper, para 
siempre, los dulces lazos de la familia? Tan sólo una 
gran virtud: la caridad, el anhelo de salvar, por la 
fe de Cristo, los míseros salvajes, las pobres almas 
incultas, en cuya oscuridad no había penetrado ja- 
más ningún rayo de luz, cuya dureza no había sido 
nunca tocada por ninguna palabra de afecto. 

Y cuando recordamos que también el hombre 
europeo fué allá en la edad prehistórica, igual al 
salvaje de nuestros Llanos, vemos, en el misionero 
y el indio, los dos eslabones terminales de la gran 
cadena humana y advertimos la fuerza misteriosa de 
la evolución, que del abyecto ser egoísta, "sin más 
Dios que su vientre," pudo formar la noble perso- 
nalidad, capaz del martirio y de todos los sacrifi- 
cios por el bien de otros hombres y la íntima sa- 
tisfacción de la propia conciencia. Y ante el in- 
menso progreso realizado, nos explicamos cómo al- 
gunos sabios modernos vislumbran destinos aún 
más encumbrados para la humanidad y partiendo del 
postulado' de que es ella indefinidamente perfectible, 
esperan que en lejanísimo futuro podrá realizarse 
sobre la tierra la república ideal de la ciencia y la 
justicia. 

Pero al cerrar el libro acuden en tropel á la 
mente múltiples interrogaciones. ¿ Cuántos siglos 
necesitó el hombre europeo para el desarrollo de su 
civilización ? 

105 



PEDRO M. AKCAYA 



Si de ese mismo hombre europeo, desde tan an- 
tigua data civilizado, ha podido, con razón, decirse que 
aún lleva en la caverna de su propio corazón, enca- 
denado ó dormido, pero siempre vivo, al salvaje pri- 
mitivo ¿ no estará en nuestra alma, en el alma naciO' 
nal, menos profundamente dormido? El peso de tres 
ó cuatro siglos ¿habrá sido suficiente para soterrar- 
lo en las más ocultas capas del espíritu popular ? 

Y al meditar sobre nuestra vida nacional vemos 
siempre patente el contraste de antaño; los nobles 
sentimientos del misionero y los instintos brutales 
del salvaje. De un lado los altos pensamientos del 
filósofo, las obras primorosas del artista, los perío- 
dos afiligranados de nuestros prosistas, los versos 
hondamente sentidos de nuestros poetas, los mag- 
nos propósitos de nuestros estadistas ilustres, todo 
en suma cuanto constituye la civilización en nues- 
tra vida moderna, como antaño la representó la ca- 
ridad del misionero. Del otro lado la criminalidad, 
especialmente el siniestro homicidio, extendiendo su 
sombra pavorosa por nuestras ciudades y nuestros 
campos, el odio engendrando ¡cuántas veces! la 
guerra fratricida, rojo resplandor de incendios, si- 
luetas feroces de hombres semidesnudos, tintas las 
manos en sangre, que por la selva i>e desparraman 
en pequeños grupos 

Y nos parece columbrar el alma nacional, extraña 
entidad psicológica, aún no estudiada, con su faz lu- 
minosa vuelta al sol del ideal y sus lados tenebro- 
sos que miran al insondable abisnio de la barbarie- 



CORO, 1906. 
106 



Imperialismo Norte-americano 



IMPERIALISMO KORTE-AMERICAN O 



Grande alarma han causado las publicaciones del 
periódico americano The Sun, en las que se advierte 
que ya las miradas de los hombres de Estado de ia 
Gran Nación Anglo-americana comienzan á dirigirse 
hacia estos pueblos, considerándolos como campo 
propicio para el desarrollo de las nuevas tendencias 
que informan su política exterior. 

Reviste pues, capital importancia el estudio de 
esas tendencias y la averiguación de si en rea- 
lidad tiene hondas raíces en el seno de aquellos 
pueblos la idea de engrandecimientos territoriales, 
capaz de poner en peligro la existencia de las na- 
cionalidades latino-americanas, 

A ese análisis nos concretaremos en este ar- 
tículo, tomando como base de nuestras apreciaciones 
lo que encontramos expuesto por eminentes pensa- 
dores del Norte, cuyas ideas, por la autoridad de 
sus propagandistas, la frecuencia con que se expresan 
y el entusiasmo con que se las acoge, por fuerza 
debemos admitir que son las que privan en las ma- 
sas pobladoras de la Federación Anglo-sajona. 

Pocas previsiones de estadista han quedado 
confirmadas por los hechos tan espléndidamente 
como las que en V^enezuela formuló el ilustrado Doc- 

109 



PEDRO 31. AKCAYA 



tor Ricardo Becerra con ocasión de la guerra hispano- 
americana. Cuando en muchos cerebros desprovis- 
tos de sólidas nociones históricas y solo saturados 
de añejos y ya ridículos odios contra España, halla- 
ba fácil acogida la especie de que los Estados Uni- 
dos iban á arriesgar la vida de sus marinos y sol- 
dados, y principalmente á gastar sus dineros, en 
una guerra con España para libertar á cubanos y 
tagalos, pueblos en toda época despreciados por los 
sajones y cuando, por admitir esa absurda especie, 
se le daba absolución á las más flagrantes viola- 
ciones de todas las reglas constitutivas del moderno 
derecho de gentes, cometidas abiertamente por los 
americanos al declarar aquella guerra, fué entonces 
cuando la autorizada palabra del Doctor Becerra se dejó 
oír, denunciando los propósitos de los Estados Uni- 
dos como muy apartados de encaminarse á la indepen- 
dencia de las colonias españolas y ditigidos á sus- 
tituirse ellos en el dominio de esas tierras. Pocos 
meses han trascurrido y la ocupación militar de Cuba 
y Puerto Rico y los fusilamientos en Filipinas, donde 
los indígenas combaten al extranjero invasor é in- 
cendian las ciudades de su suelo para librarse de 
ajeno yugo, como antaño hiciéronlo Sagunto y Nu- 
mancia, todo esto ha venido á demostrar cuan en 
lo cierto estaba Becerra y cuan lejos de la verdad 
andaban los que suponían en Mac-Kinley el caba- 
llero andante de estos tiempos, presto á pelear por 
la libertad de pueblos extranjeros. 

Y ahora, triunfantes de España los Estados Uni- 
dos, fuertes por el apoyo moral de la Inglaterra y 
en la confianza que les inspira la potencia de sus 

lia 



niPEEIALISMO NORTE-AMERICANO 



máquinas de guerra y el oro de sus arcas, no hacen 
misterio de sus miras de expansión territorial que 
forman el objetivo de su política internacional. Y no 
ocultan que esa expansión habrá de efectuarse á costa 
de las nacionalidades latinas de este continente. 

Es esta ya una doctrina que tiene su nombre • 
imperialismo para unos y expansión para otros ; que 
tiene sus apóstoles reclutados entre las más alta^ per- 
sonalidades de aquel país; que cuenta con partida- 
rios convencidos entre los cuales figuran en primer 
término Mr. Mac-Kinley y sus compañeros de Go- 
bierno. Naturalmente que tiene adversarios que la 
rechazan rudamente, los cuales en oposición á im- 
perialismo, han tomado como palabra de orden la 
de americanismo. Pero lo cierto parece ser que 
los imperialistas cuentan con la mayoría de la Na- 
ción. Cada día ganan terreno en la conciencia po- 
pular. 

Oigamos los expositores del Imperialismo ó de 
la expansión, cuyas ideas las tomamos princi- 
palmente de las dos Revistas: The Forum y The 
North American Review, en que colaboran los más 
reputados publicistas yankees, casi todos profeso- 
res de las Universidades de mayor renombre ó per- 
sonalidades de viso . en otros órdenes de aquella 
sociedad. 

Siempre han tenido cuidado los propagandis- 
tas de doctrinas políticas entre los pueblos sajones, 
de apoyarse en las tradiciones del pasado, sea pa- 
ra demostrar que sus opiniones son el desarrollo 
de las que han venido practicándose de antiguo, 

111 



PEDRO ir. AP.CAYA 



sea para comprobar que en circunstancias aná- 
logas á las supuestas de actualidad, los hombres 
venerados del pasado habrían obrado en el sentido 
de las doctrinas nuevas, por más que en su tiempo 
hubiesen procedido de distinta manera. Es esto lo 
que hace Mr. Charles Kendall Adams, Presidente de 
la Universidad de Visconsin, en el número de marzo 
último de The Formn, con un artículo titulado Colo- 
nies and other Dependoncies, del cual traducimos los 
siguientes párrafos: "Nuestra historia nacional es 
"la historia de nuestra expansión. Es probable que 
"Washington jamás pensase en la posibilidad de que 
"obtuviésemos tierras al Oeste del Missisipí. Cierta- 
"mente que ninguna disposición se insertó en la 
"Constitución que se relacionase con el manejo de 
"nuevos dominios. Pero á pesar de esto, iniciamos la 
"política de expansión desde los comienzos del siglo. 
"Basta la enumeración de las diversas adquisiciones 
"con sus respectivas fechas, para demostrar que esta 
"política no ha sido la característica accidental de tal 
"ó cual período ó partido. La compra de Luisiana 
"en 1803, la adquisición de Florida en 1819, la ane- 
"xión de Texas en 1845, la adquisición de Oregón 
"en 1846, las de California y Nueva México en 1848, 
"ia compra Gadsden en 1853, lo de Alaska en 1867; 
"han sido hechos por los cuales no solo se ha indi- 
"cado la fijeza de nuestra conducta política, sinotam- 
"bién se ha aumentado en más del doble el territorio 
"para el que se hizo la Constitución." 

El autor cree en algo como una ley providen- 
cial que lleva á los Estados Unidos á dominar otros 

112 



IMPBUIALISMO NORTE-AMERICANO 



pueblos para bien de la humanidad. A la objeción 
deque es principio fundamental en la democracia 
americana que nadie puede ser obligado á sujetar- 
se contra su voluntad á un gobierno en cuya for- 
mación no ha intervenido, principio cuya conse- 
cuencia, en buena lógica, sería impedir á los Esta- 
dos Unidos gobernar pueblos que no deseen so- 
metérseles, contesta así: Ya lo dijo Guizot, que "na- 
''da hay que atormente más la historia que la lógica", 
"y también es cierto que la lógica y el aferramiento 
''son el espantajo de los hombres de Estado de es- 
'^casas dotes intelectuales. Desde el momento en que 
"se toma una frase ó máxima fuera de su significa- 
"ción primitiva para aplicarla como perpetuo control 
"de todos los asuntos corrientes, se cae en un sisíe- 
"ma de inerte doctrinarismo. Pocos americanos obje- 
"tarán el principio general de que los gobiernos deri- 
"van su justo poder del consentimiento de los go- 
"bernados, pero hemos impuesto un gobierno á los 
"negros é indios, sin tomarnos el trabajo de pedirles 
"su consentimiento. Pudiéramos ir más lejos y decir 
"que las mujeres del país son gobernadas por leyes 
"para las cuales no se ha tomado su parecer." 

Admira Mr. Adams la organización colonial in- 
glesa y desea que los Estados Unidos la imiten, y 
fundándose en el ejemplo de la misma Inglaterra y el 
de la antigua Roma, combate la idea de que la expan- 
sión territorial pueda ser causa de debilitación de 
la potencia americana. No duda que los Estados 
Unidos lograrán apropiarse los perfectos métodos 
de administración de los ingleses, pues dice que el 

113 



PEDRO M. AKOATA 



pueblo americano no podría admitir que exista 
ningún probiema político ó social cuya solución le 
sea imposible. Termina este artículo con los siguien- 
tes párrafos: "Es incuestionablemente el querer del 
"pueblo que debemos guardar y apropiarnos lo que 
"hemos tomado. Esta política está de acuerdo con la 
"inflexibilidad del destino. Por medio de repetidas ane- 
"xiones hemos avanzado hacia el Pacífico. En los si- 
"glos venideros el Grande Océano del Oeste quizá 
"llegará á ser tan importante comercialmente como 
"el del Este. A avanzar más aún nos impele la no 
"interrumpida tendencia del país. Dejar de coger lo 
"que la fortuna del estricto derecho de guerra nos ha 
"dado, sería detener la gran corriente histórica de 
"nuestro engrandecimiento, desperdiciar la mejor de 

"las oportunidades y confesarnos inhábiles La su- 

"pervivencia de los mejor dotados parece ser una ley 
"de las naciones como de los individuos. Conforme 
"lo ha advertido Mr. Kidd, la zona templada está ya 
"ocupada. Los prodigiosos descubrimientos con que 
"la ciencia ha hecho adelantar recientemente las ma- 
"nufacturas y los medios de trasporte están obligan- 
"do á un movimiento hacia los trópicos, tal como la 
"historia no recuerda otro mayor." 

"¿No tomará el pueblo de los Estados Unidos par- 
"te en ese movimiento universal? Y si participa de 
"él dejará sin protección sus intereses distantes? No 
"es dificultoso predecir la solución de estas cuestio- 
"nes. Y este movimiento no es imperialismo sino sim- 
"plemente la aplicación de los métodos del gobierno 
"republicano á gentes que jamás han conocido otro 

114 



IMPERIALISMO KORTE- AMERICANO 



"sistema que la anarquía, la rapacidad y la crueldad." 
En la misma entrega de The Forum el Profesor 
L. S. Rovve, de la Universidad de Pensilvania, publica 
un artículo bajo el mote: Influence of the war in 
our pablic Ufe. Encuentra que las consecuencias de 
la guerra con España han sido por todo extremo 
beneficiosas para la vida pública de Norte América, 
por cuanto han desarrollado un intenso sentimiento 
de nacionalismo, que pone á la República en capa- 
cidad de ejecutar grandes empresas. Dice que de 
antiguo se venía trabajando para inspirar al pueblo 
americano el deseo de poder é influencias en el mundo, 
pero que la guerra última es la que ha logrado hacerlo 
despertar con fuerza irresistible, lo cual halla ex- 
celente el autor, porque opina que así se apartará la 
política de su patria de las mezquindades internas 
para asumir responsabilidades más altas, elevándose 
por ello el nivel de la moralidad cívica, á semejanza 
de lo que ha sucedido en Inglaterra, que es por lo 
visto el pueblo ideal para los americanos. El úl- 
timo conflicto, termina este escritor, representa una 
de las etapas "en un lento pero incesante proceso 
"en que Inglaterra y los Estados Unidos han de- 
"sempeñado y seguirán desempeñando el papel más 
"importante : la sustitución del orden social á la 
"anarquía, la instabilidad y el desgobierno. Nues- 
"tras adquisiciones territoriales durante la presente 
'centuria, las declaraciones de 1823 y 1865, el es- 
"tablecimiento de la influencia inglesa en la India, 
"China y Egipto, no son sino períodos de un gran 
"movimiento — un movimiento que nos llevará inevi- 

115 



PEDRO M. ARCA YA 



''tablemente á nuevas responsabilidades en los asuntos 
''de la América latina. — Visto bajo ebte aspecto e! 
"conflicto fue incontenible como la guerra escla- 
vista." 

Efectivamente, para quien haya estudiado atenta- 
mente el desenvolvimiento histórico de la demo- 
cracia norte-americana, es manifiesto que sus idea- 
les han sido los mismos del pueblo inglés, como 
que ambas naciones son de la misma raza cuyo 
carácter se ha conservado fundamentalmente igual. 
Cierto es que en la administración pública inglesa 
existe una mucho mayor suma de moralidad que 
en la americana, pero ésto se explica por la más 
antigua serie de tradiciones respetables y la más 
sólida base de los gobiernos ingleses. Pero real- 
mente, á lo menos el poder judicial de los 
Estados Unidos tiende cada vez más á igualarse al 
gran modelo inglés. Por lo demás, idioma, costum- 
bres, religión, leyes, jurisprudencia, todo se asemeja 
en Norte América á Inglaterra. Y así también son 
iguales sus defectos entre los cuales descuella en 
primera línea el inmenso orgullo sajón, que les hace 
despreciar y considerar como razas inferiores á las 
suyas, todas las razas extranjeras, principalmente 
las de color (indios y negros) y mestizas, entre 
las cuales se cuenta á las poblaciones de Centro y 
Sur América. Ese mismo orgullo y la religiosidad 
que forma el fondo del carácter de las razas sajo- 
nas (sus enemigos dicen que es hipocresía), les han 
hecho concebir como una misión de lo alto, la de 
subyugar éstas que juzgan razas inferiores. 

116 



IMPERIALISMO NORTE-AMERICANO 



Y como también aguijonea á los sajone-i 
el deseo del lucro, vemos que á las consideracio- 
nes morales y místicas, se unen en extraño con- 
junto otras de puro interés propio. Así se advierte 
por ejemplo en el célebre Ministro inglés Mr. Cham- 
berlain, que ora proclama como una necesidad huma- 
na la alianza de los pueblos que hablan inglés, ^/z 
la grande obra de la civilización tropical (artículo pu- 
blicado en Scribner's Magazine, de New York y la 
Revue des Revaes, de París, en diciembre último), ora 
indica como una útil operación mercantil la ocu- 
pación de todas las tierras que puedan acapararse, 
sosteniendo la teoría de que el Comercio sigue al pa- 
bellón [the trade follows the flag), según leemos 
en los discursos que en estos últimos meses ha 
pronunciado en reuniones de negociantes de los gran- 
des centros comerciales de Inglaterra y los cuales ha 
publicado The Times de Londres. 

Esto inclira al observador ¡mparcial á pen- 
sar que más bien pueden ser las considera- 
ciones de mere interés, y no las místicas de des- 
tino providencial, las que mueven á los sajones á sus 
guerras de conquista, pues se advierte cómo han sido 
de inicuas y atroces todas esas guerras, hasta las más 
recientes, entre ellas la inglesa del Sudán, cuyos ho- 
rrores son indignos de la civilización moderna, se- 
gún los describe con vivos colores el Oficial del ejér- 
cito de Kitchener, Mr. Ernest N. Bennet en la Contem- 
porary Reuiew, de Londres, en enero de este año, 
sin que se haya logrado desvirtuar sus terribles acu- 
saciones. Y respecto á los Estados Unidos, se conoce 

117 



TEDEO 51. ARCA YA 



muy bien su despiadada conducta con los pieles ro- 
jas, destruidos sistemáticamente, al extremo de que 
tales procederes han sublevado los sentimientos hu- 
manitarios de algunos raros pensadores americanos, 
tomo Mr, Francis E. Leupp, que escribe sobre el par- 
ticular en el número de diciembre del Forum. En 
cuanto á la iniciada colonización de Filipinas, el con- 
cepto que de ella se han formado los tagalos, está 
demostrado elocuentemente con la encarnizada guerra 
que sostienen. 

Pero ya sea por sincera creencia en una misión 
divina de civilización, ya sea por interesados cálculos, 
lo cierto es que los Estados Unidos se vanaglorian 
hoy de estar llamados á subyugar estos pueblos la- 
tinos. La idea es popular entre los yankees y ya en 
las inserciones anteriores hemos visto cómo se la 
expresa sin ambajes. Continuemos con otras citas. 
En The North American Review, de marzo, encontra- 
mos un curioso artículo del ex-senador W. A. Peffer, 
en que ahogándose por la anexión de Filipinas, se 
sientan principios que son por todo extremo sugesti- 
vos. Este articulista es profundamente religioso, 
en todo ve la mano de Dios y se regocija de que 
el pueblo americano sea creyente. "Somos, dice, un 
"pueblo cristiano, que cree en la existencia de una Pro- 
"videncia Suprema, que en sus designios y cuando lo 
"juzga oportuno, impulsa al mundo hacia adelante. 
"La historia, mirada desde este punto de vista, 
"es la rememoración de las obras de Jehová 
"en el desenvolvimiento del carácter humano y 
"la evangelizacíón de la tierra. Las naciones y 

118 



IMPERL^LISMO NORTE-AMEBICANO 



"los individuos, decía recientemente un fervoroso clé- 
'*rigo, tienen aquí abajo su misión, y es de acuerdo 
"con esta teoría que creemos que los Estados üni- 
"dos están llamados á una obra grande. A los Ju- 
"díos les tocó abolir la idolatría, establecer la cre- 
"encia en un Dios y el deber de obedecer su Ley. 
"Yo soy el Señor tu Dios, no tendrás otros dioses sino 

"á mí " Los Griegos enseñaron el mundo á pensar 

"y hablar con elocuencia, y los Romanos hicieron 
"práctico el sistema del derecho. ¿Sería demasiado 
"agregar queá los Anglo-americanos les está encar- 
"gada la obra de esparcir el Evangelio de la fra- 
"ternidad entre los hombres, poblar la tierra y go- 
"bernarla?" Es digno de leerse uno de los argumen- 
tos que emplea este escritor para convencer á sus 
lectores de la necesidad de anexar las Filipinas. 
"Los Portorriqueños no estaban alzados contra Es- 
"paña sino al contrario, satisfechos de su gobierno; no 
"nos pidieron ayuda ni reclamaron nuestra simpatías 
"ni demandaron auxilios para multitudes hambrien- 
"tas. ¿ Por qué, pues, ya que tomamos esa isla no 
"habríamos de tomar la de Luzón? Y si tomamos 
"la de Luzón por qué no hacer lo mismo con otra 
"y otras hasta relevar á España de toda responsa- 
"bilidad de soberanía en esa porción del mundo?". 
La consecuencia en lógica extricta, de tales premi- 
sas, es que se cometió una iniquidad con España 
al arrebatarle sin pretextos á Puerto Rico y que esa 
iniquidad no podría servir de antecedente para arre- 
batarle también su libertad á los filipinos. Pero la 
ley de Dios, descubierta por Mr. Peffer, justifica 

119 



PBDEO M. ARO AYA 



todo ésto y en lo que otros ven una injusticia, él 
encuentra un sólido argumento para otras mayores. 
Deduzca ahora cada quien lo que su criterio le in- 
dique acerca de esta pregunta que se hace Mr. Pef- 
fer : "Los Indios han dejado de ser. Cabe que al- 
"guien imagine que pudiera haber sido de otro mo- 
'do? ¿Y no es esa la historia de la civilización: los 
"más débiles dando paso á los más fuertes, la su- 
"pervivencia de los rnás aptos?" 

Verdad es que algunos eminentes estadistas 
yankees combaten esas exrañas ¡deas de conquista 
que andan mezcladas con ensueños místicos, pero 
nada pueden contra el torrente invasor. En la misma 
North American Review, ha publicado Mr. Andrevv 
Carnegie, sesudos artículos con el título de Americanis- 
mus versas Imperlalismus, de los que tomamos los 
siguientes párrafos: "Esos pueblos (los filipinos) 
"aman sus hogares y su país, sus mujeres y sus 
"hijos al igual de nosotros y en ellos ponen 

"sus complacencias Tienen nuestros mismos sen- 

"timientos, sin excluir el de la dignidad nacional, 
"que los hace combatir hasta perecer. Ah! también 
"sos los mismos los clamores de las madres filipinas 
"y americanas en la desesperación de su dolor por 
"los hijos que perecen, caídos los unos defendiendo la 
"patria y los otros invadiendo ageno suelo! Y sin 
"embargo, los invasores han sido enviados allá per 
"los que creen que su "deber" es apoderarse de las 
"Filipinas en nombre de la civilización, ¡Deber! aus- 
"tera deidad! cuan extrañas cosas se ejecutan á veces 
"en tu nombre !" 

120 



IMPERIALISMO NORTE- AMERICANO 



Pero estas voces generosas, inspiradas por los 
más altos sentimientos humanitarios, pasan desa- 
percibidas entre la grita del Imperialismo. De esos 
mismos artículos de Mr. Carnegie tomamos la si- 
guiente cita que trae de las palabras de un Obispo 
protestante, Mr. Doane: "Nada puede variar los 
"hechos ni cambiar la situación, ni hacer retroceder 
"el movimiento avanzante de la voluntad de Dios, 
"que tiende á la final sustitución de la civilización, 
"la libertad y la religión de los pueblos que hablan 
"el inglés en lugar del viejo dominio de las razas 
"latinas y de la Religión Romana. Dios ha esco- 
"gido al pueblo Americano para ser el instrumento 
"de su querer en un movimiento más trascendental 
"que el de la Reforma en Inglaterra, la libertad de 
"Italia y la unidad germana. Sometidos á El con 
"la serena confianza de la fe que sabe esperar, de- 
"bemos ahora ponernos á la altura de nuestros de- 
"beres actuales." 

En fiarpefs Magazine de diciembre, el Profesor 
Bushnell Hart considera risible la especie de que 
sea ahora únicamente que los Estados Unidos ten- 
gan colonias, pues arguye que í^iempre las han te- 
nido bajo el nombre de territorios, desde el comienzo 
de su historia. Opina, sin embargo, que como las 
nuevas adquisiciones están distantes, se hace nece- 
saria la formación de un Departamento Colonial es- 
pecial, que gobierne estas dependencias bajo prin- 
cipios oligárquicos. Porque también ha sido materia 
ampliamente discutida entre los yankees, si los 
pueblos conquistados á España (y naturalmente los 

121 



PEDRO M. ARCAYA 



que en lo sucesivo puedan conquistarse á otras na- 
ciones) habrán de gozar de ios dereclios de la ciuda- 
danía americana. Óigase sobre ésto al profesor J. 
B. Me. Master, de la Universidad de Pensilvania, en 
artículo que trae The Fomm, de diciembre bajo el 
mote: Annexation and universal saffrage, del cual 
son dignas de retenerse las siguientes expresivas 
frases: "El suelo extranjero adquirido por el Congre- 
"so es una propiedad y no una parte de los Estados 
"Unidos {property not part of the ünites States), esos 
"territorios se hallan fuera de, y no bajo la Cons- 
"titución {are without and not under the Constitution) 
"Por tanto, al darles el Congreso un gobierno, está 
"en libertad de establecerlo de la especie que mejor 
"plazca al Soberano Cuerpo Legislativo, sea atendien- 
"do á los principios del self government, sea dese- 
"chándolos total ó parcialmente, pues no hay la me- 
"nor obligación de garantizar ni aún un sufragio res- 
"tringido á los habitantes de los nuevos territorios 
"que adquiramos." 

El Hon Charles Denby^ antiguo Ministro de los 
Estados Unidos en China, en el mismo número 
de The Forum, enfáticamente dice: "es nuestro deber 
"intervenir en todo lo que ocurra en el exterior en 
"que haya intereses nuestros de por medio." 

También los poetas han cantado el himno de 
las nuevas ideas. 

En "Mac Clure's Magazine" de febrero, Mr Rud- 
yard Kipling, publica un poema titulado The white 
Marís Barden, en que trata de transfigurar la polí- 
tica del Imperialismo, presentándola como un sacri- 

122 



I5IPEIIIALISM0 NOETE-AMEIIICAXO 



ficio que deben hacer los pueblos sajones, de su 
tranquilidad y sus riquezas, trabajando abnegada- 
mente por el bien de oirás razas atrasadas é in- 
feriores, á civilizar las cuales están llamados ellos 
por obligación moral, dirigiéndolas acertadamente. 

Es pues, una nueva cruzada la que se predica 
entre los sajones. Sólo que cuando Pedro el Er- 
mitaño, y los que después le imitaron en plena Edad 
Media, se andaban por la Europa con el crucifijo 
en la mano, predicando la guerra Santa, viajaban 
descalzos, vestido de harapos, sosteniéndose de las 
limosnas públicas, y los Reyes y Magnates que se 
iban á Palestina se llamaban San Luis de Francia 
y Godofredo de Bullón, al paso que en esta cruzada 
sajona sus predicadores, si en la una mano portan 
la Biblia protestante en que han descubierto el pre- 
cepto de las conquistas territoriales, en la otra llevan 
el libro de su contabilidad mercantil para el exacto 
cálculo de sus gastos y ganancias. 

A imitación de las viejas doctrinas del dere- 
cho divino de los reyes, sostienen estos demócratas 
la teoría del derecho divino de su raza. A los tra- 
dicionales principios de justicia de la ley interna- 
cional, sustituyen otros en que predomina el cuidado 
de los propios intereses, aún á costa de la indepen- 
dencia de los demás pueblos. 

¿ Llegarán á verse realizados esos sueños de 
universal dominación ? 

¿Perecerán estas nacionalidades latinas, cuya len- 
ta formación fué el resultado de tantos esfuerzos, desde 
aquellos de los conquistadores españoles, que á costa 

123 



PEDRO M. ARCA YA 



de brillantísimas proezas implantaron en estas tie- 
rras los principios cardinales de la civilización eu- 
ropea, hasta los que realizaron nuestros libertado- 
res con las expléndidas manifestaciones de su genio 
y los infinitos heroísmos de su corazón en epopeya 
magna, no superada en los anales de ninguna otra 
raza ? 

El peligro es evidente para la vida de estos pue- 
blos. Y se comprende su mayor gravedad al pensar 
en la profunda degeneración, conjunto raro de inca- 
pacidad y de desorden á que hemos llegado en la 
mayor parte de las naciones ibero-americanas. En 
medio de este desbarajuste corren riesgo de extin- 
guirse todas las energías del carácter nacional y 
con ellas la independencia de estas Repúblicas, 
cuya única salvación sería el respeto que pudiera 
inspirarla incontrastable virilidad de sus hijos. 

¿ Podremos regenerarnos resolviéndonos á ser 
pueblos serios, como lo son ya hoy Chile y la 
Argentina? 

El problema es arduo. El porvenir se presenta 
oscuro é indescifrable, y quedaría expuesta á error 
toda previsión actual. 



CORO, 1899. 



Mñm sie n ñm iiies ne ii Goiooío 



Apiitacioiies sotos las clases sociales de la Colonia 



Dice Don Ricardo Becerra en su Vida de Ki- 
randa, que próxima á romper sus estrechos mol- 
des y darse á su elección otros más conformes con 
el espíritu del tiempo y sus necesidades, apareció 
al comienzo del siglo XIX la sociedad venezolana, 
siendo por entonces "sus principales elementos cons- 
"titutivos, la superposición legal, por dicha bien re- 
"lajada, de las tres razas que poblaban escasamen- 
"te parte de su inmenso territorio: una propiedad 
"agraria en formación, pero ya floreciente, si bien 
"reunida en pocas manos y sostenida en parte por 
"el trabajo esclavo; gran caudal de riqueza pecua- 
"ria, en lo general mal organizada; un comercio le- 
"gal empobrecido por el contrabando y por las mu- 
"chas restricciones á que estaba sujeto; ciases ar- 
"tesanas muy atrasadas; una aristocracia colonial con 
"más propiedades que blasones; fuertes y sanas cos- 
"tumbres en el hogar de la familia ciudadana; cierto 
"bienestar natural bastante generalizado; y en pun- 
"to á desarrollo de las inteligencias y formación de 
"los caracteres, tanta audacia, energía y luces en 
"unos pocos, como ignorancia é inercia en el ma- 
"yor número; de todo lo cual resultaba una oligar- 

127 



PEDRO M ARCAYA 



"quía apta para dirigir' é impulsar, pero difícil de 
"transformarse con inmediatos buenos resultados en 
"una democracia regularmente ordenada. Cuando so- 
"nó la hora de la lucha, aquellos elementos y las in- 
"dicaciones siempre importantes de la naturaleza 
"física, señalaron á cada idea su acantonamiento y 
"sus soldados. La revolución, cuya iniciativa fué obra 
"de unas pocas pero muy firmes cabezas, cundió de 
"preferencia en las ciudades y villas más importan- 
"tes, excepción hecha de las de Maracaibo y Coro, y 
"fué secundada por los hombres más distinguidos 
"y pudientes de las diversas capas sociales, agri- 
"cultores, propietarios, jurisconsultos, médicos, lite- 
"ratos, una juventud llena de bríos y ganosa de glo- 
"ria; muchos artesanos y algunos proletarios, La 
"tradicionista ó colonial, aparte el elemento español 
"radicaba su mayor fuerza en las clases rurales más 
"humildes, acostumbradas á ver en el Rey ó en su 
"representante á su natural defensor contra los an- 
"tiguos encomenderos convertidos en opulentos ha- 
"cendados, mantúvose tenaz en sus bravias llanu- 
"ras, hasta la época en que el heroísmo semibárbaro, 
"fruto natural de esas regiones, una vez encarnado 
"en la persona de Páez, logró ganar para la causa 
"independiente la fuerza y simpatías de aquella de- 
"mocracia indómita y agreste." 

Más adelante el mismo autor discriminando las 
causas de la decidida afección de los córlanos por 
el Rey, expone que es probable que la determina- 
ra en mucho el sentimiento de la emulación con 
Caracas que apunta el Oidor Heredia en sus Memo- 

128 



■CLASES SOCIALES DE LA COLONIA 



fias sobre la revolución de Venezuela, pero que "el 
""hecho procedía de una causa superior más general 
**y comprensiva que la de simples rivalidades luga- 
*'reña5 y es acreedora, por lo mismo, á la preferente 
"^ consideración de ia historia. La América tuvo tam- 
**bién su época feudal, acaso más áspera y dura que 
*'la de Europa, y el recuerdo desús violencias y des- 
""manes perduraba en el pueblo y particularmente en- 
"tre los Indígenas acostumbrados á guarecerse contra 
"ellos al amparo del Rey, cuando las clases ilustra- 
^'das y pudientes de la Colonia, herederas de los an- 
"tiguos usufructuarios de ese régimen, hablaron de 
"romper con España y proclamaron la Independen- 
"cia. Naturalmente, una causa que amenazaba en apa- 
"riencia privar á los humildes de aquella protec- 
"ción y sólo les ofrecía en cambio abstracciones 
^'mentales incomprensibles para su inteligencia, debió 
"suscitar en las masas sentimientos de aversión, 
"desconfianza ó cuando menos de indiferencia. Y 
"así sucedió, en efecto, sólo que, mientras en unas 
"partes prevalecieron la inercia y la indolencia, en 
"otras como en Coro, Maracaibo, Pasto, Santa Marta 
"etc, el descontento degeneró en una franca hosti- 
"lidad, que sus autores llevaron durante la lucha 
"hasta la más obstinada resistencia.» 

Estas explicaciones del señor Becerra acerca de 
la hostilidad popular contra la causa patriota, han 
corrido con fortuna inspirando otras tesis que en el 
mismo orden de ideas han desarrollado algunos pen- 
sadores patrios. 

Así el muy ilustrado Dr. L. Vallenilla Lanz, en su 

129 



PEDRO 31. ARCA YA 



estudio La Evolución Democrática, publicado en «El 
Cojo Ilustrado» del 1*? de novlenbre de 1.905 nos 
habla «de la fuerte y poderosa oligarquía» constituida 
por «los nobles» de Caracas, agregando. «Y no era 
"únicamente Caracas el asiento de aquella aristocracia: 
"en cada una de las capitales de Provincia y de las 
"ciudades cabeceras de Partido capitulares, como Bar- 
"celona, Barquisimeto, Coro, Calabozo, San Felipe, 
"Guanare, Mérida, Trujillo Valencia etc. y hasta en 
"algunas villas importantes, existían grupos de no- 
"bles con iguales ó peores exclusivismos, formando 
"una oligarquía opresora y tiránica, cuyo poder es- 
"tuvo siempre en pugna con los agentes enviados de 
"España," y concluye que «en todo el proceso justifi- 
" cativo de la Revolución no debe verse sino el odio 
"de los "nobles" hacia las autoridades españolas, la 
"lucha por la dominación entablada de mucho tiempo 
"atrás por aquella clase social, poderosa y ab- 
" servente.» 

Otros escritores, partiendo de la misma hipó- 
tesis, para ellos indudable, de la existencia de esa 
poderosa "aristocracia" colonial y de la opresión 
que ejercía sobre las masas populares, han querido 
hallar en la Colonia la raíz de los partidos políti- 
cos en que después se dividió la República, asen- 
tando que la lucha entre ^amarillos» y «godos» fué 
de «pobres» y «ricos,» de la "plebe" con "las cla- 
ses elevadas." Pudiera suceder que estas últimas con- 
clusiones, por referirse ya á cuestiones políticas que 
hasta no hace mucho tiempo eran de candente in- 
terés, más que sereno juicio histórico, sean la ex- 

130 



CLASES SOCIALES DE LA COLONIA 



presión de afecciones sectarias. Pero si el secta- 
rismo político ha podido influir en los escritores á 
que este párrafo se refiere, creemos que su opinión 
es digna de tomarse en cuenta porque patentiza las 
consecuencias, evidentementa falsas, que pueden de- 
ducirse de la tesis de Becerra demostrando así su 
inexactitud y porque dejan ver cómo y aún más que 
las afecciones de partido de que dejamos hecha men- 
ción, influye en muchos espíritus el recuerdo de la 
historia romana, haciendo vislumbrar al través de sus 
brumas figuras imaginarias en lugar de las reales de 
nuestra historia. 

Examinaremos en este estudio hasta dónde es 
verdad lo de la "aristocracia colonial," que tan pode- 
rosa se cree que era en los albores de la Independen- 
cia, analizando la evolución de las clases en el perío- 
do colonial. En otro trabajo quizás nos ocuparemos 
en los orígenes de los partidos políticos de la Re- 
pública, para averiguar qué influencia pudo tener en 
su formación la enemiga que se dice de "los pobres" 
hacia "los ricos, de los hijos de los «plebeyos» ha- 
cia los hijos de los «nobles» de la Colonia. 

Para comenzar y como aquí estos llamados "no- 
bles" eran en su casi totalidad de origen español y 
regía en la Colonia el derecho de la madre Patria, debe- 
mos examinar previamente las distinciones sociales 
en España. Había allá "nobles" y "plebeyos," deno- 
minados estos últimos "pecheros" y también "gentes 
del estado llano." 

La más efectiva de las distinciones de estas 
clases era que los pecheros, como su nombre lo in- 

131 



FEDIÍO M. ÁRCAYA 



dica, estaban sujetos á un impuesto especial que 
no tributaban los nobles. Tampoco éstos, á diferen- 
cia de aquellos, podían ser encarcelados por deudas 
no provenientes de fraude ó delito. Tenían los no- 
bles derecho de usar los escudos de armas de sus 
familias grabándolos en sus sellos y en las puer- 
tas de sus casas. Cuando los condenaban á muer- 
te la ejecución debía efectuarse de modo que 
se patentizase la calidad del reo, privilegio que á 
nosotros nos parecerá incongruente, pero que era 
de importancia para aquellos viriles hidalgos, que 
aún en el trance supremo tenían carácter entero para 
reclamar lo que creían de su derecho. Así, cuando á 
Don Rodrigo Calderón lo mandó ejecutar el Rey Fe- 
lipe IV, tanto exigió él estando ya en el patíbulo, 
que en el modo de darle muerte se observaran las so- 
lemnidades acostumbradas con los de su clase, que 
quedó proverbial la frase 'Tan orgulloso como Don 
Rodrigo en la horca." 

Dividíase la nobleza española en el siglo XVI en 
dos grandes categorías: la primera era la alta aris- 
tocracia, que comprendía los grandes de España, 
títulos y magnates; por su naturaleza misma limi- 
tada á un grupo relativamente corto de ciertas casas 
de antigua raigambre, como eran las de Mendoza, 
Rojas, Sandoval, Manrique, Fonseca y otras; y la 
segunda era la de los simples hidalgos, casta nu- 
merosísima en la Península, como que aún desde la 
Edad Media villas enteras las habitaban exclusiva- 
mente familias hidalgas y al cabo, en el sigio XVIII, 
toda la población de las tres provincias vascas se 

132 



CLASES SOCIALES DE LA COLONIA 



consideró en globo como perteneciente á esta cla>íe 
en la cual se confundían también las ramas segundo- 
nas, no tituladas, de la alta aristocracia. 

Subdividíanse á su vez las gentes plebeyas en 
dos categorías : cristianos viejos y descendientes de 
moros ó judíos conversos. 

h la conquista de Venezuela no concurrió nin- 
gún individuo de la alta aristocracia española y casi 
lo mismo puede decirse del resto de la América. 

Pero junto con hombres del estado llano se aba- 
lanzaron á estas conquistas multitud de hidalgos de 
las Castillas, Extremadura, provincias Vascas y An- 
dalucía. Puede decirse que el sometimiento del Nue- 
vo Mundo fué obra de ellos; bastará mencionar á 
Cortés y Pizarro. 

En suma, los hidalgos eran la clase guerrera 
que tan tenaz lucha sostuviera contra los Moros y 
cuyas últimas y más decisivas energías se emplearon 
en la conquista Americana. 

La alta nobleza españolacuyos antepasados cons- 
tituyeron verdaderamente en los siglos medios una 
aristocracia dominante y poderosa, perdió desde los 
tiempos de Carlos V y Felipe 11 su importancia po- 
lítica, pero conservó los altos cargos de Palacio y 
frecuentemente salían de su seno en los siglos XVI 
y XVII los primeros ministros déla Monarquía, como 
el conde-duque de Olivares y otros. 

Los hidalgos, á diferencia de los grandes de que 
acabamos de hacer mención, eran por lo general gen- 
tes pobres. Del modo de vivir muchos de ellos nos 



133 



PECno M. AlíCAYA 



queda inmortal descripción en la historia de Don Qui- 
jote que era de ios "de lanza en astillero, adarga an- 
"íigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de 
"algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, 
"duelos y quebrantos los sábados consumían las tres 
partes de su hacienda." En pobres villorrios vivían 
soñando aventuras y grandezas. 

Y cuenta que Don Quijote podía figurar entre los 
ricos de su clase, porque casa propia y algunas par- 
celas de tierra poseía. ¡Feliz se habría considerado el 
mismo Cervantes, también hidalgo aventurero, con 
tener el escaso haber de su héroe! 

Muchos vinieron á la conquista americana, de 
estos hidalgos pobres de fortuna, ricos de ánimo, de 
espíritu aventurero, clara inteligencia, voluntad te- 
naz, crueles los más, generosos algunos, pero todos 
con una alta noción de su propia dignidad é im- 
buidos en los sentimientos caballerescos de los ro- 
mances y novelas de su época. 

Formaron ellos el tronco de la "nobleza" colo- 
nial; ya aquí no eran propiamente los privilegios de 
su nacimiento los que los constituyeron en clase 
directora, sino sus servicios como conquistadores 
y primeros pobladores de estas tierras, de modo que 
al igual de ellos estaban en estos países los indivi- 
duos del estado llano de de la Madre patria que por 
sus méritos se hicieron notables aquí. Por ejemplo^ 
Sebastián de Benalcazar, muchacho guardador de 
puercos en España que habiendo pasado á estas In- 
dias en servicio de algún caballero, demostró tanta 

134 



CLASES SOCIALES DE LA COLONIA 



capacidad y valor que al cabo fué uno délos más en- 
cumbrados caudillos de la Conquista y como tal con- 
currió á la fundación del Nuevo Reino de Granada. 

Los Reyes declararon hidalgos á los conquis- 
tadores, pues aunque los más lo eran por su nacimien- 
to como hemos visto, era natural que siendo comu- 
nes sus peligros con los que no lo eran, todos en el 
Nuevo Mundo quedaran igualados. (1) 

Teniendo en cuenta estos antecedentes, figuré- 
monos la Sociedad venezolana á mediados del si- 
glo XVI. Perfectamente delineadas estaban tres cas- 
tas : la una dominante, que entonces sí se podía lla- 
mar opresora, la de los blancos españoles igualados 
entre sí por las leyes dictadas en su favor como pri- 
meros pobladores; la de los indios, aún numerosos, 
sujetos á todos los caprichos de los blancos que sé 
los habían repartido en Encomiendas, y la de los ne- 
gros, todavía pocos, importados del África como es- 
clavos, palabra que resume todo lo que pudiéramos 
decir acerca de su opresión. 

Pero si entonces era homogénea cada una de 



(l) "Para honrar, dice la ley VI, título VI, libro IV de la 
" Recopilación de Indias, las personas, hijos y descendientes 
" legítimos de los que se obligaren á hacer población y la 
" hubieren acabado y cumplido su asiento, los hacemos hijos- 
" dalgo de solar conocido " Aunque esta ley solo favore- 
cía á los jefesó Caudillos de la Conquista, la costumbre amplió 
sus disposiciones, de modo que en las informaciones de nobleza 
de los criollos venezolanos se hacía comunmente mérito de des- 
cender el postulante de los conquistadores y primeros poblado- 
res de estas tierras,, como prueba de calidad. 

135 



FEDUO M. AEGAYA 



las tres castas veamos las diferenc¡?ciones que la 
evolución social fue introduciendo en ellas. 

Comenzcindo por la casta dominadora, la de los 
blancos, pronto se distinguieron éstos entre sí según 
el grado de riquezas ó influencia logradas en el país. 
Por otra parte, como algunos habían venido casados 
de España y otros se enlazaban con mujeres de raza 
española, de las colonias vecinas, conservóse en 
muchas familias descendientes de los conquistado- 
res, la raza europea pura. Sus hijas casaban con 
nuevos individuos venidos de España que, ora por 
ser allá de los hidalgos que hemos visto, (2) ora por 
llegar con empleos importantes á la colonia, inves- 
tían cierta significación en el país y al entrar por 
matrimonio en esas familias, se mancomunaban 



(2) Con motivo de la desaparición de la segunda parte, 
manuscrita, de la tlístoria de Venezuela por Oviedo y Baños, 
se forjó la leyenda de que ios ascendientes de las familias 
"nobles" de Caracas eran hombres perdidos é insignificantes 
que habían venido de España fugitivos por sus delitos, supo- 
niéndose que así lo decía Oviedo. Nada más falso que esa 
leyenda. Los conquistadores, como decimos en el texto, eran 
en su mayor parte hidalgos que aunque pobres, como casi 
todos los de su casta en la Madre Patria, pertenecían á viejí- 
simas y muy conocidas familias y así lo dice el propio Ovie- 
do y Baños en la primera parte, publicada, de su Historia, res- 
pecto de muchos de ellos. En cuanto á los españoles que vi- 
nieron después y enlazándose con las hijas y nietas de los 
conquitadores fueron los inmediatos ascendientes, en línea 
recta masculina, de los "nobles" venezolanos del siglo XVIII, 
están llenos los archivos de documentos auténticos, proba' 
torios da que casi todos procedían de la misma cepa de los 
hidalgos de la Península. 

136 



PEDRO M. ARCAYA 



con ellas, seguían sus hijos, aunque yá sólo 
por mujeres resultaban provenir de los primeros 
pobladores, sosteniendo los privilegios á estos con- 
cedidos por los Reyes, y continuaban las viejas 
tradiciones de la familia, cuidando de conservar sus ge- 
nealogías para demostrar en todo tiempo que eran de 
la raza de los fundadores de la Colonia. Estos ya leja- 
nos vastagos de los conquistadores constituían la 
nobleza ó sea el mantuanismo colonial venezolano 
de fines del siglo XVIIl y principios del siglo XIX. Pe- 
ro esa casta no era una aristocracia política, ni 
mucho menos un grupo exclusivamente gobernante. 
Ni aún en los siglos XVI y XVII en que de hecho 
gobernaban al país los conquistadores y sus des- 
cendientes, hubo en las poblaciones venezolanas ^5/a¿/o 
de hijosdalgo, como existia en algunos ciuda- 
des españolas, en las cuales formando corporación 
los «nobles,» eran verdaderamente una aristocracia 
municipal, con especiales privilegios corporativos en 
el manejo de los intereses locales. Nuestras ciuda- 
des eran, politicamente, behetrías^ voz árabe que en- 
tre otras acepciones tiene en el lenguage legal es- 
pañol la de «lugar sin cuerpo de nobleza». Así lo 
hizo constar el propio Cabildo de Caracas en su acta 
del 22 de setiembre de 1692, al negarse á cumplir 
dos Reales Cédulas expedidas á favor del cubano Don 
Manuel de Urbina, mandando que se le guardasen en 
Caracas especiales excenciones como noble que era. (3) 



(3) Libros Capitulares. Archivo de la Municipalidad de 
Caracas. 

137 



CLASES SOCIALES DE LA COLONIA 



Ciertamente que las leyes de Indias daban á los 
descendientes de los conquistadores el derecho de 
ser preferidos para ciertos cargos Municipales (4) 
pero no lo gozaron exclusivamente sino hasta prin- 
cipios del siglo XVIII. Como se trataba de un de- 
recho que sólo le correspondía alegarlo á indivi- 
duos particulares, sin existir, por la ausencia del 
estado de hijosdalgo, ninguna corporación que lo 
sostuviese para la colectividad de los nobles, era 
natural que con la mayor afluencia de españoles y 
con el ascenso constante de las otras clases socia- 
les del país, ya desde mediados del siglo XVIII no 
se tuviera en cuenta ninguna preferencia al respec- 
to indicado. En cuanto á las otras distinciones en- 
tre nobles y plebeyos, de las leyes españolas, la más 
importante que era la de no pechar los primeros, 
había dejado de ser aquí por virtud del especial sis- 
tema de tributos en la Colonia. Fué, pues, entra- 
do el siglo XVllI cuando los «nobles>, á quienes 
en lo político, poco ó nada venía distinguiéndolos 
ya de la clase de los blancos del estado llano en que 
luego nos ocuparemos y que veían á muchos par- 
dos en holgada situación económica y por tanto go- 
zando de cierta importancia relativa, se afanaron 
para patentizar que constituían la clase social su- 
perior en establecer distinciones de mera apariencia 
que apenas servían para disfrazar la verdad de que ya 



(4) Recopilación de las leyes de indias. Libro V. Títu- 
lo II. Ley V. Que para alcaldes ordinarios se tenga considera- 
ción á los descendientes de los descubridores, pacificadores y 
pobladores. 

138 



PEmiO M AKCAYA 



era complétala igualdad legal (y casi lograda en el he- 
cho) entre nobles y blancos del estado llano y que en- 
tre éstos y las demás castas libres eran indecisas y fá- 
ciles de franquear las fronteras. Esas distinciones que 
se quiso establecer consistían en el uso, por parte de 
los nobles, de ciertas prendas del vestir á que creían 
tener derecho exclusivo por una errada interpretación 
de las leyes suntuarias españolas, cuyo objeto (ab- 
surdo como el de casi todas las leyes que preten- 
den proteger al individuo de las consecuencias de sus 
propios actos) no había sido sino premunir á las gen- 
tes de ciertos excesos del lujo. En particular creían 
los nobles que sólo sus mujeres podían vestir 
mantos. (5) De alli el adjetivo mantuano que en el 
lenguaje corriente sustituyó el de noble. Y en verdad, 



(5) Las leyes suntuarias españolas que regían hasta muy 
entrado el siglo XIX están contenidas en el título Xlll ("De los 
trajes y vestidos y uso de los muebles y alhajas") del libro VI 
de la Novísima Recopilación. Sus prohibiciones alcanzaban así 
á nobles como á plebeyos pero tanto en la Madre Patria como 
en las Colonias el vulgo las interpretó en el sentido de que 
su objeto era que las clases sociales se diferenciaran en los 
vestidos, cuando en realidad era que nadie malgastara sus dine- 
ros en cosas de lujo, ot)jeto á la verdad también absurdo y 
sólo explicable por las erradas nociones económicas que enton- 
ces privaban. De esta equivocada explicación de las miras de 
aquellas leyes nació la creencia de que los "nobles" tenían dere- 
cho á vestir de otro m®do que los "pecheros." En Venezuela, sin 
embargo, no comenzó á pretenderse tal derecho sino muy en- 
trado el siglo XVIII. En efecto, en la misma acta antes citada, 
del Cabildo de Caracas de fines del siglo XVII, se lee que enton- 
ces no se acostambraban semejantes distinciones, usando entre 
otras cosas, dice el acta, "quitasoles los negros lo mismo que 

139 



CLASES SOCIALES DE LA COLONIA 



en la sustitución del adjetivo anduvo acertado como 
siempre el instinto popular, porque ya aquella no 
era una aristocracia, no constituía una nobleza en 
el sentido histórico de la palabra, no era el grupo efec- 
tivamente gobernante que en el tiempo de la conquis- 
ta y hasta el siglo XVII habían formado sus antepa- 
sados sino una burguesía^ en la acepción moderna de 
este vocablo, una clase social cuyas distinciones 



Io5 blancos." Por eso creemos que el vocablo "mantuanismo" 
para designar la clase cuyas mujeres pretendían tener derecho 
exclusivo á usar "mantos," proviene del siglo XVIIl y no de 
los anteriores. Los "mantuanos" eran, generalmente, de pura 
raza europea, de modo que es completamente errónea la ex' 
plicación moderna, según la cual el término "mantuano" pro- 
cedía del siglo XVI y que se aplicaba entonces solamente á las 
indias nobles, que se supone usaban "mantos" y con quienes 
se cree que debieron de casar los conquistadores y así lia" 
marse "'mantuanos" á sus descendientes. Nada de esto último 
es cierto. Por lo demás, .aunque la palabra "mantuano'' se 
aplicó para designar toda la casta de los llamados nobles, 
sólo los exaltados entre ellos pleiteaban por tan absurdos 
motivos y eso más por satisfacer pasiones del momento con- 
tra determinadas personas que por espíritu de casta. Por otra 
parte tales pretensiones á diferencias en los vestidos nunca 
les fueron reconocidas á los '"mantuanos" que las alegaban. 
Siempre las autoridades superiores de la Colonia y la Real 
Audiencia de 5anto Domingo las rechazaban como absurdas 
y hasta las ridiculizaban. Por ejemplo, el Gobernador Ricar- 
dos dispuso, como hemos leído en un expediente sobre un 
asunto de esta especie, en el Archivo del Registro Principal 
de Caracas (Pleito de A\aría del Carmen de Mora, viuda de 
Giran, con el Cabildo de Coro, sobre calidad de sus hijos) 
que el verdugo saliese cierto día por las calles de Caracas, 
vestido de toda gala y portando "peluca," que era una de 
las prendas que se creía que sólo los "nobles" podían usar. 

140 



PEDKO M. ARCAYA 



efectivas con las otras del país venían siendo de he- 
cho cada vez menos significativas, pero algunos de 
cuyos miembros, aferrados en patentizar diferencias 
que el tiempo iba borrando, querían mantenerlas 
siquiera en los vestidos, cuando sus ascendientes 
en la época en que verdaderamente gobernaban el país, 
no las habían reclamado. Quedando á eso redu- 
cidas las pretensiones de distinción que para la «no- 
bleza,» querían asi fundar algunos de sus indivi- 
duos, claro es que sobre ellas más que el odio 
debía recaer la burla de las otras clases y desapa- 
recerían por la fuerza misma de las cosas, abandonán- 
dolas desde fines del siglo XVllI aún aquellos cuyos 
padres las sostuvieron antes. Era yn muy tenue el hilo 
psicológico de que pendían tales sentimientos de dis- 
tinción de clases, de modo que fácilmente debía rom- 
perlo el empuje de las nuevas ideas. Por eso, entre los 
iniciadores de la Independencia pudieron figurar tan- 
tos de los llamados mantuanos, partidarios de las 
ideas democráticas de la Revolución Francesa y la de 
Norte América. Vallenilla Lanz, aplicando lo que dice 
Taine sobre la psicología de los nobles franceses, 
piensa que las ideas democráticas de nuestros man- 
tuanos quedaron en el «piso superior.» Más acertado 
nos parece decir que los principios de legalismo repu- 
blicano quedaban en el «piso superior,» en las 
regiones superficiales del espíritu, no sólo en los 
«nobles» sino en todos los habitantes del país, ocu- 
pando el fondo inconsciente, ora las tendencias he- 
reditarias al sometimiento absoluto á un caudillo, 
órala necesidad de la actividad tumultuosa de los 

141 



CLASES SOCIALES DE LA COLOXIA 



campamentos, ora algo como vaga nostalgia de la vi- 
da libre nómade; por lo cual, á la postre, en vez 
de la República soñada debía imponerse la mo- 

nocracia No creemos que en ese fondo 

psíquico, en la roca primitiva, entrasen instintivas 
repulsiones de raza en el grupo de los «nobles» 
porque éstas nunca existieron en el carácter espa- 
ñol. Basta recordar la facilidad del cruzamiento de 
la raza blanca con las otras del país, de lo cual 
provinieron como veremos, las castas meztizas, cosa 
que no ha ocurrido donde 1 as preocupaciones de raza 
han pasado á ser como instintos poderosos, por 
ejemplo, en la India y aún en cierto modo en Norte 
xAmérica. Verdaderamente los prejuicios de colores 
son los que en los hombres de origen español han 
estado en el piso superior del espíritu, fácilmente 
desalojables por otros sentimientos. 

Veamos en detalle el proceso de transformación 
de la clase c(»nquistadora del siglo XVI, en la bur- 
guesía «mantuana> de fines del siglo XVIII y prin- 
cipios del XIX. 

En España la clase hidalga, que era la misma 
de nuestros conquistadores, se transformó lenta- 
mente en la clase media, confundiéndose paulati- 
namente con los descendientes de los antiguos pe- 
cheros, levantados en el comercio, las industrias, 
la agricultura ó las profesiones liberales, de modo 
que ya á principios del siglo XIX la nobleza no era 
en España la clase numerosísima que vimos en el 
siglo XVÍ dividida en dos categorías; no abrazaba 

142 



PEDRO M. ARCAYA 



yá de hecho sino la primera de éstas: los grandes 
del Reino y títulos. 

La causa de esta transformación estaba en 
que habiendo sido los hidalgos, como vimos, á manera 
de los soldados de un gran ejército cuyos jefes fue- 
ron en la Edad-Media los ricos-hombres, las condi- 
ciones respectivas debían necesariamente variar 
cuando variaron las circunstancias que las origi- 
naron. 

Los ricos-hombres, convertidos en grandes de 
España, pudieron continuar formando cuerpos polí- 
ticos, constituyendo una «nobleza» al abrigo de las 
leyes que vinculaban en sus familias grandes for- 
tunas. Los mayorazgos, haciendo estable la propie- 
dad en favor de la familia é impidiéndole su libre dis- 
posición al individuo, fueron la causa de que pudie- 
ran los descendientes de los Ricos hombres de la 
Edad Media, guardar alto rango en los siglos XVI, 
XVII y XVIll porque así lograron mantener y sobre 
esa base acrecentar las riquezas adquiridas por sus 
abuelos los Jefes feudales en sus guerras de conquista. 
Coincide el origen de los mayorazgos, destinados á 
preservar las fortunas de las familias nobles, con 
el término de la guerra contra los Moros, fuente de 
la cual en los siglos medios sacaban periódica- 
mente grandes proventos los Señores del feudalis- 
mo español. Parece que hubieran comprendido que 
sólo podía salvarlos de la pérdida de su rango 
la preservación de las fortunas ya obtenidas porque 
lograr otras en lo sucesivo habría de serles difícil. 
En efecto aunque los mayorazgos comenzaron á es- 

143 



CLASES SOCIÁLÍ'.S DE LA COLOXIA 



tablecerse en el siglo XIV no floreció propiamente la 
institución sino desde el comienzo del siglo XVI. Sólo 
así pudieron seguir siendo ricos los nobles españoles, 
hombres indolentes y ostentosos, que no sólo por 
orgullo sino también por incapacidad eran impo- 
tentes para el trabajo y la industria. Esto lo demos- 
tró la experiencia cuando en el siglo XIX, abolidas 
las vinculaciones, desaparecieron en España fortunas 
colosales ca:no la del Duque de Osuna, Don Ma- 
riano Tellez Girón, á cuyas manos habían venido á 
parar los bienes antes vinculados en varias casas de 
la vieja nobleza. 

A ejemplo, pues, de los grandes la clase hidal- 
ga, queriendo en la Madre Patria conservarse como 
tal clase, guardando la memoria de sus antepasa- 
dos y su posición social, se afanó en la creación 
de innumerables mayorazgos. Mas siendo pobres sus 
individuos y no pudiendo disponer ningún padre de 
familia según el equitativo derecho español, sino de 
una cuota parte de su fortuna, por constituir el resto 
la legítima de todos los hijos, fácilmente se com- 
prende que los mayorazgos de la inmensa mayoría de 
los hidalgos eran de escasísimo valor y así podía ha- 
blar Jovellanos de los «muy cortos que mantienen 
"en la ociosidad y el orgullo un gran número de hidal- 
"gos pobres, tan perdidos para las profesiones útiles 
"que desdeñan, como para las carreras ilustres que 
"no pueden seguir.» No los salvaron, pues, tan débi- 
les barreras de que fueran arrastrados en la evolu- 
ción social cuyo producto fué la «clase media» del 
siglo XIX. 

144 



PEDRO M. AECAYA 



Y si esto pasó en la Madre Patria, donde innú- 
meras familias hidalgas trataron de afirmar para su 
posteridad la posición que lograban, inmovilizán- 
dola, puede decirse, con los mayorazgos, ¿cómo no 
había de ser mas rápida, más radical, la evolución 
en Venezuela, de los hidalgos conquistadores del 
siglo XVI á los «burgueses» de fines del siglo 
XVÍll, cuando eran en la colonia casi desconocidos 
los mayorazgos? 

En efecto muy pocos existían. Quizás uno que 
gozaba la familia de Bolívar y algunos pocos mas en 
Caracas, el llamado de los Cornieles en Trujillo y uno 
que otro en el resto del país, esos eran todos los ma- 
yorazgos que se fundaron en Venezuela durante la 
Colonia. En Coro ninguno hubo. Había aquí otras vin- 
culaciones, pero distintas de los mayorazgos y de ten- 
dencias mas bien igualitarias: se dejaba un terreno de 
gran extensión, propio para la cría, constituyéndosele 
en Vínculo de la familia del fundador; esto es, que 
todos sus descendientes tuvieran derecho de esta- 
blecerse en aquel terreno y disfrutarlo en comuni- 
dad perpetua, sin que ninguno pudiera renunciar ja 
más ese derecho, ni venderlo á extraños. (6) 

También una vinculación de familia muy usada 
durante la colonia fué la de las Capellanías, cuyo ob- 
jeto era favorecer el Sacerdocio pero que indirecta- 
mente servían á los individuos que tenían derecho 
á gozarlas, por llamamiento del fundador, para cur- 
ie) De esta clase eran los Vínculos de Curaidebo y Cu- 
mujacoa en Paraguaná, Curiniagua en la Serranía, Yuquique en 
Casicure y algún otro. 

145 



CLASES SOCIALES DE LA COLOXIA 



sar estudios universitarios aún distintos de los de 
la carrera sacerdotal. La Capellanía era una funda- 
ción que se hacía en favor de los clérigos de la 
familia del instituyente, asegurando al agraciado una 
pequeña renta con los réditos ó censos de deter- 
minada cantidad de dinero, que á este efecto sepa- 
raba el fundador de su patrimonio, con la obligación 
para el clérigo de celebrar cierto número de misas por 
el alma de aquel ó de las personas por él indica- 
das. Los clérigos favorecidos gozaban de la capella- 
nía desde que tomaban menores órdenes, y mientras 
se ordenaban de Presbíteros hacían celebrar por otros 
las misas instituidas, quedándoles un pequeño bene- 
ficio; asi, pues, en las familias cuyos antepasados ha- 
bían establecido capellanías, los mozos que querían 
cursar estudios se tonsuraban y aún recibían 
las primeras órdenes; gozaban así como clérigos las 
rentas, tan pequeñas por lo común que apenas al- 
canzaban para su pobre vida estudiantil, de las ca- 
pellanías que les tocaban, y abandonando después el 
hábito talar dejaban éstas á otros parientes. Los más 
seguían, sin embargo, la carrera del sacerdocio y en- 
tonces era para toda su vida el beneficio. 

Fuera, pues, de esas escasas vinculaciones, todos 
los bienes de la familia se partían por igual entre 
los hijos, siendo entonces tan limitada como hoy la 
facultad de los padres de mejorar por testamento 
algún hijo con perjuicio de los otros. 

Las reglas de la división igual de las herencias 
entre 1®5 hijos y la privación de la libertad de tes- 
tar fueron ideadas en Francia precisamente para 

146 



PEDRO M. ARCAYA 



destruir de raíz la nobleza de aquel país, En¡'- la colo- 
nia venezolana siempre rigieron leyes análogas, sin 
que sus efectos igualitarios fuesen contrabalancea- 
dos, como en la Madre Partía, por la institución de 
los mayorazgos, no porque su establecimiento lo 
prohibieran las leyes á los habitantes de la colonia^ 
sino porque fundarlos no entró en sus costumbres, 

Y para que no entrara había razón suficiente 
en la naturaleza misma del país. Se comprende que 
en Europa, escasa la tierra y altos y seguros sus 
arriendos, pudiera dejarse un fundo agrícola en ma- 
yorazgo, porque el fundador aseguraba de ese modo 
á quienes en lo futuro lo gozasen, por lo menos 
hasta donde la previsión humana podía alcanzar, 
una renta segura con sólo que arrendaran el terreno 
si no lo querían cultivar por sí mismos. ¿Pero en Ve- 
nezuela, en la época colonial, como podían fundarse 
mayorazgos de segura renta? Calcúlese cuan poco 
debían de valer entonces las tierras, tenién- 
dose en cuenta que hoy mismo son baratísimas. 
No podía ni puede aún ser de otro modo dada la 
escasez de la población venezolana. Dedúzcase 
pues, si ninguna persona de sentido común podía 
pensar en fundar mayorazgos presuponiendo al- 
guna renta derivada de arrendamientos de tierras in- 
cultas por extensas que fuesen; y tampoco nadie que 
tuviera buen criterio podía pensar que fuera tan es- 
table como para cimentar la fundación de algún per- 
petuo mayorazgo el valor de las cultivadas, ni aún 
las plantadas de cacao, que era el fruto más valio- 
so y que por serlo de árboles de larga vida pudiera 

147 



CLASE3 SOCIALES DE LA COLOXIA 



decirse que representaban un valor algo fijo. Todo 
el que tuviera práctica de las cosas del país debía sa- 
ber que esas haciendas no pueden subsistir sin una 
atención constante para combatir la exuberante natu- 
leza tropical en la cual la selva lucha siempre por 
volverá adueñarse ae las escasas parcelas de terreno 
que le roba el trabajo humano. 

La partición igual, ordenada por la ley, de los 
bienes hereditarios y la ausencia de mayorazgos, 
produjeron sus naturales consecuencias, y de allí 
que en la clase délos mantuanos apenas pocos in- 
dividuos fuesen «ricos,» aún en la limitada acep- 
ción relativa que á la palabra podía darse en el 
país. Quienes lean superficialmente algún título de 
concesión de tierras ó algún otro papel de aquella 
época, pueden imaginarse lo contrario viendo lar- 
gos nombres retumbantes, nombres «de corrientes 
de aire^ como diría un personaje de El Emigrado 
de Bourget por ejemplo: Don Juan Damián Pérez 
de Medina, Doña Mariana Montero del Barco y Sa- 
linas Ortiz, Don Pedro Perozo de Cervantes, en Coro ; 
Don Felipe Rodríguez de la Madriz y Noriega, Don 
Juan Pérez de las Llamozas, Don Cristóbal Váz- 
quez de Montiel, en Caracas, y como esos ejem- 
plos enunciados alazar, eran altisonantes los nom- 
bres casi todos que se leen en papeles viejos, de 
los Capitanes, Regidores, Alcaldes, &, de la colonia 
Sugieren la idea de que quienes los llevaban eran 
hombres poderosos, «magnates,» dueños de gran- 
des riquezas, y vistos al través de los recuerdos de 
la historia romana aparecen ante los espíritus im- 

Í48 



TEDRO M. ARCAYA 



presionables algo así como los representantes en 
la época colonial de los Apios Claudios y Servios Sul- 
picios de la vieja Roma. 

Pero también á algún espíritu irónico podrían 
recordarle esos nombres, el Don Gonzalo González 
de la Gonzalera, de Pereda y quizás estaría más en 
lo cierto. 

Mas, prescindiendo de las ideas que sugieran 
los nombres, la verdad es que entre aquellos se- 
ñores no eran magnates ni ricos sino un muy es- 
caso número, que por condiciones especiales de su 
laboriosidad ó por circunstancias determinadas lo- 
graban acumular haberes relativamente importantes. 
La clase «mantuana» en globo estaba muy lejos de ser 
tan rica como se cree. De ella en Coro apenas hubo en 
el siglo XVIll un individuo cuyo capital excediera de 
cien mil pesos, incluyendo haciendas, rebaños, ca- 
sas y demás propiedades de toda especie, llamado 
Don Juan de la Colina. En Caracas que era ía ca- 
pital y donde las mayores riquezas se habían jun- 
tado ¿cuántos de aquellos «nobles» eran millonarios? 
De seguro que ninguno lo era, calculándose sus pro- 
piedades á los precios venales de la época. 

Puede hacer ilusión á algunos la enumeración de 
grandes capitalistas que hace Don José Domingo 
Díaz entre los iniciadores de la Revolución vene- 
zolana, admirándole que tales hombres prohijaran 
aquel movimiento. Mas, de ser cierta toda esa rique- 
za, punto que requiere investigarse, no puede decirse 
que un corto número de individuos acaudalados en 

149 



CLASES SOCIALES DE LA COLONIA 



una clase numerosa, cuyos otros miembros eran po- 
bres, convirtiera en potentada toda esa clase. 

Esta pobreza de la clase «noble» lo mismo que 
de todas las del país, (que no era, por lo demás, enton- 
ces «miseria» general como en otras épocas posterio- 
res á la emancipación) se explica por las condicio- 
nes económicas de una comarca de escasa población, 
sin caminos y á la sazón sin comercio casi con el ex- 
terior. Ni en la época en que los conquistadores tu- 
vieron bajo mano, para que trabajaran en su bene- 
ficio, á los indios de las Encomiendas pudieron 
crear riquezas en Venezuela, porque no había ele- 
mentos para ello. 

En suma, los «nobles» acomodados ó acau- 
dalados de la Colonia, salvo una que otra excepción 
en familias de Caracas, eran propietarios rurales cu- 
ya riqueza consistía en algunas casas mal amuebla- 
das en la capital de su Provincia (Coro, Barquisime- 
to, Trujillo, Mérida, etc.) donde residían en ciertas 
épocas del año, especialmente cuando ejercían al- 
gún cargo Municipal, extensas tierras agrícolas, in- 
cultas en su mayor parte y en medio de las cuales 
tenían algún fundo de cacao ó caña, con algunos 
esclavos para su labor, grandes sabanas de cría 
donde pastaban rebaños, numerosos en los Llanos, 
escasos en las otras partes del país. En Coro, por 
ejemplo, casi ninguno llegó á poseer ni mil reses 
vacunas. Esas propiedades agrícolas ó pecuarias las 
tenían por lo común gravadas con hipotecas, pagan- 
do réditos ó censos perpetuos á los conventos y 

150 



PEDRO 3Í AROAYA 



fundaciones de capellanías que eran los pequeños 
bancos de la época. 

Para vigilar por sí mismos la explotación de 
sus fundos, generalmente residían en ellos. Su vida 
poco se diferenciaba de la de los propietarios ru- 
rales de hoy. 

Por otra parte, el medio tropical obrando sobre 
aquellas gentes, que eran de raza blanca no mez- 
clada, produjo sus efectos psicológicos y fisioló- 
gicos enervantes, á pesar de que entre las gentes 
de ascendencia europea las más resistentes á la in- 
fluencia tropical han sido las oriundas de España 
y Portugal. La abulia con sus naturales consecuen- 
cias de decaimiento y abandono no era rara entre 
aquellos hombres, y así, ya desde el siglo XVII se 
vio á familias descendientes de conquistadores 
terminar en la ruina y la oscuridad. Verdad es 
que esa misma influencia degenerativa del medio 
haciendo de aquella casta materia apta para la 
producción de anormalidades psicológicas, pudo ser 
causa de que de su seno surgiese un genio tan 
extraordinario como Bolívar; en él en grado exce- 
sivo, en Ribas, Bermúdez, Montilla y muchos otros 
de su misma raza con menor intensidad, revivie- 
ron por fenómeno atávico, las dormidas tenden- 
cias de los conquistadores del siglo XVI ; ahora 
hablaban de Independencia y Libertad porque eran 
las ideas reinantes, pero el fondo psíquico perma- 
necía el mismo, esto es la necesidad de las sensacio- 
nes violentas, el placer de las batallas, la satisfacción 
de innatos anhelos de gloria y poderlo, 

151 



CLASES SOCIALES DE LA COLONIA 



Pero la mayoría de la clase que estudiamos más 
bien la componían hombres de caracteres tímidos 
y encogidos, verdad que no desconocerá en cada 
localidad quien haya manoseado los papeles viejos 
de los archivos, donde leyendo testamentos, escri- 
turas de contratos, particiones de bienes, pleitos, se 
aprende á conocer la gente de antaño, casi como si 
se la tratara. Todo el que tenga el hábito del es- 
tudio de archivos encuentra exactísima la frase de 
Taine, que refiriéndose á los franceses de fines del 
antiguo régimen y comienzos de la revolución que 
estudió en los documentos mismos de la época, 
dice que á veces en el silencio de los Depósitos don- 
de estaban acumulados esos documentos, le entraban 
deseos de hablar á los muertos cuyos nombres leía, 
de tal manera se le representaba claramente su modo 
de vivir y de pensar. 

Las «encomiendas» de indios fueron patrimonio 
de los conquistadores y sus descendientes hasta 
principios del siglo XVIII. Pudiera parecer que éstas 
bien suplían la falta de grandes mayorazgos, dan- 
do á las familias de los conquistadores poderío y 
riquezas permanentes. Pero en primer término con- 
tra esa conclusión hay el hecho de que las encomien- 
das no eran hereditarias sino vitalicias y cuando mas 
por dos ó tres vidas, esto es, que se trasmitían de 
padres á hijos por dos ó tres generaciones. Por lo 
demás las «encomiendas» de Venezuela nunca fue- 
ron lo que en México y el Perú, es decir de gran- 
des comunidades indígenas, sino de pequeños gru- 
pos. Así los encomenderos de ios dirajaras y Ajaguas 

152 



PEDRO M. ARCA YA 



de Coro, de principios del siglo XVIII, apenas te- 
nían, cada uno un corto número de indios bajo su 
gobierno. Creemos que lo mismo ocurría en las de- 
más localidades de Venezuela, pues los únicos 
pueblos numerosos eran los de Misiones. Es un 
estudio que está por hacerse el de las Encomiendas 
de aquella época, pero indudablemente se llegará á 
la conclusión de que nunca fueron tan impor- 
tantes como para convertir en poderosos á quienes 
las gozaban. 

Como antes dijimos, las funciones Municipales 
vinieron á compartirlas desde mediados del siglo 
XVIII, junto con los blancos europeos, recién lle- 
gados al país, otros criollos que no pertenecían á 
la clase de los mantuanos ó nobles sino á la de 
los «blancos del estado llano,» mas ordinariamente 
llamados de «sangre limpia.» — Esta distinción en- 
tre mantuanos y blancos llanos, ha pasado desaper- 
cibida á los escritores que se han ocupado en estas 
cuestiones. De allí que no se den cuenta de como 
la existencia de esta clase de blancos del «estado 
llano» con prerrogativas que casi los igualaban á 
los blancos mantuanos, fue un correctivo del ex- 
clusivismo que de otro modo habría existido entre 
las clases de la colonia. 

Homogéneas eran, ya lo vimos, en el siglo XVI 
cada una de las tres castas: blanca, negra é india, 
psro eso poco duró. A raíz misma de la conquista 
comenzaron á nacer los mestizos^ hijos de los con- 
quistadores con las indias de la tierra. No fueron, 
ni con mucho, frecuentes en Venezuela, como sí en 

153 



CLASES SOCIALES DE LA COLOXTA 



otras partes de la América, los matrimonios de 
aquellos con estas, lo cual se explica porque las po- 
bres indias venezolanas estaban muy lejos de ser 
como las princesas de México, Centro América y el 
Perú. Pero fuera de matrimonio fué grande el nú- 
mero de los mestizos nacidos. Algunos los educa- 
ban sus padres consigo, como si fueran hijos legíti- 
mos, dándoles su apellido, de modo que cuando 
salían con buenas cualidades, talento ó valor guerrero, 
se incorporaban á la clase de los conquistadores. Así 
figuraron en las últimas guerras del siglo XVi mes- 
tizos como del Barrio, Ruiz Vallejo, Fajardo y otros, 
nacidos durante los primeros años de establecidos 
en el país los españoles. De modo que en suma 
entre esos mestizos y los blancos puros ninguna dife- 
rencia legal ni aún social había, porque la circunstancia 
de ser hijos naturales poco debía de influir en el con- 
cepto de sus contemporáneos, cuando en España, por 
la misma época, los bastardos, numerosos en todas 
las casas de la nobleza, eran contados como miem- 
bros de esta y como tales figuraban hasta en las genea- 
logías de las familias, como puede verse por ejemplo 
en la «Historia de la Casa de Lara» por Salazar. 

Pero estos casos de mestizos incorporados en 
los últimos años del siglo XVI á la casta conquista- 
dora, fueron poco frecuentes. Los más de ellos for- 
maron el núcleo de la clase de los blancos del es- 
tado llano, pues con sus familias se enlazaban los eu- 
ropeos del mismo estado en la Madre Patria, que vi- 
niendo al país después de efectuada la conquista 
no podían gozar de las prerrogativas de primeros 

154 



rSDliO T-I. AIICAYA 

pobladores. Por lo demás en los pueblos de indí- 
genas, ya reducidos y civilizados, en algunas familias^ 
es decir las de sus capitanes y caciques que tenían 
relativa importancia, contraían matrimonio, ora los 
descendientes de los primeros mestizos, ora eu- 
ropeos venidos después, de modo que el proceso de 
formación de la casta mestiza continuó durante los 
sig'os XVll y XVIIl. 

Las leyes y las costumbres daban el califica- 
tivo de blancos á todos esos mestizos en que la 
raza blanca sólo estaba mezclada con la indígena. 
Asi es frecuente hallar en los archivos, justificativos 
en que se prueba que se era hijo de fulano de tal 
blanco y de mengana india (aún no siéndose legíti- 
mo) y se pedía, acordándola al Magistrado, la decla- 
ratoria de estar el promovente «en posesión de es- 
tado de blanco.»- 

Por lo demás no sólo eran los mestizos los que 
constituían la clase «blanca l!ana^>, sino también mu- 
chas familias de pura raza blanca, provenientes de 
europeos pecheros venidos con sus mujeres poste- 
riormente á la conquista y de los isleños canarios la- 
bradores, que arribaban al país en gran número. Aún 
familias descendientes délos primeros conquistadores 
y pobladores pero que, por residir en apartados 
campos, habían dejado de figurar en e! grupo de 
los «nobles-^ de la respectiva ciudad cabeza de parti- 
do, quedaban englobados en esta clase de los blan- 
cos llanos. 

Estos últimos eran hábiles para casi todos los 
empleos de la colonia y para el sacerdocio, la abo- 

155 



CLASE? SOCIALES DE LA COLONIA 



gacía y demás carreras liberales. Todo lo que ellos 
iban ganando en importancia perdíalo la clase "man- 
tuana" y al cabo ya á principios del siglo XIX una 
y otra casi se confundían. 

Ahora bien, si por un lado la clase de los 
"blancos de sangre limpia" se confundía con la 
"nobleza" por ser ya vagas y confusas las fron- 
teras comunes, por otra parte se confundía con las 
demás clases del pueblo, por ser así mismo inde- 
cisos los límites entre ellas. 

Para ser considerado como blanco de sangre 
limpia ya hemos visto que bastaba probar que se 
descendía de europeos por algún ramo, aunque 
confesara, declarándolo expresamente, el mismo in- 
teresado, que por otros costados descendía de 
la raza india. Lo único que debía probar era no 
tener de la raza africana por ningún ascendiente. 
Ahora bien, como la prueba se hacía por testigos, 
fácilmente se hallaban quienes declararan que la abuela 
mulata, por ejemplo, era india. Casos auténticos 
encontrará en cada pueblo el que se ponga á exa- 
minar papeles viejos. 

De todo esto se deduce que no eran tan in- 
salvables las diferencias de castas en la colonia 
como se cree. 

A primera vista parece que había un valladar 
infranqueable entre pardos y blancos, porque si- 
guiéndose por los nombres se cree que eran estos 
últimos los puros descendientes de los Europeos, 
pero no hay razón para creer en esa distinción absoluta 

156 



PEDRO M ARO AYA 



cuando se recuerde el punto que hemos dejado 
establecido, esto es que el calificativo de blanco 
era una denominación legal que abarcaba también 
á los mestizos. 

La exclusión injusta y temeraria que las leyes 
hacían de los pardos, esto es, de los que descendían 
de negros, ora en mezcla con blancos ó con in- 
dios, para los cargos públicos y las carreras hono- 
ríficas, venía á tener su correctivo en las costum- 
bres, mediante la facilidad con que se comprobaba 
que e! color oscuro que se tenía era por sangre 
india aunque en realidad lo fuera por la africana. 
Corregían también aquella dureza las gracias y dis- 
pensas especiales que los pardos de alguna signi- 
ficación obtenían del Monarca español, cuando las 
circunstancias demasiado evidentes de su naci- 
miento les impedían el socorrido expediente de los 
justificativos de mestizaje indígena. 

De los indios sólo se conservaban de raza pura, 
llevando el calificativo de tales, algunos en los 
pueblos de raigambre autóctona. Los que habitaban 
las ciudades si se habían mezclado con blancos 
confundíanse con estos últimos, si con negros for- 
maban entre los pardos. 

Negros no se llamaban por lo' común sino á 
los esclavos y á los libertos, diciéndose de éstos 
negros libres. Los descendientes de los últimos, 
como generalmente no eran de pura raza africana, se 
confundían con los pardos. 

Volviendo á los indios, debemos observar que 
en muchas partes del país no se guardaban ya 

157 



CLASES SOCIALES DE LA COLONIA 



en el siglo XVIII las leyes que prohibían á las 
gentes de otras castas establecerse en los pueblos 
de aquellos, de modo que ya confundidas las cas- 
tas no eran indios puros muchos de los habitan- 
tes de esos pueblos, cuyas condiciones por lo de 
más variaban según las circunstancias de las loca- 
lidades. No es exacta, en cuanto á que sea apli- 
cable á todos los pueblos indígenas, la triste pin- 
tura que de ellos hace Baralt, el cual tuvo sin duda 
en mira los de su provincia : Maracaibo. Los de 
Coro mejoraron grandemente bajo el régimen co- 
lonial, esto es los restos que sobrevivieron á las 
persecuciones y emigraciones ocurridas en la pri- 
mera época de la conquista. 

Lucha de clases propiamente entre nobles, blan- 
cos del estado llano y pardos, nunca la hubo durante 
la colonia. Pudiera creer lo contrario quien re- 
cuerde los ridículos pleitos de fines del siglo XVIII 
sobre prohibición de uso de mantos, discusiones so- 
bre derecho á llevar esterillas á las Iglesias y otras 
necedades que se hallan en los archivos, pero leyen- 
do esos mismos procesos al cabo se advierte que 
muchos de los litigios que en la apariencia eran de 
«mantuanos» contra «pardos», no eran en el fondo 
sino de <nnantuanos» mismos unos contra otros, 
con el pretexto de los vestidos de sus criadas ó pro- 
tegidas. 

Estudiando detenidamente la época colonial se 
observa que la lucha sorda que existía en aquella 
sociedad no era de «clases,» sino de individuos, aún 
parientes entre sí y pertenecientes á la misma capa 

158 



PEDRO M. ARCAYA 



social, A lo más se agrupaban los miembros de algu- 
na familia contra los de otra rival, como por ejemplo 
los Cerradas contra los Gavidias en Mérida. En la clase 
mantuana estas enemistades, á veces hondas, de unos 
grupos contra otros eran frecuentes. No lo eran me- 
nos las de los pardos entre sí. Si pueden atribuirse 
á orgullo ó vanidad los pleitos de oposiciones á ma- 
trimonios que promovían los «mantuanos» cuando 
algún individuo de su familia quería casar con perso- 
na de otra clase, no hallamos á que atribuir (y es la 
causa que verdaderamente creemos que obraba en uno 
y otro caso), sino á la litigiosidad de la gente de en- 
tonces los no menos numerosos pleitos de análogas 
oposiciones, hechas por familias pardas á matrimo- 
nios que con sus hijas querían contraer otros par- 
dos. Son curiosos los expedientes de estos asuntos 
que existen en los archivos. 

Esa litigiosidad de la gente aquella época llama- 
ba la atención de los raros viajeros que visitaban á 
Venezuela. Por todo se pleiteaba entonces en los Tri- 
bunales, por linderos de tierras, por incumplimiento de 
contratos, por injurias. Los pleitos matrimoniales no 
eran sino una de tantas manifestaciones de aquel 
espíritu querellante. 

Y en esa litigiosidad no podemos ver sino un 
derivativo de la belicosidad innata y atávica de la ra- 
za. Contenidos los instintos combativos, impedida 
su manifestación violenta por la severa justicia y la 
ruda penalidad de aquella época, se transformaban 
y producían las querellas innumerables que iban 
á ventilarse ante los jueces. Ya vendría la época 

159 



CLASES SOCIALES DE LA COLOXIA 



en que, suelto el freno del temor á la ley penal, 
destruida la presión formidable que impedía la expan- 
sión de aquellos impulsos, producirían ellos sus verda- 
deras y naturales consecuencias. Ya no se pelearía 
con textos latinos en los Tribunales sino á sable y 
fusil en los campamentos. 

Pero ni en las luchas de la Colonia en los Tri^ 
bunales ni en las de la República á tiros y lanzadas, 
se trataba de rivalidades de castas sino de indivi- 
duos. 

La hipótesis de que los gobernantes españoles 
se apoyaban en «el pueblo» contra los «mantuanos,» 
contra los imaginarios «grandes señores» de aquella 
época, no la puede admitir quien conozca las cir- 
cunstancias de la sociedad de entonces. En las disi- 
dencias de unas familias contra otras, sin duda los 
gobernantes españoles se interesarían á veces por 
una de las partes contra la adversaria, pero de allí á 
suponer que daban el apoyo de su autoridad á «las 
clases populares» contra las «elevadas» hay enorme 
diferencia y no puede ser mayor el error, desde lue- 
go que no habiendo lucha de clases mal podían in- 
tervenir los magistrados españoles en cuestiones que 
no existían. 

En uno que otro caso podía existir rivalidad pa- 
sajera entre «mantuanos» y «pardos» en las ciuda- 
des principales, pero esas manifestaciones esporádi- 
cas puede decirse, dei espíritu de la división de cla- 
ses, distaban mucho de constituir una animosidad 
permanente. 

160 



PEDP^O M. ARCAYA 



La causa de que no existiera tal animosidad, á 
pesar de que era tan fácil de que la produjese la dife- 
rencia que implicaban los términos extremos de «man- 
tuanos» y «pardos,» consistía en que las ideas de- 
mocráticas no penetraren durante la colonia en las 
clases populares, sino precisamente en las de «man- 
tuano5> y «blancos.» No teniendo pues conciencia 
los pardos de la injusticia que se cometía con darles 
un calificativo especial que los constituía en clase 
inferior, porque las ideas de la igualdad natural de 
los hombres, proclamadas por los filósofos fran- 
ceses, no habían penetrado hasta ellos, claro es que 
aceptaban la condición en que nacían como un he- 
cho natural, sobre cuya injusticia no entraban á racio- 
cinar. Los que de algún modo se elevaban no tra- 
taban de combatir la iniquidad de la diferencia le- 
gal, sino que procuraban individualmente incorpo- 
rarse, mediante justificativos subrepticios ó por 
dispensas compradas, á la clase de los «blancos del 
estado llano.» No ha sucedido así en los países en 
donde ha habido verdadera lucha de clases. Los ple- 
beyos de Roma combatieron por la igualdad hasta 
lograrla ; no buscaban sus miembros, aisladamente, 
incoporarse á la casta patricia. 

La lucha de clases habría estallado formidable 
después de la Independencia, cuando las ideas de 
igualdad se expandieron por todas partes, si las an- 
tiguas castas mantuana y blanca hubieran querido 
perpetuar la distinción entre ellas y la de pardos. Ya 
conscientes éstos entonces del ultraje que implicaba 
aquella clasificación, habría habido sangrientas ri- 

161 



CLASES SOCIALF.S DE LA COLONIA 



validades colectivas. Pero se evitaron porque preci- 
samente las ideas de igualdad las proclamaron 
los «blancos», iniciadores del movimiento separatista 
y los de ellos que fueron partidarios del Rey 
quedaron arrollados en el torrente de la Indepen- 
dencia. 

En la Colección de Blanco y Azpurúa figura un 
documento en el cual el Cabildo de Caracas en 1796 pro- 
testaba contra el comportamiento de ciertos empleados 
españoles que protegían á los mulatos y pardos. 
Pero no vemos en todo eso ni en los actos posterio- 
res sobre gracias que la influencia de aquellos em- 
pleados logró obtener en pro de los pardos, sino ri- 
validad ocasional, por móviles sin duda persona- 
lísimos, entre personages del Cabildo y los funciona- 
rios españoles á quienes ellos acusaban. Como esos 
empleados habían informado á España, y era la 
verdad, que ninguna diferencia importante existía 
ya entre las castas coloniales, los del Cabildo, 
por hacer aparecer como falsos informantes á sus 
rivales españoles, escribían al Rey pintando con vi- 
vos y exageradísimos colores una distinción que ya 
iba esfumándose. De seguro que si los funcionarios 
españoles hubieran informado en otro sentido, los del 
Cabildo habrían dicho lo contrario. 

No es extraño pues que al cabo de pocos años 
el Cabildo, que en realidad no tenía tales ideas 
aristocráticas, apareciera promoviendo la Revolución 
en 1810. 

La indecisión de las clases populares por la idea 
de la .Independencia en su inicio, no dependió en mo- 

162 



PEDRO M. AUCAYA 



do alguno de odio ó desconfianza hacia ios «man- 
tuanos» propagandistas del movimiento, sino de las 
ideas religiosas muy extendidas entonces eu el pue- 
blo, en cuyas filas prosperaban innumerables her- 
mandades y cofradías devotas. El nombre del Rey, 
del lejano personaje nimbado de mitos y leyendas, 
figuraba en las oraciones, pues en los templos se diri- 
gían preces á Dios por su salud. A las almas sencillas 
debía de parecer sacrilegio atentar contra su autoridad. 
Para destruir esa influencia era menester mover el ru- 
do espíritu de las masas y no podían hacer ésto las 
¡deas abstractas sino las afecciones vivas. 

Era menester que se removiese por la guerra el 
fondo psíquico, para que, despiertos los instintos 
de la raza, volviesen los ojos las masas al Jefe, al Cau- 
dillo, al representante del Cacique precolombino 
Y precisamente los primeros Caudillos que pro- 
dujo la guerra estuvieron en las filas realistas. Bas- 
ta nombrar á Boves para comprender que detrás de 
él iban las multitudes, no por amor al realismo 
que representaba sino por su prestigio personal. 
Cuando en el bando patriota aparecieron Caudillos 
populares como Páez, claro es que las masas se 
decidirían por la Independencia, no por afecto por 
esta idea sino por amor á los Jefes que la pro- 
clamaban. 

El ejemplo de Becerra, la resistencia del pue- 
blo de Coro á la idea de la Independencia, explicada 
según él por la desconfianza de «los humildes» 
hacia los «magnates» que lanzaron tal idea, es- 
tuvo muy mal escojido porque precisamente en 

163 



CLARES SOCIALES DE LA COLONIA 



Coro en nada, materialmente en nada, influyó ningún 
rencor de clases, para la casi unánime resolución en 
la Provincia de sostener la cause del Rey. Origi- 
nóse esa decisión por la rivalidad general de los có- 
rlanos contra Caracas, donde se había iniciado el 
movimiento separatista y especialmente contribuyó 
á mantener vivos los sentimientos realistas la in- 
fluencia de las ideas religiosas, por la asociación 
de conceptos que se había formado entre los nombres 
de Dios y el Rey. 

Ya para 1821 se había formado en la Provin- 
cia un partido patriota, que aunque corto en com- 
paración del realista, componíanlo hombres deci- 
didos. En la lucha tenaz que luego hubo entre am- 
bos bandos cada quien se decidió según sus senti- 
mientos, convicciones ó aún conveniencias personalí- 
simas sin que en nadie influyeran prejuicios de clases. 
La mayor parte de los llamados "mantuanos" si- 
guieron la causa española y por ella hasta per- 
dier®n el suelo nativo ; pero lo mismo hicieron 
muchos pardos. En cambio el partido republi- 
cano lo encabezaban un grupo de "mantuanos" 
(parientes cercanos délos que figuraban en la causa 
realista) y de "pardos," unidos bajo la común y 
única denominación de patriotas. En los pueblos de 
indios si fué unánime hasta lo último y verdadera- 
mente heroica la fidelidad al Rey, más no era por 
aversión hacia los "mantuanos" pues precisamente 
los más de éstos estaban en las mismas filas del Rey. 
La conducta de los pueblos indígenas en aque- 
lla emergencia se explica por la misma causa ge- 

164 



PEDRO M. AE.CAYA 



neral anotada, esto es, la fuerza de las ideas reli- 
giosas. Influyó también la leyenda de la alianza de 
su antecesor Manaure con los conquistadores es- 
pañoles. Olvidadas las penalidades y opresión de 
los primeros tiempos de la conquista, ignorando que 
Manaure, perseguido por Alfinger, había tenido que 
romper la alianza é irse lejos, sólo sabían los indios 
de fines del siglo XVIII y principios del XIX lo que 
sus Curas Doctrineros y Protectores blancos les de- 
cían, que la sumisión de sus antepasados al Monar- 
ca español había sido obra de un pacto libremente 
contratado y fielmente cumplido, cuya fé debían ellos 
guardar en recuerdo de su Cacique leyendario, el 
gran Manaure el cual 

«.Tamas palabra dio que la quebrase 
«Ni cosa prometió que no cumpliese» 

como decía el cronista poeta Castellanos. Tocada así 
hábilmente por los españoles la fibra de la lealtad 
en esta raza caquetía, cuya sinceridad é hidalguía 
eran proberviales, vibró intensamente y los indios 
de todos los pueblos de Coro, especialmente los de 
Paraguaná, pelearon hasta morir para perpetuar el 
renombre de leales de sus mayores. 



CORO, 1908. 



-'^®^--^g)^- 



í ! Mí 



FEDERACIOH Y DEMOCRACIA EN VENEZUELA 

Ctonisrencia leída en el Liceo de Ciencias Políticas de Caracas 
el 13 de marzo da 1910 



Señor Ministro de Instrucción Pública: 

Señores Rector y Vicerrector de la Universidad : 
Damas y caballeros: 

Señores Miembros del Liceo: 

Grande honor me habéis discernido, jóvenes que 
componéis el Liceo de Ciencias Poéticas, al darme 
sitio entre vuestros socios honorarios, ilustres en el 
campo de las ciencias jurídicas y en las lides de! 
Foro. Profundamente os lo agadezco, porque bien 
comprendo que sólo la benevolencia os ha movido. 

He elegido para la presente conferencia un tema 
que á primera vista parece extraño al género de es- 
tudios de esta Corporación, pues me propongo exa- 
minar 5i han equivalido á luchas de clases sociales 
las contiendas de nuestros Partidos históricos, es- 
pecialmente la Guerra federal. Pero á poco adver- 
tiréis que cuestiones como ésta y todas las demás 
que tengan por objeto investigar los móviles de las 
conmociones políticas del País no deben seros indi- 
ferentes. 

En efecto, para formaros cabal concepto de 
nuestro medio social, para penetrar las causas pro- 
fundas que determinan su estado y poder luego, como 
legisladores ó como políticos, tener noción precisa 

169 



PEDRO M. ARCA YA 



de SUS conveniencias, necesidades y sentimientos, 
debéis estudiar la historia venezolana conforme á 
los modernos métodos, que son de riguroso análisis 
y de serena observación de los hechos, no de entusias- 
mos ni de afecciones ni antipatías personales. Es 
así como debéis prepararos á vuestra misión de hom- 
bres públicos del porvenir á que estáis llamados por 
la naturaleza misma de vuestros estudios. 

Hora es ya de que en las aulas donde se cursa 
el derecho penetre la convicción de que el papel del 
hombre versado en las ciencias políticas no debe li- 
mitarse á las meras funciones profesionales del abo- 
gado que litiga en los Tribunales, ni del Juez que 
en ellos dicta sentencias, sino que debe afanarse en 
llevar á las regiones donde se ventilan los altos pro- 
blemas que interesan á la vida pública de la Nación, 
la palabra de su ciencia, pues, como sociólogo, le 
corresponde mostrar cuál es la solución más conve- 
niente de esos problemas y cómo pueden facili- 
tarla ó dificultarla los factores de cuyas agitacio- 
nes ha resultado la trama de nuestra historia. 

Si de esta convicción os poseéis, haréis un 
gran servicio á la Patria, y devolveréis á nuestro 
gremio el esplendor y la importancia que en todos 
ios países cultos goza. 

Como humilde contribución á esta clase de 
estudios he escrito la pobre conferencia que paso 
á leeros y la cual será la nota del tedio en esta 
fiesta, después de la vibrante palabra del eminen- 
te pensador, Doctor Díaz Rodríguez, orgullo de la 

170 



FEDEBACIÓÍT Y DEMOCRACIA EN VENEZUELA 

Patria y gloria de las letras castellanas, que me ha 
precedido en esta Tribuna. 

* 

modesto Doctor Lisandro Al- 
interesante «Historia de la Gue- 
zuela», citando estas palabras 
dio Guzmán en el Congreso de 
3nde han sacado que el pueblo 
ga amor á la Federación cuando 
esta palabra significa. Esta 
' de otros que nos dijimos : 
' revolución necesita bandera, ya 
i de Valencia no quiso bautizar 
|n el nombre de federal, invo- 
^sa idea, porque si los contra- 
;ran dicho Federación, nosotros 
Centralismo !" 

la verdad el señor Guzmán. El 
de los antecedentes de la Guerra 
demuestra. Es asunto decidido por 
la crítica histórica que aquella Revolución no podía 
tener por móvil verdadero el ideal abstracto de 
nnplantar instituciones federalistas que ninguna 
razón de amar tenían los que se alzaron. Acordes 
en esta conclusión están Alvarado en su libro cita- 
do y el profundo sociólogo Doctor José Gil For- 
toul en su reciente y monumental «Historia Cons- 
titucional de Veuezuela.> (1) 




(l) A la misma conclusión había llegado el autor de esta 
conferencia en el estudio «La Federación en Venezuela,» publi- 
cado en El Semanario de Coro, Núm. 23, del 17 de junio de 1899. 



171 



PEDRO M. ARCAYA 



de sus conveniencias, necesidades y sentimientos, 
debéis estudiar la hiistoria venezolana conforme á 
los modernos métodos, que son de riguroso análisis, 
y de serena observación de los he< ^^^®?}'\*^ ' ^ 

mos ni de afecciones ni antipa^j,-^^^^^^^^. 
así como debéis prepararos á vne3iicia pa- 
bres públicos del porvenir á quea toda, el 
la naturaleza misma de vuestros^^^^^^ P^' 

Hora es ya de que en las aiemias y 
el derecho penetre la convicción dles con- 
hombre versado en las ciencias ncieza de 
mitarse a las meras funciones pn 
gado que litiga en los Tribunale^^y ana- 
en ellos dicta sentencias, sino quíiagistra- 
llevar á las regiones donde se ven^.^e^^^j^^^ 
blemas que interesan á la vida p^^^^ *^_ 
la palabra de su ciencia, pues, ce 
corresponde mostrar cuál es la soluc» cá- 
niente de esos problemas y cómo imi- 
tarla ó dificultarla los factores de cu^JL". agitacio- 
nes ha resultado la trama de nuestra historia. 

Si de esta convicción os poseéis, haréis un 
gran servicio á la Patria, y devolveréis á nuestro 
gremio el esplendor y la importancia que en todos 
ios países cultos goza. 

Como humilde contribución á esta clase de 
estudios he escrito la pobre conferencia que paso 
á leeros y la cual será la nota del tedio en esta 
fiesta, después de la vibrante palabra del eminen- 
te pensador, Doctor Díaz Rodríguez, orgullo de la 

170 



FEDEEACIÓK Y DEMOCRACIA EN VENEZUELA 

Patria y gloria de las letras castellanas, que me ha 
precedido en esta Tribuna. 

* * 

El sabio cuanto modesto Doctor Lisandro Al- 
varado, termina su interesante «Historia de la Gue- 
rra Federal en Venezuela», citando estas palabras 
de D. Antonio Leocadio Guzmán en el Congreso de 
1867. "No sé de donde han sacado que el pueblo 
"de Venezuela le tenga amor á la Federación cuando 
"no sabe ni lo que esta palabra significa. Esta 
"idea salió de mí y de otros que nos dijimos: 
"supuesto que toda revolución necesita bandera, ya 
"que la Convención de Valencia no quiso bautizar 
"la Constitución con el nombre de federal, invo- 
"quemos nosotros esa idea, porque si los contra- 
"rios, señores, hubieran dicho Federación, noóotros 
"hubiéramos dicho Centralismo !" 

Decía entonces la verdad el señor Guzmán. El 
estudio imparcial de los antecedentes de la Guerra 
Federal así lo demuestra. Es asunto decidido por 
la crítica histórica que aquella Revolución no podía 
tener por móvil verdadero el ideal abstracto de 
implantar instituciones federalistas que ninguna 
razón de amar tenían los que se alzaron. Acordes 
en esta conclusión están Alvarado en su libro cita- 
do y el profundo sociólogo Doctor José Gil For- 
toul en su reciente y monumental «Historia Cons- 
titucional de Veuezuela.> (1) 



(l) A la misma conclusión había llegado el autor de esta 
conferencia en el estudio «La Federación en Venezuela,» publi- 
cado en El Semanario de Coro, Núm. 23, del 17 de junio de 1899. 

171 



PEDRO 31 ARCATA 



Pero ^mbo5 atribuyen á la expresada Revolu- 
ción caracteres y tendencias que no creemos que 
realmente tuviera. Bien comprendemos todo el peso 
y respetabilidad de las opiniones emitidas por es- 
tos ilustres maestros, mas como es profunda nues- 
tra convicción en los puntos en que de ellos nos 
apartamos, nos atrevemos á exponer nuestras ideas 
5('bre el particular. 

Dice Gil Fortoul: (2) "La verdad es que el 
"caudillo militar Falcón y el propagandista civil Guz- 
"mánal disfrazar con un nombre cualquiera sus am- 
"biciones personales no comprendieron por los años 
"de 1858 y 1859 la enorme influencia que ese solo 
"nombre de Federación iba á ejercer en los destinos 
"del pueblo venezolano. El término Federación se 
"transforma radicalmente en el cerebro de la gente 
"iu'ulta hasta perder su signifcaación puramente 
"política de autonomía local para convertirse en ban- 
"dera de todo género de reivindicaciones democrá- 
"ticas y en tendencia á una definitiva igualación de 
"todas las clases sociales." Y más adelante agrega: (3) 
"iQuién sabe qué odios se despertaron en tantas al- 
"tas almas incultas, qué deseos de venganzas, qué 
"recuerdos de injusticias de iniquidales! ¿La liber- 
"tad política? tlabía sido privilegio del amo, del doc- 
"tor, del hacendado. La Patria? idea confusa, casi 
"tanto como la de los llaneros de Páez en la época de 
"emancipación, en todo caso la idea de Patria apenas 
"se distinguía del hecho de poseer tierra. Propietario 

(2) Hiátoria Constitucional de Venezuela Tomo 2, pág. 399. 

(3) Op. cit. Tomo 2, pág. 381. 

172 



¥KDERACTÜN Y DEMOCRACIA EN VENEZUELA 

"y oligarca eran casi sinónimos para el peón. De 
"todas las teorías políticas leídas por algunos en pe- 
"riódicos, oídas por los más en rápidas conversacio- 
"nes, la única que podía entrar en la masa anónima 
"era la igualdad ó igualación de clases. Este debía 
"ser el credo de los pobres, de los oprimidos, de los 
"despreciados por el color de su piel. ¡Por fin el ne- 
"gro igual al blanco, el pobre igua al rico, el pobre 

"rico! Tratábase de realizar la igualdad abso- 

"luta, la igualdad social, , . ." 

Alvarado condensa las mismas ideas así: "La 
"lucha fue en realidad por la democracia y la fede- 
" ración asunto de forma." (4) 

- En verdad Gil Fortoul estima la cuestión so- 
cial en la guerra federal como surgida espontánea- 
mente del proletariado al calor de aquella contienda 
y en cierto modo á pesar de los directores del 
movimiento, que sólo intentaron, según él, que fuera 
de carácter político. Pero al admitir que existió en- 
tonces tal cuestión social acepta, aunque sólo en 
parte, las conclusiones de algunos escritores vene- 
zolanos de la generación joven, que adscritos al cul- 
to del Partido Liberal criollo y enamorados al mismo 
tiempo de las ideas del radicalismo francés, que tiene 
sus visos y matices de socialismo, se afanan en juntar 
aquel culto á estas ideas, suponiendo que ellas ins- 
piraron al Partido Liberal y así sostienen que aque- 
lla cuestión se agitó en la guerra federal, pero no 

á pesar, cerno cree Gil Fortoul, del Partido mismo 



(4) Alvarado. Historia de la Guerra Federal, pág. 536. 
173 



PJfiDRü M. ARCAYA 



esto es, de sus directores y representantes, sino cons- 
cientemente suscitada por el grupo liberal, empeña- 
do siempre en el mejoramiento y exaltación del pro- 
letariado. Según ellos, la lucha de los partidos oli- 
garca y liberal representó desde su origen una con- 
tienda entre las clases elevadas y la plebe. Un párra- 
fo del erudito escritor VallenlUa Lanz, publicado en 
su Historia (5) por Gil Fortoul insinúa así tal teoría: 
"La aparición del Partido Liberal no es otra cosa que 
"la continuación de la lucha social empeñada desde 
"la Independencia, la manifestación principalmente de 
"ese gran desequilibrio entre las razas pobladoras de 
"nuestro territorio, cuya íntima fusión no se ha veri- 
"ficado sino por los medios violentos de la revolu- 
"ción, porque no de otro modo han podido romperse 
"las vallas que los poderosos prejuicios de clases han 
"opuesto á la evolución igualitaria." 

Así pues, la trama de nuestra historia política 
sería el desarrollo de una lucha de clases, sorda du- 

(5) "Historia Constitucional de Venezuela." Tomo 2, pág. 
178 en nota. No nos parece que Vallenilla Lanz, sociólogo tai- 
niano, pueda tener religión partidaria que influya en sus jui- 
cios (como tampoco, naturalmente, la tienen Gil Fortoul ni 
Alvarado) y así nos lo hace ver su artículo "La Evolución Fe- 
deralista" publicado en El Cojo Ilustrado del 15 de noviembre 
de 1909. Pero hemos insertado el párrafo suyo que publica Gil 
Fortoul, porque aparece condensando las opiniones que comba- 
timos acerca de lucha de clases en la génesis de nuestros Par. 
tidos políticos criterio, que quizás resulte, en el libro que pre- 
para Vallenilla Lanz, modificado por el estudio que sin duda 
habrá él hecho de los innumerables factores, de carácter dis- 
tinto al de odios de castas, que influyeron en la formación de 
aquellas agrupaciones. 

174 



FEDERACIÓN Y DEMOCRACIA EIí VENEZUELA. 

rante la colonia, patente ya desde la iniciación de 
la Independencia Nacional, francamente declarada 
con la formación del Partido Liberal y en cruenta 
guerra civil transformada con la revolución federal. 
Desde este punto de vista nuestras contiendas de li- 
berales y oligarcas equivaldrían, en cierto modo, á 
las de plebeyos y patricios de la vieja Roma y aún 
á las del proletariado y el capitalismo de los mo- 
dernos pueblos europeos 

No juzgamos así nosotros la evolución política 
venezolana. Ya en un estudio especial que publica- 
mos en la Revista Mes Literario, de Coro, nos ocu- 
pamos en las clases sociales durante la colonia y 
llegamos á la conclusión de que no hubo en aquella 
época odios colectivos de castas, sino qne en cada 
una se formaban, ocasionalmente, grupos rivales, 
cuya enemistad habría podido degenerar en san- 
grientas contiendas, á no impedirlo el freno de las 
severas leyes penales españolas. 

En cuanto á los orígenes del Partido Liberal bas- 
ta recordar los nombres de quienes lo iniciaron y 
siguieron representándolo, como sus directores y 
propagandistas, para comprender que era una agrupa- 
ción puramente política, compuesta de hombres de 
todas las clases, unidos, no por simpatías ni odios 
de carácter social sino por el deseo de conquistar el 
Poder y de lanzar de sus alturas á quienes lo ejer- 
cían; á éstos calificaban úq oligarcas no en el senti- 
do deque constituyesen un grupo quefue^e ni aún que 
pretendiese ser aristocrático; sino en el de que eran 
unos pocos, que se habían adueñado del poder y no 

175 



PEDRO M. ARCAYA 



querían abandonarlo. No les atribuían que se creye- 
ran con derecho á ejercerlo por razón de su naci- 
miento ni de sus riquezas, sino que lo detenían por 
el favoritismo de Páez. Léase la prensa oposicionista 
de aquella época y se verá que es leyenda, forjada 
posteriormente, la de que hubiera lucha de clases so- 
ciales en las cuestiones meramente políticas y aún 
diremos personalísimas (si X, blanco ó negro, tenía 
tanto tiempo empleado, si N. gozaba de tres ó cuatro 
sueldos, si los banqueros A. y B. hacían pingües 
negocios al amparo del favor oficial) que se ven- 
tilaban en aquellos periódicos. 

El mismo Don Antonio Leocadio Guzmán, el 
fundador y más genuino representante de nuestro 
liberalismo criollo, combatió después esa leyenda: 
"Ya que se tiende á suponer, escribía él en 1869 que el 
"Partido Liberal era sólo compuesto de individuos del 
"pueblo: tres cuartas partes de lo que lleva el nom- 
"bre de mantuanismo pertenecían á la comunión li- 
"beral." Y enumerando en el mismo escrito las 
altas clases que formaban ese grupo, se expresa 
así: "Un partido que presidió el ilustre Martín Tovar 
"y en que figuraban tantos hombres connotados y 
"aún ilustres ¿ no éramos sino un club de faccio- 

"sos ? La gravedad y moderación que tanto re- 

"comiendan á nuestro clero no permit'an que él 
"formase una sociedad, pero es evidente y notorio 
"que dos terceras partes de las Dignidades ecle- 
"siásticas y Venerables Párrocos pertenecían al Par- 
"tido Liberal. Los Suárez Aguado, los Cspinoza, Díaz, 
"Ravelo, Osío, el Iltmo. Pérez de Velasco, Rivero, 

176 



FEDERACIÓIs Y DEMOCRACIA KN VENEZUELA 

"Guzmán, Pereira, Betancourt, Aguinagalde, y como 
"éstos, esclarecidos y prominentes ministros del Señor, 
"como nuestro actual y dignísimo Prelado el virtuoso 
"y patriota Guevara, dos terceras partes por lo menos 
"del respetable clero nacional." 

"Tampoco formaban sociedad especial los ilus- 
""tres Libertadores y sus dignos sucesores en el 
"Ejército de la Patria, que casi entero en sus clases 
"elevadas pertenecía al Gran Partido Liberal. Desde 
"la primera espada desenvainada en América en de- 
"fensa de la libertad, desde el honrado y despren- 
"dido Rodríguez del Toro, desde Marino que me- 
"reció tan justamente el eminente título de Liber- 
"tador, véase la lista de aquellos hombres precla- 
"ros, que en ella se encontrará á Carabaño, Olivares, 
"Mejías, Valero, Beluche, Borras, Conde, Monzón, 
"Cala, Briceño, Castelli, el desgraciado Rodríguez^ 
"Castañeda, Veroes, los tres Jiménez, Austria, Gue- 
"vara, los Garcés, Parejo, Acevedo, Morales, Carrillo, 
"Carmona, Lugo, 'Núñez, Vallenilla, el valiente Gar- 
"cia, Hernández, Pulido, Renden, Bustillos, Zárraga, 
"y como ellos bastarían á ennoblecer cualquier Par- 
"tido los dos honradísimos y patriotas Ayala, los 
"Ibarra, Montilla, Salom, Blanco, Lara, Silva, los Mo- 
" nagas y otros muchos que en el momento no pueden 
"estar todos en la memoria." 

"En lo civil recuérdese con justicia y exactitud 
"la inmensa lista de hombres eminentes que nos per- 
"tenecieron. " (6) 

(6) Antonio Leocadio Gazmán. Datos Históricos Tomo 2 
páginas 265 á 267. 

177 



PEDRO M. ARCAYA 



De modo que si nosotros diéramos importan- 
cia al concepto de clases sociales en la historia de 
Venezuela, estaríamos autorizados para ver en el 
Partido que tomó el nombre de Liberal una comu- 
nión aristocrática, desde luego que en su seno es- 
taban los elementos que caracterizan tales agrupa- 
ciones donde quiera que han existido: la nobleza 
de la sangre, el clero y los viejos Generales y en 
consecuencia pudiéramos también creer que el otro 
Partido, el de Páez, el llamado Oligarca, era el de 
la democracia, de la plebe. Pero no incurriremos 
nosotros en tal error, sino que sostenemos, apoya- 
dos en todos los hechos que así lo demuestran, que 
ninguno de los dos Partidos era en sus hombres ni 
en sus ideales más demócrata ni más aristócrata 
que el otro. En Venezuela jamás lian existido sen- 
timientos ni intereses colectivos de clases, sino 
pasiones de grupos de individualidades, salidas de 
las más diversas capas y unidas ocasionalmente. 

Así pues, ni militares, ni mantuanos, ni cléri- 
gos, ni proletarios obedecían á sugestiones de clases 
para incorporarse á uno ú otro bando, liberal ú 
oligarca, a! delinearse ellos en nuestra historia. Cada 
quien obraba según sus simpatías ó intereses per- 
sonalisimos. 

Causa de falsas ideas á este respecto ha sido 
!a memoria de las cuestiones económicas que se 
agitaron en la época de la formación de los Parti- 
dos.^xpIiquémoslas. Aplicando las ideas de los 
economistas liberales otorgó á los venezolanos la 
ley de 10 de abril de 1834 la libertad de contratar, 

178 



FEDERACIÓN Y DEMOCRACIA EN VENEZUELA 

de modo que pudieran gravar sus bienes en segu- 
ridad de sus obligaciones y estipular bases para su 
remate en caso de falta de pago, como así mismo 
que pudieran pactar intereses ad libitiim. Gentes 
imprevisivas comprometieron sus fincas para obte- 
ner numerario. Malbaratáronlo ó saliéronles fallidos 
sus cálculos respecto de las empresas en que lo in- 
virtieron. Reclamaron los acreedores y para pagarse 
hacían rematar, conforme los pactos celebrados, los 
inmuebles que les servían de garantía. Clamaban en- 
tonces contra la ley los ejecutados, como si ella les 
hubiera mandado comprometer imprudentemente sus 
propiedades ó manejar sin tino los fondos que obtu- 
vieron. De aquella agitación sacó proveclio el Partido 
oposicionista para captarse las voluntades de los 
propietarios rematados, haciendo propaganda contra 
la ley. Aunque, en verdad, en las filas de uno y otro 
bando siguieron siempre figurando ejecutantes y 
ejecutados, porque eran en cada caso diversos y 
complejos los móviles de la determinación de in- 
corporarse á ellos, hay que suponer que los deu- 
dores se adhirieron en mayoría al Partido Liberal 
porque cuando Monagas llamó después sus hombres 
al poder, apresuráronse á revocar la ley de abril 
y á promulgar otra legislación inspirada en la mira 
de proteger al deudor, creyendo así mejorar la 
condición de los que, teniendo bienes que compro- 
meter, se hallaren en la necesidad de tomar dinero 
á préstamo. Pero naturalmente resultó, contraprodu- 
cente esa legislación, como sucede con todas las 
que han rest-ingido la libertad económica, porque 

179 



PEDRO M. ARCAYA 



dificultándose el crédito empeoró la condición 
de aquellos á quienes se quería proteger. Al cabo 
así lo comprendieron los mismos Gobiernos libe- 
rales y paulatinamente han venido introducién- 
dose en nuestro derecho civil muchos de los princi- 
pios, antaño repudiados, de la ley de abril. Sin em- 
bargo, con olvido de esta evolución del derecho ve- 
nezolano, hablase aún con frecuencia de aquella ley 
como protectora del capital y de las agitaciones que 
su aplicación produjo como de una contienda entre el 
capital y el trabajo. De ahí la especie de que los 
oligarcas constituían el partido de los ricos y los libe- 
rales el de los pobres, atribuyéndose á estos últimos 
ciertas tendencias socialistas, cosa que habría dejado 
atónitos á Don Antonio Leocadio Guzmán, Don Felipe 
Larrazábal y los demás fundadores del Partido Liberal 
que nada entendían ni querían saber del socialismo. El 
error está en que al suponer una lucha, al estilo 
socialista, entre el capital y el trabajo, por virtud de 
la ley de abril, se argumenta bajo la falsa impresión 
de que el capital no es sino el dinero contante y so- 
nante, cuando la verdad es que también constituían 
capitales las fincas que se daban en hipoteca, por 
manera que los rozamientos que aquella ley originó 
eran entre dos especies de capitalistas (debemos de- 
cir pequeños capitalistas, porque aquellos ricos nues- 
tros como pobres habrían figurado en más prósperos 
países) esto es, entre los que tenían sus haberes re- 
presentados en dinero que habían dado á préstamo 
y quienes los tenían representados en casas y pre- 
dios rurales que hipotecaron. En aquella contienda 

180 



FEDERACIÓN Y DEMO' RACIA E>T VENEZUELA 

no eran pártelos peones, los braceros, la clase obrera. 

Si pues no hubo lucha de clases en la gé- 
nesis de los Partidos ni en las posteriores contien- 
das suyas del 46, 48 y 49, menos aún podían re- 
sultar esas rivalidades en las otras guerras civiles 
que se sucedieron durante el Gobierno de los Mo- 
nagas, promovidas por círculos fusionistas, hasta la 
Revolución que encabezó Julián Castro en 1858. 
Triunfante ésta y convertida en Gobierno, sólo podrían 
tomarse como alzamientos colectivos del proletariado 
los movimientos revolucionarios federalistas, si en 
el origen de los partidos hubiera habido división 
de clases, de modo que al volver al poder los hom- 
bres que representasen la tendencia aristocrática se 
alarmase la clase popular. Mas como no hubo- tal, 
resultaría inexplicable que de pronto fuera causa de 
guerra una rivalidad hasta entonces no manifes- 
tada. 

Pudiera decirse que en el intermedio se había 
decretado la libertad de los esclavos y argüirse que la 
incorporación de ellos al partido federal daba á la guerra 
carácter de lucha de castas. Así habría sido, si en la 
Revolución hubieran formado mayoría ó siquiera hubie- 
ran representado contingente de alguna consideración 
los antiguos libertos y si en el Partido del Go- 
bierno hubieran figurado todos ó la mayor parte 
de los antiguos dueños de esclavos, pero nada de 
eso sucedió. Quizás los más de los expropieta- 
rios de siervos eran del Partido Liberal ; otra cosa 
se ha afirmado pero sin ningún fundamento. Re- 
cuérdese lo que arriba dejamos dicho acerca de 

181 



PEDRO M. ARCAYA 



las agitaciones que produjo la ley de 10 de abril 
pe 1834 y que por ellas se incorporaron á aquel 
Partido gran número de propietarios rurales. Ahora 
bien : decir hacendado en aquella época era decir 
dueño de esclavos. Habíalos también, ciertamente, 
y muchos, en el Partido Oligarca, pero la misma 
identidad de situación de los bandos á este res- 
pecto impidió, sin duda, que los agitadores de uno 
y otro hicieran bandera de la emancipación de los 
esclavos, artículo que no figuró en el Programa 
del Partido Liberal. Años después de haber ocupado 
esta agrupación el poder se decretó la libertad de 
ellos por la voluntad personal de Monagas, acon- 
sejado y fortalecido por su Ministro Planas. Rea- 
lizado ya aquel acto trascendental, era tan evidente 
su justicia, que nadie, en ninguno de los dos par- 
tidos, se atrevió á alzar la voz en su contra. 

Por otra parte, el número de los esclavos pro- 
piamente dichos, era ya escaso cuando Monagas los 
libertó y ellos viejos en su mayor parte. Más eran 
y jóvenes los manumisos, pero bien sabían éstos que 
solo á temporal servidumbre pudieren haber estado 
sujetos. Por todas estas causas y porque la psicología 
de los libertos era en el fondo la misma del resto de 
la clase proletaria, aunque los revolucionarios trataron 
de que ellos se alzaran en masa, sólo obtuvieron 
que se pusieran en armas los que estaban adscritos 
á Caudillos que los llevaron á la guerra y á quienes 
seguían por miedo ó afecto, no movidos por el va- 
go temor de que el Gobierno pudiera volver á es- 
clavizarlos. Otros por idéntico afecto ó miedo al 

182 



FEDERACIÓN Y DEMOCRACIA EN VENEZUELA 

caudillo de su aldea entraban á servir en las filas del 
Gobierno. Así pues, los alzamientos de los libertos, 
no tuvieron en la Revolución Federal la importancia 
que después se les ha atribuido ni á sus ejércitos 
aportaron contingente apreciable; si á ellos se hu- 
biera limitado aquella Revolución no habría pasado 
de un insignificante guerrilleo, que sin ruido y en 
poco tiempo habría quedado vencido. 

En cuanto al resto de la casta negra cuya 
mayor parte era ya libre desde mucho antes de 
1854, ninguna solidaridad existía entre ella y la frac- 
ción de los libertos. Los negros, como las gentes 
de las otras razas, se dividieron entre los dos par- 
tidos contendores, por las causas locales que á uno 
ú otro los inclinaban. Por lo demás, ya hacía tiem- 
po, esto es desde la fundación de la República, que 
el color de la piel no influía en la repartición de 
las dos clases que se pueden determinar en nues- 
tra masa social y las que conforme están hoy se 
observan en todas las épocas de nuestra vida inde- 
pediente. Forman la una los jornaleros, los peones 
y los conuqueros que labran personalmente la tierra 
para sacar su diaria y rústica subsistencia; he aquí 
nuestro proletariado, la clase de los reclutables, la 
parte infeliz como expresivamente dicen en la tierra 
coriana ; no sólo son negros, indios ó mulatos quie- 
nes la forman; allí están también los blancos que 
se hallan en idéntica situación económica; ya desde 
el siglo XVII existían descendientes auténticos de 
conquistadores, como una rama residente en Coro 
de la familia del Barrio, que eran pobres de solem- 

183 



PEDRO M. ARCAYA 



nidad. La otra clase se extiende desde el pequeño 
industrial, el escribiente de las oficinas públicas y 
el dependiente de comercio, por cortos que sean 
sus sueldos, hasta los más altos funcionarios y ri- 
cos propietarios; figuran en ella todas las personas, 
cualesquiera que sean su origen y su color, que ora 
por tener bienes de fortuna, cortos ó cuantiosos, ya 
sean heredados ó adquiridos, ora por la posición 
oficial ó por distinguirse en cualquier sentido, en el 
trabajo ó por el talento, aunque sea con una distinción 
puramente relativa y local, sobresalen algo ; esta es 
laclase de los no reclatables, condición que en com- 
paración con la de los peones reclutables la consti- 
tuye en bloque distinto, aunque en el hecho pudie- 
ra subdividírsela en grupos, raras veces com- 
pactos, pero siempre y exclusivamente desde el 
punto ds vista de la notabilidad personal, ora de- 
penda del dinero, de la posición oficial ó del ta- 
lento, nunca desde el punto de vista del nacimiento 
ni del color. 

Fácil ha sido siempre salir en Venezuela de la 
clase proletaria que dejamos descrita, mediante cual- 
quier esfuerzo individual que de siquiera la exigua 
notabilidad que para lograrlo basta. «Como viste sa- 
co ya no lo recluían» es frase que acaso habréis oído 
al peón humilde con relación á algún antiguo com- 
pañero y si en ella os fijasteis os habrá enseñado 
más que un largo discurso, porque deja ver cual es 
la injusticia capital que pesa sobre la parte infeliz 
con cuál honda resignación la sufre y cuan débil 
el esfuerzo que hasta para penetrar á la otra clase, 

184 



FEDELI.VCIÓIn y BEAIOÜllACIA EN VENEZUELA 

la de «!o5 no recliitab!es.> Vestir saco no es ser Doc- 
tor, ni Bachiller ó General; no es ser rico ni aristócra- 
ta, es distinguirse aunque sea muy medianamente. 

Desde luego se comprende que nuestro prole- 
tariado se compone de las gentes de la más exigua 
iniciativa en un país donde tan poco abunda. Este 
solo dato nos demuestra la imposibilidad de que haya 
surgido ni de que llegue á surgir movimiento al- 
guno colectivo de este proletariado, mientras no 
cambie sus condiciones y las de nuestro medio so- 
cial. Menester será que varíen las circunstancias eco- 
nómicas del país en el sentido de que sea mayor la 
concurrencia por aumento en la oferta del trabajo, que 
sea por algunos pocos acaparada la tierra, que hoy so- 
bra para todo el que quiera labrarla y que se dificul- 
ten así los esfuerzos individuales de los infelices. 
Será menester además que aumenten su capacidad men- 
tal y su energía para que al advertir, como sucede hoy 
á los proletarios europeos, la inutilidad de los ahín- 
cos aislados por el mejoramiento personal de cada 
uno, tengan comprensión y voluntad suficientes para 
intentar esfuerzos colectivos. 

Pero si examinamos más en concreto la cuestión 
que nos ocupa y nos fijamos en los primeros alza- 
mientos de la Guerra Federal, ocurridos en las sel- 
vas y llanos de Portuguesa, Barinas y Apure, en 1858, 
que por haber sido acaudillados por oscuros guerri- 
lleros han dado lugar á que se suponga que eran 
movimientos inspirados por la cuestión social, ve- 
remos que se explican más fácilmente como una sim- 
ple regresión á la vida nómade primitiva. 

185 



PKDEü M. ARCAYA 



Precisamente hablando de los aborígenes de 
esas comarcas, decían lo siguiente los Padres Capu- 
chinos en el Informe que sobre las Misiones de su 
cargo evacuaron en 1745. (7) 

"Los indios que ha habido y hay en el territorio 
"de esta Provincia y en sus dilatados Llanos, fuera 
"de los primeros que se poblaron al principio de la 
"conquista son de la clase de los que viven more 
'' peciidum, sin conocimiento de Dios ni adoración 
"falsa ni verdadera ni subordinación á justicia. No 
"tienen estos indios pueblo alguno en su gentilidad, 
"sino es Rancherías ó Aduares y éstos de poca gente. 

" Son muy flojos, perezosos y haraganes, muy 

"amantes de la libertad como las fieras de los mon- 
*'tes. Andan desnudos y en la misma conformidad 

"que salieron del vientre de sus madres No tienen 

"luz de lo eterno, ni conocimiento de ley alguna, 
"ni aún de la natural (que se hace increíble á todo 
"teólogo si no lo experimentara); no hay modo para 
"persuadirlos y reducirlos á la fe sino es enseñán- 
"dolos primero á ser racionales " 

Sólo por la gran fuerza que les daba su fe religio- 
sa y á costa de infinita destreza pudieron los frailes 
misioneros reducir aquellas gentes é inculcarles algu- 
nos rudimentos de civilización. Transformar de una 
á otra generación su alma hereditaria no era posible ; 
los instintos nómades quedaron latentes, con sueño 
inquieto, en el fondo de su espíritu y para que de- 

(7) Corre publicado en las páginas 388 y siguientes de 
tomo primero de los "Documentos para la vida pública del Li" 
bertador." 

186 



FEDERACIÓN Y DEMOCRACIA SN VENEZUJELA 

íinitivamente sedurmiesen hubiera sido menester que 
siguiera resonando la sugestiva voz que los adorme- 
ció, quiero decir que iiubiera seguido dándoseles la 
enseñanza religiosa iniciada. Pero cesó bruscamen> 
te con la guerra de la Independencia, la cual habría 
bastado para hacerlas retrogradar al puro salvajismo 
si la severa disciplina que desde 1815 se estableció 
en los ejércitos contendores no hubiera logrado man- 
tener el orden. Pero la regresión vino pronunciándose 
después paulatinamente y al cabo resurgió el sal- 
vaje, más peligroso que en la época colonial, porque 
la sangre castellana y la africana que en sus venas 
se habían mezclado á la de sus antepasados indígenas 
le comunicaban coraje y osadía y he allí en la llanu- 
ra á los nómades, á los rebaños humanos de los 
aduares! Incendian, porque tienen la nostalgia an- 
cestral de las grandes extensiones desiertas, matan 
los ganados que la civilización llevó á la pradera, 
porque á su vista se remueven en ellos los impul- 
sos de innúmeras generaciones de cazadores y al 
fin, sueltos en aquella reviviscencia de la tribu todos 
ios instintos depredatorios y destructores debía surgir 
el hombre carnicero, vecino del caníbal de las pri- 
meras edades, Espinosa, de quien nos dice Al- 
varado que "saciaba su venganza antes de la in- 
"molación con el tormento y después con la expia- 
"ción ; ora clavaba en la pared un cuerpo ya even- 
"trado, ora lo aspaba con estacas sobre el suelo, 
"ora obligaba al hijo de la víctima porque velase el 
"cadáver á bailar de continuo en torno de éste," (8) 

(8) Alvarado. Ob. cit. pág. 84. 
187 



PEDEO M. AECAYA 



Y naturalmente apareció también el mohán, el hechi- 
cero. Al lado de Espinosa nos lo muestra el Doc- 
tor Villanueva en su «Vida de Zamora.> (9) Se 
llamaba Tiburcio. Encaramábase á los pulpitos de 
las iglesias y lanzaba feroces profecías de exterminio 
y muerte. 

Ahora bien : en el cerebro del salvaje que evi- 
dentemente había vuelto á aparecer en los Llanos 
era imposible que germinasen ideas no sólo del 
orden complejísimo que envuelve el vocablo Fede- 
ración en su recto sentido, pero ni aún del género 
de las menos complicadas, pero que contienen re- 
presentaciones mentales variadas como las de igua- 
lación social y destrucción de privilegios, que se 
supone movían á las turbas acaudilladas por Espi- 
nosa, Alvarez y Jesús Agachado. 

Bástanos recordar las observaciones de Herberí 
Spencer (10) acerca del hombre primitivo conside- 
rado bajo su aspecto físico, emocional é intelectual. 
"Su conciencia difiere de la del hombre civilizado 
^*en cuanto se compone principalmente de represen- 
^'taciones, de sensaciones y de sentimientos simples 
"asociados directamente con las sensaciones y en 
"que contiene menos sentimientos que impliquen 

"representaciones de consecuencias mediatas Go- 

"bernados por emociones despóticas que ¿e supian- 
"tan, en lugar de seguir la determinación de un 
"consejo de emociones en donde todas desempeñen 

(9) Villanueva. "Vida de Zamora," 244. 

(10) Spencer. "Datos de la Sociología" Cap. 11. Traducción 
española bajo el nombre "El universo Social." Tomo 2, pág. 49- 

188 



FEDERACIÓJí Y DEMOCRACIA EN YEXEZUELA 

"su papel, el hombre primitivo sigue una conduc- 
"ta explosiva, caótica. Como no está familiarizado 
"sino con los hechos particulares que entran en 
"el estrecho campo de su experiencia, dicho se 
"está que no tiene concepción alguna de los hechos 
"generales. Una verdad general implica algún ele- 
"mento común de muchas verdades particulares, im- 
"plica por tanto una correspondencia más extensa 
"y más heterogénea de las verdades particulares^ 
"implica una representación superior puesto que 
"reúne necesariamente ideas más numerosas y más 
"variadas en la ¡dea general." 

"Le falta imaginación constructiva. Esta laguna 
"encuéntrase como es natural en todo espíritu que 
"vive de percepciones simples, que se contenta de 
"ideas concretas y que es incapaz de ideas abstrac- 
"tas, que tal es en suma el espíritu del hombre pri- 
"mitivo " 

En tal estado no caben en la mente humana, 
respecto de organización política ó social, mas ideas 
ni sentimientos que los muy sencillos de la sumi- 
sión, por afecto ó miedo á un Caudillo cualquiera. 

Por lo demás aquellos movimientos de los Llanos 
no se hicieron en son de Revolución nacional. Sus 
cabecillas no tenían imaginación para idearla. Se 
alzaban inconscientemente por volver á la vida nóm.ade 
y así robaban y depredaban. Después que la Re- 
volución Liberal estalló formalmente en Coro y se 
extendió por toda la República^ entraron á sus filas, 
porque en lucha ellos con las autoridades de sus 
lugares venían á quedar, por la fuerza misma de los 

189 



PEDRO M. AKCAYA 



sucesos, incorporados á la revuelta general. No los 
movió odiosidad especial hacia el bando oligarca 
cuando se alzaron, bien que luego, por consecuen- 
cia de la guerra, tomaron eran aversión á los godos. 
Partidas semejantes se formaron años después en 
esos mismos Llanos y se incorporaron á «los azules» 
porque ellos constituían entonces, después del 27 
de abril, la Revolución contra el orden gubernamen- 
tal representado por el Gobierno del General Guz- 
mán Blanco y sus restos se agregaron á la facción 
de Salazar. 

El verdadero carácter de la Revolución Federal 
debe buscarse en los movimientos organizados que 
tuvieron lugar en Coro y en el Centro de la Re- 
pública en 1859. No eran á decir verdad una ex- 
plosión del salvajismo, como los que el año ante- 
rior encabezara Espinosa en los Llanos; por ejem- 
plo, las tropas que salieron de Coro con Zamora^ 
arrastradas por su prestigio y el de Falcón, estaban 
constituidas por exelentes elementos populares, aun- 
que á la postre la larga duración de la guerra y 
la desorganización de las guerrillas después de Copié, 
hizo que estas retrocedieran, en muchas partes de 
la República, á una condición parecida á la de los 
grupos de Espinosa. Tampoco representaban la ten- 
dencia federalista que proclamaban, idea abstracta 
por la cual nadie era capaz de hacer ningún es- 
fuerzo. Eran sí las agitaciones de un partido polí- 
tico poderoso, que caído del mando aspiraba á reivin- 
dicarlo, que oyendo las declamaciones de sus ad- 
versarios se sentía profundamente herido y se creía 

190 



FEDERACIÓN Y DEMOCRACIA EN VENEZUELA 

perseguido de muerte, que teniendo en su seno mili- 
tares prestigiosos que representaban grandes fuer- 
zas efectivas y numerosos é importantes elementos 
civiles, juzgaba fácil empresa la de derribar sus ad- 
versarios, de un Partido en fin, que tenía el con- 
vencimiento de constituir la porción de los buenos, 
de los magnánimos, de los generosos en la Na- 
ción venezolana y juzgaba que era guerra santa, 
la que por su propio triunfo emprendiera. Pero en 
su aversión á los contrarios, á los godos, no entraba 
como factor la antipatía de castas ni colores. Tan 
odiados eran por los federales «los godos» negros 
como los blancos. 

No podía ser de otro modo porque los inicia- 
dores y primeros propagandistas de la Revolución 
distaban mucho de pertenecer á \a parte infeliz que 
arriba describimos. Casi todos, comenzando por 
Falcón y Zamora, eran propietarios y hombres 
de significación política y social. Tómese por ejem- 
plo la lista de los federales que firmaron el pronun- 
ciamiento de Caracas de 1'-^ de agosto de 1859 y 
se verán los nombres de muchos de aquellos man- 
tuanos cuyo compañerismo tanto ufanaba á D. An- 
tonio Leocadio Guzmán. Esos iniciadores y primeros 
propagandistas fueron, en verdad, perdiendo su im- 
portancia en las filas revolucionarias á medida que 
la guerra se prolongaba y surgían nuevos Caudillos 
locales, pero el espíritu de la Revolución siguió sien- 
do el mismo : guerra á «los godos,» ésto es, á los 
partidarios del Gobierno, á la gente mala por ser 
adversaria ; no á ricos ni á blancos en general. Sólo 

191 



PEDRO M ARC>VYA 



que el concepto de godo á medida que los guerri- 
lleros federales rctrogadaban al nivel del hombre 
primitivo^ transformábase en ellos en la vaga ¡dea 
de los malos seres fantásticos que los antepasados 
nómades columbraban, medrosos, en la selva. (11) Mas 
por lo mismo que era tan vago ese concepto pa- 
voroso, iuiposible resulta que se concretara, como 
cree Gil Furtoul, en las ideas de «hacendado» ni de 
«blanco.» 

Aparece contradictoria la hipótesis de que la 
Federación representara una lucha de clases, con 
el hecho de que al cabo de triunfar el Partido que 
se cree que encarnaba las aspiraciones colectivas del 
proletariado quedara éste tanto ó más oprimido que 
antes. Escritores ap .sionados suprimirían la difi- 
cultad con negar el hecho apuntado á pesar de su 

(11) Parece indudable que los guerrilleros federales á que 
nos referimos en el texto consideraban á los soldados que los 
combatían y á los cuales veían conformados del mismo modo 
que ellos, como simples agentes de los verdaderos godos, los 
bravos, especie de ogros que en su concepto moraban en in" 
cógnitas comarcas. De allí la frase godos de uña en el rabo, 
tan frecuentemente usada en los campamentos federales y que 
repitió el General Guzmán Blanco en su libro "En defensa de 
la Causa Liberal," página 192- ¿Sería que las creencias de los 
guerrilleros entraban por un curioso fenómeno de sugestión 
colectiva á formar parte del siibstratiim de las inteligencias su" 
pcriores que estaban en contacto con ellos? ¿Sería éste uno de 
los casos que dice A\ax. Nordau de sugestiones sufridas sin ser 
notadas por la conciencia pero sí percibidas por los centros 
cerebrales? ¿Habría una persistencia de aquellas sugestiones 
en la influencia que tuvo, después de la guerra federal, el epí 
teto "godo" en nuestra historia política? 

192 



FEDERACIÓN Y DEMOCRACIA EN VENEZUELA 

evidencia, pero Gil Fortoul, respetuoso á la verdad 
no lo contradice sino que quiere explicarlo diciendo 
que "los evangelistas del régimen federativo, tan 
"convencidos como sus adversarios de la conve- 
"niencia ó ventaja, para ellos, de una oligarquía 
"territorial ó militar ó intelectual, hicieron después 
"en el Gobierno cuanto les fué posible para retro- 
"traer la Federación á su esencia de teoría política, 
"bautizando con ella la constitución para no con- 
"tradecir el programa de su partido, pero despo- 
"jándola del concepto de igualación de clases que 
"durante los años de lucha armada predominó en 
"el pueblo." 

No vemos nosotros así la marcha de los su- 
cesos determinados por aquella guerra. La opre- 
sión evidentemente mayor á que, después del triunfo 
federal, quedó sometida la clase proletaria, no fue 
por obra de reacción antidemocrática meditada por 
los directores de la Revolución victoriosa, sino re- 
sultado necesario del régimen que por virtud de la 
misma larga guerra se impuso al país. 

En efecto, como ya dijimos, los elementos de 
antigua significación política y social que dirigían 
la Revolución en sus comienzos fueron después, en 
su mayor parte, suplantados por los Caudillos que 
lograron hacerse régulos de las partidas ó guerri- 
llas surgidas en casi todo el País desde principios 
de 1860. 

Los más de estos Caudillos provenían cierta- 
mente de la clase proletaria, pero como no fue sino 
de Partidos la lucha, ninguna solidaridad existía 

193 



PEDRO Jtf. AECAYA 



entre ellos y su clase originaria de la cual salían 
por el hecho mismo de encumbrarse. No era con 
el «proletariado,» con «los pobres,» en general é in- 
determinadamente con quienes podían creerse solida- 
rizados aquellos hombres cuya mente no se alimen- 
taba sino de percepciones simples. Era con el grupo 
de individuos, sus compadres y parciales que cons- 
tituían su «prestigio» con el que se sentían ligados. 
A estos individuos protegería cada uno de aquellos 
Caudillos en el ejercicio del mando absoluto que 
por consecuencia de la guerra lograron al triunfar 
la Federación, pero esa protección era en cambio de 
que siguieran sumisos á su voz, prontos para volver 
á nuevas contiendas, siempre que á él,, al Jefe, así 
conviniera; cosa análoga en el fondo, aunque más 
burda en la forma, á la protección que los señores 
feudales de la Edad Media otorgaban á sus vasa- 
llos y verdaderamente una nueva opresión que pesaba 
sobre los humildes. Y en cuanto á los proletarios 
adheridos al Partido oligarca, mejor dicho á los 
Caudillos que figuraron en ese bando y aún respecto 
de los proletarios que combatieron en las filas fede- 
rales pero que pertenecían á la comunión de algún 
Caudillo rival del que obtuvo el mando de la res- 
pectiva localidad, no había ya el valladar de tradi- 
ciones legalistas siquiera exiguas, que contuvieran 
el desbordamiento de la voluntad omnímoda y ca- 
prichosa de los régulos triunfadores, y sin mayor 
esfuerzo se comprende que debía de ser sobre los 
adversarios humildes, sobre las pobres gentes sin el 
amparo de relaciones ni influencias sobre quienes más 

194 



FEDERACIÓN Y DEMOCRACIA EN VENEZUELA 

gravitara el peso de su ojeriza, más temible mien- 
tras menos extenso fuera el radio de su acción. 

Después Guzmán Blanco, refrenando, mediante 
la definitiva constitución de una fuerle é incontras- 
table monocracia central, al caudillaje feudal que 
surgió de la Guerra de los cinco años, hizo que 
los régulos locales fueran más mesurados y así no 
estuvieron tan expuestos á duras persecuciones los 
humildes que no fuesen partidarios suyos. Pero el 
reclutamiento arbitrario, arraigado en el largo tu- 
multo de aquella guerra no volvió á ser siquiera 
morijerado con la reorganización de las milicias 
que hasta los Gobiernos de Gual y Tovar existieron 
en el País y que en mucho amparaban á los pobres, 
siquiera haciendo fijo el tiempo de su servicio, al 
paso que después ocurrieron frecuentes casos de 
estar algunos infelices hasta diez años en los cuar- 
teles. En suma, triunfante definitivamente el Par- 
tido Liberal siguió más visible la distinción de las 
dos clases : redutables y no recltitables, que arriba 
explicamos. (12) 

(12) He aquí descrita en breves y expresivos rasgos, en el 
Mensaje del Primer Magistrado de la Nación, señor General 
Juan Vicente Gómez, al Congreso de 1909, la situación del 
País, (por lo que respecta á lo que decimos en el párrafo anota- 
do del texto,) tal como la encontró nuestro Supremo Magis- 
trado al iniciar su Gobierno, al cabo de medio siglo de triun- 
fante la Causa Federal. "El tributo de sangre y de servicio 
"militar no puede corresponderle á una sola clase social é im- 
"ponérsele á ésta por fuerza y capricho en una democracia sin 
"falsearla á beneficio de otra clase privilegiada. Apelo á vuestra 
"humanidad y á vuestro sentimiento del deber republicano, al 

195 



PEDRO 3Í. AECAYA 



De ese resultado, forzosa consecuencia de una 
larguísima guerra, nadie en particular puede ser res- 
ponsable, ni hombres ni grupos del partido triun- 
fante ni del vencido y sí todos en conjunto cul- 
pables, liberales y oligarcas, por la vehemencia de 
sus pasiones y la estrechez de sus miras. Pero en 
verdad, ¿no son la imprevisión y la impulsivilidad 
rasgos hereditarios del carácter nacional ? 

Creemos haber dejado ya demostrada nuestra 
tesis: que ni por sus antecedentes ni por sus carac- 
teres ni por sus resultados puede considerarse la 
Guerra Federal como una lucha del proletariado ve- 
nezolano por su emancipación. Bueno es dejar afir- 
mada, sobre la inconmovible base de los hechos 
demostrados, esta consecuencia: que nunca tuvie- 
ron nuestros partidos históricos cimientos estables 
ni los diferenció ningún criterio preciso. En prin- 
cipios teóricos no discrepaban y tampoco encarna- 
ban opuestos intereses de clases rivales. 

Se odiaron y combatieron por el fanatismo que 
les inspiró la arraigada creencia de cada uno en la 
propia bondad y en la maldad del adversario. Léanse 
los opuestos escritos de Guzmán y de Serrano, por 
ejemplo, y se verá que para el uno los li- 
berales eran los mansos, los benignos y los oligar- 
cas los crueles y lo inverso para el otro. Especial- 

' impetrar de vosotros una ley que corrija la odiosa forma de 
"esclavitud mantenida por la práctica del reclutamiento, á des_ 
"pecho de la Constitución y que, al conciliaria doctrina con 
* las costumbres, devuelva al pueblosuderecho ylafé en la efec- 
tividad de los principios proclamados en nuestros Códigos." 

196 



FEDERACIÓN Y DEMOí-EACIA Í^N VENEZUELA 

mente esa convicción de que el Partido Liberal re- 
presentó en nuestra historia la tendencia de la tole- 
rancia y la magnanimidad, que es lo mismo en el 
fondo que afirmar que en él se encarnó el Espíritu 
del Bien y que el Partido Oligarca representó el Es- 
píritu del Mal, tan arraigada estuvo, aún en liberales 
ilustrados, que después seriamente la expusieron en 

'ibros de historia por vía de filosófica explicación 

Es en esa «oposición de tendencias»- y no en la 
hipótesis de una lucha de clases, en lo que basa- 
ron siempre los viejos liberales «puritanos» la dis- 
tinción de los Partidos. (13) 

¡Cuan ardientes fanatismos no generarían en las 
épocas de lucha tales convicciones, tan propias para 
satisfacer los espíritus incultos de los Jefes que en 
uno y otro bando movían las masas porque apenas 
son una leve transformación de la vieja creencia de 
todas las primitivas colectividades humanas en la 
inspiración y la protección justificadora del Dios de 
la tribu, esto es del Buen Espíritu, para todos sus 
actos, aun los más crueles! 



(13) En efecto: muy distinto es el criterio de los verdaderos 
representantes de las tradiciones del liberalismo criollo, es 
decir, de los viejos "puritanos" al de los escritores jóvenes, 
de la escuela "radical socialista" que habiendo figurado en la 
política militante en alguna de las agrupaciones en que se divi- 
dió el Partido Liberal, han querido amoldar á sus ideas la his- 
toria de este Partido suponiéndole ideales análogos á los de la 
escuela de sus afecciones é imaginando, como dejamos dicho 
en esta conferencia, la teoría de la lucha del proletariado por 
su emancipación en Venezuela. 

197 



PEDRO 31. ARCAYA 



Pero por lo mismo que sólo por fanatismo y 
apasionamiento se peleaba, porque esos bandos no 
representaban opuestos intereses permanentes que 
á la postre los hubieran obligado á convivir fuera del 
campo de la lucha armada, combatiéronse en crudas 
guerras exterminadoras. Menos vigoroso el oligarca 
pereció el primero y pudo Guzmán Blanco procla- 
mar alborozado su total destrucción ; no habría su- 
cedido si realmente encarnara aquel círculo los in- 
tereses colectivos de las clases superiores. Pero lue- 
go, por lógico resultado de la misma carencia de 
intereses comunes que representar, dividióse el Par- 
tido Liberal en tantas fracciones personalistas cuan- 
tos Caudillos prestigiosos. Dejó así la expresión 
«Partido Liberal» de tener la significación concreta 
que seguía evocando, de grupo organizado, para ad- 
quirir en la realidad el sentido de Secta ó Religión 
Liberal, porque sólo de común perduró entre las 
varias fracciones liberales, con frecuencia enemigas 
unas de otras, el culto á la vieja historia del Partido 
de que arrancaban. 

Afortunadamente, señores, las ráfagas destructo- 
ras de leyendas, que soplan de todos los ámbitos 
de la humana inteligencia en nuestra época de aná- 
lisis y de crítica, impiden que renazcan los viejos 
fanatismos y con ellos las discordias del pasado. 

Felicitémonos de que así sea, para que unidos todos 
los venezolanos tengamos como supremo objetivo de 
nuestros comunes esfuerzos la gloria y la grandeza 
de la Patria' 



198 



UN LIBRO ARGENTINO 



U]Sr LIBRO ARGENTINO 



En los últimos días del próximo pasado mes de 
marzo, nuestro honorable amigo el Doctor Arturo 
Ayala, que oyó nuestra conferencia sobre «Federación y 
Democracia en Venezuela», leída por nosotros en el 
Liceo de Ciencias Políticas, á mediados del mismo mes 
y conocía nuestro estudio «José Antonio Páez», pu- 
blicado en El Cojo Ilustrado del 1*? de enero de 1908, 
nos dijo que era notable la coincidencia de varias 
de nuestras observaciones, relativas á Venezuela, 
con las que acerca de la Argentina, en los primeros 
años de su vida independiente, traía un libro pu- 
blicado en aquel país y del cual poseía un ejemplar — 
el único llegado á Venezuela. Despertada así nuestra 
curiosidad, pedímosle que nos facilitara ese ejem- 
plar; á ello accedió gustoso el Doctor Ayala y así 
vinimos á conocer la obra : «La Anarquía Argentina 
y el Caudillismo. Estudio psicológico de los oríge- 
nes nacionales hasta el año XXIX por Lucas Aya- 
rragaray», publicado en Buenos Aires fCasa de Félix 
Lajoane y C'^ Editores, 143 Calle Perú)* en 1904, 
Con intenso interés hemos leído este libro. Pro- 
funda satisfacción nos ha causado ver cómo, sin 
conocer nosotros la obra del pensador argentino, 
habíamos llegado á conclusiones muy parecidas á 

201 



PEDRO M. AKCAYA 



las suyas en nuestros estudios sobre la evolución 
política venezolana. Y es porque ambos tenemos los 
mismos maestros: Spencer yTaine; porque son muy 
semejantes los medios sociales que hemos anali- 
zado, y porque, para verlos bien, nos hemos quitado 
de los ojos del entendimiento las telarañas de las 
reminiscencias clásicas. Nada en efecto que más ex- 
ponga á incurrir en falsísimos conceptos que exa- 
minar la evolución de estos países «mestizos», pro- 
curando amoldarla á la de Eoma ó de las modernas 
sociedades europeas. Diferentes los factores étnicos, 
por fuerza debió resultar en la América latina una 
«alma» distinta de la europea y por consiguiente 
especiales aspectos de la vida social. Partiendo de 
este postulado, basta recordar los datos desbordan- 
tes que patentizan la singularidad déla psiquis lati- 
no americana y observar sus varios matices en cada 
una de las Repúblicas criollas y entonces, en el cuadro 
que se pinte al escribir algún capítulo de la historia 
de estos países, aparecerán figuras que tendrán vida 
que sentirán con la misma alma que cuando eran 
personas de carne y hueso y hablarán su propio 
idioma; no los incognoscibles retratos que diseñan los 
pintores clásicos, esto es, los que escriben la historia 
por los métodos viejos, queriendo insuflará los per- 
sonajes de nuestros anales almas «romanas» ó 
«francesas» ó «yankees» y poniéndolos á discurrir, 
ora con el criterio de los «plebeyos» ó «los patri- 
cios» de Roma, ora con el de los «paisanos» ó «bur- 
gueses» ó «nobles» de Francia, ya con el de los «fede- 
ralistas» norte americanos, lo cual proviene de que 

202 



UN LIBRO AROEXTlXO 



para los escritores á quienes inspira el espíritn «clÁ- 
sico», tan magistralmente descrito por Taine, no 
hay «almas» nacionales, sino imaginarios «tipos», 
cosmopolitas é iguales en todos los tiempos, el tipo 
del «noble», en el cual engloban desde el patricio 
latino hasta el mantuano venezolano de la época co- 
lonial, junto con el lord inglés y el aristócrata fran- 
cés; el <pohre> y el «plebeyo» y allí meten desde las 
gentes que se iban al Monte Aventino en Roma hasta 
los <peones^ de nuestro país, junto con los prole- 
tarios europeos; el «rico» y hacen una curiosa asi- 
milación del potentado europeo, con sus enormes 
tesoros, al propietario rural de míseros países sur- 
americanos como el nuestro, cuya «riqueza» á ve- 
ces consiste sólo en tierras incultas que nada pro- 
ducen y del plutócrata yankee al comerciante de 
nuestras plazas, casi siempre lleno de deudas y ex- 
puesto á la quiebra por las guerras civiles. De allí 
que en lasdisquisiciones de estos escritores el «peón» 
se esfuma en el tipo clásico en que lo engloban y 
ya lo ponen á hablar como el «plebeyo» romano, 
ya como el «proletario» francés y por eso también 
que la silueta real del «mantuano» de la colonia, 
caballero en su muía, viajando por fragosos cami- 
nos en la atención de unas cortas haciendas, plan- 
tadas en el centro de grandes posesiones incultas, 
ó atendiendo el «rodeo de» vacas alzadas en la sa- 
bana, se transfoma en la imagen del gran señor, 
habitador de suntuosos palacios, de gustos delica- 
dos, de orgullo inconmensurable, al estilo de los 
barones de las novelas de Walter Scott. 

203 



PEDRO M. ARCAYA 



, Los que nos inspiramos en el método de Taine 
procedemos de otro modo. Tratamos de observar 
los hechos como son en cada pueblo; no nos 
atenemos á nombres, aunque suenen como los que 
en otros países corresponden á determinados con- 
ceptos, para creer que significan lo mismo, porque 
recordamos cómo varían las acepciones de los tér- 
minos, especialmente los que se refieren á ideas abs- 
tractas ó á condiciones sociales, al pasar de un 
medio á otro de diferente mentalidad hereditaria- 
Que al pintar el cuadro como fue la cosa, se vean 
en el lienzo personajes grotescos que gesticulan y 
gritan, en lugar de figuras magestuosas que en ac- 
titudes solemnes hilvanen discursos llenos de ló- 
gica, que en vez del "ciudadano armado luchando 
"por la santa causa de la libertad," resulte dise- 
ñado el indio salvaje ó el negro cruel ó el blanco 
loco ó el híbrido inconsciente que se «alzaron,» no 
por tal «libertad» sino por afecto ó miedo al Cau- 
dillo de su aldea que los llevó á la guerra, que 
todo eso y más resulte, no es culpa del pintor, 
quien llenará á cabalidad su oficio en ciñéndose á 
la verdad. Mas como precisamente cuando se pinta 
la vida tal cual es, se tropieza á cada paso con la 
tragedia y sobre todo en la existencia agitada y 
tormentosa de los países latino americanos, el his- 
toriador psicólogo hallará el resorte íntimo del per- 
sonaje grotesco ó desequilibrado, la fibra sensible 
que al vibrar, agitada por los sucesos trágicos, le 
hará tomar actitudes que no por no ser «clásicas» 
son menos dignas de la estatuaria. Pero que no 

204 



UN LIBRO ARGENTINO 



busque esa fibra en ¡deas abstractas que no pueden 
tener influencia sino en entendimientos superiores ; 
no la encontrará sino en los sentimientos que arrai- 
gan en las capas inconscientes del alma heredita- 
ria, en el valor, en la lealtad que en sus formas pri- 
mitivas es fidelidad aún á prueba de todas las de- 
cepciones, en el orgullo, padre del honor, en la 
piedad que dormida á veces en el fondo del es- 
píritu, hace súbita irrupción en las regiones cons- 
cientes de algunas almas crueles, en el respeto á 
algún culto religioso, en los poderosos afectos de 
la sangre ! 

Según la potencia visual y representativa del 
pintor, el cuadro será más ó menos preciso en sus 
detalles ó abarcará un campo más ó menos ex- 
tenso. 

Esto es en suma lo que enseña el método de 
Taine. Sus humildes discípulos de por acá, al pro- 
curar imitarlo, no copiamos servilmente al gJan fran- 
cés, como algunos pudieran imaginarlo. Si lo hicié- 
ramos, desde luego, iríamos contra su sistema mismo, 
porque la vida latino americana no es la europea 
y resultaría incongruente aplicar á nuestras cosas 
lo que dice Taine de las de Francia, por ejemplo. 
Pero su método de observación es aplicable á la 
historia de todos los países. A él le mostró la 
contextura íntima del alma inglesa y le dio la clave 
explicativa de su literatura ; le enseñó las tenden- 
cias profundas del alma francesa y así le paten- 
tizó la trama de la vida política de su nación. Bien 
empleado en estos países puede hacer que nos 

205 



PEDRO 31. ARO A YA 



demos razón exacta de los sucesos que los han 
agitado, averiguando sus causas profundas. 

El señor Ayarragaray ve hondo y extenso. Por 
eso su libro es lúcido ; abarca toda una época y 
presenta, con vivos colores, los hombres y las cosas 
de la Argentina en el tiempo que estudia. 

Débiles nuestros ojos sólo hemos podido co- 
lumbrar y diseñar aspectos fragmentarios de la 
evolución de nuestro país. Pero creemos haberlos 
visto como son. En efecto, si se fuera á esbozar 
el tipo sociológico de la nacionalicad hispano ame- 
ricana, con los rasgos comunes que los mismos 
factores étnicos han determinado en nuestros países, 
se hallaría una singular coincidencia entre algunos 
de los muchos observados por Ayarragaray en la 
Argentina y los pocos que nosotros hemos podido 
ver en Venezuela, 

Hagamos un suscinto extracto del libro que nos 
ocupa, con las observaciones que cada materia nos 
sugiera relativamente á Venezuela. 

LA r.AZA 

Negros, blancos é indios mezcláronse para for- 
mar el pueblo venezolano. Los mismos elementos 
contribuyeron á la constitución del pueblo argen- 
tino. Según Ayarragaray se puede calcular la población 
de su país á fines del siglo XVIll en 300.000 habi- 
tantes de los cuales eran negros y mulatos 30.000 
y el resto indios y mestizos, siendo pocos los blan- 
cos de pura raza. 

206 



UN LIBRO ARGENTINO 



Ahora bien : esta semejanza de los elementos 
étnicos, mientras subsistió, explica la analogía de los 
sentimientos predominantes en ambos países. La 
diferencia de matices resulta de haber sido distinta 
la proporción de esos elementos. En efecto, se cal- 
cula que en Venezuela, en los primeros años del 
siglo XIX, vivían 800.000 habitantes, de los cuales 
eran blancos europeos 12.000, blancos criollos 200.000 
(entre estos quizás más de la mitad mestizos)^ in- 
dios de raza pura 120.000, esclavos negros 72.000 
y pardos (los que tenían sangre africana en mayor 
ó menor grado) 400.000. Era pues mucho mayor el 
elemento negro en Venezuela que en la Argentin?. 
Cuando se modificó allá de un modo apreciable la 
raza, por virtud de la inmigración, variaron tam- 
bién las manifestaciones de la vida argentina, has- 
ta el extremo de ser hoy muy distintas de la-nues- 
tra. Influyó en esto la situación de los países; aquél 
fuera de los trópicos y por consiguiente habitable 
por la gente europea que arribó en tropel á sus pla- 
yas ; el nuestro en la zona tórrida y hostil á la per- 
fecta aclimatación de la raza blanca. 

Quizás también la influencia enervante del me- 
dio tropical y la mayor extensión del mestizaje, con- 
tribuyeron á hacer en Venezuela menos recios que 
en la Argentina los caracteres, circunstancia perju- 
dicial por un respecto, en cuanto ha generado la 
indolencia nacional para las industrias y el tra- 
bajo, y muy favorable por otro lado^ porque im- 
pidió que nuestras luchas civiles fueran tan feroces 
y nuestras monocracias tan sanguinarias como las 
de la Argentina en r5u época revoltosa. 

207 



PEDKO M. ARCAYA 



Pero lo que interesa hacer constar es que el 
progreso actual de la Argentina se debe á la in- 
migración. Así se expresa Ayarragaray : "La acción 
"del extranjero fue trascendental desde nuestros 
"orígenes, en la evolución y desarrollo de la civi- 
"lización política argentina. Promovió regular y 
"metódicamente un cierto estado de conciencia pú- 
"blica, rudimentario en verdad, pero bastante como 
"barrera contra el desborde de la anarquía criolla." 

"Contribuyó más que ningún otro factor para 
"fundar nuestra estabilidad política; sus capitales 
"y sus esfuerzos cooperaron eficazmente en los pro- 
"gresos institucionales." 

Mas es tan poderosa la herencia psicológica 
criolla, que cuando es contrarrestada como sucede 
en la Argentina, por el nuevo factor que la inmi- 
gración aporta, no desaparecen completamente sus 
efectos, sino que transforman su apariencia resul- 
tando otros fenómenos que bien vistos tienen la 
misma vieja raíz hereditaria. Es por ésto que en la 
vida pública argentina no ha podido aún predomi- 
nar completamente el régimen legalista, aunque sí 
es indudable que salió ya definitivamente aquel país 
del período tormentoso en que aún se debaten sus 
hermanos tropicales. Los resabios que todavía que- 
dan allá arrancan de aquel período y el objeto del 
autores patentizarlo ante sus conterráneos. 

"Si abrigamos, dice, el honesto propósito de 
"reformar nuestra mentalidad de ciudadanos es me- 
"nester discernir el pasado, sin los prejuicios y lu- 
"gares comunes de la mitología política argentina." 

208 



UN LIBRO ARGENTINO 



"Contribuir á disipar errores y exageraciones, 
"fruto de la subversión moral y del simplismo anár- 
"quico de las edades heroicas, es moralizar el juicio 
"público y quizás ofrecer al renacimiento de los es- 
"píritus el resorte que le falta." 

"Apreciadas con el sentido de la intuición his- 
"tórica, las incoherencias de nuestros orígenes polí- 
'^ticGS, se aperciben dentro del caos en el cual im- 
"peró solitario al parecer, un acaso violento y ca- 
"prichoso, los instintos y aptitudes fundamentales 
"del genio nacional." 

En la Argentina como en Venezuela "el candor 
"de los entusiasmos patrióticos, que con frecuen- 
"cia convirtió los anales de nuestros orígenes, en 
"disertaciones de parada, hasta el punto de pro- 
"moverse todos sus actores á la dignidad de pró- 
"ceres y graduar cualquier motín como reacción rc- 
"generadora, contribuyó á cercenar la libertad de 
"nuestra apreciación crítica y filosófica." 

EL CAUDILLISMO 

En perfecto acuerdo resulta lo que expusimos 
en nuestro estudio sobre Páez, acerca de la signi- 
ficación de los caudillos en la historia venezolana 
con lo que nos dice Ayarragaray que ocurrió en las 
primeras décadas de la nacionalidad argentina. Sólo 
discrepamos en ésto : que Ayarragaray da en la 
génesis del caudillismo, al elemento hereditario es- 
pañol, la influencia preponderante que nosotros atri- 
buímos á los factores indígena y africano, aunque 
sin desconocer él la importancia de éstos. 

209 



PEDRO M. AKCAYA 



"El caudillismo, expone, fue siempre nuestra 
^constitución positiva y en vano la impostura de 
"los partidos ó la ingenuidad de los teóricos, pre- 
^'tendieron encubrir con instituciones importadas, 
"las monstruosidades congénitas de nuestra cons- 
"titución política." 

"No busquéis, por lo tanto, en el partido poli- 
"tico rudimentario del pasado, ni tendencias, ni or- 
"ganización doctrinaria ó clásica, sino aquella que 
"le imprime el jefe militar que lo encabeza, más 
"dispuesto, naturalmente al motín que á las ocu- 
"paciones sedentarias y técnicas, que reclama un 
"gobierno regular." 

En la Argentina como en Venezuela, fue en 
ocasiones el Caudillo quien únicamente pudo con- 
tener la regresión á la pura barbarie. 

"Por arbitrario que nos imaginemos, dice el 
"autor, semejante sistema— el Caudillismo — suple al 
"menos, en los primeros tiempos, las instituciones 
"coloniales disueltas ó desprestigiadas." 

"Cuando una ruda mano caudillesca, domina 
"el desorden y entroniza su poder, gracias al can- 
"sancio general y al desquicio de las fuerzas polí- 
"ticas, á raudales mana la prosperidad material, 
"indicando la riqueza de las fuentes que el desorden 
"revolucionario tenía cegadas." 

En todos les capítulos de su libro nos repite 
Ayarragaray la verdad de que el Caudillismo y no 
la ley fue el régimen de la Argentina hasta media- 
dos del siglo último. "Indudablemente del seno de 

210 



TJN LIBRO ARGENTINO 



*^la violencia y de la anarquía imperantes, después 
"de la Revolución de Mayo, el poder que subsiste 
**y se consolida, es el del Caudiilo militar, ya se 
''le proclame comandante ó general, que los grados 
"militares no tienen en aquella revuelta vida el 
"significado que se les acuerda en los pueblos cal- 
atos y de instituciones regulares." 

En nuestra conferencia arriba citada dijimos 
que en Venezuela el «Caudillo»' (por ejemplo el 
régulo de las guerrillas federales en la guerra de 
los cinco años) nunca ha estado al servicio de in- 
tereses colectivos de «clases» determinadas, sino que 
siempre ha entendido proteger, como es lo natural, 
al grupo concreto de sus amigos y partidarios. Lo 
mismo ocurrió en la Argentina. "Cuando se llega 
"al poder no es en virtud de un triunfo político 
"entre ideas y tendencias controvertidas, ni tampoco 
"por movimientos regulares de opinión. Se llega 
"á él por asalto, con la «espada libertadora,» entre 
"el fragor del tumulto, de los esfuerzos violentos, 
''para amparar las personas y bienes de los bande- 
'' rizos y anonadar los adversarios" 

''No tratéis de encontrar, pues, complicaciones 
"de finos intereses sociales en la técnica y en el 
"genio de nuestra política primitiva, porque una vez 
"despojada de sus exterioridades adventicias, es la 
"adhesión al caudillo el sentimiento que genera toda 
"la acción partidaria. Y en consecuencia es tan per- 
"sonal la querella, que cuando la rebelión asesta 
"su golpe, redúcelo por lo común al caudillo man- 
" datarlo, porque se cree con razón que sus manos 

211 



PEDRO M AECAYA 



"son las que mueven todos los resortes. Y como 
"en realidad no hay régimen orgánico ni sistema 
"político, «la tiranía,» «el desorden,» «la libertad,» 
"la regeneración,» es un hombre, ó cuando mucho, 
"un grupo limitado de hombres." 

"A todos los augures y grandes sacerdotes del 
"partido unitario, asistíales la convicción que muerto 
"Dorrego, concluían con él la anarquía y el cau- 
"dillismo federal. En efecto: es en este concepto 
"simplista y personal de nuestra mentalidad cívica 
"colectiva, que reposaron todos los resortes de la 
"política criolla, lo mismo que los procedimientos 
"del motín." 

"El golpe de martillo volteaba la cúspide de 
"la pirámide, pero la mole quedaba enhiesta, con su 
"sólida base, sus aristas y sus planos." 

"En el régimen esbozado, todo se espera de 
"la acción personal del Caudillo y como la socie- 
"dad es nueva y amorfa, cada dominador inculca 
"sus instintos y coloca su máscara sobre la fiso- 
"nomía del país." 

"Como todo es él y todo dimana de él, por 
"contragolpe las inteligencias atribuyen, naturalmente, 
"á esa fuente única de poder, cualquier beneficio ó 
"dolor social. En una proclama de 1811, con mo- 
"tivo de los contrastes guerreros después de la dis- 
"persión del Desaguadero, incúlpase al gobierno el 
"origen de tantos desastres." 

"Cuando el desorden anárquico cunde, el año 
"XV, los autores del «estatuto provisional, »lo atri- 

212 



UN LIBRO ARGENTINO 



**buyen también ai «^escandaloso desorden que ba- 
rbián origina io los gobiernos anteriores.>> Por con- 
siguiente el procedimiento es simple; para cambiar 
"de destino basta cambiar violentamente el personal 
*" político." 

En nuestra conferencia ya varias veces citada, 
digimos que el resorte íntimo del alma de los «Cau- 
d¡llos> que guerrearon en cada uno de los dos ban- 
dos históricos venezolanos «godo» y «liberal,» la 
fibra sensible que los hacía capaces, en ocasiones, de 
actos verdaderamente heroicos por el triunfo de su res- 
pectivo partido, era el concepto simplista y primitivo, 
propio para satisfacer y conmover su espíritu incul- 
to, por tener más los caracteres de un sentimiento mís- 
tico que de una ¡dea meditada, de que combatían por 
la «Buena Causa,» de que el bando propio era el de 
«los buenos» y el contrario el de «los malos.» Móvil 
parecido halló Ayarragaray al estudiar la psicología 
de los Caudillos argentinos: el concepto megaló- 
mano del deber!' 

"La sensibilidad de los partidos no respondía 
"sino á lo exagerado ó heroico; el hombre dirigente, 
"el jefe de los grupos, era el hombre bravio en 
"procedimientos y en ideas. La acción regular y 
"pacífica no tenía misión. El gobierno, cualquiera 
"que fuera, era «un tirano,» el adversarlo un «fac- 
"cioso.» El día de sufragio, se citaba álosbande- 
"rizos para concurrir al atrio como á una batalla 
"campal y la acción de todo partido era siempre 
"radical y tendía á «hacer rasa de lo existente.» 
"En realidad los tiempos eran trágicos y he- 

213 



PJíDRü M. AROAYA 



"roico el carácter de la actividad cívica; deesefon- 
" do común de iiábitos y de prejuicios, el caudillo 
"y las facciones tomaban su temperamento y unos 
"y otros indistintamente se imponían empresas en 
"armonía con el genio turbulento de la política." 

"Lanzados en el torbellino de la lucha prome- 
"tían «no reservar la vida» para salvar «el honor de 
"la Provincia,s> ni descansar antes de «libertar á 
"Buenos Aires de la tiranía ominosa y bárbara." 

"Cada caudillo tiene una «regeneración» que 
"cumplir y una «causa santa» que hacer triunfar." 

"El General Soler, unos de los tantos militares 
"holgazanes, que vivaqueaban en la política, ¿no fe- 
"chaba sus proclamas grotescas en «En el Campo 
"de la Libertad,» como Artigas en el de «la Puri- 
"ficación» y aquél aseguraba á sus paisanos que 
"pronto les quitarla el yugo, jurando salvarlos «ó 
"perecer con ellos?" 

"Y López de Santa Fe, Andresito de Corrientes, 
"Ibarra, Facundo y Ramírez, toda la banda milita- 
"rista que calza botas y arrastra sable, formulan 
"declaraciones enfáticas, y cometen abusos y atro- 
" pellos, mas que por instintos de montoneros, por- 
"que imaginan con su jacobinismo indígena que 
"restablecerán «el reinado de la felicidad pública» 
"y concluirán con «los usurpadores y tiranos,> 
"monstruos que deshonran la humanidad." 

"El Cabildo de Buenos Aires felicitó á Artigas 
"por haber contribuido á libertar la ciudad de «la 
"tiranía ominosa y bárbara de la Asamblea General 
"Constituyente." 

214 



UN LIBRO ARGENTINO 



"El mismo Bustos, tan apático y de imagina- 
"ción tan corta, como jefe de una liga' de goberna- 
"dores, se hace autorizar por su dócil Legislatura, 
"para levantar tropas con el propósito de obtener 
"las libertades de la Provincia de Córdova y pro- 
"tegerálos pueblos oprimidos! " 

"Alvarez Thomas, el XV, subleva su tropa tam- 
"bién para proteger á Buenos Aires contra la tiranía 
"del que la avasallaba," 

"Y López y Ramírez la invaden «para libertarla 
"del Directorio y del Congreso !" 

"Aun Rivadavia y sus amigos, no escapan á 
''esta misión de cruzados que como campeones de 
"la libertad y caudillos andantes, se imponían los 
"gobiernos y los partidos, gracias al CDncepto épico 
"difundido en el país, por la violencia soberana ! 
"En efecto, propónense después del golpe contra Las 
"Meras salvarlas Provincias de sus caudillos." 

"En síntesis, no se conciben ninguno de los 
"estados civiles y situaciones políticas, como me- 
"dioo y fines pacíficos y regulares, como modalida- 
"des de una existencia social ordenada, sino á ma- 
"nera de entidades lejanas, promesas ó premios, 
"que sólo están al alcance de los varones fuertes 
"capaces de empresas extraordinarias." 

"En la rudimentaria mentalidad del caudillo pro- 
"lifera á menudo la idea única, como un Fruto es- 
"pontáneo de la simplicidad de su espíritu; la cua\ 
"lejos de encontrar vallas ó contrapesos, se expan- 
"de como una selva tropical en tierra virgen para 

215 



PEDRO M. AECAYA 



"ahogar toda otra germinación intelectual y moral, 
"capaz de neutralizar sus ciegos impulsos.» 

"Escucha desde luego, para proceder, el tumul- 
"to interior y violento de sus instintos y de sus fa- 
"natismos de iluminado. Y como cree en e! camino 
"único y en la causa única, cree lógicamente en la 
"causa santa; fuera de las filas que acaudilla no 
"hay salud.» 

Al lado del «Caudillo andante», movido por la 
fe en la «^santidad» de su causa, tipo que en nuestra 
historia lo caracterizó admirablemente el Generaj 
Ezequiel Zamora^ fanático por el «liberalismo» has- 
ta caer combatiendo bravamente, envuelto en su 
«bandera amarilla»; al lado de los personajes en 
quienes reviven el romancero y las leyendas, nos 
pinta Ayarragaray, en la historia argentina, deriva- 
dos de ciertas influencias hereditarias hispanas, otros 
como Bustos y Estanislao López, en cuyo carácter 
«en lo más hondo de sus sentimientos» se encuen- 
tran «como núcleos primordiales las truhanerías del 
picaro.» 

"Ya sabéis que este fue el difundido tipo cas- 
"tellano del arbitrista sin escrúpulos, dado á ios 
"lances equívocos y las piraterías menudas é in- 
"delicadas, tan generalizado en la península en cier- 
"ta época, que él solo dio tema á la literatura pica- 
"resca que tuvo su auge en el siglo XVIi y cuyas 
"habilidades de pilludo se trasuntan en el Laza- 
arillo, en El Gran Tacaño y en el mismo Sancho. 
"Es el aventurero, que urde diariamente celadas y 

216 



UN LIBRO ARGENTINO 



"aguza el ingenio para vivir del azar, escapando al 
"trabajo metódico. 

"El picaro miente impávido, cuando de la men- 
"tira saca provecho y es cortesano de poderosos ó 
"de inferiores, guiado por un fino instinto y una 
"maliciosa y vulgar ductilidad, adquirida en la vida 
"de aventuras á través del campamento, de las in- 
"trigasde la política ó de la vagancia desclasificada." 

Este personaje es también comunísimo en la 
historia venezolana por razón de la misma heren- 
cia. Llamárnosle aquí «hombre vivo.» Muchos, ya 
ricos y poderosos, han muerJo, como su ¡lustre 
abuelo Don Gil Blas de Santillana, «ennoblecidos» 
esto es, gozando de todas las consideraciones y 
respetos sociales. 

EL PRESTIGIO 

Examinada la psicología del caudillo mismo, es 
otra cuestión la naturaleza del influjo que ejerce 
en las masas. En Venezuela, como digimos en nues- 
tro estudio sobre Páez, ese influjo lo llamamos /?/*^5- 
tigio, vocablo que en nuestra terminología política 
tiene significados tan venezolanos, que cuando se ha- 
bla por ejemplo, del prestigio del General Tal en el 
lugar Cual, esa palabra quiere decir : «el grupo de 
"individuos que en el lugar cual siguen las inspiracio- 
"nes y son los partidarios del General Tal.» Es que 
el término prestigio ha designado entre nosotros así el 
influjo ejercido como, más materializado su sentido, 
el grupo de hombres sobre el cual se ejerce, y también 

217 



PEDRO M. ARCA YA 



al rltífe mismo que lo goza: el General tal es un 
prestigio. Aún en su primera acepción, como digimos 
en aquel estudio, significa en Venezuela algo más 
hondo y singular de loque pudiera pensarse al leer 
en los diccionarios su definición; es porque se tra- 
ta de un fenómeno psicológico especial al cual, á 
falta de otra voz que !o explique mejor, hésele dado 
en nuestro país ese nombre de p/'^<s//g"/o; mostramos 
cuan poderoso ha sido el de algunos caudillos his- 
tóricos comoPáez y ¡o explicamos poruña sugestión 
del Caudillo sobre las multitudes, hecha posible por 
las especiales condiciones del medio y de la raza. 

Mientras que en la Argentina esas condiciones 
fueron parecidas á las nuestras, ocurrió la misma 
cosa, aunque parece que no se usó, por lo menos 
tanto como en Venezuela, el término prestigio para 
designar este hecho, pero que existió nos lo deja 
ver el libro de Ayarragaray: «Es menester, nos dice, 
"colocar este hombre de acción estrecha y violenta 
"(el Caudillo), con su fuerza de irradiación pasio- 
"nal, frente á su grey sencilla y por lo tanto su- 
"gestionable y contemplar á unos y otros, una vez 
"recibida la comunión de la fórmula simple de la 
"causa, el emblema del combate en favor de la li- 
"bertad ó ya en contra del tirano, del unitario ó 
"del federal! 

"Estos vocablos no suscitaban en las inteli- 
"gencias incultas ideas concretas y definidas, sino 
"quimeras difusas é imágenes truncas, flotantes en 
"sus almas sencillas, como realidades en embrión. 



218 



UN^ LIBKO ARGENTINO 



"En semejante estado de espíritu, es preciso 
"buscar los secretos de la psicología de la anarquía 
"y del caudillismo de Artigas, Carreras, Facundo, 
"Ramírez ó Rosas, que tienen á las veces la ceguera 
"y la violencia de los «azotes de Dios." 

"Sus cerebros eran vírgenes, casi semibárbaros 
"y el simplismo de sus conceptos y de su fe, no 
"había sido aún dislocado, ni por el choque de las 
"teorías adversas, ni por la amplitud de conoci- 
"mientos y desengaños, frutos de la experiencia." 

"¡Sólo la ignorancia es fervorosa y violenta!" 

LOS PARTIDOS POLÍTICOS 

Siempre nos ha parecido un grandísimo error 
el de creer que los partidos políticos que se llama- 
ron en Venezuela «ministerial» y «constitucional» 
(apodado por sus contrarios de «oligarca,» «godo,» 
«conservador> y «centralista») el uno y «Oposi- 
cionista» al principio y luego «Liberal» y «Federal» 
el otro, (gracias á Dios, desaparecidos ya por ex- 
tinción absoluta el primero y por irremediable frac- 
cionamiento el segundo,) correspondieran, realmen- 
te, á los conceptos clásicos de «conservatismo» y 
«liberalismo» y más grave error todavía, el de supo- 
ner que, siquiera alguna vez, satisficieran verdadera- 
mente alguna necesidad racional de nuestra socie- 
dad ó produjeran algún resultado útil. Al contra- 
rio, nuestro criterio, francamente expuesto en más 
de un escrito, es que las luchas de esos bandos, 
lejos de haber hecho progresar al país, precipitaron 

219 



PEDBO M. ARCAYA 



SU regresión en todas las manifestaciones de su 
actividad. Habiendo pasado rápidamente de lab dis- 
cusiones por la prensa y en lo que llamaban «comi- 
cios>x á la lucha armada, como no podía menos 
que suceder con gentes incultas é impulsivas, cual 
las de uno y otro partido en 1846, es manifiesto, 
á quien quiera ver las cosas como fueron, que 
aquellos bandos, en sus continuas guerras, eran 
simplemente «coaliciones de caudillos,» á las ór- 
denes, respectivamente, de algunos de ellos mismos 
á quien por su mayor «contingente» reconocían 
como Jefe Supremo y movidos, ora por la ambi- 
ción de mando, ya — y era lo más frecuente — por- 
que los fanatizaba, como arriba dejamos expuesto» 
la creencia de estar combatiendo por una «causa 
santa» — la propia — y contra «los malos elementos» 
— los adversarios. 

De allí que hayamos siempre considerado como 
discursos escolásticos ó tesis de retórica política, 
indicadoras en sus autores de un «espíritu clá- 
sico,» irremediablemente inclinado, por íntima con- 
textura, á salirse de la realidad para remontarse á 
las abstracciones, ya como divagaciones «místicas» 
reveladoras de una incapacidad mental absoluta para 
la observación y de una afición innata á fabricar 
religiones con conceptos vacuos, á toda la litera- 
tura — cuando es de buena fe — que se ha usado en 
Venezuela para engrandecer aquellas contiendas, su- 
poniendo que eran lides por «ideas» contrarias, ó 
por rivalidades de «clases,» ó por «principios» opues- 



220 



UX LIBRO ARGENTINO 



tos Ó lucha de la «tendencia de la bondad» contra 
la «tendencia cruel.» 

Lo mismo piensa Ayarragaray respecto de los 
«partidos históricos» argentinos. 

"Aún gravita sobre nosotros» dice, "un prejui- 
"cio que nos induce á considerar los antiguos 
"partidos nacionales, como tipos cuya organización 
"y tendencias fuera posible parangonar con congé- 
"neres clásicos. Nuestro empirismo de concepto, 
"jamás se detuvo á considerar el ambiente social 
"anticientífico, incapaz de suministrar elementos 
"militantes al doctrinarismo y á sus formas abs- 
"tractas." 

"Las clasificaciones arbitrarias que así mismos 
"se daban los grupos y los caudillos, tienen una 
"acepción propia en el vocabulario y en el criterio 
"político criollo, pero sin determinar en la acción 
"pública de los mismos, ni disidencias fundamen- 
"tales ni prácticas antagónicas." 

"Ser unitario ó federal no implicaba una evo- 
"lución, ni en las aptitudes mentales, ni en los há- 
"bitos, que el determinismo histórico había impre- 
"so en el temperamento político argentino. — Lo uno 
"y lo otro no se traducían en sistemas netos y po- 
"sitivos de gobierno y en general no pasaban de 
"simples denuestos, que para lesionar su prestigio 
"se lanzaban alternativamente las facciones en lucha.'' 
"Unitarismo y federalismo eran nombres huecos 
"é insignificantes, que no sabían ó no podían ex- 
" pilcar los caudillos de ambos partidos, Juan La- 
"valle y Juan Manuel Rosas y que á sus pro^é- 

221 



FEDlíü M. ARCAYA 



"litos se los denotaban con cintillas y escarapelas." 

"Naturalmente los sistemas políticos se dis- 
''ciernen en cada país y se practican, de acuerdo 
"con su constitución fisiológica y su grado de cul- 
"tura. Así las mismas declaraciones y cláusulas 
"se alteran en esencia una vez que atraviesan el 
"ambiente nacional, se impregnan con su espíritu 
"y se adaptan á su índole para funcionar de acuer- 
"do con el mecanismo general de los intereses y 
"de las ideas imperantes." 

"Aspirar á promover, por las similitudes exte- 
"riores de organizaciones políticas, ya en los cau- 
"dillos, ya en una población analfabeta, las ideas, 
"sentimientos y acciones complementarias, que las 
"mismas despertaron en los caballeros de Virginia, 
"ó en los laboriosos habitantes de Massachusets, es 
"desconocer totalmente las leyes de la evolución 
"mental y de la influencia social de las institu- 
"ciones." 

"En el fondo de las formas múltiples asumi- 
"das por el espíritu partidista, no existe otro ele- 
"mento real y positivo que la adhesión personal al 
"caudillo, en el cual se reflejan, como en un es- 
"pejo, las rudas é informes tendencias de la fac- 
"ción que encabeza." 

"/ Qué será de la federación sin Rosas ! exclama- 
"ban azorados los federales cada vez que el as- 
"tuto déspota amenazábalos con su retiro." 

"Batir al adversario, derrocarlo, perseguirlo, con- 
"quistar el poder, eran actos de federalismo ó uni- 
"tarismo, según la clasificación del enemigo contra 

222 



PEDRO M. ARCAYA 



"el cual se ejecutaban tales escándalos. Pero unos 
"y otros eran incapaces para concebir los princi- 
"pios de su causa sino á través de la adhesión per- 
"sonal al Caudillo." 

"¿Qué resultaba de esta falta de tendencias doc- 
"trinarias y regulares ? Que una vez llevados al go- 
"bierno, los planes de organización constitucional 
"más ó menos centralista ó segregatista, que otrora 
"fueron materia de declamaciones patrióticas y «cru- 
"zadas,» en la práctica eran todos igualmente tirá- 
"nicos é incongruentes !" 

"Si el Caudillo victorioso ostentaba cintillo rojo, 
"el adversario se ceñía vincha celeste ó viceversa. 
"Así, contra Ramírez se fomenta á Ereñú, contra 
"Facundo se azuza á La Madrid y contra Dorrego 
"se subleva á Lavalle." 

"No existe, presiéntese desde luego, á pesar de 
"la variedad aparente de matices en los programas, 
"sino un temperamento político y un personaje gené- 
"rico y típico." 

"Si se lucha es por la prepotencia de Saave- 
"dra, de Alvear, de Artigas, de Lavalle, de Rosas 
"ó de Facundo; las tendencias son secundarias y 
"apenas difieren en la práctica ; en todo caso el 
"Caudillo una vez entronizado, dejará las divaga- 
"ciones de doctrina y los formulismos constitu- 
"cionales á los legistas y bachilleres del grupo para 
"que descansen de las fatigas del motín ó de las 
"veladas del campamento, parafraseando, en esta- 
" tutos efímeros, las lecturas fragmentarias y no 

223 



UN LIBRO ARGENTINO 



"siempre comprendidas, de los filósofos europeos de 
"la política." 

"En realidad, no existió en el país durante la 
"época que estudiamos, sino un solo temperamen- 
"to político; no se perciben dos países, como in- 
"sinúa Sarmiento; uno bárbaro y otro civilizado; 
"dos tipos, uno liberal y otro absolutista." 

"No hubo mandatario que no se propusiera re- 
"generar el país, ni libreto constitucional que no 
"fuera una «arca santa,» ni grupo que no monopo- 
"lizara ignotos «principios5> en cuyas aras sacrifi- 
"cábase la paz y la riqueza pública, mientras los «pa- 
"triotas» de la fracción ejercían la caudillería an- 
'^dante." 

"Los programas sonoros y vacuos no salvaban 
"los límites de las formas y divagaciones filosó- 
"ficas ó más bien se ceñían á un romanticismo 
"político inculcado por el temperamento inquieto. 
"Su actividad era heroica y trágica y resolvíase 
"en «epopeyas» contra déspotas y opresores ó en 
"prosecución, con afanosos sacrificios de una liber- 
"tad incorpórea. 

"/I tales rudimentos se reduce el histórico fede- 
''ralismo y unitarismo, que tantas disquisiciones es- 
"colásticas han producido entre nosotros." 

"En la contienda no existen sino los términos 
"y las soluciones extremas: el predominio abso- 
"luto del uno con la exclusión absoluta del adver- 
"sario. Diséñase esta política en un esquema sim- 
"ple: el triunfador oprime y el vencido conspira." 

224 



PEDRO M. ARCAYA 



''Efectuado, pues, fríamente el arqueo de las 
'^ ideas y pomposas disidencias históricas de nues- 
''tros partidos, ellas quedan reducidas á miserables 
" desechos r 

LA FEDERACIÓN 

Ciertos escolásticos escritores argentinos que- 
riendo «ennoblecer» la historia de los tumultos 
hispano-americanos, han imaginado que los movi- 
mientos armados de los Caudillos que tomaban 
como bandera ia «Federación,» correspondían á una 
generosa y alta aspiración popular, sosteniendo que 
desde que se emanciparon de España, clamábase 
en estos países por el régimen federativo, como 
lógica consecuencia de viejas tradiciones históricas 
de autonomismo local que durante la Colonia se 
encarnaron en la institución de los Cabildos y 
que tenían su raigambre en las comunidades es- 
pañolas de la Edad Media, cuyo recuerdo conser- 
varon los conquistadores Esta leyenda ha en- 
contrado gran acogida en Venezuela. 

Destruyela Ayarragaray con su crítica impla- 
cable é inspirada en la verdad. 

"Los Cabildos, nos dice, fueron en la vida real 
"de la Colonia, simples dependencias burocráticas, 
"sin funciones políticas, sin actividad propia, com- 
"puestos de pulperos enriquecidos, muy enhiestos 
"en verdad, pero que se reunían de tarde en tarde 
"para tratar asuntos triviales. Fue el movimiento re- 
"volucionario que les dio funciones fugaces é irre- 
" guiares." 

225 



UN LIBRO ARGí ÍÍT:N0 



"Y 56 explica perfectamente su situación pre- 
"caria ; desbaratada la institución comunal de Es- 
"paña en los campos de Villalar y ahogados sus 
"residuos por el absolutismo de la casa de Austria, 
"mal pudieron pensar sus reyes en establecer en 
"Indias academias de gobiernos representativos y 
"cenáculos de prácticas democráticas. La leyenda ha 
"sido entre nosotros pródiga con los Cabildos. Varias 
"causas contribuyeron á fomentarla." 

De modo análogo á como ha explicado Valle- 
nilla Lanz, entre nosotros, en su artículo publicado 
en El Cojo Ilustrado á fines de 1909, los movimien- 
tos federalistas efectuados en el seno de la Gran 
Colombia y en los primeros años después de sepa- 
rada de Venezuela, esto es, por el anhelo de los 
caudillos que formó la guerra de la Independencia, 
á dominar sus patrias chicas, explica Ayarragaray 
las revoluciones separatistas, que bajo el pretexto 
federativo se iniciaron en la Argentina desde su 
emancipación de España. 

"Estas secesiones, nos dice, no eran en reali- 
"dad movimientos federalistas, porque carecían de 
"caracteres constitucionales y políticos y es capri- 
"choso parangonarlos con los tipos clásicos; son 
"el exponente del analfabetismo cívico y del humor 
"antisocial de poblaciones mestizas." 

"El desierto y la falta casi absoluta de inte- 
"reses económicos, dislocan naturalmente el orga- 
"nismo político en subdivisiones regionales, que no 
"tenían otra capacidad autonómica, que su exten- 
"sión territorial, y la dilatada arrogancia del Cau- 

226 



PEDKO M ARCAYA 



"dillo, cuya estrechez lugareña de pensamiento, no 
"volaba más allá del campanario." 

"Cada clan era naturalmente una patria, con su 
"himno, su piquete, su escudo, su bandera, reves- 
"tido también con la misión interprovincial de in- 
"vadir las aldeas vecinas para libertarlas, si eran 
"* gobernadas por mandones que no ostentaban vincha 
"del mismo color que la suya," 

En la Argentina hubo una evolución del can- 
tonalismo caudillesco de los primeros años de la 
República hacia el centralismo, por varias causas. 

"En consecuencia, el mandón vecinal, nos dice 
"Ayarragaray, tan bravio y celoso de su autoridad en 
"el periodo cantonalista, decayó para trasmutarse bajo 
"la evolución impresa por el centralismo político, en 
"agente subalterno — perinde ac cadáver— del «Cau- 
"dillo máximo» de influencia nacional, que resumió 
"en su potestad omnímoda, todo el absolutismo ar- 
"bitrario de poderes, hasta entonces disperso ó com- 
" partido con los Caudillos locales." 

Véase cómo la observación de hechos pare- 
cidos condujo á Ayarragaray y al que esto es- 
cribe hasta encontrar la misma expresión «Caudillo 
máximo» para designar al Jefe nacional prestigioso, 
con influjo no sólo directamente sobre la «masa 
anónima» sino también sobre otros régulos ó Cau- 
dillos subalternos que por su «prestigio» podían 
asimismo mover fracciones más ó menos grandes 
de la propia masa. Tal expresión, en efecto, la 
usamos en nuestro estudio «José Antonio Páez.» 

227 



TIN LIBRO ARGENTINO 



En Venezuela no pasamos propiamente por un 
período «cantonalista* de los caracteres del de la 
Argentina, porque aquí hubo que combatir mucho 
más reciamente contra el poderoso enemigo común : 
el partido realista, y así fue menester que los Caudillos 
de la Independencia coordinasen sus esfuerzos en esa 
dirección. Surgió también en Venezuela para estable- 
cer una fuerte unidad de los elementos revoluciona- 
rios, y tanta que le dio base para libertar la América, 
surgió, decimos, una personalidad genial: la de Bolívar. 
A no haber sido por esas circunstancias y de no haber 
ocurrido el pronunciamiento de Coro por la causa 
del Rey y la consiguiente invasión de Monteverde 
en 1812, probablemente las «Provincias^* se habrían 
segregado y aun subdividido. Los «teóricos» habrían 
visto en estas secesiones, como en la Argentina, la 
última expresión del federalismo histórico que han 
imaginado ; los «positivistas» la obra de los cau- 
dillos locales para gobernar á sus anchas sus feu- 
dos. Después de terminada la guerra de la Inde- 
pendencia fue cuando comenzaron á ocurrir en Va- 
nezuela los movimientos «federalistas,» pero en forma 
esporádica y efímeros de suyo, porque la «Federa- 
c¡ón> no era para Marino^ Monagas y Bermúdez 
sino aquello de que á falta de pan buenas son 
tortas, esto es: sólo la proclamaban cuando veían 
m\iy difícil ascender á la dignidad de «Caudillo 
máximo» ; conformábanse entonces con mandar la 
<<patria chica» y gritaban «Federación.» Pero en el 
fondo su anhelo era más alto: mandarla República 
toda. Al cabo, después de 1835, muerto Bermúdez 

228 



PEDRO M. AítCAYA 



y desprestigiado Marino, quedó sólo de los anti- 
guos caudillos federalistas, el General José Tadeo 
Monagas, con su gran prestigio oriental. Allanado 
le estaba, bien mediante una inteligencia con Páez, 
bien poniéndose al frente del Partido Liberal, el 
camino del Poder Supremo de la República (á lo 
primero apeló para subir, á lo segundo para sos- 
tenerse.) Era evidente que no estaba ya en sus in- 
tereses la Federación. No volvió, pues, á mencio- 
narla y la «idea federal» quedó casi apagada, por- 
que en realidad no existían, por otra parte, elemen- 
tos orgánicos que la hicieran nacer viable en la 
conciencia nacional. Después, en 1859, se tomó — 
según la explícita confesión posterior de Don An- 
tonio Leocadio Guzmán — la palabra «Federación» 
como bandera ó grito de combate de la Revolu- 
ción de los «liberales» contra los «godos,» que es- 
talló en Coro en aquel año. Ya no representó en- 
tonces en Venezuela, como Mempre en la Argen- 
tina y como en nuestro mismo país, en las re- 
voluciones de Monagas, Bermúdez y Marino hasta 
1835, el anhelo del caudillo loca! para gobernar 
solamente su provincia, sino que encarnaba la as- 
piración de un bando, esto es, de una «coalición de 
prestigios» por llevar al poder al Caudillo máximo 
cuyo encumbramiento era el triunfo del bando todo, 
por encontrarse dispuestos los prestigios meno- 
res á obedecer al Jefe Nacional reconocido. Algunas 
pocas almas ingenuas é ilusas no faltaban á quienes 
sí movía el culto á la «idea» federal misma, pero, 
aun en ellas, íntimamente ligada á la religión del 

229 



UX LIBEO ARGENTINO 



'partido. En suma, el término «Federación» llegó 
á condensar, durante la cruda guerra de los cinco 
años, la autolatría del bando revolucionario, la mís- 
tica creencia en la «santidad» de su causa. 

Si la Revolución hubriera triunfado, como pudo, 
y habría sido un bien relativo para el país, en 
agosto de 1859, ni habrían ocurrido los desastres 
posteriores de pérdidas de vidas y haciendas, ni 
hubieran tenido oportunidad de formarse nuevos y 
más arraigados «prestigios» locales, como los que 
engendró la larga duración de la guerra y que al 
cabo, cuando triunfó la «Causa Federal» se apode- 
raron del mando de los «Estados.» No hubiera 
sido extraño que terminaran aquellas cosas con 
«secesiones» ó «independencias» de las nuevas En- 
tidades, por obra de sus caudillos para mandar á 
su arbitrio y sin control, siquiera en su «clan» como 
en la Argentina á raíz de la independencia. Y efec- 
tivamente inició tal proceso el General Pulgar, du- 
rante el período azul, en el Zulia. Pero la tenden- 
cia segregatista estaba contrarrestada por la solida- 
ridad que en los caudillos amarillos entre sí y lo 
mismo en los azules, imponía el fetiquismo del 
respectivo color, todavía vivaz entonces, lo cual obli- 
gaba á los de cada grupo á mancomunar sus es- 
fuerzos para combatir al bando adversario. Larga 
como fue la guerra del 69 al 72 entre aquellos 
partidos, al cabo Guzmán Blanco, el Caudillo máximo 
de los amarillos, á cuya acertada dirección debie- 
ron ellos el aniquilamiento de sus enemigos los 
azules, consiguió por el hecho mismo de haber lo- 

230 



PEDRO 31. AKCAYA 



grado coordinar los esfuerzos del robusto bando que 
encabezó, tal suma de poder que le fue posible, 
entonces, realizar el propósito que su temperamento 
autoritario le inspiró, de rebajar aun á los caudillos 
locales amarillos, para hacer incontrastable la auto- 
ridad nacional por él ejercida y ser él el «Jefe, Cen- 
tro y Director» como se tituló, del «Partido Liberal,» 
esto es, Centro de toda la actividad política del 
país porque ya el otro partido, adversario del «li- 
beral» había quedado destruido hasta como «núcleo 
social.» 

Consiguió el General Guzmán Blanco su ob- 
jeto (á pesar de que los caudillos locales amarilhs 
le hicieron algunas revoluciones) de centralizar tan 
fuertemente la política, que llevó la ingerencia del 
poder nacional en las cuestiones locales á extre- 
mos que no se habían conocido antes; pero en 
suma no hizo sino precipitar con la energía de su 
carácter, la evolución que venía marcándose en Ve- 
nezuela desde que se independizó y cuyo término 
lógico debía ser la ccnstitución de una poderosa 
monocracia central de la cual dependieran todos los 
resortes de la vida pública en el país. 

Pero la «Federación» no sólo en el espíritu de 
los «liberales» que se hicieron adversarios de Guz- 
mán Blanco, sino en el de este mismo, tan centra- 
lista en sus procedimientos, y en el de sus par- 
ciales, siguió actuando como palabra tabú, como 
concepto sagrado. Y no fingidamente; no evocaba, 
en efecto, en ellos la idea abstracta de un régimen 
político de autonomías locales, sino lo que ya 

231 



TIN LIBKO ARGENTINO 



vimos que significó durante la guerra cuyo recuer- 
do despertaba: la autolatría del bando federal, la 
mística creencia en la «santidad» de su causa. 

LIBEEALISMO AMAKILLO 

Por la falta de observación de las cosas como 
son, hay gentes que de buena fe creen que el li- 
beralismo amarillo venezolano ha representado ó re- 
presenta doctrinas políticas avanzadas y oiiantadas 
en el sentido de la civilización moderna, cuando en 
realidad este «liberalismo criollo» de Don Antonio 
Leocadio Guzmán, el Doctor José Manuel García y 
demás «cerebros» que lo fundaron, y del General 
Ezequiel Zamora, Patino, Chayo Petit y demás gue- 
rrilleros federales que por la «Causa» tan bravamente 
combatieron, este amarillismo venezolano, subsisten- 
te no ya como Partido organizado, pero sí como 
«Credo» hasta nuestros días, es una cosa especia- 
lísima de nuestro país y completamente distinta 
del liberalismo clásico europeo. Arranca de nues- 
tra constitución mental hereditaria y creció en el 
ambiente intelectual que nos han formado los «cuar- 
tos de ¡deas,» los conceptos fragmentarios, simplis- 
tas y metafísicos, los «sustantivos abstractos,» á 
que en nuestra ignorancia y superficialidad hemos 
sido tan afectos, y de los cuales hemos venido ali- 
mentándonos hasta estos últimos años, en que ya 
están penetrando nuevas corrientes en algunas ca- 
pas de la intelectualidad venezolana, siquiera sea 
en raros observadores. 



232 



PEDRO M. ARCAYA 



Creemos que fué Taine quien dijo que la vir- 
tud y el vicio son «productos^> como el azúcar y 
el vitriolo. No lo afirmamos, pero lo que sí es cierto 
es que nuestro «liberalismo amarillo^> fué el hijo 
de nuestra mentalidad silvestre y bravia, como la 
vera y el apamate son los hijos de nuestras tierras 
incultas y de nuestro ardiente sol tropical. 

Por lo mismo, pues, que fue como un árbol 
montaraz con savia vigorosa y raíces hondas, pu- 
do este liberalismo criollo producir una hermosa flo- 
recencia de virtudes guerreras y nobles abnegacio- 
nes partidarias, pero fueron flores de selva, así como 
los efímeros brotes amarillos que cubren las copas 
de los verales, buenos solamente para alimentar las 
abejas de los bosques y muy distintos de las flo- 
res matizadas de los jardines. La florecencia efí- 
mera del árbol silvestre no pudo cuajar en frutos 
de paz y de"justicia, que éstas no los produce sino 
el árbol de los huertos cultivados. 

La savia del liberalismo amarillo, chupada por 
sus raíces en lo más profundo de nuestra menta- 
lidad étnica, es el sedimento hereditario del alma ve- 
nezolana, por razón de nuestro abolengo indo-africa- 
no, de creencias en fantasmas y endriagos y por razón 
del abolengo hispano, de fanatismos impulsivos. Por 
causas históricas fue desviada esa tendencia de la 
dirección en que bien orientada y disciplinada pudo 
haber sido la base de una sólida moralidad y por 
consiguiente de un progreso efectivo en todos los 
órdenes de nuestra actividad, esto es, de la direc- 
ción hacia el misticismo religioso, hacia las prácticas 

233 



UN LIBRO ARGENTINO 



de la religión positiva y del Catolicismo tradi- 
cional. De ese desviamiento resultó que la tenden- 
cia hereditaria que hemos visto se manifestó enton- 
ces en el campo de la política, generando en el alma 
de los Caudillos, representantes del alma de las mul- 
titudes, el culto á las ^^Causas santas» que los fanati- 
zaron. La más «santa» en la historia de Venezuela fue 
el liberalismo amarillo; en sus fórmulas verbales en- 
contrábanse indigestas doctrinas democráticas y repu- 
blicanas, en confusos programas huecos, porque 
esas eran las fragmentarias ideas ambientes recogi- 
das en sus lecturas de libros europeos por los «doc- 
tores y apóstoles» de la secta pero como iguales ideas 
fragmentarias, parecidos programas huecos eran 
también del Partido contrario, claro es que en ellos 
no podía estar el secreto de sus divisiones. La 
mayor fuerza del liberalismo amarillo estuvo en su 
más profunda convicción autolátrica, en su mayor 
capacidad de fe. 

De allí que el liberalismo amarillo fuese y 
continúe siendo muy distinto del doctrinarismo po- 
lítico y muy análogo á un sectarismo, con su culto 
á falsas leyendas que no pueden discutir los «par- 
tidarios», sus fórmulas consagradas en loor de «las 
gloriosas conquistas del Gran Partido», su mística 
«ciudad del pueblo» á estilo de la «ciudad de Dios» 
de San Agustín, su objeto material de adoración, 
«la bandera amarilla», su símbolo «Dios y Federa- 
ción» que ha quedado en el Escudo Nacional como 
supervivencia de las épocas en que el «liberalismo 
amarillo» fue religión oficial y por sobre todo con 

234 



PEDRO M. ARCAYA 



SUS prejuicios respecto de «los godos», prejuicios 
que constituyeron propiamente el signo característico 
del liberalismo amarillo histórico y lo que mejor 
demuestra sus orígenes y afinidades con las viejas 
creencias en endriagos y fantasmas. 

Nos parece recordar, si no estamos equivoca- 
dos, que Luis López Méndez tildaba á ciertos es- 
critores «liberales amarillos» que á manera de las 
brujas medioevales evocasen siempre, para espan- 
tar las gentes «el fantasma godo» pero lo que él 
creía que se hacía de mala fe, no era así, sino que 
nacía de la esencia misma del «liberalismo ama- 
rillo», pues su rasgo fundamenta! y distintivo, su 
razón de ser, es el «horror á los godos», á «la 
oligarquía» como decía la primera bandera amari- 
lla de 1846, de la Sociedad Liberal, á los «godos 
malos», en suma, el viejo horror hereditario de las 
tribus indias y africanas hacia los vampiros, los 
ogros^ los malos espíritus, pobladores de las sel- 
vas. La condición irreflexiva é inconsciente y por 
tanto «mítica» de este «horror» se observa fácilmente, 
porque nunca, salvo en espíritus desequilibrados por 
el fanatismo, se ha traducido en odiosa personas de 
carne y hueso, pues al tratarse de éstas, «el amarillo» 
ha tenido que reconocer que el «godo» fulano ó zu- 
tano es un individuo que no merece por lo co- 
mún tal «horror» sino muy frecuentemente su apre- 
cio, lo cual afortunadamente ha evitado que la aver- 
sión á los «godos» de los mitos, origínase, fue- 
ra de raras ocasiones, sistemáticas persecuciones á 
los «godos» verdaderos, aunque sí produjo la con- 

235 



UN LIBRO ARGENTINO 



secuencia lamentable de haber mantenido, hasta 
estos últimos años, en que ya está desapareciendo, 
una atmósfera de desconfianzas necias en nuestros 
círculos políticos. 

EL GODISMO 

Por lo que dejamos dicho, el godismo vino á ser 
considerado por la secta liberal amarilla como el 
culto del diablo por los católicos de la Edad Media. 

Ahora bien, hay una tendencia natural en los 
hombres, aunque sea en escasas minorías hacia las 
cosas prohibidas. En especial cuando una secta 
detiene el poder y atribuye el Mal á un Espíritu que 
supone el adversario de su Dios, siempre ha ha- 
bido quienes, doliéndoles el espectáculo de las mi- 
serias é injusticias que observan, y teniendo en el 
fondo la misma credulidad primitiva de los hom- 
bres de la religión dominante, razonan entonces con 
igual criterio pero sacando deducciones inver- 
sas y se dicen que desde que la secta triunfante no 
puede hacer la felicidad sobre la tierra es porque su 
Dioses verdaderamente el Espíritu Malo y el Bueno 
el que ella detesta. De allí han resultado en la 
historia de las religiones las anti-iglesias y los cul- 
tos satánicos. Siempre Ahrimanes tuvo sus fieles 
no porque entendieran adorar al Mal sino precisa- 
mente por lo contrario. 

Habiendo pues, adquirido en la historia venezo- 
lana, como consecuencia de la guerra federal, el 
carácter de una secta el liberalismo amarillo, debía 
ocurrir el mismo fenómeno que dejamos expuesto. 

236 



PEDRO M. ARCAYA 



No habiendo podido realizar porque no era posible 
ni había elementos como realizarlo en el país, ni aún 
todavía en ninguna parte de la tierra puede verifi- 
carse por completo, el reinado del Bien — esto es, de la 
Libertad, de la Justicia y de la Equidad — pero ni aún 
habiendo podido hacer efectivas las más elementales 
garantías de seguridad individual, que en el hecho 
habían desaparecido por consecuencia de la misma 
guerra federal y que no bastaron á restablecer, 
poniéndolas al abrigo de los régulos locales que 
formó aquella larga contienda, ni el Decreto de Garan- 
tías, ni la Constitución que se dictó después y hablan- 
do la secta dominante, de loa godos, como los adversa- 
rios natos del Espíritu del Bien que decía inspirarla era 
natural que se formase una «anti-iglesia», un «culto sa- 
tánico,2> el godismo que con la misma mentalidad 
primitiva de sub contrarios dedujo, con la interpre- 
tación mítica de los hechos que ha predominado 
en nuestras masas que eran los amarillos, los 
inspirados por el Mal, la secta de la tiranía, de la 
arbitrariedad y del peculado y que el «godismo» 
encarnaba el Bien en sus manifestaciones del res- 
peto al derecho, la honradez y la buena fe. 

Fué por eso que el godismo que hasta la guerra 
federal se consideró un epíteto injurioso, rechazado por 
aquellos á quienes, atribuyéndoles que arrancaban 
del antiguo partido realista, les había sido aplica- 
do por sus adversarios, vino á ser, siquiera en 
círculos privados, en «conciliábulos» como han sido 
siempre los de todas las sectas perseguidas, un ca- 
lificativo aceptado por los «antiamarillos» como sím- 

237 



TIN LIBRO ARGENTINO 



bolo de un culto misterioso, frente al oficial del ama- 
rillismo. He ahí el «residuo oligarca,» «la sombra 
pavorosa de Ángel Quintero,» «los impenitentes» á 
que se refería Guzmán Blanco en sus documentos. 

De ese carácter del «godismo» resultó que su 
rasgo fundamental fuese «el odio oligarca», el pre- 
juicio contra los «amarillos,» inculpándolos de ser los 
causantes de los males de la Patria, cosa análoga en 
el fondo al viejo «odio amarillo» contra los «go- 
dos». De allí que el «godismo» sea tan incon- 
gruente é inaceptable como el liberalismo amarillo 
para todo espíritu que quiera elevarse por so- 
bre la estrechez del medio y de allí también que el 
horror "godo" hacia los "amarillos" aunque afortu- 
nadamente no traducido, como tampoco según vi- 
mos el de éstos hacia aquellos, en aversión á perso- 
nas de carne y hueso, pues á tal desequilibrio men- 
tal no ha podido conducirnos el fanatismo, sí haya 
contribuido^ poderosamente al mantenimiento de ri- 
dículos prejuicios y animosidades políticas que no 
tienen razón de ser y especialmente á la antifilosó- 
fica conclusión de que los "amarillos" son los au- 
tores de los males sufridos por la Patria. Esta 
conclusión y su corolario de que era menester que los 
"amarillos" fuesen destruidos sino hasta como "núcleo 
social" siquiera como partido político poderoso fue 
la razón íntima de ser del "godismo", que precisa- 
mente por eso no es doctrina política "conservadora" 
y puede aunarse aún con teorías radicales. 

Mas es absurdo todo eso para el impasible 
observador de la evolución política del país, porque 

238 



PaDRO ií. AKCAY.i. 



5i é! sonríe ante la ingenua pretensión de los "ama- 
rillos" de que su bando encarnó la Causa de la 
libertad y del progreso, debe rechazar también la 
antifilosófica aserción "goda" que dejamos expuesta, 
pues el "liberalismo amarillo" y sus hechos como el 
"godismo" y ios suyos, la mentalidad estrecha y la 
acometividad impulsiva de la mayoría de los hombres 
de uno y otro partido, obedecían á causas remotas 
de que ellos en particular no eran responsables. 

La posteridad será indulgente para los delitos 
pasionales de nuestros partidos, aún para el de la 
guerra civil porque esta no la produjo sino el des- 
viamiento de cualidades que no son en el fondo, 
bajas ni despreciables sino más bien, en cierto modo, 
nobles porque son la abnegación aunque mal enten- 
dida de las multitudes sacrificándose por los Cau- 
dillos de sus afecciones y el valor verdaderamente 
heroico con que se juega la vida en nuestras estéri- 
les contiendas. Las generaciones venideras reserva- 
rán su severidad para los actos de fría crueldad y 
para los de codicia y fraude de quienes de ellos, in- 
dividualmente se hayan hecho reos. 

Quien como el que esto escribe juzga incongruen- 
tes así el" amarillismo" como el "godismo" y por 
tanto deseable que no revivan en partidos organiza- 
dos, no es porque sienta "horror" de ninguna especie 
hacia ninguno de los dos, sino por el convenci- 
miento de que no habiendo representado ellos doc- 
trinas políticas sino fanatismos primitivos, su reor- 
ganización á ningún resultado útil conduciría. 

239 



UN LIBRO ARGENTINO 



FALSAS TESIS 

Sin embargo en estos últimos años algunos 
escritores que no quieren reconocer la verdad de que 
el liberalismo amarillo no ha sido sino la secta del 
'horror á los godos", esto es el horror supersticio- 
so á entes imaginarios ni quieren someterse á la tra- 
dición «puritana», forma atenuada de aquella supers- 
tición, de que el liberalismo ha sido simplemen- 
te la encarnación del «Espíritu de ¡a tolerancia» en 
lucha con el de la «Intransigencia», se han empeña- 
do en que represente las aspiraciones del «proleta- 
riado» queriendo asi que equivalga el «socialismo» 
ó por lo menos a! radicalismo socialista francés de 
nuestros días. Esta tesis es históricamente por com- 
pleto falsa como lo hemos demostrado en la Confe- 
rencia de que hicimos mención al comienzo de este 
estudio. 

También aunque no con tanto aparato ni pu- 
blicidad, se ha sostenido por otros que «godismo» 
equivale á «legalismo». Verdad es que durante los 
gobiernos llamados «godos» hasta 1846 se observa- 
ron mucho más las prácticas legales que en los 
gobiernos «liberales» subsiguientes, pero ello se de- 
bía á que aún quedaba en el país un gran fondo co- 
mún de tradiciones de orden y á que los «godos* 
tuvieron la ventaja de que su Caudillo Páez fuera 
más dirigible, hasta entonces, en el sentido de la le- 
galidad que el Caudillo Monagas que luego acepta- 
ron «los liberales». Por lo demás en uno y otro par- 

¿40 



PEDRO M ARCA YA 



tido había un corto grupo "legalista" que era una mi- 
noría en comparación de los respectivos elementos 
personalistas de cada bando. El error de los lega- 
listas fue haberse dividido por necias cuestiones de 
colores en lugar de formar un grupo compacto; así 
trataron de hacerlo en 1858, pero las desconfianzas y 
prejuicios de "godismo" y "amarillismo" los separa- 
ron. El grupo legalista del partido amarillo no pudo^ 
volver á tener ninguna importancia posterior habien- 
do quedado sus elementos como Renden, Urrutia y 
otros completamente supeditados por el Caudillaje 
militar que hasta 1870 encarnó y dirigió al amari- 
llismo y por la Jefatura central que después de 1870 
asumió Guzmán Blanco. 

El grupo legalista de los "godos" resistió al- 
go más á las tendencias personalistas de la mayo- 
ría de su bando y de allí los admirables gobier- 
nos de Gual y Tovar, de agosto del 59 hasta agosto 
de 1861, en los cuales predominó la honradez ad- 
ministrativa y el régimen impersonal de la ley es- 
crita; hasta donde podía sostenerse en medio de una 
cruda guerra civil. Desgraciadamente los directores 
de la política en esos gobiernos no pudieron sus- 
traerse á la superstición que hemos visto del "horror 
á los amarillos" pues debieron empeñarse en termi- 
nar con la diplomacia y no con el rigor la revolución que 
éstos hacían. Pero al cabo el grupo legalista de los 
godos fue derribado por los personalistas de su pro-^ 
pió color entronizándose la dictadura Paez— Rojas.. 
Desde ese momento no se ve en que se diferenciasen. 



241 



UN LIBRO ARG ENTUMO 



respecto á "legalismo" ni á ninguna otra cosa los 
godos de los amarillos. 

Por lo demáí> aun en el primitivo grupo legalista 
de los "godos" sino en todos los individuos de esa fra- 
ción sí en muchos de ellos, tuvo auge una exageración 
del concepto del derecho, hija también de la simplista 
mentalidad criolla. Era la creencia en la eficacia 
absoluta de la ley, en las sanciones y las penas del 
derecho positivo como correctivo de la Sociedad, 
no sólo para el castigo de los delitos comunes, sino 
también para disciplinar la vida social en todas sus 
manifestaciones. De allí que uno de los conceptos 
primitivos del godismo fuese el de política fundada 
en la severidad de la ley. En el fondo de todo eso 
había un concepto quijotesco, por irreal del derecho. 
No se tenía en cuenta la realidad viviente sino el tipo 
abstracto del delito, de la infracción ó del quebran- 
tamiento de la regla, en cualquier orden del derecho, 
así del penal como del político, suponiéndo- 
sele á la infracción igual entidad y malicia y par- 
tiéndose del postulado de que debía ser castigable 
en Venezuela del mismo modo que lo sería en todo 
otro país y en todos los tiempos. Nada más lógico, 
basándose en tales premisas que la aplicación ine- 
xorable da la ley que ad hoc se forjaba. Este criterio, 
hijo legítimo del espíritu clásico es sumamente peli- 
groso en nacionalidades incipientes. 

Error es pretender que el derecho se pueda 
imponer, cuande la verdad es que para ser eficaz 
debe ser orgánico en las sociedades y constituir su 
conciencia colectiva. Al olvidar esta verdad es 

242 



PEDRO M. A ROA Y A. 



fácil incurrir en crasos errores, generadores de la- 
mentables consecuencias, como el en que incurrie- 
rron los <vgodos» venezolanos con aquella ley sobre 
conspiradores de los primeros años de nuestra Re- 
pública, que los castigaba de muerte y el más 
grave de su inexorable aplicación en casos como 
el del Coronel Paría. Tenían en mientes el tipo clá- 
sico del delito de conspiración, tal como podía fi- 
gurárselo por ejemplo, un legista inglés: «por de- 
finición» el conspirador es uno de los mayores cri- 
minales, porque ataca la existencia misma del «Es- 
tado», luego «la espada de la ley» debe caer sobre 
su cabeza. No veían que las «conspiraciones^^ las 
llamábamos con otro nombre, «revoluciones» y re- 
presentaban una cosa especial nuestra, muy distinta 
de las conspiraciones europeas; eran «productos» de 
nuestro medio, de nuestra raza y del grado de nues- 
tra civilización, eran los movimientos de ban- 
dos personalistas contra gobiernos también necesa- 
riamente personalistas, y por lo mismo no se 
les estimaba como crímenes en la conciencia pú- 
blica nacional y sólo podía considerárseles como 
tales abstrayéndose del medio. No observaban que 
las revoluciones en nuestra tierra sólo podían es- 
tallar con fuerza bastante á trastornar el orden 
público mediante la existencia de una gran masa 
de opinión formada por el prestigio personal de 
los caudillos conspiradores y no comprendían que 
era contraproducente castigar de muerte á algún 
cabecilla, porque otros prestigios personalistas 
se formarían y el trágico recuerdo de las pe- 

243 



UN LIBRO ARGENTINO 



ñas sería fermento' poderoso para nuevas revueltas. 
Ese concepto quijotesco que del derecho se 
formaron algunos de los «godos» del grupo le- 
galista y que lograron hacer prevalecer en ciertos 
casos durante los gobiernos en que influyeron, 
aunque no arrancaba sino de un error del enten- 
dimiento, fue considerado por sus adversarios como 
indicio de crueldad ó dureza del corazón y atribu- 
yéndolas también, por generalización, á todos los 
■í^godos» se formó la leyenda de su intransigencia, 
que amplificada y deformada durante la guerra fe- 
deral se convirtió en la superstición que arriba 
vimos. 

EL MODERNISMO 

Pero ya que en el pasado no han sido el li- 
beralismo amarillo ni el godismo sino sectas de- 
dicadas al culto de falsas leyendas y al manteni- 
miento de odios ridículos, ¿no podrían en el por- 
venir encarnar las tendencias que hoy se disputan 
el predominio en los pueblos civilizados, esto es el 
radicalismo (forma mitigada del socialismo) y el 
conservatismo? 

Este desiderátum que frecuentemente se ex- 
pone creyéndose que con la organización de parti- 
dos doctrinarios bajo las denominaciones ya usadas 
y conocidas, podría la política venezolana encausarse 
por los rumbos del parlamentarismo lo considera- 
mos nosotros contraprudecente. Sería ello respec- 
to de las sectas políticas cuya esencia hemos 
estudiado una heregía modernista, la pretensión 

244 



PEDRO M. ARCAYA 



de que vinieran ahora á dejar la razón de su 
existencia, que es su mutuo «horror>> supersticioso, 
para trasmutarse en cuerpos de doctrinas nuevas é 
incomprensibles á las masas para las cuales, por 
otra parte, amarillismo y godismo seguirán siendo, 
nuestros tales términos evoquen sentimientos vi- 
vos, lo que ya hemos visto que han sido en el 
pasado, y continuarán evocándolos mientras la 
orientación de nuestra mentalidad no cambie, de 
modo que no variando esa orientación el mo- 
dernismo «amarillo» ó «godo» sólo sería in- 
teligible para los escasos convencidos de la heregía 
pero la reorganización de los «partidos históri- 
cos» haría volver en la realidad al pueblo á nuevas 
cruentas luchas por las mismas necias supersticio- 
nes «políticas» de antaño. 

Ahora bien: cuando haya variado nuestra 
mentalidad en el sentido de hacer posible la coexis- 
tencia pacífica y legal de verdaderos partidos po- 
líticos, estaremos ya educados para las serenas 
prácticas republicanas; entonces sí será posible 
hablar con seriedad y no en farsa, de ten- 
dencias políticas distintas y habrá elementos para 
efecitvas organizaciones partidarias que sin duda 
serán la del proletariado socialista y la de la 
burguesía conservadora (pues el conservatis- 
mo englobara entonces como ya hoy en Francia 
al liberalismo clásico). Pero ese día, ya desarrolla- 
do también el sentido crítico de las masas no se le 
ocurrirá á esos verdaderos partidos políticos del fu- 
tuturo disfrazarse ó pintarrajearse de amarillos ó go- 

245 



TJN LIBRO ARGENTINO 



dos, conceptos que ya no serán para esa época sino 
asunto de estudios históricos de los eruditos. Verda- 
deramente que si hombres ya completamente civi- 
lizados resolvieran llamarse amarillos ó godos en 
medio de una sociedad perfectamente equilibrada é 
ilustrada causaría eso tanto asombro como si salieran 
por las calles con plumas en la cabeza, arco y car- 
caj en la espalda, y tiznado el rostro á la manera 
del antepasado indígena. 

De modo que el desiderátum de actualidad no 
está en la reorganización departidos viejos, aunque 
se pretenda que signifiquen cosas nuevas, ni aún en 
la formación de partidos nuevos con modernas deno- 
minaciones, sino en la transformación del medio por 
la instrucción, el trabajo, la disciplina de las ae- 
tividades y su armonía mediante la justicia más se- 
vera y sobre todo la transformación de los ele- 
mentos étnicos mediante la inmigración. 

EL SUFRAGIO UNIVEESAL. 

Para muchas gentes todos los trastornos de 
los países hispano-americanos vienen de que no 
se quiere cumplir las leyes. Viven en la ilusión 
de que bastaría nn «acto de voluntad» para que 
ellas resultasen eficaces. Es el fruto del «espíritu 
clásico» para el cual las leyes escritas lo son todo, 
siempre que las inspire «la razón,» porque así pueden 
reglar la conducta del «hombre,» el maniquí filo- 
sófico igual por definición en todo el globo. 

De allí la creencia en la eficacia del sufragio 
universal, en nuestras nacionalidades criollas. ¿Las 

246 



PEDRO M. ARCAYA 



revoluciones? — Pues, claro que se evitarían con la 
libertad de elecciones ! — Los que así piensan son 
-«víctimas del libro.» En sus entendimientos han 
forjado abstracciones que se suplantan á las rea- 
lidades que no ven. Hubieran observado las cosas y 
no pensarían así. Bastaríales recordar cómo han sido 
en los países hispano americanos las elecciones las 
veces en que los Gobiernos han dado cierta «libertad» 
para la «contienda cívica.» Los fraudes más escandalo- 
sos, la violencia de los «ciudadanos» unos contra 
otros, la combatividad y la mentira llevadas á los 
extremos de la delincuencia, esas son las elecciones 
criollas cuando son «libres.» Los agentes electora- 
les mas útiles, los mas apreciados por los bandos 
en tales ocasiones son el valiente, el guapo como 
decimos nosotros, capaz de amedrentar á los con 
trarios é impedirles que voten ó capaz de robarse 
las urnas en riña abierta y el leguleyo, el picaro 
tinterillo apto para falsear registros y actas. Las 
violencias y falsías son «ardides» graciosos y plau- 
sibles. Oigamos á Ayarragaray. 

«En nuestros fastos electorales del pasado, 
«cuando hay una elección, de hecho conviértese el 
«comicio en un tumulto armado. No existen más 
«que dos términos de sufragio —6 el fraude manso 
«simula la legalidad ó el fraude sangriento que su- 
«prime violentamente toda contienda. En estas cir- 
«cunstancias se cae sobre el atrio con furia, se hie- 
«ren los conjueces, se rompen los registros y se 
«asaltan los grupos contrarios Es en esta 



247 



CJN LIBRO ARGENTINO 



«democracia demagógica, el sufragio universal el 
«más inadecuado de todos los sistemas» 

Vuelve aquí la cuestión que siempre se presenta, la 
necesidad de que se civilize completamente el pueblo 
para que pueda entonces ejercer funciones que 
mientras tanto nada significa que en las consti- 
tuciones escritas se le atribuyan. 

GUERRA A LA MITOLOGÍA POLÍTICA.— EL 
CRITERIO POSITIVISTA 

No tienen desperdicio estos párrafos de Aya- 
Tragaray. 

«En Epipto, dice Clemente de Alejandría (citado 
«por Taine) los santuarios de los templos están 
«cubiertos por velos tejidos de oro; pero si pene- 
«tráis al fondo del edificio y buscáis la estatua, un 
«sacerdote avanza con aire grave, cantando un him- 
«no en lenguaje egipcio y eleva un poco el velo 
<<para mostraros el Dios. ¿Qué veis entonces? Un 
«cocodrilo, una serpiente indígena ó algún otro ani- 
«mal peligroso. El Dios de los egipcios aparece* 
«es una bestia que se arrastra sobre un tapiz de 
«púrpura». 

«Si os queréis dar cuenta de aquello que cn- 
«cierran en las mayorías de los casos, nuestra mi- 
«tología política^ no os dejéis perturbar por los sal- 
amos entonados por la impostura y el convencio- 
«nalismo pueril, levantad los tejidos de oro, con los 
«cuales la leyenda cubre el santuario» 

«Erígense en los calendarios políticos dos per- 
«sonajes centrales, solitarios: uno es el mito bueno, 

248 



PEDRO M. ARCA Y A. 



«el otro es el mito malo, en armonía con el método 
«de las tragedias clásicas.» 

«El criterio colectivo se ha extraviado y sub- 
«vertido por la idolatría». 

«La consagración y el predominio anacrónico 
«del mito es una de nuestras modalidades retros- 
«pectivas». 

Recordemos con Ayarragaray que «sólo la ig- 
norancia es fervorosa y violenta» y acostumbrémo- 
nos á examinar nuestro pasado con el criterio de 
la observación y del análisis. Dejemos las «creen- 
cias» para el dominio de la fe religiosa de cada uno, 
pero en las cosas de la historia no «creamos» por 
actos de fe ó de entusiasmos retrospectivos sino 
que escudriñemos. 

Que sea por lo menos éste el criterio de la 
gente pensadora y paulatinamente irán desapare- 
ciendo los resabios á revivir los «partidos históri- 
cos» — las «causas santas» del pasado — con sus fa- 
natismos combativos. 

Y no hay que confundir el escepticismo des- 
tructor de las leyendas políticas forjadas por los 
viejos bandos, con la falta de ideal. Muy alto es 
el nuestro porque es el triunfo de la verdad sin el 
cual nada sólido puede fundarse. 

Caracas: abril de 1910 



249 



FACTORES INICIALES DE LA EVOLUCIÓN 
política VENEZOLANA 



FACTOIIES ItlICIALES DE LA EVOLUCIÓN POLÍTICA UENEZOLAflA 

Creemos con el Doctor Le Bon (1) que detrás 
de las instituciones, las artes, las creencias y los 
trastornos políticos de cada pueblo se encuentran 
determinados caracteres morales é intelectuales, de 
los que deriva su evolución y constituyen el 
alma nacional, por lo menos la base inconsciente 
del espíritu popular, formada por el lento depósito 
de los sentimientos que dejaron en herencia las ge- 
neraciones extinguidas. 

En esas regiones inconscientes del alma, en 
sus rincones tenebrosos, se agitan en silencio los 
muertos. ¡Cuántas revoluciones, cuya explicación se 
busca en las pasiones fugaces, en la voluntad frá- 
gil de los vivos, son obra de los muertos silencio- 
sos, es decir de los instintos hereditarios de la raza! 

Algunos escritores han calificado de prejuicios 
científicos estas nociones, pero ningún observador, 
nadie que haya estudiado el proceso evolutivo de 
una sociedad humana cualquiera, negará la indis- 
cutible verdad que encierran. 

Mas tampoco deberemos prescindir de otro fe- 
nómeno comprobado por la ciencia: la sugestión que 
se traduce en las sociedades humanas por la imita- 
ción, por la acogida rápida y ferviente que obtienen 



(l) L. Bon Lois psicologiques de lévolution des peu- 
ples.—péig. 9. 2e édit— París, 1895. 

253 



FACTORES INICIALES 



ciertas ideas, las cuales lanzadas por un pensador ó 
un apóstol logran cautivar un pueblo é irradian lue- 
go por el mundo conmoviendo las almas. (2) 

En Venezuela observamos desde los comienzos 
de la Independencia Nacional el dogma político de 
los derechos del hombre, la idea fascinadora de la 
igualdad, sugestionando la mayoría de la clase le- 
trada del país y logrando extirpar algunos senti- 
mientos que parecían arraigados, es decir, las preo- 
cupaciones de nobleza y de color. Pero si tal su- 
cedió fué porque esos sentimientos no eran en rea- 
lidad profundos, pues no formaban parte de la 
mentalidad orgánica, si así podemos expresarnos, de 
la raza española ; al paso que las ideas importadas 
de gobierno libre, republicano y responsable, por 
más que se las tradujo en leyes escritas, fueron im- 
potentes para modificar los instintos más antiguos 
del pueblo venezolano, en materia de gobierno, he- 
redados de las razas incultas primitivas, la negra y 
la india, á cuyo nivel, por fenómeno de regresión, 
descendió, en este orden de su mentalidad, la raza 
conquistadora; instintos inconscientes que impulsan 
á obedecer sin límites y á mandar sin medida, ím.- 
petus belicosos surgidos de las profundidades del 
espíritu, al removerse el viejo sedimento formado 
por la acumulación hereditaria de los sentimientos 



(2) Este fenómeno lo ha esclarecido principalmente, 

aunque exagerando mucho su importancia, Gabriel Tarde, 

en su hermoso libro Les Lois de l'imitation. — París. — 2e. 
édition.— 1895. 

254 



PEDRO M. ARCAYA 



guerreros de las incontables generaciones cuya vida 
fue una lucha continua, en las llanuras venezolanas 
ó las selvas del África. Tendencias ingénitas és- 
tas del alma nacional, que á la postre debían ge- 
nerar, con el triunfo de la revolución de 1859 y 
su corolario, la Revolución de abril de 1870, la ins- 
titución natural, determinada por la formación ét- 
nica de nuestro pueblo, es decir, el régimen mono- 
crático. 

Los que sólo se fijan en las constituciones es- 
critas tendrán, sin duda, muy distinto criterio y 
afirmarán que la evolución efectuada hasta 1864 
fue en sentido democrático, porque las leyes eran 
cada vez más liberales, pero el sociólogo que ob- 
serve las manifestaciones íntimas de la vida nacio- 
nal no podrá llegar á conclusiones diferentes de las 
nuestras. 

La historia de Venezuela como nación inde- 
pendiente muestra, á quien la estudie con espíritu 
observador, el doble juego de las ideas políticas 
importadas del extranjero, obrando en un número 
restringido de individualidades, que son las que 
han escrito las constituciones ú ocupádose en es- 
tudiarlas, y aun en ellas obrando de una manera 
harto superficial, y por otra parte los instintos he- 
reditarios de la gran masa, la mentalidad étnica, 
refractando aquellas y transformándolas por com- 
pleto. 

De modo que todos los fenómenos de nuestra 
historia tienen raíces hondas de las cuales han bro- 

255 



FACTORES INICIALES 



tado. Son consecuencias necesarias de causas re- 
motas. 

Como es por demás sabido, dos razas in- 
cultas, la india, la negra, y una civilizada, la es- 
pañola, mezcladas en nuestro suelo constituyeron 
los factores étnicos del pueblo venezolano. La 
fusión, casi lograda ya desde fines de la época colo- 
nial, se ha venido haciendo cada vez más íntima des- 
pués de la Independencia, de modo que una nueva 
raza mixta es la que hoy forma la inmensa mayoría, 
la casi totalidad de la población de Venezuela. 

De estos tres elementos primitivos el más im- 
portante, por su número, fué el indígena, que á 
pesar de la gran disminución que sufrió por las 
guerras de la conquista y luego por las penalidades 
del régimen de las Encomiendas, se perpetuó for- 
mando la base de la población del país. Debemos 
insistir sobre este punto porque la opinión contra- 
ria la vemos sostenida por el Doctor Becerra (3) y 
también por el Doctor Gil Fortoul (4) quien cree 
que el elemento indio sólo subsiste en Venezuela 
representado por los restos de las tribus inferiores. 
Pero la verdad es que si en Caracas y Aragua que- 
daron destruidas las tribus guerreras, de cualidades 
superiores, en Coro se conservaron restos de los 
Caquetíos, la raza indígena más alabada por los cro- 
nistas 



(3] Becerra — Vida de Miranda. — Discurso preliminar, 
pág. XC. 

[4] Gil Fortoul — El Hombre y la Historia, página 15. 

256 



PEDRO M. ARCAYA 



«Por ser en sus costumbres mas sincera 

«Con cierta presunción de hidalguía» 
como dice Castellanos (5) y restos suficientes para 
formar el elemento principal de la raza mixta actual 
de varios de los Distritos del Estado Falcón. En la 
misma región coriana, en la serranía, habitaban los 
cJirajaras, gente belicosa que se extendía por varias 
comarcas de Venezuela y que sufrió infinito por las 
persecuciones de los españoles; sus restos, sin em- 
bargo de que estuvieron sujetos al régimen de las 
Encomiendas, quedaron hasta formar el fondo étnico 
de ia población de nuestros actuales Distritos Fe- 
deración y Bolívar. 

Hasta una corta tribu de Ajaguas que vivía en 
territorio coriano, en las montañas de Buruica y Au- 
taquire, preservóse de una total destrucción y su 
descendencia, mezclada con otras razas, puebla hoy 
gran parte de nuestro Distrito Democracia. (6) 

En el Distrito ürdaneta^ que ha pertenecido á 
los Estados Lara y Falcón, predomina evidentemente 
la raza indígena. En el mismo Estado Lara y en 
los Llanos del Occidente y Centro de la República, 
el elemento étnico preponderante es también el in- 
dígena. Unas naciones, entre ellas la Caquetía que 
también se extendía por allá, se sometieron desde 



(5) Juan de Castellanos — Elegías de Varones ilustres de 
indias, pág. 182, 3a. edición de Rioadeneira, Madrid, 1874. 

(6) En todos estos particulares nos ocupamos exten- 
samente, en nuestro libro inédito sobre los Aborígenes del 
Estado Falcón. 

257 



FACTORES INICIALES 



los primeros tiempos de la Conquista. Otras, más 
insociables, continuaron vagando por las llanuras 
hasta que también fueron reducidas, en los siglos 
XVII y XVIIl, á la vida política, por los Misioneros 
capuchinos (7) que con estos indios fundaron nu- 
merosos pueblos que aún subsisten. 

Respecto del Oriente, conocida por demás es 
la admirable obra de evangelización de los indios, 
llevada á cabo por los Misioneros que desde me- 
diados del siglo XVII se establecieron allí y entre 
quienes descollaron los Padres Yangües, Tauste, 
Tapia y Ruiz Blanco, los cuales conservaron para 
la civilización las tribus de aquellos lugares, li- 
brándolas de la crueldad y codicia de los poblado- 
res blancos y enseñándolas á vivir como raciona- 
les y al mismo tiempo preservaron del olvido los 
idiomas de los aborígenes, en los libros que deja- 
ron escritos y que hoy reimprimen los sabios. (8) 

En los Andes la raza indígena se mantuvo en 
número bastante para formar también el núcleo de 
la población actual. En la Cordillera venezolana no 
sólo se libraron de una total ruina los aborígenes, 



[7] Véanse los papeles relativos á esas misiones que 
figuran en el tomo I de la colección de Blanco y Azpu- 
rúa titulada Documentos para la vida pública del Libertador. 

[8] Véase: Historia corográfica <^ de la Nueva Andalu- 
cía por Fr. Antonio Caulen [fue reimpresa en Caracas en 
1841 J; "Conversión de Píritu Sf por F. Matías Ruiz Blanco" 
[reimpresa en Madrid] y la colección titulada "Algunas 
obras raras sobre la lengua Cumanogota publicadas de nuevo 
por Julio Platzman". 5 volúmenes — Leipzig, 1888. 

258 



PEDRO M. ARCAYA 



sino que todavía á principios del siglo XIX, aun- 
que ya completamente cristianizados y reducidos, 
conservaban muchas de sus costumbres primitivas. 
<<En 1811, nos dice Tulio Pebres Cordero, en la 
«fiesta trascendental de la jura de la Independencia 
«y bendición de las primeras banderas de la Patria, 
«según tradición publicada por D. José I. Lares, 
«las tribus de Indios de casi toda la provincia de 
«Mérida estaban allí también, tocando sus atambo- 
«res y chirimías», (9) 

Nuestros historiadores al tratar de la raza in- 
dígena se han fijado solamente en las tribus que 
continuaron incultas, ó no completamente reducidas, 
en las regiones de Guayana y El Zulia y como el 
número de estos indios era corto, han deducido 
que dicha raza fue casi totalmente destruida por 
los españoles. No han puesto atención en el gran 
número de indios que, desde la conquista, entraron 
á habitar las ciudades fundadas por los blancos ó 
que tenidos en Encomiendas en las haciendas de 
éstos formaron con el tiempo diversos pueblos, ni 
en los que fueron reducidos por los misioneros, de 
todos los cuales quedó numerosa descendencia, 
perpetuada en las más de las comarcas venezolanas, 
aunque mezclada con las otras dos razas blanca y 
negra. 

Verdad es que la población aborigen dismi- 
nuyó muchísimo por obra de la Conquista, pero 

(9) Tulio Pebres Cordero, Granitos de Historia, Los Aboríge- 
nes de Me'rida. En El Centavo, diario de Mérida, 1900. 

259 



FACTORES INICIALES 



todavía fueron más los indios que quedaron que los 
blancos y negros venidos al país. 

La raza india es pues la que mayor aporte tiene 
en la nueva raza mixta venezolana. La mayor par- 
te de los individuos que figuraban como blancos 
en los últimos censos de la época colonial eran en 
realidad mestizos. 

Mas no por lo que dejamos asentado incurrire- 
mos en sostener el error de que en Venezuela ha 
quedado predominando como raza pura la indígena. 
Como ya lo hemos dicho, en casi todos nuestros Es- 
tados se la encuentra íntimamente mezclada con la 
blanca y la negra. Estas dos últimas razas aunque 
aportaron menor contingente numérico á la forma- 
ción del pueblo venezolano, tienen una importancia 
sociológica igual, por lo menos, á la del elemento 
indígena, por la mayor vitalidad y resistencia de 
los negros y por la gran superioridad en la escala 
de la civilización, de los blancos que trasmitieron 
á la nueva raza mixta su lengua, su religión y mu- 
chos de sus hábitos. 

De acuerdo en ésto con el Doctor Gil Fortoul 
diremos «El venezolano de hoy no es el español, 
«ni el indio, ni el negro. Es imposible asegurar á 
«qué familia humana pertenecemos, decía Bolívar. 
«No pertenecemos sin duda, á ninguna de las fa- 
«milias humanas anteriores á la época que iluminó 
«el genio del Libertador, pertenecemos á la familia 
«corvstituida por la fusión de tres elementos étni- 
«cos distintos y nuestro carácter nacional, nuestros 

260 



PEDRO M. ABCAYA 



«ideales y en suma nuestro espíritu, es una resul- 
«tante étnica y social». (10). 

Veamos el régimen político á que, antes de 
su fusión en el suelo venezolano, estuvieron sujetas 
las tres razas indicadas, para determinar la natura- 
leza de los sentimientos hereditarios de nuestro 
pueblo en materia de gobierno. 

El estado político de la población precolombia- 
na de Venezuela era extremadamente rudimentario. 
Algunas naciones, especialmente de los Llanos, vi- 
vían en pequeñas hordas anárquicas, grupos fami- 
liares que vagaban de un lado á otro como hatajos 
de ganados, representando en toda su pureza al 
hombre primitivo, el lobo inquieto y errante, que 
en manadas inició en la selva la vida social. De 
esa clase eran las tribus que redujeron los misio- 
neros de la provincia de Caracas, durante los siglos 
XVII y XVIII, á saber: Guamos, Guaiquerís, Yaruros 
y otros. No había entre ellos organización política 
de ninguna especie: sólo tenían Capitanes en sus 
guerras, cargo que tomaba el indio de más valor 
ó astucia en el combate. Era natural que éste se 
impusiera luego á sus compañeros de la pequeña 
grey humana y los dominase despóticamente por 
el miedo de sus rudos golpes. En suma el estado 
de aquellas exiguas hordas concuerda con la des- 
cripción que nos hace la ciencia de las primeras 
sociedades humanas. 



[10] Gil Fortoul— Op. elt. pág. 27. 
261 



FACTOKES INICIALEa 



Oigamob á Letourneau. (11) «Los centros de for- 
«mación del género humano, han debido segura- 
emente estar situados en regiones de clima tropical, 
<<que no podemos aún determinar, pero en donde la 
«flora debía ser rica en frutos feculentos y comes- 
«tibles. En los bosques de esas comarcas, más ó 
«menos tórridas, nuestros lejanísimos abuelos pi- 
«thecomorfos han vagado en hordas todavía anár- 
«quicas, á la manera de los antropoides actuales. En 
«sus bandas, muy poco numerosas, no había nin- 
«guna organización consciente. El macho más ro- 

«busto dominaba tiránicamente todo el grupo 

«Los caprichos individuales no han podido sufrir 
«otro freno que la resistencia de los vecinos; el único 
«derecho incontestable era el de la fuerza. 

Pero además de las míseras naciones indígenas 
de que acabamos de hacer mención, otras había en 
nuestro suelo, al tiempo de la Conquista, de nivel 
intelectual y moral relativamente mucho más alto 
y en quienes, por consiguiente, existía un régimen po- 
lítico algo adelantado. 

Ya no había en éstas el despotismo intermiten- 
te del macho más robusto, sino el poder sólidamente 
establecido sobre la tribu, y á veces hasta sobre mu- 
chas tribus que ocupaban vastas regiones, de un Ca- 
cique, es decir de un Caudillo valeroso ó de un he- 
chicero hábil. La posición del Cacique era, sin duda, 
las más de las veces determinada por las condicio- 
nes personales del individuo que, sin elección formal 



(11) L'évolütion politique—?aris, 1890, pág. 526. 
262 



PEDRO M. ARCAYA 



de la comunidad, lograba imponerse á los demás. 
Quizás era hereditario el Cacicazgo en ciertas fami- 
lias, pero aún en este caso es de suponer que no 
había orden regular de sucesión. De todos modos, 
el poder del Cacique no estaba fundado en el miedo 
puramente físico ó animal de sus rudos golpes, como 
en la horda originaria, sino en el respeto supersticio- 
so que lograba inspirar ó en la admiración de sus 
hazañas guerreras. Esto unido al afecto, que gene- 
ralmente sabía captarse, de un grupo numeroso de 
la tribu, suficiente para contener las veleidades de 
los demás miembros de ella. En este estado se halla- 
ban los Caquetíos, varias naciones de Oriente, los in- 
dios de Caracas y en general la mayor parte de los 
del litoral y muchas tribus del interior. 

Pero el poder de estos Caciques no tenía límites. 
Manaure, el Jefe de los Caquetíos, no sólo los regía 
con mando absoluto sino que hasta se hacía temer de 
ellos como un dios. Guaramental, célebre cacique de 
las regiones orientales se daba ínfulas de rey : vivía 
con gran número de mujeres dentro de las fortifica- 
ciones de un pueblo, donde lo custodiaban centena- 
res de sus subditos y todos le obedecían ciegamente. 

En suma : los Caciques podían á su voluntad 
matar ó dar como esclavos á sus indios y apoderarse 
de cuantas mujeres de la tribu le gustasen. Algunos 
eran buenos, por ejemplo Manaure, si hemos de creer 
los elogios que de él nos hace el cronista Juan de 
Castellanos, pero abusar ó no de su poder dependía 
únicamente de la voluntad de los Caciques, no porque 

263 



rACTORES INICIALES 



encontrasen en la tribu resistencias originadas de 
ideas, desconocidas en aquellas pobres gentes, de 
dignidad ni de derechos de la personalidad humana. 
Tales ideas, ni aún en sus primeros rudimentos, no 
podían nacer en la escasa mentalidad de nuestros 
indios. Su capacidad era por demás corta. 

De los que redujeron en los Llanos los Misio- 
neros nos dicen éstos que eran bárbaros y brutos. 
De los de Oriente que, como hemos visto estaban ya 
á un nivel superior, nos dice uno de sus civilizado- 
res, el Padre Tauste, que eran «gentío en cualquier 
«estado muy rudo é incapaz.> Sólo á los Caquetios 
de Coro califica Castellanos de 

«Apacibles, benignos y obedientes 
<^En el lenguaje todos elegantes.» 
De donde, sin duda, ha deducido D. Francisco Pí y 
Margall que estos indios hablaban «uno de los más 
sonoros idiomas de América.» 

Pero esta elegancia del idioma caquetío que im- 
plicaría cierta superioridad de dicha lengua sobre las 
demás de los Indios venezolanos y por consiguiente 
alguna mayor altura intelectual de la gente que la 
hablaba, tenía que ser puramente ralativa, si como 
nos inclinan nuestros estudios á creerlo, el caquetío, 
idioma ya muerto y de que no quedan rastros sino 
en nombres de lugares, era un dialecto mixto, ca- 
ribe y arhuaco, y por tanto debía participar de la po- 
breza y salvajez de los demás dialectos afines. 

Completamente desconocidos fueron en nuestra 
población precolombiana los clanes democráticos de 

264 



PEDEO M. ARCAYA 



los Pieles Rojos norte americanos, confederados me- 
diante pactos formales, con sus asambleas donde se 
discutían los intereses comunes de las tribus. (12) 

Veamos ahora las ideas de gobierno de los Afri- 
canos, especialmente de los que ocupaban la porción 
central del continente negro, de donde vinieron los 
esclavos importados á Venezuela, 

En aquellas gentes la evolución social estaba 
quizás más adelantada por algunos respectos que 
en las tribus precolombianas de Venezuela. En cuan- 
to á régimen político habían pasado del cacicazgo 
ó caudillaje vitalicio á la monarquía hereditaria, en 
pequeños estados, con cierta organización diferen- 



(12) Sobre lo que dejamos dicho de nuestros Indios con- 
súltense las obras antes citadas de Juan de Castellanos, Cau" 
lín y Ruiz Blanco y los documentos así mismo citados arriba, 
de las Misiones de la Provincia de Caracas. Consúltense tam" 
bien "Noticias Historíales^ por el Padre Simón, edición de Bo- 
gotá: "fíistoría de la conquista y población de Venezuela'" por 
Oviedo y Baños y los documentos que la acompañan en la 
edición de Fernández Duro. "Narratio'n du premier voyage de 
Nicolás Ferderman, le jeune," edición francesa en la colección 
Ternaux; la Historia de las Indias, por Fernández de Oviedo y 
Valdez, edición de Madrid en 4 tomos; la Geografía de Vene- 
zuela por Codazzi. La cita del padre Tauste está tomada de 
su libro Arte y Vocabulario de la lengua de los Indios Chaimas 
etc., página primera. (En la colección citada que publicó Platz- 
man). — tacita de Pí y Margall es de su magnífica obra "His- 
toria general de América", volumen primero, pág. 608. Sobre 
los dialectos caribes véase el libro de Lucien há^m," Matériaux 
pour servir á V établissement d' une grammaire compare'e des 
dialectes déla famille Caribe", París, 1893. 

265 



FACTORES INICIALES 



ciada de funcionarios que ejercían determinados 
cargos. 

Pero el gobierno de aquellos reyezuelos era 
terriblemente opresivo y tiránico. 

Letourneau ha propuesto denominar zona ser- 
vil la región intertropical del África, p3r la pesadí- 
sima opresión á la cual tenían sujetos á sus mora- 
dores los reyes de aquellas comarcas. 

Al rey de Adra, uno de los minúsculos monar- 
cas negros, había que servirlo de rodillas. En pre- 
sencia del de Loango hasta los grandes de la corte 
tenían que arrojarse á sus pies y arrastrarse en el 
polvo en señal de sumisión; verdadero culto se ren- 
día á este monarca ; en el idioma del país se le 
llamaba dios. 

En el Dahomey todos los hombres eran esclavos 
del rey, todas las mujeres estaban á su disposición. 
Esta era la ley del país. 

uno de los actos más frecuentes (y considerado 
como perfectamente legítimo) de aquellos sobera- 
nos, era la venta de sus subditos á los comercian- 
tes que hacían el infame tráfico de esclavos. (13) 

Podemos llegar, pues, á la conclusión de que en 
dos de los elementos étnicos del pueblo venezola- 
no, las razas india y negra, fué siempre absoluto el 
poder de sus gobernantes, sin freno moral ni po- 
lítico de ninguna especie. 



(13] Sobre lo que dejamos dicho acerca del estado político 
de los negros véanse los libros de Letourneau titulados L'évo- 
lution politique, París, 1890 y L'éuolut'on de la morale, París 
1894. Véase también la Sociología de Spencer. 

266 



PEDKO M AKCAYA 



En el código de la moral de estas razas, como en 
el de todos los pueblos salvajes, figuraba como pri- 
mer mandamiento, como nos dice Letourneau: «Obe- 
diencia al amo en todo y por todo.> 

Calcúlese el larguísimo período no ya de años^ 
sino de siglos, durante los cuales este régimen es- 
tuvo obrando sobre las razas nombradas ¡es decir 
desde su aparición sobre la faz déla tierra! En efec- 
to: hay que desechar las hipótesis de civilizaciones 
prehistóricas de que hubieran gozado para luego de- 
generar, el indio venezolano ó el negro del África 
central, pues tales suposiciones no están apoyadas 
€n datos suficientes. ' 

Recordemos también que en estas gentes los 
■oprimidos de hoy eran muchas veces los señores del 
día siguiente, por la instabilidad de las sociedades 
primitivas, pues frecuentemente sucedía que toda la 
tribu, con su rey ó cacique á la cabeza, pasaba á ser 
esclava de otra tribu vencedora. 

¡Cuan profundamente debió grabarse en la men- 
talidad de estas razas la impresión psíquica de obe- 
decer sin limites y de mandar sin freno ! -«El hom- 
-«bre es el más educable de los animales, nos dice el 
«autor tantas veces citado, Letourtaeau. Sus centros 
<nerviosos están admirablemente organizados para 
<guardar impresiones queá fuerza de renovarse crean 
«sentimientos instintivos.» 

La ciencia contemporánea nos demuestra la 

267 



FAOTCÍIES INICIALES 



trasmisión hereditaria de tales sentimientos como 
una tendencia inconsciente del espíritu. (14) 

Veamos ahora la mentalidad del tercero de nues- 
tros elementos étnicos, la raza blanca en el siglo 
XVI, es decir cuando entró, con las otras dos razas, 
en la fusión de la que había de surgir el pueblo 
venezolano. Al referirnos á la raza blanca nos 
concretaremos á la española, pues aunque también 
vinieron alemanes ai país, fueron muy pocos en 
número. 

Sería por demás larga la exposición del de- 
senvolvimiento histórico de la monarquía española. 
Bástenos decir que su evolución duró luengos siglos 
y que por las doctrinas de los juristas y los teó- 
logos el Rey era <el amo y señor natural>, ser de 
naturaleza superior, inspirado directamente por la 
divinidad, Pero, contrapesando esta noción del po- 
der absoluto de los reyes, se había desarrollado en 
el alma de los pueblos europeos y entre ellos mas 
notablemente de los pueblos de España, Francia é 
Inglaterra, por las doctrinas del cristianismo y por 
las enseñanzas del derecho romano, la idea de la 
justicia, del derecho de cada uno á lo suyo. 

Los mismos reyes reconocían que habían sido 
instituidos para impartir la justicia y que debía ser 
ella la inspiradora de todos sus actos (15). 



<14) Véase el libro de T. Ribot — L' heredité psicologique, 
París, 5e éditión, 1894. 

[15] "Dios les diera el pobló para que lo defendiesen 
"et que lo gobernasen bien — deben regnar con temor de 

268 



PEDRO M. ARO A YA 



En suma: la idea del poder absoluto del Rey 
no estaba sola en la mente española, como sí es- 
tuvo, en la de las dos razas en que antes nos ocu- 
pamos la idea del mando absoluto de sus caciques 
ó monarcas. Contrabalanceábala la noción de la 
justicia. Ya el hombre en Europa no era el pobre 
ser primitivo, conservado por fatalidades del me- 
dio físico, en el África y en nuestro suelo, sino el 
hombre culto con el complejo sistema de su alta 
mentalidad, con los sentimientos delicados, las as- 
piraciones nobles que sobre el fondo de la bru- 
talidad originaria había venido depositando el lento 
proceso histórico de la civilización como nuevas 
capas hereditarias del espíritu humano. 

Por obra de esa noción de la justicia y de 
los sentimientos originados por el trabajo transfor- 
mador de la cultura, se había arraigado sólidamen- 
te el respeto de la ley escrita, como expresión del 
derecho y la justicia y la idea de que su infracción 
debía ser castigada, cualquiera que fuese el infrac- 
tor. De allí la noción de la responsabilidad de los 
funcionarios públicos, pues si el Rey, según la teo- 



Dios et fazer buenas obras et con mansedumbre et en 

iudgando juicio derecho", leemos en el Fuero Juzgo, "Vi- 

"carios de Dios son los reyes, cada uno en su reyno, 

"puestos sobre las gentes para mantenerlas en justicia 

E los santos dijeron que el Rey es puesto en la tierra en 
"lugar de Dios para cumplir la iusticia e dar á cada uno 
"su derecho", leemos en las Partidas [Ley V, tít. I, P-^rt. 2]. 
Véanse las demás leyes de ese título y los siguientes hasta 
el XIV. 

269 



FACTORES INICIALES 



ría dominante, sólo á Dios era responsable de sus 
acciones, sí se consideraba á todos sus Ministros 
y oficiales sujetos á rendir estrecha cuenta de sus 
procedimientos. 

Por otra parte, la evolución feudal había con- 
vertido los primitivos núcleos dispersos en una 
organización profundamente diferenciada. Por ab- 
soluto que fuese en teoría el poder del Rey, te- 
nía de frente, en la práctica, los privilegios de los 
grandes y de las comunidades ó ciudades del rei- 
no, privilegios que se apoyaban sobre una base 
histórica respetable, por sus servicios durante la 
guerra contra los Moros. La Iglesia Católica go- 
zaba también de fueros inviolables. Todo ésto 
constituía en la Península una sólida trabazón de 
intereses que daba poco campo á la arbitrariedad 
de los gobernantes. 

Pero estos hábitos de legalidad los perdieron 
rápidamente los españoles al establecerse en el 
Nuevo Mundo. El concepto de la justicia se eclip- 
só en el alma de la raza conquistadora. 

No sorprende al sociólogo este fenómeno. Es 
frágil en el espíritu humano 'el sentimiento de la 
justicia, como todos los que constituyen la mora- 
lidad, aun en las razas donde más raíces han 
echado. Son una adquisición relativamente moder- 
na, si se compara la data de su génesis con la 
época lejanísima en cuya penumbra se esboza la 
confusa silueta del hombre de las cavernas, del 
rudo carnicero cuyo único ideal era la diaria ma- 
nutención. 

270 



PEDRO M. ARCAYA 



El fondo del salvajismo primitivo puede que- 
dar de nuevo al descubierto, si por causas diversas 
se llega á destruir la capa superpuesta de los sen- 
timientos superiores. Entre las causas que más 
contribuyen á su disolución en las razas civiliza- 
das, figura, como una de las más poderosas, el 
hecho de que lleguen á dominar otras razas que 
se hallen más abajo en la escala de la civilización 
humana, ejerciendo este dominio en contacto inme- 
diato con ellas en lejanas colonias. 

La facilidad de abusar de la debilidad de es- 
tas gentes y quizás también, como ya en otra oca- 
sión lo hemos dicho, el despertamiento en el hom- 
bre civilizado de los instintos del hombre prehis- 
tórico, dormidos en el fondo del alma, pero laten- 
tes allí, ante el espectáculo, de súbito surgido á 
su contemplación, de la primitiva vida humana, 
sugestionando con intensa fuerza el espíritu de los 
conquistadores, todo ésto ha producido siempre 
una regresión notable en la moralidad de los colo- 
nizadores de países bárbaros. 

En la raza española durante la conquista la 
regresión fue espantosa. En vano Bartolomé de las 
Casas y otros sacerdotes predicaban la justicia. 
Olvidados de ella los guerreros castellanos se de- 
dicaron en su mayoría á esclavizar los indios y á 
despojarlos de sus haberes. 

En algunos casos el retroceso fue tal, tan gran- 
de la sugestión de la vida primitiva, que adoptan- 
do las costumbres de los salvajes, pintados los 

271 



FACTORES INICIALES 



rostros, desnudos y armados de flechas optaban 
algunos soldados por quedarse en la selva, y vivir 
entre los bárbaros, como aquel Francisco Martín de 
que nos hablan los cronistas. 

En resumen : la raza conquistadora tendió á 
bajar al nivel moral é intelectual de la indígena. 

Por otra parte no se hallaban en el suelo de 
la América los valladares de instituciones antiguas 
y poderosas ante las cuales los espíritus aventure- 
^ ros y audaces poco podían lograr en la Madre Pa- 
tria. Todo era permitido en Indias al guerrero con- 
quistador. 

Dadas las condiciones que dejamos analizadas 

debía resultar, como lógica consecuencia, la natu- 

¥ raleza del régimen colonial de Venezuela en su 

primera, tormentosa época, esto es la disgregación 

de la opresión, la anarquía y el desorden. 

En aquellos remotos comienzos de nuestra his- 
toria está la clave de nuestros trastornos. 

Coro, febrero de 1906. 




272 



Discurso de recepción en la 

Academia Nacional de la Historia 

el 11 de diciembre de 1910 



DISCURSO DE RECEPCIÓN EN LA ACADEMIA 

NACIONAL DE LA HISTORIA EL II DE DICIEMBRE 

DE 1910 



9'' 



efiobeá (^Acar¿éj?¿¿c aá : 



Al hablaros desde esta tribuna debo, en pri- 
mer término, y es también natural impulso de mi 
ánimo, expresaros la profunda gratitud que siento 
por vosotros á causa de la honra que me ha- 
béis discernido. Quisisteis que fuera vuestro com- 
pañero en las importantes labores que la Patria os 
ha encomendado. Me escogisteis para sustituir en 
este Cuerpo un ciudadano eminente, cuya muerte 
todos deploramos: el Dr. Jesús Muñoz Tébar. ¿Cómo, 
pues, comenzar sin manifestaros mi sincero agra- 
decimiento? Generosidad suma ha sido la vuestra, 
porque con mi elección no habéis premiado méritos 
que no he adquirido, y sólo hay que interpretarla 
como estímulo para que pueda alcanzarlos á vues- 
tro lado. En ello me esforzaré en cuanto me sea 
dable. 

Justo es así mismo que, antes de ocuparme en 
el tema histórico que habré de desarrollar en mi 
discurso, os hable de la alta personalidad que he ve- 
nido á suceder en esta Academia. 

275 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



Fue el Dr. Jesús Muñoz Tébar ciudadano de 
grandes virtudes en su vida privada, y noble ejem- 
plo, como hombre público, de que aún aparecen en 
la Patria caracteres íntegros, para quienes la íntima 
satisfacción de una conciencia recta vale más que los 
halagos de la riqueza. Suya fué la frase, y era la 
expresión de la verdad, de que los caudales públicos 
confiados á su administración, los manejaba en caja 
de cristal. En efecto, nunca el peculado manchó sus 
manos. 

Hombre de ciencia: sus trabajos sobre matemá- 
ticas y astronomía dan fé de su hondo saber. In- 
geniero: las varias obras que dirigió ó en cuya cons- 
trucción colaboró, son monumentos que recordarán 
su nombre á las generaciones venideras. 

Penetró también el Dr. Muñoz Tébar, y por eso 
pertenecía á esta docta Academia, en el campo de 
los estudios históricos, en sus lindes con la sociolo- 
gía, esto es, en su zona más fecunda, donde se la- 
bora en la investigación de las causas que deter- 
minan el estado político de las naciones. El de los 
países latino- americanos fue objeto por parte suya, 
del bien meditado libro «El Personalismo y el Lega- 
lismo», que publicó en Nueva York en 1890, y en 
cuyo estudio me detendré. 

Rechaza el autor las conclusiones de la escuela 
que ve la manifestación de tendencias hereditarias 
en el modo de ser de todo pueblo. No acepta las 
teorías que enseñan que es en las regiones incons- 
cientes del alma de cada uno de los individuos que 

276 



PEDRO M. ARCAYA 



forman una sociedad donde se producen las reaccio- 
nes de cuya integración resulta la esencia de la ac- 
tividad social. 

La noción de la herencia no tiene, pues, en el li- 
bro del Dr. Muñoz Tébar, la importancia que le damos 
los discípulos de Taine y de Le Bon. El criterio que 
lo inspira es que la diferencia de la educación pro- 
duce la diversidad de las llamadas] razas humanas, 
porque de aquella diferencia proviene la variedad de 
las costumbres nacionales, á las que se amolda 
desde que nace, todo individuo. 

Partiendo de este criterio fundamental, dice el 
autor que ni la raza ni la menor antigüedad de nues- 
tra independencia, son causas de las diferencias so- 
ciales y políticas que se observan entre la república 
de los yankees y las repúblicas de los criollos. 
«Ellas tienen su origen en las diversas costumbres 
«predominantes en Inglaterra y en España á la época 

«áe nuestra independencia Nuestro personalismo 

«político «es lógica consecuencia de las costumbres 
«españolas que no cambiamos cuando cambiamos 
«nuestras instituciones políticas», pues «como retoño 
«del gobierno teocrátito, ó sea del derecho divino de 
«los reyes, surgió la teoría (sobre que descansa todo 
«el sistema personalista) de los hombres providen- 
«ciales ó predestinados», por lo cual «si se exami- 
«nan las leyes, decretos, hojas periódicas, obras li- 
«terarias y políticas, publicadas en las repúblicas 
«hispano-americanas desde la independencia hasta 
«nuestros días, ha de verse con espanto] que la teoría 

277 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



«áe lo5 hombres necesarios ha estado en continuo 
«vigor, que los hombres han sido amados apasionada- 
«mente, que á muchos se les ha venerado como á ído- 
«los omnipotentes; mientras que al mismo tiempo las 
«instituciones han sido miradas como irrealizables 
«utopías ó como vanas palabras, á las cuales no se ha 
«dispensado ni favor ni cariño ni respeto. Ente- 
«ramente lo contrario de lo que ha sucedido en los 
«Estados Unidos>. 

Por tanto, el problema que está por resolver en 
estos países, según el autor, es la reforma de las 
costumbres, para que estas se inspiren en el res- 
peto de las leyes y tal desiderátum puede realizarse 
por la influencia de las leyes mismas, de la re- 
ligión, de la policía, las escuelas, y aún las diver- 
siones públicas. En suma, cree el Dr. Muñoz Té- 
bar que, mediante una bien dirigida educación, 
podría llegarse en estos pueblos á la república 
verdadera. Grande es su fe en la aptitud origi- 
naria del hombre, en todos los tiempos y razas, de 
tal modo que confía en el éxito de una tentativa 
cuya posibilidad expone así: 

«Imaginémonos llevadas á Berlín, no una sino 
«varias parejas de australianos, y véase que to- 
«mamos de la especie humana los seres que se 
«juzgan más degradados. Lograda allí una procrea- 
«ción de todas las parejas, recójanse los hijos al 
«nacer, sepáreselos para siempre de sus padres, 
«dótenselos con buenas ayas que los alimenten 
«bien y les proporcionen toda clase de cuidados; 

278 



PEDRO M. ARCA YA 



«cuando niños de algunos años, acaricíenselos con 
«el entrañable amor con que levantamos nuestros 
«hijos; envíenselos á la mejor escuela del Muni- 
«cipio y luego á la mejor Universidad y favorez- 
^cámoslos cuando ya hombres con toda clase de 
«influencias benefactoras. ¿Podrá decirse entonces 
«que este grupo de australianos, se diferencia in- 
«telectual y moralmente de los hijos de Berlín? 
«Nosotros ncs atrevemos á decir que nó>. 

Contrarios á esta hipótesis del Dr. Muñoz Té- 
bar son los hechos que demuestran la persisten- 
cia hereditaria de ciertos rasgos psicológicos á pe- 
sar de que los combata la educación. Conocida 
es la frase de Le Bon de que para dar á un afri- 
cano la instrucción de un inglés ilustrado, bastan 
algunos años, pero que mil apenas serían suficien- 
tes para lograr que en todas las circunstancias de 
la vida pensara y obrara como éste. 

Yo me inclino á la opinión del sociólogo fran- 
cés. No es que considero radicalmente inferiores 
unas razas respecto de otras; á todas las creo 
capaces de perfeccionarse en el sentido de que pue- 
den llegar á cierto grado de civilización, pero es si 
sus innatas cualidades buenas se utilizan para 
orientarlas debidamente, y si no se las trastorna, 
pretendiendo llevar al pueblo por rumbos distintos 
de los que puede seguir. 

Es un hecho manifiesto é innegable que se 
heredan los rasgos físicos, como el color de la 
piel, la contextura de los cabellos, y la conforma- 

279 



DISCURSO DE KECERCIÓN 



ción del cuerpo; de allí que se puedan fijar, por 
ejemplo, los tipos chino é inglés, patentizándose su 
divergencia. Bien se sabe que algunas enfermeda- 
des así funcionales como de la clase de las vesa- 
nias, son hereditarias. No es menos cierto que 
existen en algunas familias especiales aptitudes 
artísticas, como el ingenio musical ó el pictórico. 
Luego, si pasamos á considerar la voluntad, no se 
comprende por qué no hubiera de depender en 
mucho su mayor ó menor desarrollo, del factor de 
la herencia. Y siendo ésto así, resulta evidente 
que el carácter nacional, integración de los carac- 
teres de los individuos que componen cada na- 
ción, tiene su raíz en la herencia psicológica 
legada por las incontables generaciones del pasado. 

Así me explico la ingénita diversidad de ap- 
titudes de las diversas razas humanas, para cier- 
tos esfuerzos del entendimiento y de la volición. 
La cuestión del legalismo y del personalismo no 
es, en este concepto, sino una manifestación de 
las íntimas tendencias que arraigan en las profun- 
didades inconscientes del alma de cada pueblo. 
Predominen las facultades efectivas sobre las re- 
flexivas, el sentimiento sobre la inteligencia y la 
voluntad, sea débil esta última é incapaz de una 
tensión constante, y el pueblo será personalista; 
á la voluntad colectiva que falta ó es vacilante, se 
sustituirá necesariamente el querer de un régulo ó 
caudillo, sostenido por afectos poderosos, aunque 
en ocasiones lo combatan odios no menos ar- 

280 



PEDRO M. AllCAYA 



dientes. Por este proceso han pasado, en verdad, 
todas las razas del globo, y de allí pudiera ar- 
güirse que no existe la diversidad que he afirma- 
do, pero yo la doy como existente, después que 
una larga evolución, en determinados medios, ha 
fijado, en algunas, ciertos caracteres psíquicos que 
en otras no concurren, porque permanecieron en el 
estado inicial de la humanidad toda, ó evoluciona- 
ron de distinto modo que aquellas. 

Viene, pues, de más hondo de lo que pen- 
saba el Dr. Muñoz Tébar la raíz del personalis- 
mo en los pueblos latino-americanos. Ya vimos 
que él buscaba su causa en el elemento español ^ 
no ya por herencia psicológica, que no admitía, 
sino por trasmisión de costumbres. 

Otros escritores se expresan en sentido con- 
trario, y fijándose en los rasgos efectivamente de- 
mocráticos, y en cierto modo federalistas, de las 
municipalidades de la Edad Media española, dicen 
que arranca desde allá la imaginaria afición que 
juzgan siguió siendo tradicional, durante la colonia, 
en los pueblos ibero-americanos, por el régimen 
federal. 

A mi entender, tanto el Dr. Muñoz Tébar, como 
estos otros escritores, cualquiera que sea la verdad 
de sus respectivas apreciaciones cuanto á la his- 
toria de España, yerran al aplicar á estos países 
las solas conclusiones que de ese estudio deducen, 
pues olvidan que nuestra raza es, y era ya cuando 
nos independizamos, distinta de la hispana, por lo 

281 



DISCURSO DE RECEPCIÓX 



cual la psicología de ésta — traducida en sus cos- 
tumbres políticas — sólo puede considerarse como 
un factor y no como una identidad, respecto de 
la psicología de los países latino-americanos. 

. En verdad, no estaba regida España en los si- 
glos XV y XVI, como el Dr. Muñoz Tébar creía, 
por monocracias de la especie de las que en el 
siglo XIX gobernaron en algunos países de la 
América. El poder del Rey basábase, más bien 
que en el prestigio de su persona, en el respeto 
supersticioso de la Nación á la regia institución 
misma, considerada á la luz de las tradiciones ro- 
manistas como encarnación de la voluntad popu- 
lar y por la teología católica, como el Ministerio 
de Dios en las cosas temporales de la sociedad; 
á ese término había llegado, normal, y en cierto 
modo progresivamente, la evolución del concepto 
de la Reyedad, arrancando del personalismo de los 
Caudillos que encabezaron las bandas bárbaras, 
destructoras del romano poderío. 

Por otra parte, el individualismo español no 
se prestaba á las sumisiones incondicionales, y 
así no fue posible, en el grupo de los conquista- 
dores de estas Indias, la producción del fenómeno 
del «prestigio personal del Caudillo», con tanta in- 
tensidad como después resultó en nuestros países. 
No han sido, pues, las costumbres españolas, 
las causante<s únicas de nuestros personalismos. 
Pero tampoco son exactas las conclusiones de quie- 
nes se empeñan en afirmar la existencia de tradi- 

282 



TEDRO M. AnCAYA 



ciones democráticas y federalistas en la época colo- 
nial. De que los conquistadores no fueran fácil- 
mente sugestionables, hasta convertirse los más en 
instrumentos de uno solo, no se deduce que fue- 
ran gentes capaces de practicar la vida republica- 
na como los puritanos que colonizaron á Norte Amé- 
rica. Aquellos hombres no querían someterse los 
unos á los otros, porque cada uno aspiraba, ínti- 
mamente, á ser el Señor, el Amo, de la nueva tie- 
rra, con lo cual queda dicho que ninguna dispo- 
sición podían tener tampoco de sujetarse á la Ley- 
Fue por su carácter eminentemente anárquico, 
levantisco é individualista, que se hizo imposible — 
por la falta de prestigios sólidos que dieran base 
para combatir el formidable poder real — el éxito 
del intento que, de adueñarse del Nuevo Mundo, 
quisieron realizar algunos conquistadores como Gon- 
zalo Pizarro, Hernando Contreras, y hasta el des- 
equilibrado Lope de Aguirre. fié allí la causa de 
que no surgiera desde entonces el Caudillo omni- 
potente, no porque lo impidieran sentimientos «de- 
mocráticos», que no existían, ni imaginario respeto 
á la institución municipal. 

Pero durante el largo período de la colonia, 
fusionáronse la raza conquistadora y la indígena, 
y entró como nuevo factor la africana. Cuando se 
independizaron estos países, ya las condiciones 
étnicas eran distintas de las del tiempo de la con- 
quista, y diferentes debían ser los fenómenos so- 
ciales y políticos que resultarían. La mezcla de 

283 



DI8CUB80 DE RECEPCIÓN 



las razas había originado en cada una de nuestras 
repúblicas criollas, almas nacionales, distintas de 
ia española, y en las cuales quedó, por herencia 
de sus varios factores, un sedimento donde se agi- 
tan impulsos inconscientes que determinaron ia 
constitución efectiva de nuestros organismos polí- 
ticos. El Caudillo moderno encontraría grandes 
masas de hombres valerosos, obedientes á su voz, 
y los cuáles, ni serían rivales suyos, como lo eran 
los conquistadores entre sí, ni serían incapaces, 
como los indios de antaño, de guerrear formalmen- 
te, sino al contrario, aptos para las más recias 
luchas. 

Predominó siempre en el elemento indígena, 
para el trabajo personal la apatía y en la vida po- 
lítica rudimentaria de sus tribus la sumisión á un 
Cacique, el cual gobernaba á su antojo la peque- 
ña comunidad; efecto, sin duda, de una debilidad 
congénita, y por consiguiente hereditaria de la vo- 
luntad, resultante del medio ambiente físico que 
obrando sobre centenares, y quizás miles de gene- 
raciones, produjo tal consecuencia. Este abolengo 
indígena explica la facilidad con que han podido 
algunos hombres imponerse á pueblos enteros, como 
Rosas á la Argentina, en Hispano-América, pero 
no da razón, por lo mismo que no es el abolen- 
go único, de los fenómenos todos de la política 
de estos pueblos. La raza indígena sola no cam- 
biaría sus régulos ni contra ellos se alzaría; la he- 
rencia ó revoluciones de cuartel ó intrigas de pa- 

284 



TEDUO M. AE.CAYA 



lacio, encumbrarían al Señor, al cual, desde luego, 
obedecería la Comunidad. Realmente, los factores 
que mas han contribuido á la génesis de los pres- 
tigios y por consiguiente del personalismo y de 
las guerras civiles — contiendas entre personalismos 
rivales — han sido las razas negra y blanca. El ele- 
mento africano, superior por muchos conceptos a' 
indígena, de mayor energía física y capaz de más 
vivas pasiones, influyó en la producción de los Cau- 
dillos de nuestras luchas intestinas, hombres fuer- 
tes y resistentes á tedas las fatigas, fáciles de exal- 
tarse en las contiendas políticas y por las tenden- 
cias semi-místicas de su espíritu, predispuestos á 
considerar como «causas santas», merecedoras de 
todos los sacrificios, las de los bandos en que se 
dividieron, desde su emancipación, los países his- 
pano-americanos. Ese mismo elemento es el que 
ha comunicado á nuestros soldados su gran vigor 
corporal y depositado en sus almas la simiente he- 
reditaria de la fidelidad á sus Jefes, hasta sacri- 
ficarse en ocasiones por ellos. 

De la psicología española adviértese fácilmente 
en el alma latino-americana un rasgo hereditario, 
que en mucho ha contribuido al arraigamiento de 
los personalismos. Es la facultad de la imaginación 
transformadora de las realidades concretas en visio- 
nes fantasmagóricas, pero á las cuales da la inte- 
ligencia, que por lo demás permanece extrañamente 
lúcida y creadora, contornos precisos como si se 
tratara de cosas verdaderas. La fábula de Don 

285 



DISCURSO DE RECEPCIÓJST 



Quijote, soñando estar en suntuosos castillos y en 
presencia de grandes señores, cuando en verdad 
se hallaba en pobres mesones, entre arrieros y la- 
briegos, es una fina observación de las tendencias 
íntimas del alma de la raza ibera á engrandecer 
los hechos mas vulgares. Por eso los españoles de 
la Edad Media y del Renacimiento, convirtieron en 
héroes de romances sus guerreros, y esos mismos 
sentimientos los lanzaban á las más extraordina- 
rias aventuras, para imitar las figuras que forja- 
ban. En nuestros países la propia tendencia pro- 
dujo las leyendas que nimbaron de gloria los nom- 
bres de muchos Caudillos. La imaginación popular 
exaltada, lo transformó en Héroes Magnos y la 
voluntad de las multitudes se rindió á la suya. 

De todo esto se deduce lo que ya en otra 
oportunidad he observado: que en estos países no 
puede ser el sentimiento abstracto del respeto á 
la Ley bastante, por sí solo, para mantener el orden 
social, sino que es menester especialmente, que el 
gobernante logre para su personalidad misma el 
afecto del pueblo. Conclusión ésta que equivale á 
decir que, teniendo, como hemos visto, tan hondas 
raigambres en las repúblicas criollas, las tenden- 
cias personalistas, mas práctico resulta el ideal de 
su utilización en pro de la estabilidad social, me- 
diante la sumisión del Magistrado querido de las 
multitudes á las prescripciones de bien meditadas 
leyes, que el de empeñarse, vanamente, en su desa- 
parición, á que aspiraba el doctor Muñoz Tébar en 
el libro que he venido examinando. 

286 



PEDRO M. ARCAYA 



Mas ya me he detenido largo tiempo en comen- 
tarlo, y es hora de que entre á tratar la materia 
que he escogido como tema de mi humilde trabajo 
de recepción en esta respetable Academia, á saber : 
«La Insurrección de los Negros de la Serranía de 
Coro en 1795». 

El doctor José Gil Fortoul en su Historia Cons- 
titucional de Venezuela, (1) menciona este suceso, 
diciendo que con él comenzó el movimiento revolu- 
cionario de la emancipación. También el doctor 
Eloy G. González en su estudio «El Centenario de 
la Imprenta de Venezuela», publicado en El Cojo 
Ilustrado en 1905, lo cita como uno de los antece- 
dentes de nuestra Independencia. 

Extraño es que de un acontecimiento como el 
que nos ocupa, tan sonado cuando ocurrió, nada 
digan Barait, Austria, Montenegro ni Yanes. Solo 
Depons, en su conocido libro de comienzos del siglo 
XIX «Viaje ala Parte Oriental de Tierra Firme» (2) 
lo refiere, aunque errando respecto de la fecha en 
que tuvo lugar, pues da la de 1797. 

El señor Camilo Arcaya, mi finado padre, pu- 
blicó en la Revista Armonía Literaria, de Coro, á 
principios de la última década del pasado siglo, un 
suscinto trabajo sobre este mismo tema, siguiéndo- 
se por tradiciones, en verdad fidedignas, porque he 
podido comprobar la exactitud de los datos, aunque 



(1) Tomo l^,pág. 23. 

(2) Voyage á la parte oriéntale de la terre ferme. — Tomo 
III, pág. 156. 

287 



DISCURSO DE RECEPCIÓX 



escasos, que contiene aquel trabajo, especialmente 
acerca de la participación del doctor Pedro M. Chi- 
rino en la defensa de la ciudad contra los alzados. 

Cuanto á documentos sobre el particular, ape- 
nas que sepa, se han publicado los tres que figuran 
en las páginas 259, 260 y 261, bajo los números 
195, 196 y 197 del tomo 1 de los «Documentos para 
la Historia de la Vida Pública del Libertador, pu- 
blicados por disposición del general Guzmán Blan- 
co^>, y uno que, con varios errores, aparece inserto 
en el libro del doctor Julio C. Salas, titulado «Tie- 
rra Firme». 

Es pues, muy poco lo que se ha dado á la 
prensa acerca del asunto que he escogido, pero 
afortunadamente hallé en el Archivo del Registro 
Principal de esta ciudad los autos, casi completos, 
del proceso que en Coro se inició por orden de 
la Real Audiencia y el cual se continuó en Cara- 
cas por este mismo Alto Tribunal, sobre el origen, 
desarrollo y término de la insurrección que estu- 
dio, quiénes la llevaron á cabo y cómo fué de- 
belada (3). Minuciosísimo en detalles de todo gé- 
nero es este expediente. Teniendo á la vista las 



(3) Este expediente se encuentra enumerado bajo la le- 
tra C de 1795, en el «índice de causas criminales de 1607 á 
1799«>, así: Coro. Expediente sobre levantamiento de los ne- 
gros de aquella ciudad. / piezas, la primera con 304 fo- 
lios, la segunda con 278, la tercera con 167, la cuarta con 
503, la quinta con 308, la sexta con 271, y la séptima con 
7. Pero hoy otra pieza más relativa ii este mismo proceso, 
aunque enumerada en el índice en «Coro— Independencia — 
1795», con 200 folios. 

288 



PEDRO M. ARCAYA 



notas que de él he extraído, así como traslados de 
otros documentos sobre juntas de Guerra celebradas 
en Caracas en 1795, que he encontrado en el mis- 
mo Archivo, puedo hacer una exacta narración de 
los acontecimientos que son objeto del presente es- 
tudio; es, no solo de interés histórico el punto, sino 
también sociológico, por las observaciones que aque- 
llos sucesos sugieren. 

Comenzaré por hacer una breve reseña de la 
esclavitud en Venezuela, especialmente en Coro, y 
delinearé el cuadro que presentaba el medio donde 
estalló la sublevación. 

Desde el principio del siglo XVI comenzó la 
importación de esclavos en América. Permitióseie 
á Ovando en 1501 que trajera algunos, siempre 
que fueran de los negros nacidos en España en po- 
der de cristianos pues ya había esclavos de ese 
color en la Madre Patria, Pero al amparo de esta 
concesión, introdujéronse á la Española negros afri- 
canos, y como éstos solían huir á los montes é in- 
citaban á los indios á alzarse, la Reina Isabel revocó 
aquel permiso. Pocos años después volvió el Rey 
Fernando á autorizar la trata de negros. Comprá- 
banlos en el mercado de Lisboa y demostrando la 
experiencia que eran más vigorosos que los indios, 
resultó que, dolidos de estos últimos los Padres Do- 
minicos de la Española, los Frailes Jerónimos, el 
Licenciado Suazo, y aún el célebre Padre Bartolomé 
de las Casas, instaron al Rey porque se aumentase 
la importación de negros á estas Indias, sin adver- 

289 



DISCURSO DK RECEPCIÓN 



tir que tan injusta era su esclavitud como la de 
nuestros aborígenes. Así fué que en 1517 resolvió 
el Gobierno Español despachar cuatro mil negros 
para las islas, sin perjuicio de celebrar contratos 
para que se trajesen otros, como el que se pactó 
con Lorenzo de Gomenot. (4) 

Pronto se plantaron en Santo Domingo grandes 
haciendas, cultivadas por los africanos, y sus rudas 
labores hicieron más próspera la colonia, con el 
desarrollo de la agricultura, que antes lo fuera con 
la explotación de las minas. 

Ya arraigada, pues, estaba la esclavitud en 
América, cuando se inició la colonización de Ve- 
nezuela. Así desde los primeros años de la con- 
quista, junto al blanco guerrero estaba el esclavo 
negro que, en ocasiones, al lado de su amo com- 
batía también esforzadamente. 

Disemináronse los africanos en las varias po- 
blaciones que fundaron los españoles, pero en ma- 
yor número fueron agrupados en las minas de 
Buria donde, á mediados del siglo XVI, trabajaban 
más de ochenta negros. Alzáronse, como refiere 
la historia, acaudillados por uno de ellos mismos 
á quien los colonos llamaban Miguel, y el cual, si- 
guiendo los usos de su país, pero haciendo una 
grotesca caricatura de las instituciones españolas, 
convirtióse en régulo absoluto de sus antiguos 
compañeros. ¡Primera manifestación del fenómeno 



(4) E. Gaylord Bourne. España en América. Páginas 
237 y 238. 

290 



PEDRO M. ARCAYA 



que tantas veces en nuestra vida nacional debía 
repetirse, de! alzamiento de partidas que aparente- 
mente movidas por ideas políticas, y en realidad 
obedeciendo á impulsos inconscientes que parten 
de las capas hereditarias del espíritu, se han ido 
á los montes apellidando guerra por cosas que no 
pueden entender! 

Más esclavos había menester la colonia á me- 
dida que se desarrollaba su agricultura, y así su 
número aumentó progresivamente. Por los años 
de 1732 ocurrió entre los que moraban en el lito- 
ral comprendido entre Puerto Cabello y Tucacas, 
unidos á los indios de esas comarcas, una suble- 
vación análoga á la del negro Miguel del siglo XVI, 
aunque mucho más seria. Encabezábala el negro 
Andresote, esclavo de un vecino de Valencia y el 
cual logró juntar muchos parciales, poniéndose al 
cabo en comunicación con los holandeses de Cu- 
razao, para donde embarcaba frutos de la tierra, 
recibiendo en cambio armas y municiones con que 
pudo resistir las entradas que para sojuzgarlo hi- 
cieron las tropas reales. Pero murió él, y al fin 
redujéronse sus partidarios, previo indulto del Go- 
bernador, por las exhortaciones de los Padres Fray 
Salvador de Cádiz y Fray Tomás de Pons (5). 

Concretándome al partido de Coro, sé, por do- 
cumentos que he podido consultar en los archivos 

(5) Documentos para la vida pública del Libertador- 
Tomo I— pág. 411 y otros documentos inéditos consulta- 
dos por el autor. 

291 



DI3CirKS0 DE RECEPCIÓN 



de aquella ciudad, que hasta fines del primer cuar- 
to del siglo XVIll se importaron allá africanos — 
llamábanlos bozales-vendidos por los agentes de la 
Compañía inglesa que gozaba el triste privilegio 
de tan inhumano tráfico. Aquellos crueles merca- 
deres traían herrados los negros con la marca de 
la Compañía, la cual se copiaba en las escrituras 
de venta y también en sus traslados que aún que- 
dan en los protocolos de aquella época. No pare- 
ce que después se introdujeran más esclavos á di- 
cha localidad, aunque sí aumentó su número por 
la multiplicación de su descendencia. 

Para la época de los sucesos que vengo á 
narrar se calculaba que vivían en la jurisdicción 
de Coro tres mil doscientos sesenta y un esclavos, 
de toda edad y de ambos sexos, de los cuales no- 
vecientos sesenta en la ciudad misma y lugares cir- 
cunvecinos, incluyendo los flancos setentrionales de 
la cercana sierra, es decir, en lo que hoy forma el 
Distrito Miranda y parte del de Colina; de quinientos 
á seiscientos en las montañas y valles de Cabure y 
San Luis (Hoy Distritos Petit y Bolívar), como cua- 
trocientos cuarenta en jurisdicción de Casigua y re- 
partidos los demás, en menores grupos, en las otras 
parroquias del partido. Solo en territorio de la de 
Agua Larga no habitaba ningún esclavo. 

Los que moraban en jurisdicción de Cabure y 
San Luis, estaban distribuidos en las haciendas 
que regaban los ríos de Hueques, Cariagua y los 
Mitares y en las de secano del valle de Curimagua 

292 



PEDRO M. ARCAYA 



y alturas circundantes. Con excepción de los fun- 
dos de la Caridad y la Concepción de Hueques, que 
eran de relativa aunque no grande importancia, to- 
das aquellas haciendas eran, realmente, pequeñas 
labranzas de caña de azúcar para fabricar papelón ; 
cultivábanse también frutos menores, en escasa can- 
tidad. 

Paulatinamente la esclavitud en esos lugares se 
transformó, de hecho, en una especie de servidum- 
bre de la gleba. Formaban en cierto modo los es- 
clavos, cuerpo con la hacienda donde trabajaban, y 
junto con sus plantaciones y edificios se les in- 
ventariaba en cada caso. Como era apenas lo la- 
brado por el amo un cortísimo espacio del terre- 
no sobre el cual tenía ó creía tener dominio, solía 
permitir á sus esclavos que hicieran sus conucos 
en el resto, y al cabo se veía rodeada la labranza 
del señor de otras más cortas, pertenecientes á los 
siervos, é hízose costumbre que éstos sólo trabaja- 
sen en la hacienda del amo el tiempo necesario 
para <<sacar la tarea» que se les asignaba, bastando 
al efecto medio día, y aún menos en ocasiones. 
El resto en los días de labor y el sábado todo, ade- 
más, naturalmente de los feriados, era el tiempo 
que podían emplear los esclavos en beneficio pro- 
pio. En cambio de estas concesiones, eximiéronse 
los amos de suministrar alimentos á los que no 
tenían consigo en sus. casas, aunque á todos y por 
propio interés cuidaban en sus enfermedades, pro- 
porcionándoles medicinas. Viviendo así los esclavos 

293 



DISCURSO DE KECEPCIÓN 



en sus chozas, al lado de sus mujeres é hijos, y 
cultivando sus conucos, debía lentamente desarro- 
llarse en ellos la conciencia de su personalidad y 
la idea de que eran víctimas de una gran injusticia. 
Admira como los amos, hombres de sentimientos 
rectos y caritativos ordinariamente, no compren- 
dieran también la iniquidad de la esclavitud. Pero 
nada hay mas cierto que la variabilidad y perfec- 
cionamiento de la moral humana, mediante el lento 
proceso de la civilización. Ideas que hoy nos pa- 
recen evidentes, no lo eran para nuestros antepa- 
sados, y limitábanse en cuanto á la esclavitud los 
que eran bondadosos, á temperar en lo que de ellos 
dependiese, los rigores de un sistema que, en sí 
mismo considerado, no hallaban injusto. Quizás 
nuestros descendientes llegarán así mismo á es- 
candalizarse del estado social de la humanidad ac- 
tual, y se preguntarán también, si en las lejanías 
del futuro se realizaren los ideales que ya agitan las 
multitudes en el viejo mundo, como es que nosotros 
hemos podido considerar como una mercancía, su- 
jeta á la ley de la oferta y la demanda, el trabajo 
del hombre, y sobre esa base, fundado las rela- 
ciones económicas de capitalistas y asalariados. Mas 
si se posesionaren de nuestra mentalidad y de las 
causas que la han determinado, tal cual es, verán 
que no hemos podido pensar de o'ro modo, y ncs ab- 
solverán. Procedamos nosotros lo mismo respecto 
de nuestros mayores, y advertiremos que al sostener 
la esclavitud no obraban por perversión del alma, 

294 



PEDKO M. ARCAYA 



sino sugestionados por falsos conceptos, que des- 
de la más remota antigüedad venían reinando en el 
mundo. 

Volviendo á nuestro asunto, en la misma con- 
dición que dejo explicada, se hallaban los es- 
clavos de las haciendas agrícolas de las otras pa- 
rroquias en que estaba dividido el partido. 

Cuanto á los esclavos que moraban en los fun- 
dos pecuarios y los destinados al servicio doméstico 
de sus amos, estaba su vida organizada de otro 
modo, pero en suma no eran maltratados, y se les 
dejaba también tiempo para que pudieran hacer 
algo en provecho de ellos mismos. 

Algunos, ora entre los esclavos de los fundos 
de agricultura, ora da los pastores ó domésticos, 
lograban formar peculio y rescataban su libertad 
ó la de sus hijos. Otros dejaban herencia cuan- 
do morían. Tengo á la vista un traslado, sacado 
del protocolo que llevó en Coro en 1760 el Es- 
cribano don José Bernardo de la Peña, del testa- 
mento que otorgó el 13 de noviembre de ese año 
un Juan Nicolás, esclavo del Presbítero Dr. D. Fran- 
cisco de la Colina. Muy regular patrimonio dejó 
aquel siervo á su viuda é hijos, que eran libres (6). 

(6) Copio algunas cláusulas de este testamento. Dice 
el otorgante que fue casado dos veces, y durante el se- 
gundo matrimonio, aunque la esposa nada aportó, adquirie- 
ron varios bienes que á la sazón poseían, y sobre los cua- 
les testaba, enumerándolos así: «Declaro por mis bienes 
noventa reses vacunas de rejo con más cuatro toros y 
cuatro novillos, y las demás reses que parecieren de mi 

295 



DISCURSO DE KECKPCIÓN 



Otro caso recuerdo de una esclava que testó 
algunos bienes, y como no tenía descendencia, dis- 
puso que se aplicaran á misas por su alma. 

Verdaderamente, no eran opresores los amos 
bajo cuyo dominio podían adquirir tales peculios 
sus esclavos, lo cual no obsta á que condene como 
inicua una institución que arrebataba al siervo, 
para las labores del Señor, siquiera una parte de 
su tiempo, sin compensación. 

Como el proceso de la emancipación de los 



jierro, las cuales están en la Palma Partido de Acatuto al 
cuidado y cargo de José Eugenio, mi yerno. Itt un hata- 
jo de yeguas, las que pareciesen con mi jierro, que no se 
á punto fixo las que son dho ataxo de yeguas se halla 
en el Hato del Sercado de mi amo, el Señor Vicario, se- 
ñor don Francisco de la Colina. Itt en dicho atajo de ye- 
guas tres burros y un caballo. Itt en dichas yeguas tres 
muletas y dos crías de caballo. Itt, ocho burras mansas 
que están en la Sierra donde tengo mi residencia. Itt, doce 
muías mansas de harria y una de silla. Itt, declaro que 
tengo en Paraguaná al cuidado de Joseph Diego algunas 
yeguas y cabras que no se á punto fixo lo que es, pero 
mediante la confianza que tengo del dho, es mi voluntad 
que se esté y pase por todo lo que el dixere. Itt de- 
claro que tengo en esta ciudad al cuidado de Rafael Ruiz 
ocho burros--- » — tiace el testador otras declaraciones 
sobre pequeñas sumas que se le adeudaban, y también 
dice que había comprado un derecho en las tierras de 
Acatuto, de cuyo precio aun debía una parte, y dispone 
algunos cortos legados piadosos. Termina el instrumsnto 
así: «Y para cumplir y pagar este mi testamento mandas 
y legados en el contenidas, dejo y nombro por mi Alba- 
cea testamentario á dho mi amo el Sr. D. Francisco de 
la Colina -- á quien suplico lo acepte por amor de Dios. .-- 
Dejo y nombro por mis legítimos y universales herederos 
á los dhos mis hijos Juan Bernardo y á María del Rosa- 
rio de Silva, mi nieta, hija lexitima de mi hija María del 
Carmen Difta y de Joseph Eugenio, mi yerno, para que 
los gocen por iguales partes » 

296 



PKDUO 11. AUCA Y A 



esclavos, ora por propio rescate, ora porque los 
amos, como era frecuente, les hacían gracia de 
la libertad, manumitiéndolos por escrituras ó tes- 
tamentos, se inició desde la fundación de la co- 
lonia, al cabo el número de los negros libres fue 
relativamente numeroso y mezcláronse muy pronto 
con las otras castas, saliendo de esta mezcla los 
pardos, término colectivo que abarcaba á todos los 
que en sus venas tenían sangre africana, aunque 
fuera en corta proporción 

Al fin los negros libres y los pardos llegaron 

á formar en conjunto la más numerosa categoría 

de la población del partido de Coro; eran de once 
á doce mil personas. 

Entre los negros libres merece especial men- 
ción por lo mucho que sufrió durante los sucesos 
que son objeto de este trabajo, la colonia de los 
loangos ó minas. La constituían los esclavos que 
fugados de Curazao, gran mercado de negros á la 
sazón, arribaban en numerosas partidas á las cos- 
tas de Coro en busca de su libertad, que adqui- 
rían al pisar nuestro territorio. En frágiles canoas 
se arriesgaban á atravesar el mar que separa 
aquella isla del continente. Vagaron hasta ya en- 
trada la segunda mitad del siglo XVIII por el li- 
toral oriental coriano (Costa arriba) donde, para 
1761, se calculaba que vivían como cuatrocientos 
de estos negros en eotado semi-salvaje; las auto- 
ridades de Coro los mandaron doctrinar por: «/zo 

297 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



tener de cristianos sino el nombre^ (7). — Muchos 
de ellos y luego todos los que siguieron viniendo 
de Curazao en la segunda mitad de aquel siglo, se 
redujeron á la misma ciudad de Coro y á una par- 
te de la serranía que mora al Sur, en las tierras 
entonces realengas de Macuquita. En su mayor 
parte eran africanos de nacimiento, y de allí los 
nombres que se les daba en Coro de negros loan- 
gos y gente de Guinea; en cuanto al de minas, 
con el cual también se les designaba, me parece 
que era vocablo del patuá de Curazao. 

Grande influencia tuvieron en aquellas gentes 
las prédicas de los sacerdotes católicos y cobraron 
suma afición á las ceremonias religiosas. Eta na- 
tural que guardasen muchas de las supersticiones 
africanas, pero, por lo menos, el catolicismo, to- 
cando la fibra sensible de aquellas almas primiti- 
vas, que no era ni podía ser la fría razón, sino el 
sentimiento, pudo transformar á muchos de los 
seres impulsivos y violentos que vinieron del Áfri- 
ca, en hombres que al temer por la suerte de su 
alma en la otra vida, en que creían firmemente, 
se penetraban de ciertos sentimientos de moralidad 
que les eran desconocidos y que de otro modo 
no hubieran podido entrar en sus corazones. En 
el curso del proceso originado por los hechos que 
vengo á narrar, hubo de tomársele declaración 
jurada ante uno de los Jueces de la Real Audien- 

(7) Documentos consultados por el autor en el Archi. 
vo de Coro. 

298 



PEDRO M. ARCA YA 



cia, en Caracas, á Felipe Guillermo, negro loango 
de los que he mencionado, y á quien se le 
atribuía complicidad en la Revolución. Negábala, 
y reconviniéndosele para que dijera la verdad, con- 
testó que era como había declarado, porque él no 
se expondría á perder su alma, jurando falsamen- 
te, para salvar la vida, expresión que emanada de 
aquel pobre negro, tiene un valor psicológico de 
singular importancia, porque hace ver cuan honda 
había sido la penetración de la moral religiosa en 
aquellos rudos espíritus. En este sentido sí creo 
en la eficacia de la educación con respecto á 
la raza africana, esto es, cuando se le habla en 
nombre de la Religión, apelando á la fe, para ba- 
sar en ella la distinción del bien y del mal; no 
cuando en nombre de la razón abstracta se le ha 
querido enseñar cívicos deberes republicanos; la 
profunda pasión que siempre inspira sus senti- 
mientos, constituye á esta raza en materia apta 
para la producción de batalladores impulsivos, he- 
roicos en ocasiones, pero no de repúblicos. 

En la ciudad de Coro habitaban los loangos la 
parte Sur de la ciudad, llamada Los Ranchos, y 
luego denominada también «Barrio de Guinea», 
nombres que aun se conservan. En aquel barrio 
tenían los negros sus diversiones, que eran ordi- 
nariamente bailes al son del tambor africano, que 
duraban hasta media noche, con los cantos de su 
patria lejana, en su idioma nativo, y sin duda de la 
misma monotonía de los que, ahora en españoN 

299 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



aún se oyen durante la noche en los «trapiches» de la 
sierra de Coro, entonados por los «peones», que des- 
cienden de la gente africana, resonando como ecos 
lejanísimos de un remoto pasado, como la voz de 
innumerables generaciones desaparecidas, que fren- 
te á las mudanzas accidentales, determinadas por los 
sucesos históricos, afirman la permanencia de los 
íntimos sentimientos que acumularon para legarlos 
a sus descendientes. 

En la pobre y oscura vida de Coro, las diver- 
siones de los loangos eran la única nota de públi- 
ca alegría, y como espectadores solían asistir á 
ellas el Justicia Mayor y los prohombres de la ciu- 
dad, y á veces hasta las señoras. 

Los mas de los negros de los Ranchos, tenían 
también sus labranzas en Macuquita, donde residían 
de fijo muchos de ellos. Sus mujeres eran comun- 
mente de Coro, negras ó mulatas libres. 

Estos negros fueron organizados, durante el úl- 
timo cuarto del siglo XVIII, en un cuerpo de mili- 
cias separado del de los negros libres criollos, y 
denominado «Compañía de loangos», con un capi- 
tán de su nación, llamado Domingo de Rojas, el 
cual los gobernaba en todo, y era á su vez prime- 
ra autoridad del vecindario de Macuquita. Bajo 
su mando descendían de la Sierra en la Semana 
Santa, formaban en las procesiones, y después ha- 
cían ejercicios militares. 

Figuraba entre los loangos un tipo interesante. 
Llamábase José Caridad González. Traído de las 

300 



PEDRO M. ARCAYA 



costas del África á Curazao, se fugó muy joven y 
llegó á Coro, donde se ocupó en diversos oficios 
y adquirió porte y maneras que lo distinguieron 
de sus coterráneos. Inteligente y laborioso, apren- 
dió muy bien el español, <'ca5i como los Patri- 
cios», dicen los documentos que de él hacen refe- 
rencia, y además de su idioma africano y del pa- 
tuá de Curazao, hablaba también el francés. Con- 
secuente con sus compañeros de infortunio que 
dejó en la isla, trabó correspondencia con ellos, y 
con sus indicaciones les facilitaba la fuga al Con- 
tinente, á donde en efecto muchos pudieron arribar 
siguiendo sus consejos. 

Aumentándose el vecindario de Macuquita, co- 
menzaron los negros á labrar tierras vecinas, que 
ellos sostenían que eran también realengas, pero 
que afirmando ser suyas, les impedían cultivar D. 
Juan Antonio Zárraga, y su yerno D. José Zabala- 
Tomó á su cargo José Caridad la personería del 
grupo loango en esa cuestión, patrocinado por el 
Dr. Pedro M. Chirino, Abogado coriano, su protector, 
que llegó á dispensarle tantas atenciones, que á cada 
momento iba á su casa el africano. Aconsejóle que 
fuera hasta España en la reclamación de esas tie- 
rras, y así ío hizo José Caridad, logrando traer una 
Real Cédula en sentido favorable á su causa. Con 
esto creció grandemente su influjo con los loangos 
y adquirió renombre entre los negros criollos. Pro- 
púsose sustituir á Domingo Rojas en la Capitanía 
q,ue este desempeñaba, mas como Rojas tuviera 

301 



DISCURSO DE RECEPCIÓX 



también sus parciales entre ios negros y sus pro- 
tectores en la clase directora, no lo consiguió, pero 
sí que se hicieran dos Compañías de los loangos, 
dejando con la una á Rojas, y drándole á él, José 
Caridad, el mando de la otra, como lo dispuso pro- 
visionalmente en 1794 el Justicia Mayor de Coro. 
Ramírez Velderrain. Mas, probablemente por in- 
fluencias del señor Zavala con el Gobernador Car- 
bonell, éste se negó á ratificar tal nombramiento, 
y acordó la Capitanía de la nueva Compañía á 
otro negro loango llamado Luis de Rojas. En es- 
tas gestiones hacía José Caridad frecuentes viajes 
á Caracas, de donde regresó á Coro en abril de 
1795, desesperanzado del logro de sus pretensio- 
nes. Ya volveré á tratar de él, y para con- 
cluir con lo relativo á los negros loangos, di- 
ré que el número de hombres de armas to- 
mar de este grupo, ascendía á algo más de dos- 
cientos individuos en 1795. 

Para completar el estudio del medio social co- 
riano, ya que he hecho referencia de los esclavos 
y negros y pardos libres, mencionaré á los blan- 
cos y los indios. 

El término de blancos, más bien que indicati- 
vo de raza puramente de este color, era una ca- 
lificación legal que abarcaba, así á los individuos 
de casta europea, como á los mestizos, esto es, á 
las personas que tenían sangre indígena mezcla- 
da con la blanca, legítimamente ó por bastardía, 
gubdividíanse los blancos en nobles y del estado 

302 



PKPRO M. AKCAYA 



llano, (en el que predominaba el mestizage), gru- 
pos cuyas fronteras estaban indecisas. Los nobles, 
comúnmente llamados los mantuanos, de raza blan- 
ca no mezclada, eran descendientes de los con- 
quistadores, con cuyas nietas se habían enlazado 
otros hidalgos pobres, de los que en busca de 
fortuna solían arribar á América, provenientes de 
Castilla, las provincias vascas, Andalucía é Islas 
Canarias. Entre los mantuanos de Coro figuraban 
como ya dije, los más de los dueños de las 
haciendas y esclavos de la Serranía. Distaban sin 
embargo de ser ricos y llevaban una vida modes- 
ta, cual convenía á la pobreza del lugar. Durante 
ciertas temporadas del año residían en Coro, don- 
de tenían sus casas de habitación; el resto de su 
tiempo lo pasaban en sus pequeñas haciendas agrí- 
colas ó fundos pecuarios. Con frecuencia, aunque 
todos emparentados unos con otros, se dividían 
por cuestiones fútiles de etiqueta ó por pleitos de 
tierras en parcialidades rivales. Para 1795 eran 
dos las que existían entre los mantuanos de Coro 
con su respectivo séquito en las otras clases; una 
de Don José Zavala y la familia Zárraga y la otra 
del Dr. Pedro iV\. Chirino, su cuñado Don José Te- 
nería y algunos individuos mas de sus cercanos 
deudos. 

La clase blanca en globo se estimaba en algo 
menos de cuatro mil personas, de las cuales ei 
subgrupo de los mantuanos, no llegaba á formar 
más de una octava ó decima parte. 

303 



DISCURSO DK RECEPCIÓN 



Los indios formaban la base étnica de la po- 
blación; en efecto, los pardos tenían tanto de san- 
gre africana como de la indígena; entre los blan- 
cos, los mas eran realmente mestizos, y todavía 
quedaba un gran número de individuos en quienes 
permanecía ó se presumía que quedaba, sin mez- 
cla, la sangre de los autóctonos. Como indios pu- 
ros estaban clasificados los mas de los habitantes 
de las parroquias constituidas antaño como pue- 
blos de indios, con los restos de las tribus abo- 
rígenes que sobrevivieron á la Conquista. Esta- 
ban subdivididos en libres, llamados también exen- 
tos, que eran los descendientes de los Caquetíos 
del litoral, antiguos aliados de los españoles y 
se estimaban en más de siete mil almas, distri- 
buidas en varios pueblos, y en tributarios, llama- 
dos también demorados, descendientes de los Jira- 
jaras y AJaguas que, por haber resistido á los 
conquistadores, estuvieron antiguamente «repartido5> 
en Encomiendas y después quedaron obligados, 
como los demás indios de Venezuela y aún de casi 
toda la América, al pago de un tributo anual ó 
demora; éstos eran pocos, pues apenas componían 
cinco pueblos: San Luis, Pecaya, Agua Larga, Uta- 
quire y Pedregal, y su número, en todo, ascendía 
á algo menos de mil personas. 

Los pueblos de indios, así de los exentos 
como de los tributarios, estaban también habitados 
por gentes de otras castas, á pesar de las prohi- 
biciones legales que regían sobre este particular, 

304 



PKDRO 31. ARCA YA 



y fue beneficioso que se eludieran porque así los 
indígenas, en contacto con las demás castas, y mez- 
clándose con ellas, quedaron al cabo al mismo 
nivel del resto de la masa popular, resultando ésta 
más homogénea, de modo que la división de in- 
dios y pardos, casi no tenía sino una significa- 
ción legal. Costumbres y modo de vivir eran muy 
semejantes. 

Sobre los pueblos de indios, de una y otra 
categoría, ejercían suma influencia los prohombres 
de la ciudad, del grupo de los mantuanos, en 
contra de lo que pudiera creerse razonando a priori 
sobre el odio de castas, que ahora se suele su- 
poner que debió existir en la raza conquistada ha- 
cia los nietos de los conquistadores. En particu- 
lar, para la época que estudio, era oído y consul- 
tado con afecto, por los indios, el Dr. Pedro M. 
Chirino, descendiente de los antiguos Encomende- 
ros de los pueblos tributarios y «Protector Gene- 
ral» él mismo y descendiente de los antiguos Pro- 
tectores de los indios libres Caquetíos. Estos úl- 
timos, además de sus capitanes ó Caciques en 
cada pueblo y del Protector General referido, te- 
nían un Gacique General (título casi puramente 
honorífico) que lo era por herencia Don Domingo 
Martínez Manaure. 

Es Curimagua, donde prendió la insurrección 
que entro á narrar, un valle largo de cuatro 
leguas y ancho de una, en el corazón de la sierra 
de Coro. Frescas y límpidas, aunque no abundo- 
sos 



DISCURSO DE Rf^CEPCIÓN 



535 agua5, aire puro, vegetación exhiiberante, clima 
sane, suelo ondulado, aunque á ratos algo quebra- 
do; tales condiciones hicieron que el lugar fuera 
ocupado por los españoles desde el tiempo de la 
conquista. Abruptos, aunque no muy altos, son 
los cerros circundantes y el valle mismo está 
sobre el nivel del mar de ocho á novecientos me- 
tros. Paró ese terreno á principios del siglo XVIIÍ 
en poder de los cónyuges Don Cristóbal Chirino y 
Doña Nicolasa de la Colina que lo dejaron en 
vínculo para su descendencia; por eso á fines del 
mismo siglo XVIII las varias haciendas allí tunda- 
das pertenecían á las diversas ramas de la fami- 
lia Chirino, que llevaban ora el mibmo apellido, 
ya otros, según la descendencia era por línea 
masculina ó femenina. Las tierras altas que cir- 
cundaban el valle por el Norte, Este y Oeste eran 
también de individuos de las mismas familias ó 
de otros vecinos de Coro y las del Sur, de los in- 
dios de San Luis. 

Ya vimos que los esclavos labraban por su 
cuenta pequeños conucos en estas haciendas y que 
en suma sus obligaciones respecto de los amos, 
se habían convertido en una especie de impuesto 
de trabajo. En cada fundo vivían también mu- 
chos colonos libres, con permiso de les dueños de 
las tierras, ora pagando á éstos un pequeiío ca- 
non de arrendamiento anual, según la extensión de 
sus labranzas, ora moliendo á medias sus cañas 
en el trapiche del propietario, conio aún hoy se 

306 



TEDRO M. ARCAVA 



estila en aquellos lugares. Debía chocar á los la- 
bradores esclavos, que estaban en continuo roce 
con los libres, la diferencia de que mientras ellos 
trabajaban para el amo, aunque fuera algunas ho- 
ras, los otros no lo hacían sino para sí mismos ; 
fue ésta, sin duda, la causa principal que les hizo 
ver de bulto la injusticia de su condición y los 
predispuso á alzarse. 

Preparados así los ánimos, llegó á Venezuela 
el «Código Negro», dado por el Rey de España. 
En cuanto á la esclavitud en Coro, quizás menos 
dura para los siervos era la condición en que se 
hallaban que la que les resultaría con la aplica- 
ción de aquel Código. Por lo menos ellos mismos 
!o entendieron así, porque proponiéndoles algunos 
amos ponerlo en ejecución, lo cual envolvería 
para lo."^ esclavos la pérdida del sábado que la 
costumbre les había dado, negáronse á ello, y así 
siguieron las cosas como venían. Pero la noticia 
de que había llegado una Real Cédula sobre la 
esclavitud se transformó por las ilusiones, que 
ojalá hubieran resultado realidades! de los sier- 
vos, en la creencia de que el Rey había ordena- 
do su total emancipación. Contribuyeron á ello 
también los rumores que llegaban al interior de 
que el Cabildo de Caracas se oponía al cumpli- 
miento de aquel Código, esto es, suplicaba su re- 
visión, por considerar atentatorias algunas de sus 
cláusulas á los derechos de los propietarios. 

Ya desde 1790 circulaba entre los esclavos 

307 



DISCURSO DE RECKPCIÓN 



la especie de que eran libres por la voluntad de 
Monarca, pero que los amos, de acuerdo con las 
autoridades de la ciudad, habían logrado evadir el 
cumplimiento de la Real Orden, ün mohán ó he- 
chicero que recorría las haciendas especulando con 
la candidez de los esclavos, los hizo afirmarse en 
esa creencia, que al cabo fue en ellos convicción 
profundísima, cuando corrió el rumor de que José 
Caridad González decía haber visto en España la 
Cédula de la emancipación de los esclavos. Dijé- 
ralo efectivamente el loango para ir preparando, 
como después se creyó, una revolución, ó fuera 
que algunos, para dar valor á la especie, la pre- 
sentaran como emanada de él, lo cierto es que los 
siervos la aceptaron como una verdad indiscutible 
y desde entonces adquirió sumo prestigio entre 
ellos el nombre del africano, que había tenido la 
fortuna de ver la Cédula libertadora, y á quien su- 
ponían hasta amigo del Rey, el leyendario perso- 
naje Señor de vidas y haciendas y fuente de toda 
merced. 

Los amos, tratados hasta esa época por los 
esclavos con respeto y cariño, mientras en su ru- 
dimentaria mentalidad los consideraban con dere- 
cho sobre ellos — que si hubieran sido capaces de 
mayor reflexión, nunca les hubieran reconocido tal 
derecho— fueron vistos desde luego con ojeriza cre- 
ciente. Espiaban los criados sus conversaciones, 
y cuando veían que querían hablar reservadamen- 
te ó que leían con interés (todo esto ocurría en 

308 



PEDRO M. AR.CAYA 



las haciendas de Curiinagua) las cartas que re- 
cibían de Coro, imaginábanse que forjaban planes 
para eludir algún nuevo requirimiento del Rey, 
respecto á su liberación. 

Pero aquella sorda agitación limitábase á los 
esclavos, mejor dicho, á cierto número de ellos, 
porque otros, bien hallados con su suerte ó me- 
nos fáciles en creer los rumores que circulaban, 
permanecían tranquilos. 

Otra causa ocurrió luego, es decir, después de 
1790, que produjo cierta conmoción general en 
todas las clases sociales de Coro, y muy espe- 
cialmente en la gente pobre, así libre como escla- 
va. Fue el caso que llegó á la ciudad como Re- 
caudador de los Reales Derechos un individuo, pro- 
bablemente español, llamado don Juan Manuel de 
Iturbe, el cual se empeñó en cobrar con el mayor 
rigor todas las contribuciones que ordenaba el de- 
recho fiscal español, pero que en gran parte ha- 
bían caído en desuetud en Coro. Trató de hacer 
efectivos en numerario ios tributos de los indios 
demorados que hacía tiempo no los pagaban, y 
si acaso con frutos de la tierra, y muy especial- 
mente tomó grande afán en la recaudación del 
impuesto de alcabala en todas las transacciones, 
aun las que versaban sobre objetos de poco va- 
lor. En la Aduana de Caujarao, establecida de 
tiempo atrás, para el cobro de los peajes, ordenó 
á su Administrador, que lo era un Luis Barcenas, 
que detuviese á todas las personas que bajasen de 

309 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



la Sierra á vender á Coro los productos de sus 
labranzas y valorando lo que venían á realizar, co- 
brase anticipadamente la alcabala. Una idea de las 
vejaciones á que daba lugar el cobro de este im- 
puesto, nos la da el párrafo que copio en se- 
guida, tomado de la declaración de José Leonardo 
Chirino, ante la Real Audiencia: «Allá hacia Cu- 
«rimagua hay muchos alcabaleros, y si uno va á 
«comprar una resesita á Baragua ú otra parte, 
«paga la alcabala allá, y cuando pasa por el pue- 
«blo de San Luis, aunque no venda en él la res, se 
«la aforan y vuelve á pagar la misma alcabala, 
«luego trae la resesita á Curimagua y la vende por 
«panelas, porque allí no hay dinero y baja con las 
«panelas á Coro, y cuando llega á Caujarao le 
«quitan una prenda y le dan una papeleta, y ha 
«de traer otra de la Administración, y si no la 
«trae en aquel día, porque tal vez no pudo vender 
«ó se dilató con otro motivo que no pudo venir, 
«-el alcabalero de Caujarao vende la prenda ó se 
«queda con ella aunque valga más que la alcabalas 
A las mujeres les embargaban en garantía del 
impuesto sus rosarios, zarcillos y hasta los pañue- 
los con que se cubrían la cabeza. 

La Administración de las Rentas era indepen- 
diente de la Municipalidad y hasta de la autoridad 
del Justicia Mayor, primer magistrado político del 
lugar. Aún del Sub-Delegado de la Real Hacien- 
da, don José Zavala, era en cierto modo indepen- 
diente, porque cada uno tenía atribuciones distin- 

310 



PEDKO M. AIICAYA 



ías, el Recaudador Iturbe. De modo que el Justicia 
y los Cabildantes nada podían hacer para conte- 
ner ?»quello5 abusos, sino representar al Capitán 
General, el cual á su vez tenía que someter el pun- 
to á la Intendencia de Hacienda. 

En efecto, el Cabildo en virtud de proposicio- 
nes del Síndico Procurador don José Tellería, hizo 
una exposición al Gobierno de Caracas, en queja 
contra Iturbe. A éste parece que lo apoyó Zavala 
entonces, y en suma, mientras seguía el asunto los 
largos trámites del caso, continuaban en Coro las 
exacciones. Esto contribuyó también á que en el 
concepto de la gente del común, que no sabía de 
las divisiones de los poderes coloniales, y para 
quienes todas las autoridades formaban un bloque 
solidario, quedaran mal parados los cabildantes su- 
poniéndolos cómplices ó consentidores de los actos 
de la Recaudación de Rentas. La agitación que es- 
tos hechos produjeron fue especialmente violenta 
entre los esclavos y labradores libres de la Sie- 
rra, porque eran los que más frecuentes transac- 
ciones de ínfimo valor hacían en la ciudad, con 
la venta de los frutos de sus labranzas. Los in- 
dios tributarios se manifestaban también quejosos 
por el cobro de los tributos, pero confiaban más 
en el éxito de las gestiones de sus personeros en 
Coro. En cuanto á los Caquetíos, que también su- 
frían con el impuesto de la alcabala, considera- 
ban seguro que en su obsequio se haría una ex- 
cepción, dada su tradicional fidelidad al Rey, y ser 

311 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



ellos los más constantes sostenedores de la au- 
toridad colonial, siempre que se les requería al 
servicio de las armas por temor á corsarios ene- 
migos, de modo que entre ellos no llegaron las 
quejas al extremo que en la ¿ente de la Sierra. 

Pero en esta última misma no habría pasado 
la agitación al terreno de los hechos, á no haber 
mediado otro factor que entro á estudiar y es 
el que conexiona la insurrección que nos ocupa, 
ocurrida en una oscura región de la olvidada co- 
lonia venezolana, con los hechos más trascenden- 
tales de la historia moderna, porque á ese factor 
se debió que esta insurrección fuese el eco pri- 
mero que en estos países tuvo la Revolución Fran- 
cesa. Veamos cómo. 

Desde que se inició en Europa aquel gran mo- 
vimiento, sus noticias comenzaron á agitar los áni- 
mos en Venezuela. La caída de la monarquía se- 
cular de los Capetos, la prisión y muerte del Rey, 
del descendiente de San Luis, eran sucesos que 
de tal modo chocaban con las ideas y sentimien- 
tos tradicionales de estos pueblos, acostumbrados 
á venerar los Reyes, por la institución que encar- 
naban, como personajes superiores á los demás 
hombres, v destinados por el Supremo Hacedor 
para el gobierno de las sociedades, que se com- 
prende cuan honda debió ser la sensación de los 
espíritus ante aquellas novedades, que si bien pu- 
sieron espanto en los más, á algunos sugestio- 

312 



PEDRO M. ARCAYA 



naron con el prestigio de las nuevas doctrinas y 
en todos despertaron ardiente curiosidad. 

«Desde las primeras noticias que se recibieron 
«de la alteración de la Francia, se dejaba conocer 
«su aplauso señaladamente en el Puerto de La 
«Guayra (dice un documento publicado en la co- 
«lección de Blanco Azpurua (8) en palabras suel- 
«tas y en los semblantes de los habitadores ex- 
«tranjeros ó descendientes de ellos y de algunos 
«incautos españoles sus amigos, manifestando to- 
•«dos sobradamente la alegría que sentían en cada 
«paso favorable al establecimiento de la República, 
«y el sentimiento de los sucesos contrarios, cuyos 
^<efectos se descubrieron más, cuando declarada la 
«guerra contra España por Francia, lograban los 
«Franceses alguna victoria ó la perdían, acreditan - 
«dolo sin equivocación quando se supo que se ha- 
«bía ocupado la plaza de San Sebastián, pues tras- 
«pasando entonces los límites de la moderación 
«y compostura, la aplaudían en sus convites, pa- 
«seos y festines privados; lo mismo que repetían 
«en otras iguales ocasiones entre ellas quando la 
«pérdida del castillo de San Fernando de Figueras.» 

Termina este documento diciendo que que- 
daron «por último en los ánimos de algunos jó- 
«venes inexpertos é imprudentes, imprimidas las 
^>máxima5 revolucionarias y opuestas diametralmen- 
«ie al gobierno Monárquico». 

En una acta inédita de una Junta de Guerra 



(8) Tomo I, página 371. 

313 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



celebrada en Caracas en 1795, cuyo traslado he 
tenido á la vista tomado del Archivo del Regis- 
tro Principal, se dice «que en varias Juntas ante- 
priores formadas desde el mes de setiembre de 
«1793, con motivo de las conbersacioncs pasqui- 
-«nes y papeles cediciosos que se esparcieron en 
«esta ciudad y se atribuyeron á la influencia de 
«los Franceses que estubieron en ella y en la 
«Guayra y han salido para Puerto Rico y Cádiz, se 
«meditaron las providencias que parecieron mas 
«adequadas....> 

A Coro llegaron también por diversas vías 
esos rumores, y eran objeto de la pública curio- 
sidad, que tomó caracteres de alarma cuando, en 
el curso de le guerra franco-española, solían apa- 
recer en las costas de Coro, especialmente en el 
Puerto de La Vela, corsarios franceses. 

Los hacendados de Curimagua, hombres si no 
de gran inatrucción, sí inteligentes y algo leídos, 
comentaban aquellos sucesos en sus casas, sin 
cuidarse de que los oyeran los criados y esclavos. 
Especialmente eran frecuentes las pláticas de Don 
José Teliería con un mejicano, huésped suyo, lle- 
gado á Coro en 1794 y llamado D. José Nicolás 
Martínez, el cual se había ido á residir á la ha- 
cienda de Teliería en la Sierra, Discurrían de aque- 
llos acontecimientos, hablaban de cómo en Fran- 
cia había venido abajo el orden antiguo de las so- 
ciedades, proclamándose la igualdad y la República 
y ajusticiándose al Rey. Comentaban el curso de 

314 



PEDRO M. AllCAYA 



!a guerra y preveían de la posibilidad de que los 
franceses, cuyos corsarios infestaban el litoral, hi- 
cieran un desembarco y se apoderaran de Coro. 
Ya en los primeros meses de 1795 el señor Te- 
ilería, despechado por la mayor influencia que el 
Gobierno General concedía al señor Zavala en los 
asuntos administrativos de Coro, y quejoso de que 
aún no se hubiera resuelto favorablemente la 
reclamación que, á instancias suyas, se había he- 
cho sobre el asunto de las alcabalas, agregaba 
que no iría él á defender á Coro si lo atacaban 
los franceses, que lo defendieran Zavala y los su- 
yos; que él con su familia, se retiraría á la Sie- 
rra. Los jóvenes, algunos casi niños, hijos de los 
hacendados, repetían á su vez, en las familiarida- 
des propias de su edad, á los esclavos, las expre- 
siones que oían de sus padres ; y fácilmente se 
comprende que en esos jóvenes despertaran entu- 
siasmo las nuevas doctrinas. Así un mozo Urbi- 
na decía que las ideas de los franceses daban una 
gran luz; el joven don Bonifacio Manzanos dijo á 
una esclava, y ésta lo repitió á los suyos, que 
ya habfa llegado el tiempo en que todos debían 
ser ¡guales sin que el color significara nada. 

Aquí sorprendemos en su inicio el proceso de 
la infiltración de las nuevas Ideas, que al fin ha- 
bían de estallar con el movimiento de la In- 
dependencia Nacional y la proclamación de la 
República. Si estas cosas se hablaban desde 1794 
en el corazón de la Sierra de Coro, si hasta aque- 

315 



DI9CITESO DE RECEPCIÓN 



lias apartadas comarcas habían ido las doctrinas 
francesas, penetrando en gentes de la clase direc- 
tora, sin esfuerzo se advierte que igual fenómeno 
debía ocurrir en toda la extensión de la colonia, 
y con mayor intensidad en las ciudades. 

Pero con las ideas, cuando pasan á medios 
intelectuales diferentes por su constitución heredi- 
taria de aquellos en que fueron generadas, ocurre 
algo parecido á loque con la corriente eléctrica al atra- 
vesar ciertas sustancias; nada queda de la corriente, 
pero deja hecha la descomposición de la sustan- 
cia en sus elementos primitivos. Así me figuro 
las ideas como nna especie de excitante psi- 
cológico. No quedan de ellas al penetrar en espí- 
ritus no apropiados para recibirlas, sino fórmulas 
verbales en la memoria, pero hacen salir á la luz, 
desde las más recónditas regiones del alma, los 
elementos primitivos que allí dormían sueño secu- 
lar. En nuestra masa popular, las ideas republi- 
canas han obrado de la manera explicada, en 
ciertas individualidades en quienes han removido 
el Caudillo, al régulo nacido con tendencias domi- 
nadoras, hasta entonces no sospechadas, y al 
cual cuando se manifiesta con el gesto heroico, 
siguen las multiludes hereditariamente suges- 
tionables. 

En el caso que examinamos, mediante ese pro- 
ceso de ideas no comprendidas despertando ten- 
dencias inconscientes, los conceptos de República 
é igualdad, conmovieron tan hondamente á un la- 

316 



PEDKO 31. ARCAYA 



briego de Curimagua, que le inspiraron el proyec- 
to de la insurrección que he venido á narrar. 

Llamábase este hombre José Leonardo Chiri- 
no, llevando tal apellido como hijo de un negro 
esclavo de la familia Chirino, aunque él nació li- 
bre, porque era hijo de india, también libre. For- 
móse como jornalero y colono aparcero en las ha- 
ciendas de los Chirinos, y habiendo contraído ma- 
trimonio con una esclava de Don José Tellería 
entró á servir en su casa, y lo acompañó varias 
veces á Haití y Curazao, donde solía ir Tellería en 
negocios. Desbastóse así algo el José Leonardo» 
que no era torpe. Con frecuencia se separaba de 
Coro y venía á trabajar á los lugares del Centro, 
aunque en ninguna parte se fijaba, sino que vol- 
vía siempre "casa de Tellería, por tener allí su mu- 
jer é hijos. Como éstos habían nacidos esclavos, 
el conflicto en que resultaban frecuentemente los 
derechos del padre con los de los amos, agriaban 
á aquel, y de allí su odio disimulado á la familia 
á quien servía. Acreditado de valiente en lances 
personales, y de carácter dominante, al cabo ad- 
quirió entre ios esclavos y labradores libres de 
Curimagua, lo que en nuestro vocabulario político 
moderno llamaríamos prestigio. Cuando fue debe- 
lada la revolución que motiva este trabajo, y he- 
chos prisioneros los secuaces de José Leonardo, el 
principal de ellos, Cristóbal Acosta, declaró que se 
había perdido «por su mala cabeza y la seducción 
«que les hizo Leonardo, el cual hacían que tenía 

317 



DISCUKSO DE KECEPCiéiSr 



«pacto con el diablo por las prontas caminatas de 
«trechos largos que hacía, y así también se \o 
«decía y fue quien ios condujo á de!inquir^>. — Aqus 
hallamos la raíz indo-africana del prestigio caudi- 
llesco de nuestras guerras civiles: es la sugestión 
6 seducción de un carácter fuerte sobre las volun- 
tades débiles de hombres en cuyos cerebros hay 
tendencias inconscientes, dejadas por incontables 
generaciones que vivieron venerando como ídolos y 
suponiéndoles poderes mágicos, á sus régulos y 
Caciques, 

José Leonardo, cuando vivía en Curimagua, 
casi siempre estaba en la hacienda y casa de Don 
José Tellería, y ya desde fines de 1794 ó princi- 
pios de 1795, comenzó á poner atención á las con- 
versaciones de ios amos, y á averiguar por medio 
de otros criados, lo que ellos decían, y lo que re- 
petían los jóvenes á que antes he hecho re- 
ferencia. Fué así como tuvo noticia de que había 
algo, que él llauíaba la ^ley de los franceses», cuya 
realización haría la felicidad del pueblo. Uníase 
á todo esto su ya antigua aversión al señor Te- 
llería, las excitaciones de la sorda agitación en que 
se hallaban los esclavos, como he explicado, 
creyendo que el Rey había ordenado su emancipa- 
ción, y los labradores libres por los excesos de ¡os 
alcabaleros, todo lo cual hizo despertar en su alma 
un rudimentario sentimiento de justicia, imaginán- 
dose que él era capaz de remediar tantos males, 
esto es el rudimento de lo que el escritor argen- 

318 



FEDUO 31. AIíCAYA 



tino Ayarragaray, refiriéndese á los Caudillos de 
la época tormentosa de su país, llama el concepto 
megalómano del deber. 

Circulaban ya también los rumores del alza- 
miento de los negros de Haití, y José Leonardo 
que los había visto años atrás y así sabía que 
no le eran superiores, afirmóse en su íntima creen- 
cia de que él podía encabezar una revolución. 

Agitado ya aquel labriego por tales con- 
fusas quimeras, se comunicó con varios compa- 
ñeros suyos llamados Juan Bernardo Chiquito, 
Cristóbal Acosta y otros. Comenzaron así, desde 
fines de marzo de 1795, á tramar un alzamiento 
y á pensar en su realización. Espiaron más estre- 
chamente á los hacendados que nada sospechaban 
de sus esclavos, para colegir por lo que de ellos 
oyeran, cuál fuese la oportunidad mejor, por la 
supuesta inminente aproximación de los Franceses, 
para dar el grito de rebelión en rnedio del tras- 
torno general que esperaban. Ciertas expresiones 
de los señores, mal entendidas por los siervos que 
los espiaban, les hicieron creer que aquellos es- 
taban convencidos de la próxima caída del régimen 
español, y aún llegaron á sospechar que sus amos 
estaban en comunicación con los franceses. En 
el desquicia niento del orden existente, vio José 
Leonardo la oportunidad de asumir el papel de ca- 
becilla. Decidido así á dar el grito de rebelión, 
no comunicó, sinembargo, su proyecto, fuera de los 
primeros con quienes lo había consultado, sino á 

319 



DISCURSO DE RECEPCION^ 



otros muy pocos individuos que destinaba á ser 
sus principales tenientes. En cuanto á los solda- 
dos, él contaba con su prestigio para reunirlos en 
un momento dado. 

En esos días, ya á mediados de abril, llegó 
á Coro, como arriba dejé dicho, José Candad 
González. Inmediatamente expuso José Leonardo á 
sus compañeros que había recibido corresponden- 
cia suya y estaba en comunicación con él; que 
José Caridad le decía que aprovechase la oportu- 
nidad de la presencia de los corsarios franceses en 
las costas, para dar el grito de rebelión, que ya 
él, José Caridad, estaba de acuerdo con los ex- 
tranjeros, los cuales apoyarían el movimiento de los 
esclavos; que él mismo, al acercarse éstos á la 
ciudad, se alzaría dentro de ella con los ioangos 
de su devoción, que Coro estaba á la sazón des- 
guarnecida y sin armas, pero que pronto vendría 
una Compañía de Caracas, de modo que no había 
que perder tiempo, que una vez tomada Coro, in- 
vadirían á Puerto Cabello y Maracaibo, contando 
con el apoyo del Francés. 

Según luego veremos, José Caridad fue muer- 
to en las calles de Coro sin habérsele temado 
declaración. Todos los prisioneros afirmaban su 
complicidad, pero era refiriéndose á José Leonar- 
do; éste negó después, cuando fué interrogado ju- 
dicialmente, haber dicho lo que sobre el particular 
se le atribuía y protestó no haber estado jamás 
en correspondencia con José Caridad. De modo 

320 



PEDRO M. ARCAYA 



que e! único punto dudoso que queda acerca de 
aquella insurrección, es si efectivamente fue su ins- 
pirador el José Caridad, ó si éste fue inocente y 
de su nombre sólo por alucinar á sus compañeros 
y sin autorización suya hizo uso José Leonardo. 
Lo primero se creyó en Coro á raíz de la insu- 
rrección, y se supuso que de tiempo atrás venía 
José Caridad con aquel plan, que sus viajes á La 
Guaira y á Caracas no tenían otro objeto verda- 
dero que entenderse con algún agente revoluciona- 
rio, que en suma él era el auténtico Jefe de la 
Revolución, y José Leonardo apenas instrumento 
suyo. Pero en su oportunidad veremos que la Real 
Audiencia parece haber pensado de otro modo. 

De cualquier modo que fuera, lo cierto es que 
José Leonardo, ya á principios de mayo, activó 
con el mayor secreto, de acuerdo con los pocos es- 
clavos y labradores libres que estaban ü tanto de 
sus propósitos, el proyecto de la insurrección, apro- 
vechando haber ido á Coro Don José Tellería Hi- 
cieron circular la voz de que á su regreso pensaba 
él organizar todos los esclavos militarmente para 
que hicieran guardias en los caminos en espectati- 
va de los franceses, lo cual alarmó á todos los 
siervos y los predispuso á cualquier tumulto, pues 
mucho temían, como cosa de que no tenían idea, 
el servicio militar. 

Para dar el grito de insurrección, promovieron 
los conjurados un baile en el trapiche de la ha- 
cienda de Macanillas en la tarde del domingo 10 

321 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



de mayo. Reuniéronse allá José Leonardo y al- 
gunos más, y ya en la noche pasaron á la hacien- 
t1a de El Socorro, donde se declararon paladina- 
mente alzados. Proclamaban la «ley de los Fran- 
jeses», la República, la libertad de los esclavos y 
; a supresión de los impuestos de alcabalas y de- 
mias que se cobraban á la sazón. Pero es fácil 

emprender que no podían tener plan coherente ni 
sibían lo que significaban las palabras «ley de los 
rranceses» y «república». En suma, José Leonar- 
do procedía casi inconscientemente, movido por 

iitimas tendencias de dominio que en él se ha- 
r-i'an despertado haciendo resucitar al régulo afri- 
cano. 

Por lo demás, en la embriaguez producida por 
I licor que desde la tarde libaban abundantemen- 
íí y por la excitación derivada de la misma reso- 
: ición que habían tomado, comenzaron á bullir en 
i 5 cerebros de los alzados quimeras y planes cri- 
i inales de dar muerte á todos los blancos y re- 
! irtirse como esposas ó concubinas sus mujeres 
• hijas. El proyecto de asesinato comenzaron á 
■j onerlo en práctica en la misma hacienda de El 
Socorro, donde mataron á Don José Nicolás Mar- 
[ nez é hirieron gravemente, abandonándolo sola- 
1 i.nte cuando lo creyeron ya muerto, al joven II- 
t'fonso Tellería. Saquearon luego la casa y des- 
líes pasaron á la vecina hacienda de Varón donde 
iú ieron con gran número de machetazos, á Doña 
.'.colasa Acosta y asesinaron á Don José María 

322 



l'EDRO M. AltCAYA 



Manzanos. Siguieron á las haciendas de Sabana 
Redonda y La Magdalena, cuyos dueños lograron 
ponerse en salvo huyendo al monte, entre ellos el 
joven Don Manuel de Urbina qae por caminos ex- 
traviados se dirigió á Coro Incendiaron las casas 
de estos dos fundos, y volviendo al Socorro, ya 
en la madrugada del once, formaron allí su cuar- 
tel general. 

Entonces José Leonardo distribuyó, dice un 
documento del proceso, la gente en la forma si- 
guiente: 

«A Juan de Jesús Lugo, Indio de San Luis, 
«y Juan Bautista Chiquito del Socorro destinó á 
«prevenir los esclavos de Canire y libres del Na- 
«ranjal y demás inmediaciones, para que apostán- 
«dose unos en la Cumbre de Guate que devían 
«custodiar prohiviendo toda comunicación, ios de- 
<^mas estuvieran juntos para el amanecer incorpo- 
«rarse con su teniente Juan Cristóbal que estaba 
«destinado al saqueo de San Luis y de todas sus 
«inmediaciones con la prisión y vejaciones que 
«hicieron sufrir al correjidor que á tener mas pre- 
«sencia de espíritu, hubiera acaso podido destruir 
«á los insurrectos desde este momento en que va- 
«rios vecinos lo animaron á convocar gente que 
'-'^atacara á los rebeldes>v. 

«Pero lejos de aprovechar aquel momento crí- 
«tico con una generosa resolución, su ánimo aba- 
«tido desanimó á los demás, aconsejándoles mas 
«bien que la resistencia la unión con los bandi- 

323 



DISCURSO DE RECEPCIÓX 



«dos que abrasaron muchos persuadidos del deses- 
«perado estado de las cosas inficionando á otros 
«con el mal ejemplo que fue muy perjudicial». 

«A dos Josef Nicolases de las Macanillas, Can- 
«delario del Socorro á Prudencio de Barón á Josef 
«Diego de Cartagena, Juan Antonio Coello del Llano 
«de Chacha y otros destino para la Cumbre de 
«Curimagua con el mismo fin y el de aguardar en 
«ella á Don Josef de Tellería que sabía había de 
«llegar aquella mañana, y dio orden expresa que 
«lo mataran » 

«Es positivo que cuando Leonardo dio esta or- 
«den, la repugnaron varios, pero habiendo añadido 
«el que si dejaban vivo á Tellería se destruían 
«todos sus proyectos, desde el instante que lle- 
«gara á la Seiranía, se conformaron todos». 

«A Joaquín el de Barón lo destacó con otros 
«para cuidar lo mismo respecto de la hacienda y 
«cumbre del Carmen, y que cumplido esto para 
«romper el día recorriese destrozando todo hasta 
«las Macanillas que era el punto de reunión». 

«Evacuadas puntualmente las comisiones con- 
«feridas á todas las patrullas para el mediodía del 
«día once con los asesinatos de Don Josef de Te- 
«llería y Don Pedro Francisco Rosillo, que fueron 
«las últimas víctimas d¿ esta Serranía, se reunie- 
«ron todos en la Hazda de Macanillas en donde 
«se empezó á tratar del acometimiento de la ciudad, 
«y quedó resuelto ponerlo en ejecución desde el 
«mismo momento». 

324 



riíDRO 3t. AilCAYA 



Aquí parece haber flaqueado el ánimo de José 
Leonardo, porque en vez de ir él mismo á la ca- 
beza de su gente sobre Coro, resolvió que todos 
los allí congregados marcharan al mando de Juan 
Cristóbal Acosta, que era el de mayores arrestos 
en el concurso; cuanto á él, dijo que debía que- 
darse organizando otro grupo con el cual iría en 
su seguimiento. Repitióles que en Coro no habría 
resistencia, porque al acercarse ellos se alzaría allá 
José Caridad con los loangos y otros hombres 
del pueblo. 

Así, pues, la misma tarde del once, salió Juan 
Cristóbal camino de Coro como con doscientos 
hombres, más que menos; en el tránsito maltrata- 
ron é hirieron al Presbítero Dr. Nicolás de Talave- 
ra. — Mientras tanto José Leonardo mandó aviso á 
la gente del vecino caserío de cSan Diego, donde 
ya estaban reunidos como más de sesenta hombres, 
para que marcharan á incorporarse á Juan Cristo- 
bal, con el cual efectivamente se reunieron en el 
camino de Coro en la propia noche. De once á 
doce de ella llegó á Caujarao, una legua al Sur de 
la ciudad, el grupo insurrecto, con algo menos de 
trescientos hombres, aunque después el Justicia 
Mayor Ramírez Vaslderrain, para hacer ms meri- 
torio su triunfo, afirmaba que eran más de cua- 
trocientos. 

Veamos lo que mientras tanto ocurría en Coro- 
En la tarde del once había llegado allá Don Ma- 
nuel de Urbina con la noticia del alzamiento de 

325 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



los negros, que luego fue confirmado por otros 
avisos. Cuál sería la alarma consiguiente, lo deja 
ver el oficio que pocas horas después dirigió Ra- 
mírez Valderrain al Capitán General diciéndole: 
«La inopinada insurrección de los negros esclavos 
«de la montaña frontera de esta ciudad, aclaman- 
«do á la libertad con algunos libres ya negros, ya 
«mulatos que por fuerza llaman á su partido se 
«acaba de saber á las tres de la tarde de este día 

«por repetidos avisos Contemple V. 5. la cons- 

«ternación en que se hallará esta ciudad, casi en 
«el todo indefensa por falta de Armas, Pólvora v 
«Municiones. He tocado generala y se han presen- 
«tado con generoso valor y resignación todos los 
«hombres blancos y pardos que hay en el pobla- 
«do con sus espadas y armas cortas y algunas 
«pistolas, por no tener provisión de otras, á du- 
«ras penas se han podido formar de un corto 
«número de cartuchos, fiando toda la diligencia 
«á doscientas lanzas>. 

«El tumulto es grande, la necesidad la últi- 
«ma, y con ese motivo pasé oficio al Subdelega- 
«do de la Real Hacienda Don José Zavala me su- 
«ministrase los caudales del Rey Nuestro Señor 
«de que necesitaba para mantener la gente de ar- 
«mas que pudiera juntar, pues había llamado las 
«compañías de indios de los pueblos vecinos » 

En aquella emergencia fue propiamente el Dr. 
Don Pedro M. Chirino quien encabezó de hecho 
la defensa de la ciudad, acompañado de los Dres. 

326 



PEDRO M. ARCA YA 



Don Diego de Castro y Don Pedro García de Que- 
vedo. Así lo refería m¡ padre en su artículo 
arriba citado, y del mismo modo resulta de los 
documentos del proceso que vengo examinando. 
En un informe del propio Ramírez Valderrain al 
Gobernador Caibonell, se expresa así: «Sólo debo 
«decir por memorable particularidad que de los 
«abogados que hay en esta ciudad se señalaron 
«tres que lo fueron los Dres. Don Pedro Chirino, 
«Don Diego de Castro y Don Pedro García asis- 
«tiéndome desde el momento de la noticia, con sus 
«consejos y ocurrencias, habiendo encargado des- 
ude la noche del día once al Dr. Don Pedro Chi- 
«rino de una división del cuerpo de Tropas, con 
«la que operó toda ella, hasta el día doce del co- 
«rriente en calidad de cabo pral, con la especial 
«gallardía de haber empuñado las armas los tres, 
«y puéstose en la primera fila de la formación 
«que se hizo para batir los insurgentes, dando tal 
«ánimo con esta acción al común que se tenía 
«por cobarde el que no hacía esfuerzos al empeño 
«de suerte que puede decirse de ellos que han he- 
«cho, no sólo los deberes de su obligación en el 
«consejo, sino realizado éste en la práctica y ope- 
«ración personal>. 

En efecto el Teniente Justicia Mayor Don Ma- 
riano Ramírez Valderrain, nada hubiera podido ha- 
cer sin el apoyo de los principales ciudadanos de 
la población. A pesar de su pomposo título y su 
sonoro apellido, aquel pobre señor no pasaba de 



327 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



ser un humilde funcionario que vivía oscuramen- 
te de las escasas obvenciones de su cargo, sin 
sueldo fijo. Siendo además forastero, aunque ya 
casado en Coro no tenía significación personal 
bastante para reunir, por sí solo, los vecinos en 
la resistencia que organizaba contra los insurrec- 
tos. Fue, pues, con el concurso eficaz del Dr. Chi- 
rino y los otros dos abogados referidos, como 
pudo pensar él en hacerle frente á la rebelión- 
Por lo demás, fue tal el espanto que ésta origi- 
nó, que en la noche del once abandonaron la ciu- 
dad muchas familias yéndose hacia La Vela y 
Paraguaná, y también muchos hombres, algunos 
de cuenta, y funcionarios como Don José Zavala, 
fuga de la cual después lo acusó Ramírez Val- 
derrain ante el Capitán Genera!, como luego ve- 
remos. 

Si rápidos habían sido el alzamiento y la mar- 
cha de los negros, no fue menos activa la orga- 
nización de la defensa desde las tres de la tarde 
del onee, de modo que ya en las primeras horas 
de la noche, se habían constituido militarmente 
noventa y un vecinos de la ciudad, más veinte y 
dos indios milicianos de Santa Ana y dos de Mi- 
tare que casualmente se hallaban en Coro y cerca 
de treinta que llegaron en la misma noche de los 
cercanos pueblos del Carrizal y Gauibacoa á donde 
se pidieron la propia tarde. Como se ve, el núme- 
ro de vecinos de la ciudad que ocurrieron á tomar 
las armas fue escaso, lo cual se explica por el pá- 

328 



PEDRO ir. ARCAYA 



nico que produjeron las noticias de los asesinatos 
cometidos por los negros. Muchos de los que en 
la tarde 5e habían manifestado dispuestos á coo- 
perar á la resistencia, se fugaron en la noche, si- 
guiendo el ejemplo del Ministro de la Real íiacien- 
da, señor Zavala. 

Así, pues, no alcanzaba por todo sino de cien- 
to treinta á ciento cuarenta individuos la fuerza 
con que se contaba para resistir á los negros en 
la noche del 11 al 12 de mayo, pero aunque és- 
tos eran más, en cambio carecían casi completa- 
mente de armas de fuego. La gente de Coro tenía 
pocos fusiles, pero contaba con dos cañoncitos pe- 
dreros que apresuradamente fueron puestos en es- 
tado de servicio. 

Mientras tanto José Caridad González, á la 
cabeza de veinte y un negros loangos, había ocu- 
rrido en la tarde del once, cuando se tocó la ge- 
nerala, donde Ramírez Valderrain pidiendo se les 
diesen las armas de fuego que hubiera para defen- 
der ellos la ciudad contra los alzados de la Sierra. 
Aunque ningún informe había hasta entonces con- 
tra los loangos, su color mismo los hacía sospe- 
chosos, de modo que el Justicia Mayor, lejos de 
darles las armas que solicitaban, los prendió, de- 
jándolos arrestados con una guardia armada para 
que los custodiara. 

Otra guardia se mandó á Caujarao, á situar- 
se en la Aduana, en las primeras horas de la pro- 
pia noche del once para que avisara la aproxima- 

329 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



ción del enemigo. A éste !o dejamos llegando á 
dicho vecindario como de once á doce de esa mis- 
ma noche. La pequeña guardia de la Aduana fue 
sorprendida, muriendo tres individuos de los que 
la componían. Una segunda descubierta de la gen- 
te de Coro trajo, pues, á la ciudad la noticia de 
estar ya en Caujarao los negros. 

Salió inmediatamente Ramírez Valderrain con 
toda su gente, excepto la guardia que había dejado 
custodiando los loangos, y se situó en la parte Sur 
de la ciudad, en el llano que media entre ésta y 
las alturas de Caujarao. De allá descendieron los 
alzados á las siete de la mañana del doce y se 
formaron también en el llano, desplegando su bande- 
ra, hecha de una tela morada que habían hallado 
en una de las haciendas de la Sierra. Mandaron 
donde Ramírez Valderrain á un tal Bello que ha- 
bían capturado en Caujarao, pidiendo que se les 
entregara la ciudad y explicando el objeio de su re- 
belión que era por la libertad de los esclavos y la 
supresión délas alcabalas, ofreciendo no hacer mal 
á las personas, pero el mismo Bello dio cuenta de 
la desorganización y falta de armas de los negros, 
lo que hacía fácil su derrota. Sin responder, pues, 
Ramírez Valderrain á sus proposiciones, marchó 
sobre ellos. Poco duró el combate, porque á los 
disparos de los pedreros y los fusiles se amedren- 
taron los alzados y declaráronse en derrota. Sin 
duda no contaban ellos con la resistencia que ha- 
llaron, cuando más bien venían atenidos, como vi- 

330 



PEDRO M. ARCAYA 



mo5 arriba, á que en las calles mismas de Coro se 
alzaría á su aproximación José Caridad González, 
según se los hiciera ver José Leonardo, y su falta 
los desanimó extremadamente. En la corta refrie- 
ga perecieron de los negros veinte y cinco indivi- 
duos, y al retirarse dejaron en el campo, además, 
otros veinticuatro entre heridos y extenuados por 
la fatiga, los cuales dice Ramírez Valderrain en su 
parte al Capitán General: «decapité el mismo día 
«por la tarde, por no tener forma de mantenerlos 
«con guardias en la Cárcel, y así administrados de 
«los Sacramentos de la Penitencia, les apliqué la 
«pena.> 

Los derrotados fueron perseguidos hasta Río 
Seco, al sur de Caujarao. 

Veamos ahora la suerte de José Caridad. De 
las declaraciones que antes de ejecutarlos y ver- 
balmente se les tomaron á los heridos capturados, 
resultaba indiciado el africano como principal mo- 
tor de la rebelión, aunque todas las declaraciones 
se remitían á lo que, respecto de él, afirmó José 
Leonardo á los alzados, al mandarlos sobre la 
ciudad. En tal virtud, y para custodiarlo con ma- 
yor seguridad, dispuso Ramírez Valderrain que 
fueran trasladados José Caridad y sus loangos, 
de la casa de su prisión provisional á la Cárcel 
Pública ; al hacerse así en la tarde del mismo día 
doce de mayo, trataron de fugarse, (según ofició 
el Justicia Mayor al Capitán General Carbonell) 
José Candad y dos de sus compañeros, y entonces 

331 



DISCURSO DE RECEPCIÓN" 



«se desfilaron unos lanceros y dos de espada, y 
<i'alcanzando los tres negros, les dieron muerte ins- 
«tantáneamente.» Fuera así, ó que Ramírez Valde- 
rrain, temeroso de un nuevo acometimiento de los 
alzados de la Sierra, dispusiera formalmente la su- 
maria ejecución del africano, su muerte, sin habérsele 
tomado delaración ninguna, dejó dudosa la partici- 
pación que en la revuelta se le atribuía, y si aca- 
so ésta existió, quedó inaveriguable si él trabaja- 
ba por propia inspiración ó si estaba en correspon- 
dencia con agentes revolucionarios en La Guayra, de 
donde venía. 

Volviendo á los derrotados, con ellos tropezó 
todavía en la mañana del 12. y más allá de Río 
Seco, el cabecilla José Leonardo, que con otros 
pocos compañeros bajaba de la Sierra, juzgando 
que ya debía estar Coro en poder de los suyos. 
En vano trató de reorganizarlos, y no le quedó más 
recurso que devolverse con ellos para Curimagua, 
donde todos llegaron la tarde del mismo día. Alia 
hizo escribir al Cacique de Pecaya el siguiente bi- 
llete : 

«Señor Cacique y el Señor Capitán y el señor 
«Gobernador. Muy señores míos hallándome en 
«este empeño de ver si se acaban estos pechos 
«que nos matan, propongo á usted la gente que me 
«puedan dar para ir á hacerle una demanda buena 
«á Coro, á ver si lo cogemos para tener un buen 
«alivio. Con eso no pagarán demora, y "es cuanto 
«se ofrece por ahora rogar á Dios me los guarde mu- 

332 



PEDUO M. ARCAYA 



«chos años. — De su afectísimo servidor que besa sus 
■«manos, — Josef Leonardo Chirino». 

Pero de nada valieron \o^ esfuerzos del Cabeci- 
lla en el sentido de volver á enardecer su gente. Todo 
les era ya adverso. En Cabure los hermanos 
Morillo, mulatos, estaban reuniendo gente para com- 
batir la insurrección. A poco de haber enviado 
José Leonardo el billete arriba trascrito, supo que 
más bien debía estimar como enemigos los indios 
de Pecaya, porque ya estaban en armas por el Rey. 
Así desde la propia noche del 12 al 13, fue comple- 
ta la dispersión de los alzados en varias partidas 
fugitivas, y el mismo José Leonardo y los otros ca- 
becillas corrieron á ocultarse en los montes. 

Perseguidos todos sin descanso por las patru- 
llas que salían de la ciudad, diariamente caían mu- 
chos prisioneros. 

En este mismo día escribía Ramírez Valderrain 
al Gobernador Carbonell : «He degollado nueve de 
«los aprehendidos, sin más proceso que el de la 
«voz, porque así ha convenido, pues la noche del 
«día de ayer me habían cohechado las mujeres de 
«los negros loangos al carcelero, y siento mucho lo 
«que hay que obrar, executo á verdad savida, sin 
forma de juicio escrito*. 

Del 13 á la mañana del 14, siguió reuniendo 
gente Ramírez Valderrain y le llegaron las milicias 
de indios de Moruy y Santa Ana. El 14 en la tarde 
despachó dos expediciones hacia la Sierra, una al 
mando de don Manuel Carrera que marchó por vía 

333 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



de Quiragua y otra regida por don Jnan de Echave 
por el camino de Macoruca, con el fin de impedir la 
reorganización de los insurrectos y capturar los que 
pudieran. 

Quedó Ranírez Valderrain con trescientos hom- 
bres en la plaza, y ya para el 17 tenía quinientos, 
porque diariamente entraban los milicianos de los 
pueblos. 

El 18 del mismo mes de mayo, el Alcalde don 
José Gregorio de Castro que durante la insurrec- 
ción estaba en los pueblos del interior del Partido, 
trajo á Coro treinta y cinco prisionsros que había 
capturado con la ayuda de los indios de Pecaya, San 
Luis y Pedregal, y los cuales hizo ajusticiar inme- 
diatamente Ramírez Valderrain «á golpe de pistola», 
como lo ofició al Gobernador Carbonell. 

El Teniente de Paraguaná, de propia autoridad, 
decapitó en esos mismos días en Pueblo Nuevo, 
cinco de los insurrectos, que en su fuga habían ido 
á parar allí. 

Carrera y Echave encontraron en paz la serra- 
nía, en cuyos montes no había ya alzados sino 
medrosos fugitivos. De los que capturaron, hicie- 
ron ellos mismos ajusticiar tres individuos. 

Mientras tanto el Capitán General Carbonell, á 
la primera noticia de la insurrección, había enviado 
á Coro al Ingeniero Militar don Francisco Jacot, 
con el nombramiento de Comandante de las Armas 
y llevando cincuenta fusileros veteranos con el 

334 



PEDRO M. AUCA YA 



armamento y pertrechos necesarios. Jacot llegó á 
Coro á fines de mayo. 

El 23 del propio mes, Ramírez Valderrain, por 
sentencia escrita dictada en un proceso sumarísi- 
mo, condenó á muerte, que se ejecutó sin demora, 
degollándoseles, á otros veinte y un negros captu- 
rados en la Sierra, entre los cuales figuraban Chi- 
quito y otros de los cabecillas. También condenó 
á diez años de servicio á siete indios de los pocos 
de esta casta que entraron en la insurrección ; lo 
mismo á veinte y dos negros loangos, aunque con. 
tra éstos no resultaba sino la sospecha de que 
siendo de la intimidad de José Caridad González, 
debían de haber estado de acuerdo con él. A azo- 
tes fueron condenadas tres mujeres. 

Para concluir con las ejecuciones capitales orde- 
nadas por Ramírez Valderrain, diré que el 17 
de junio hizo decapitar «á golpe de cuchillo> á tres 
negros y un mulato. 

Desde que llegó don Francisco Jacot á Coro, se 
hizo patente su emulación con Ramírez Valderrain. 
Unas veces oficiaba al Capitán General acusándolo 
de débil, otras de cruel. Especialmente hizo ver 
que se usaba mucha lenidad can los loangos, de- 
biendo sacarse de Coro, no sólo los veinte y dos 
que había sentenciado Ramírez Valderrain, sino 
también todos los demás que en el asunto de las 
milicias se habían mostrado parciales de José 
Caridad y contrarios á los Rojas" Estos últimos 
dieron á Jacot la lista de sus propios coterráneos 

335 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



que juzgaban peligrosos. De allí que el Capitán 
General Carbonell ordenara (y así lo ejecutó Ramí- 
rez Valderrain en julio del mismo año de 1795), que 
se enviasen á Puerto Cabello en calidad de reclu- 
tas, cincuenta y tres de dichos negros. 

Varios de los esclavos que habían sido captu- 
rados, alegaban por medio de sus defensores, que 
comunmente lo eran sus mismos dueños, que no 
de grado sino por fuerza habían tomado parte en 
el alzamiento. Sobre ellos nada se reeolvió en Co- 
ro, quedando presos provisionalmente. Luego ve- 
remos lo que decidió la Audiencia. 

Pero el Caudillo de la insurrección, el célebre 
José Leonardo, no había sido aún capturado. Lo 
dejamos huyendo de Curimagua, después de la de- 
rrota de los suyos. Su cabeza fue puesta á pre- 
cio. Oculto por las selvas anduvo algunos me- 
ses, hasta que, confiado en la amistad de un 
antiguo conocido suyo, llegó á su casa en las cer- 
canías de Baragua, pidiéndole qué comer. Aquel 
hombre lo que hizo fue capturar al fugitivo después 
de recia lucha, pues el infeliz resistió desespera- 
damente, pero su contrario estaba acompañado de 
otros individuos. Reclamó el desapiadado aprehen- 
sor el premio ofrecido, y puso en manos de la 
autoridad á José Leonardo. Esto ocurrió á prin- 
cipios de agosto del mismo año de 1795, y segui- 
damente fue el reo trasladado á Coro y puesto en 
manos de Ramírez Valderrain. En sus declaracio- 
nes ante este funcionario, hizo referencia José Leo- 

336 



PEDRO M. AItCAYA 



nardo de las conversaciones que él ó los suyos 
habían oído entre Don José Tellería y el señor 
Martínez, en que arriba me ocupé, y aún re- 
firió una historia de que uno de los mozos Telle- 
rías ó Urbinas había dicho que á su tío el Dr. 
Chirino le habían escrito los franceses «pidiéndole 
á Coro», todo lo cual alegaba el procesado como 
excusa de la revolución que ellos, los esclavos y 
criados de aquellos sañores, habían heche^-para 
librarse del servicio militar á que creían que pen- 
saba someterlos Don José Tellería, y que ahora 
José Leonardo insinuaba que podía haber sido 
ideado en virtud de algún plan de los amos contra 
el Gobierno. Tales especies circularon luego en la 
ciudad diciéndose que eran, no la exposición de 
meras sospechas que lanzaba el reo en son de ex- 
cusarse, sino declaraciones precisas que formula- 
ba contra el Dr. Chirino y que á éste podían per- 
der, y hablábase de que un fraile, amigo suyo, el 
Padre José Giran, había ido á la cárcel á exhor- 
tar al reo, con amenazas de eterna condenación, á 
fin de que retirase tales declaraciones. Animóse la 
rivalidad que hemos visto entre los dos grupos 
de la clase directora, el del referido Dr. Chirino y 
el de Don José Zavala, y como sobre Ramírez Val- 
derrain tenía suma influencia el Dr. Chirino, em- 
peñóse Zavala en sacar de su jurisdicción al preso- w 

Hizo que Don Francisco Jacot, á quien él dirigía' 
lo pidiera á Ramírez Valderrain, so pretexto de cus- 
todiarlo mejor en su cuartel, pero no dando resul- 

337 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



tado esta exigencia por la negativa del Justicia, 
sacó á relucir Zavala una Real Cédula de la Au- 
diencia de Caracas por la cual se le había enco- 
mendado, desde antes de ocurrir el levantamiento 
de los negros, la averiguación del paradero de un 
individuo sospechoso de planes revolucionarios, que 
se le había denunciado á la Audiencia que podía 
haber arribado á Venezuela. Decía ahora Zavala 
que bien podría resultar que este individuo fuera 
el Martínez asesinado en la Sierra, ya que era fo- 
rastero, y que convenía investigarlo con la decla- 
ración de José Leonardo, acerca de las conversa- 
ciones que él le hubiera oído, para saber de qué 
modo se expresaba aquel señor, por lo cual pedía 
á Ramírez Valderrain que le pasara el reo á su 
poder para examinarlo. Lo rehusó el Justicia y 
una idea de la violencia de las rencillas locales 
que se agitaban con el pretexto de esta cuestión 
de competencia, nos la da la siguiente nota, de 
Ramírez Valderrain al Capitán General Carbonell: 
«Don Joseph de Zavala no cesa de perturbar el 
«sosiego y tranquilidad pública por cuantos me- 
«dios le inspira su genio orgulloso y lo siento en 
«la prosecución de esta causa; que lleno de ver- 
«gonzosa emulación al verme aplaudido del pue- 
«blo por el triunfo que reporté contra los negros, 
«al paso que á él se le mofa por él la cobardía 
«con que huyó, el día del combate por los mon- 
«tes y médanos de esta ciudad, desamparando las 
<'i'ofic¡na5 reales y dejando una de las llaves que 

338 



PEDKO M. ARCA Y A. 



«mantiene de sus caudales en poder del zambo 
«Socorro, el sastre, la que envió al Tesorero inte- 
«rino para que usase de ella cuando debió perder 
«antes mil vidas por su defensa ; esta circuns- 
"'^tancia que puesta en consejo de guerra, lo hace 
«Reo de muerte y que por consideración no se la 
«juzgue en aquel acto, debía contenerlo en la más 
«tranquila moderación, pero muy lejos de eso, se 
«empeña en alucinarlo todo y ser un pernicioso 
^ciudadano, dirigiendo sus miras á opuestos in- 
«tereses para inspirar al zambo Leonardo aquellas 
«ideas que sean capaces de entorpecer el asunto>^ 

Estas ardientes rencillas á poco que se ahon- 
de en la historia de la colonia, se hallan en todas 
sus ciudades. Sólo el freno de la severa penali- 
dad española podía impedir que degeneraran en 
sangrientas riñas, y ni aún esto se logró evitar 
en Mérida entre los bandos de Gavidias y Serra_ 
das. Tales gérmenes anárquicos debían en nuestra 
vida republicana ser importantes factores de las 
guerras civiles que han asolado al país. 

Un Don Jerónimo Tinoco que á la sazón llegó 
á Coro mandado por el Capitán General para in- 
formarle acerca del estado político del partido, en- 
vió á Carbonell relaciones tendenciosas, en que, 
sin decitlo claramente, sugería la sospecha (evi- 
dentemente infundada) de que el alzamiento de los 
negros podía haber sido el aborto, por la preci- 
pitación por parte de José Caridad y José Leonar- 
do en beneficio de ellos y su casta, de un plan 

339 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



más vasto, para cuya trama vendría á Coro el 
mejicano Martínez y en que quizás estuvieran los 
mismos que fueron víctimas de la insurrección, y 
cuyo director sería el Dr. Chirino, quien, confiado 
en José Caridad, dada la protección que siempre 
le había dispensado, posible era que lo hubiese 
empleado como agente suyo en llevar y traer de 
La Guaira á Coro correspondencia revolucionaria» 
pero que el africano, queriendo á última hora obrar 
por cuenta propia, y prescindiendo entonces del 
Dr. Chirino, hubiera incitado á José Leonardo á 
la guerra de castas en que éste se lanzó (9). 

Tales sospechas alarmaron extraordinariamente 
á la Real Audiencia. Mandó á Coro como Juez 

(9) En concepto de Tinoco la misma muerte (que é! 
llamaba ejecución) de José Caridad González, sin habérsele 
tomado declaración, hacía sospechar que pudiera haber exis- 
tido algún interés en que no testificase para que no revelase 
secretos de que estuviera en posesión. Por lo demás, si fue 
injusto Tinoco en sugerir sospechas de planes que realmen- 
te no había, sí fue perspicaz en advertir que en el grupo 
que rodeaba al Dr. Chirino, germinaban ya simpatías y afec- 
tos á las nuevas ideas. En efecto, andando los años, el 
partido republicano de Coro, que aunque escaso existió allá 
durante la guerra de la Independencia y de 1821 á 1823 sos- 
tuvo cruda guerra contra el bando realista, lo encabezaron 
precisamente los más cercanos deudos del Dr. Chirino (ya 
fallecido desde principios del siglo XIX) á saber: sus sobri- 
nos y yernos Don Mariano de Arcaya y Don Manuel de 
ürbina (el mismo que trajo á Coro en 1795, como dejo 
dicho en el texto, la noticia del alzamiento de los negros), 
su sobrino el Dr. José María de Tellería (hijo de Don José, 
el asesinado en ese alzamiento), sus cuñados (del Dr. Chi- 
rino) Don fienrique y Don Jacobo Garcés, los Garcés Man- 
zanos hijos de Don fienrique, los Gil Garcés, también sobri- 
nos por afinidad del Dr. Chirino y los Alánzanos, deudos 
suyos. 

340 



PEDRO M ARCAYA 



Delegado para que en lugar de Ramírez Valderrain, 
se avocara el conocimiento de la causa de José 
Leonardo y sus cómplices, al Oidor Honorario de 
aquel Alto Tribunal, Licenciado Don Juan Esteban 
Valderrama quien, provisto de las más amplias fa- 
cultades, llegó á Coro á principios de octubre de 
1795. Pero la Real Audiencia resolvió luego cono- 
cer directamente, ella misma, del proceso. En tal 
virtud dispuso que fueran trasladados á Caracas 
José Leonardo y los principales de los negros 
loangos que habían sido llevados á Puerto Cabe- 
llo y que viniesen también á la capital Don Ma- 
riano Ramírez Valderrain, Don Francisco Jacot y 
Don José Zavala. De los tres últimos re recabaron 
los más minuciosos informes, pero ni Jacot ni Za- 
vala pudieron afirmar nada respecto de las sospe- 
chas que Tinoco había sugerido contra el Dr. Chi- 
rino. Más bien Zavala dijo que ni aún contra José 
Caridad tenía ningún dato preciso como para afir- 
mar su participación en la revuelta. Jacot expuso 
que no creía que hubiera habido complicidad de los 
hacendados de Curimagua en ningún plan revolu- 
cionario, pero sí imprudencia, que les costó la vida 
por haber provocado la insurrección de sus esclavos, 
con haber hablado delante de ellos acerca de las co- 
sas que ocurrían en Francia, del alzamiento de los 
negros de Haití y de la guerra íranco-española. En 
esto si estaba en lo cierto el señor Jacot y así mis- 
mo lo apreció el Fiscal de la Real Audiencia. 

El interrogatorio de José Leonardo fue larguí- 

341 



« 



DISCUESO BE RECEPCIÓN 



k 



simo, durando varios días consecutivos. Demos- 
tró el procesado ser un hombre astuto, de fácil 
comprensión natural y adoptó, sin consejo de na- 
die, porque el desgraciado careció de patrocinan- 
te, un plan de defensa hábil^ haciendo ver que su 
proyecto no era sino congregar los negros para 
ocurrir pacíficamente á Coro, en queja contra al- 
gunas injusticias de los amos, referir las conver- 
saciones que les oían contra el Gobierno espa- 
ñol y especialmente pedir que cesasen los abusos 
de los Recaudadores en el cobro de las alcabalas; 
que fueron otros de los negros los que, come- 
tiendo los asesinatos, hicieron degenerar la reu- 
nión pacífica que él proyectaba en un alzamiento 
y que ya en ese estado propuso él, que en to- 
mándose la ciudad como creía fácil tomarla, se 
llamara á los indios de Paraguaná para que la 
gobernaran, y no á los franceses, de quienes nada 
sabía ; natural era, adoptado este sistema, que 
negara también haber tenido ninguna comunicación 
con -losé Caridad González, y en efecto, protestó 
que jamás lo había tratado. Por lo demás de nada 
le habrían de servir sus excusas al pobre reo, 
siendo tantas las pruebas legales que obraban en 
autos de que él fue el Jefe, por todos reconocido 
y obedecido, de la insurrección. Algunos de los 
íoangos que aún estaban en Puerto Cabello, por- 
que los más habían sido embarcados en bajeles 
de guerra españoles, fueron también traídos á Ca- 
racas y examinados detenidamente por la Real 
Audiencia. 

342 



PEDTÍO M. ARCAYA 



Ella sentenció definitivamente el proceso el 
diez de diciembre de mil setecientos noventa y 
seis. Comienza el fallo por decir que se hace 
prescindencia de <^lo5 Reos que fueron degollados 
«por sentencias á la voz y escritas dadas por el 
«mismo Teniente (Ramírez Valderrain) en el citado 
«día doce v siguientes (de mayo de 1795), sin 
«formalidad de proceso, cuando no se podía te- 
«ner seguridad en las cárceles y se recelaba que 
«continuase la insurrección, como se ha hecho 
«presente á su Magestad». En cuanto á José Leo- 
nardo, dispusieron los Jueces sentenciadores «que 
«debían declarar y declararon que el zambo libre 
«Josef Leonardo Chirinos, preso en uno de los 
«calavosos, del Quartel del Batallón veterano de 
«esta ciudad (Caracas), es Reo principal convicto y 
«confeso de la expresada sublevación y por tanto 
«lo condenavan á muerte de horca que se ejecu- 
«tará en la plaza principal de esta Capital a donde 
«sera arrastrado desde la Cárcel Real y verifica- 
«da su muerte, se le cortara la cavesa y las ma- 
«nos y se pondrá aquella en una jaula de fierro 
«sobre un palo de veinte pies de largo en el 
«camino que sale de esta misma ciudad para Coro 
«y para por los Valles de Aragua, y las manos 
«serán remitidas a esa misma ciudad de Coro para 
«que una de ellas se clave en un palo de la 
«propia altura, y se fixe en la inmediación de la 
«Aduana llamada de Caujarao, camino de Curima- 
«gua, y la otra en los propios términos en la al- 

343 



I 



DISCURSO DE RECEPCIÓN 



I 



«tura de la sierra donde fue muerto D. Josef Te- 
•«llería, remitiendo el Justicia Mayor a quien se 
«comete, testimonio de la ejecución. Imponiéndo- 
«se, como se impone pena de la vida á cual- 
«quiera persona que se atreva a estorvar la de 
«esta sentencia». 

También fué condenado á muerte, en rebeldía, 
el reo prófugo José Diego Ortiz, alias Cartagena. 
De los presos que quedaban en la Cárcel de Coro, 
fueron absueltos, aunque solo de la Instancia, man- 
dándoseles poner en libertad, unos doce indivi- 
duos ; ocho fueron condenados á cuatro años de 
presidio, uno á siete años y cuatro á diez años 
de la p.opia pena. Algunos de los condenados á 
presidio por Ramírez Valderrain, fueron mandados 
poner en libertad «prevenidos de cuidar siempre 
■«toda conversación y comunicación que pueda causar 
*nota o sospecha de su fidelidad». Respecto de los 
siete indios que sentenció Ramírez Valderrain, fué 
confirmada su condenatoria á presidio, mas en 
cuanto á los loangos fueron declarados enteramen- 
te libres de complicidad en la sublevación «y que 
«son fieles servidores del Rey y del público, man- 
«dando que sean restituidos al cuidado de sus ca- 
«sas y familias, los tres que se hallan en esta ciu- 
<'!dad Juan Felipe Guillermo, Francisco Castro y Do- 
«mingo Cornelio y todos los que hallan en Puerto 
<Xabello y en los bajeles de su Magestad». Esto 
equivalía también en cierto modo, á una postuma 
absolución de José Caridad González, porque no se 

344 



l'EDRO M. AllCAYA 



comprende que él fuera, como se había creído al 
principio el ajtor de la revuelta, sin que estuvie- 
ran en comunicación con sus coterráneos y más 
íntimos adictos del grupo loango. 

No sé que día se ejecutó la sentencia ca- 
pital recaída contra el desgraciado José Leonardo. 
Supongo que debió ser en el mismo mes de 
diciembre de mil setecientos noventa y seis. 

Hemos visto, pues, como quedó ahogada 
en sangre la insurrección narrada Por lo de- 
más, el Capitán General reiteró á la Intendencia 
de Hacienda de Caracas, á raiz de las noticias de 
la insurrección, las quejas del pueblo de Coro en 
el asunto de las Alcabalas, y desde julio de 1795 
se le ordenó á Iturbe que él y sus dependientes 
procediesen con mayor prudencia y equidad en la 
recaudación de tal impuesto. Después se dispuso 
la destitución del Administrador de la Abuana de 
Caujarao, Luis Barcenas, y á Iturbe se le amones- 
tó «que proceda con ía mayor moderación, pulso 
«y prudencia en el cobro de las Rentas Reales, sin 
«dar el menor motivo de queja, apercibido que de 
«lo contrario se tomaría contar el la correspondien- 
«te providencia, á más de ser responsable de las 
«malas resultas que puedan ocasionarse». Res- 
pecto de tributos de los Indios demorados, se re- 
solvió que se siguiera cobrándoseles en la forma y 
cantidad que de antiguo venía haciéndose, según 
la costumbre y no con el rigor que Iturbe quería 
emplear. 

345 



DISCURSO DK RECEPCIÓN 



Cesaron así las extorsiones de que se queja- 
ban los alzados, mas, ¡cuántas vidas perdidas sin 
que aún se lograra realizar el alto ideal de la su- 
presión de la esclavitud que por sobre los delitos 
que en su ignorancia cometieron los insurrectos de 
1795, flota como bandera gloriosa que hacía de 
aquellos pobres labriegos los soldados avanzados de 
las huestes que, pocos años después, al proclamar 
la emancipación del continente americano, proclama- 
rían también los principios de la libertad, la igual- 
dad y la fraternidad, bases de la civilización con- 
temporánea, y en virtud de los cuales la esclavi- 
tud, ya herida de muerte por los decretos de Bolívar» 
desaparecería completamente de nuestro suelo por 
la bendecida ley de 1854! 




346 



índice 




índice 



PAGINAS 



BOLÍVAR 7 

Estudio publicado en El Águila de Coro, á fines 
de 1900 y en El Cojo Ilustrado de Caracas, N °. 
218, correspondiente al 15 de eneio de 1901. 
JOSE ANTONIO PAEZ 31 

Publicado en El Cojo Ilustrado, N ^ . 385, del 
1 °. de enero de 1908. 
EL CAPITÁN GENERAL DE LA LIBERTAD .... 53 

Publicado en Mes Literario de Coro, Año I, 
N ®. 6, del 31 de marzo de 1907. 
EL CAPITÁN MARTIN DE ARTEAGA 69 

Publicado en Restauración de Coro, N °. 72, 
del 14 de agosto de 1906. 
ALONSO GIL . 79 

Publicado en Restauración de Coro, H°. 76, del 
20 de agosto de 1906. 
LOS CACIQUES DE CORO 91 

Publicado en Arte y Letras de Coro, de setiem- 
bre de 1905. 
PAPELES VIEJOS E IDEAS MODERNAS .... 99 

Publicado en El Cojo Ilustrado, N °. 337, del 1 ^. 
de enero de 1906. 

IMPERIALISMO NORTE AMERICANO 107 

Publicado en El Heraldo de Coro y en la Revis- 
ta Latino Americana de París, Nms. 83 y 84, 
del 20 y 30 de junio de 1899. 
APUNTACIONES SOBRE LAS CLASES SOCIALES 

DE LA COLONIA 125 

Publicado bajo el título Apuntaciones sobre 
evolución social en Venezuela en Mes Literario de Coro, 




IXDIOE 



PAGINAS 

Ano III, Nnis. IV y V. (Diciembre 1908 y enero 
de 1909) y ahora reimpreso con adiciones y en- 
miendas. 

FEDERACIÓN Y DEAIOCRACIA EN VENEZUELA- 
CONFERENCIA leída en el liceo de cien- 
cias políticas de caracas, el 13 DE MAR- 
ZO DE 1910 167 

Publicada eñ la Revista Universitaria, de Caracas, 
No. 33, correspondiente al mes de marzo de 1910. 

ÜN LIBRO ARGENITNO 199 

Estudio publicado en El Cojo Ilustrado, Núms. 442 
y 443, correspondientes al 15 de mayo y 1° de jnnio 
de 1910 y ahora reimpreso con agregaciones y corree 
ciones. 
FACTORES INICIALES DE LA EVOLUCIÓN POLÍTICA 

VENEZOLANA 259 

Estudio publicado bajo los motes La evolución po- 
lítica de Venezuela. — Factores étnicos, en El Cojo Ilus- 
trado del 15 de febrero de 1906 (No. 340). 
DISCURSO DE RECEPCIÓN EN LA ACADEMIA NA- 
CIONAL DE LA HISTORIA 273 

Publicado en folleto.